Karen Red Doll

1.

Se despertó muy despacio… Antes de poder pensar en cualquier cosa se quedó un rato más en ese estado en el que sueño y realidad se abrazan.

A los pocos minutos pudo ser consciente de sus sensaciones y reparó en que se encontraba terriblemente cansada, con el estómago revuelto y muy mareada, como si hubiese pasado toda la noche de fiesta, bebiendo sin control, soportando ahora una buena resaca.

Enfocó su mirada en el techo y se quedó pensativa. