El agujero perfecto 2

La siguiente en caer por el agujero fue la enfermera… y no puede decirse que fuera pequeña precisamente. Aunque esto no funciona así. No es cuestión de tamaño, de caber o no caber. Es más una cuestión de masa. Las cosas grandes son absorbidas antes. O al menos, con más violencia. Aunque… qué más da. Al final, cada uno de esos agujeros negros acaba por merendarse todo. Insisto, recalco, advierto… Todo.
Y… dónde aparece después lo absorbido? Seguramente en otra dimensión. Sabemos que las hay. Quizá en la quinta. Tal vez en la sexta. En cualquier caso lo mismo da. No hay forma de acceder a ellas.
La que has liado, pollito.
La que has liado… me diría mi hija pequeña si no la hubiera engullido uno de esos agujeros.

Cuando me nombraron director del CERN, en Suiza, supe que haría algo muy grande: Descubrir la partícula perdida.
Ya hacía tiempo que iba detrás de ese descubrimiento. El que dejaría el bosón de Higgs a la altura del betún.
La partícula perdida es la gemela de la primera partícula: Aquella que explotó en el Big Bang y de la que surgió todo lo demás. Pues esta, es en realidad la partícula inversa. La perversa, diría yo. La anti-partícula.
No hay que confundirla con la antimateria. Eso es una chiquillada comparado con esto. Simplificando mucho, la antimateria sólo es energía contenida. Potencia bruta. Pero la partícula perdida… eso son palabras mayores. Es el eco del comienzo de todo. La clave de nuestra existencia. De la nuestra, y de todo lo demás. Desde hace casi catorce mil millones de años, la teníamos delante de nosotros. En todas partes. Sólo había que… saberla buscar. Y sacarla de su letargo, por decirlo de alguna manera. Nosotros lo hicimos. Eso sí, hemos tenido que pagar un precio muy alto. El mundo, nada menos.
No ha sido una guerra mundial, ni un meteorito… ni una invasión alienígena lo que va a acabar con él. Ha sido un descubrimiento. El descubrimiento más grande de todos los tiempos, lo que desencadenó todo.
Un día antes de comenzar el experimento, hubo gente que decía haber visto nubes y formas extrañas sobre el Gran Colisionador de Hadrones.
Los satélites captaron algo raro.
Incluso la estación espacial internacional nos avisó. Decía que había algo parecido a una arruga en el cielo.
Nosotros lo negamos todo, por supuesto, pero es cierto que algo se creó justo encima de nosotros (quizá fuera una distorsión espacio-temporal) preludio de lo que sucedería, un día antes de que hiciéramos chocar esos 2 haces de protones a la velocidad de la luz.
Preparamos el colisionador a conciencia, logramos hacer los haces del grosor de un electrón. El choque tenía que ser efectivo al 100 x 100. Y el resultado… que la partícula perdida se mostraría.
Sabíamos que seguramente, como consecuencia del choque y por la energía liberada se crearían micro-agujeros negros. Y sabíamos que estos se evaporarían casi al instante. Igual que la nueva partícula. Así que para que ésta no se desintegrara tan rápido y tener un poco más de tiempo para analizarla, justo en el instante y en el lugar del choque, hice soltar un poco de osmio (el elemento más pesado de la tabla periódica) pulverizado. Era una idea genial, actuaría base, de catalizador y nos daría unos segundos más de tiempo para hacer nuestras mediciones a la nueva partícula. El (posible) agujero negro resultante se evaporaría en unos tres segundos en lugar de hacerlo en unos micro-segundos. Todo estaba calculado para que no fuera peligroso. Mi equipo y yo trabajamos muy duro y los cálculos nos daban un margen de riesgo muy aceptable. Claro que, cuando investigas lo desconocido, no sabes muy bién con lo que vas a encontrarte.
Qué frase tan buena. Y tan cierta. Debería haberla tenido más en mente.
Tras meses de preparación y tras el perfecto choque de los haces de protones, pudimos fotografiar, analizar, comparar y ponderar la partícula perdida. Nos dio tiempo a hacerlo. Lo habíamos conseguido. Un descubrimiento equiparable al fuego o a la rueda, a los antibióticos, la quimioterapia o la anestesia. Teníamos ingentes cantidades de datos que tardaríamos años en procesar y transcribir. Y ante nosotros, además de la partícula perdida, un agujero negro que debería evaporarse a los 2,96 segundos. Pero… el agujero no se evaporó a los casi 3 segundos como indicaban nuestros cálculos. En realidad no se evaporó. Quizá pulverizamos demasiado osmio. Puede que ese fuera el error. Aunque ya da igual. El resultado: Un pequeño agujero negro. Que en lugar de engullirse a sí mismo y desaparecer para siempre, se quedó. De momento contenido en el interior de la tubería. Al vacío y congelado en el cero absoluto. Pero absorbiendo el espacio circundante. Era cuestión de tiempo. Cuando tuvo la cantidad de masa suficiente ni el vacío ni el cero absoluto fueron capaces de contenerlo. Creció, absorbió las paredes que lo contenían… y salió de su contenedor. Sin hacer el menor ruido. Como sale un pollito de su cascarón…
Era del tamaño de un balón de playa. Quizá más grande. Redondo, perfecto. Y se puso a flotar. Lenta y aleatoriamente…
Parecía una oscura aparición.
Sin orden aparente, subía, bajaba… iba y venía… Lo vimos todo por el circuito de televisión, estupefactos. Nosotros estábamos justo en la sala de al lado.
Se acercó como a cámara lenta a a un técnico que estaba por allí… no pudimos avisarle. No nos dio tiempo! Cuando apenas estaba a medio metro de él… lo engulló! Fue visto y no visto. Increíble… Dantesco, en realidad.
Hice que sonaran las alarmas. Activé el protocolo de evacuación, pero nadie hizo caso. Aún habiendo entrado en pánico mi equipo de ingenieros se quedó allí para intentar solucionarlo… Fueron muy valientes. Pero… ¿qué hacer?
Después de tragarse al técnico, el agujero negro siguió flotando, como una medusa, como si nada hubiera pasado.
Atravesó la pared que nos separaba de la zona cero… sin hacer el menor ruido, dejó un agujero en ella. Un agujero perfecto, exactamente del mismo tamaño.
Todos nos apartamos de él, atropelladamente… lo bueno es que era muy lento y nos daba tiempo. Pero absorbió varias cosas, un ordenador, dos sillas, una mesa… sin dejar el más mínimo rastro. Eso es lo único que puede, que sabe hacer un agujero negro. Devorar todo lo que encuentra. Y lo único que puedes hacer es quitarte de en medio.
Lo cierto es que, mal que me pese, no puedo negar que era bello.
Negro, como la más oscura de las noches. Perfilado con trazos finos y plateados que vibraban… Como el reflejo del sol en la superficie del mar en calma. Igualito.
Aquello era muy grave. Gravísimo.
De momento lo teníamos en la sala… pero… ¿qué pasaría cuando saliese al exterior? Había que hacer algo. Sabíamos que no se podía tocar, ni siquiera acercarte demasiado. Cualquier cosa que se le lanzara se lo tragaría también… Tuve una idea: Irradiarlo. Nadie sabía si era buena idea o mala. Pero era lo único que teníamos. Una idea y un agujero negro que seguía tragándose cosas y perforando paredes, suelos y techos… No había opción. Hice traer de inmediato el cañón portátil. Es capaz de irradiar cualquier cosa con todas las longitudes de onda disponibles.
Había que probar y yo mismo lo hice. Si a alguien hay que culpar es a mí. Por haber tenido la idea y por llevarla a cabo. Pero, ¿qué otra opción había?
Me acerqué un poco a él, lo puse a potencia máxima e irradié con la longitud de onda más energética: la radiación gamma.
Se lo tragó. Me lo arrebató de las manos, no pude sujetarlo. Pero eso no fue lo peor de todo. Algo le hice… algo cambió… que lo empeoró todo.
Ese fue el principio del fin.
Tras recibir la radiación, el agujero negro se deformó estrechándose por el centro y se dividió, igual que se divide una célula. Fue enigmático… bello… Era como la perpetuación de la vida. Sólo que, esto era justo lo contrario. La muerte tomando posiciones y preparando su ataque:
Voilà. Ya teníamos 2 agujeros negros por el precio de uno, cada uno flotando por su lado.
Pensáis que no podía ser peor? Pues lo fue. Porque a los 8 minutos y 26 segundos, cada uno de los agujeros hizo lo propio. Duplicarse. Y otra vez, a los 8 minutos y 26 segundos siguientes. Y después otra vez. Y otra más…
Recordáis la paradoja del tablero de ajedrez y de los granos de trigo? En la casilla siguiente había que poner el doble de granos de trigo que la anterior. Bastante antes del final del tablero, no había trigo suficiente en el mundo para completarlo.
Pues esto es lo mismo. Solo que un tablero de ajedrez tiene 64 casillas. Pero, ¿cuando se acaba el tiempo?
¿Nunca? Es sencillo calcular que en 3 horas, habría más de un millón de agujeros. En 5 horas, más de un billón… Y en 24 horas, más de 9.000 billones de agujeros negros vagando por el mundo… y comiéndoselo. Y no hay mundo que soporte eso.
Tras unas cuantas divisiones, el CERN ya había sufrido daños irreparables. Además del propio colisionador, varias salas estaban ya vacías y llenas de agujeros. Era cuestión de tiempo que en su flotar aleatorio, acabaran por salir al exterior. Me quedaba la esperanza de que unos agujeros pudieran absorber a otros… pero no ocurrió. Se repelían. Era de esperar que tuviesen la misma carga eléctrica.
La alarma general y el protocolo de evacuación incluía varias cosas: Ambulancias, policías y bomberos estarían viniendo hacia el CERN ahora mismo. Pero daba igual, no había nada que pudiesen hacer. Nada.
Las comunicaciones ya estaban cortadas. Se había ido la luz, y ya todos habíamos entrado en pánico. Las luces de emergencia eran insuficientes para ver con claridad los agujeros. Muchas personas fueron absorbidas.
Allí ya no hacíamos nada. Lo más sensato era salir corriendo. Por las escaleras de emergencia salí al exterior, junto con más trabajadores y visitantes del CERN.
Me encontré con cientos, miles de agujeros negros… por todas partes. Perforando las cosas muy grandes y tragándose las medianas y las pequeñas… Adueñándose del mundo. Rasgándolo, haciéndolo añicos.
La gente corría sin rumbo, esquivandolos. Llegaría un momento en que sería imposible, por una simple cuestión de número. Cada 8 minutos, quedaba la mitad de espacio libre.
Ya no daba tiempo a hacer nada. Ni trazar un plan, ni coordinarse, ni pensar ni probar soluciones.
Cogí mi coche y esquivando agujeros llegué hasta mi casa. Me dio tiempo a ver cómo mi familia era absorbida.
No me lo pensé.
Me lancé de cabeza al agujero.

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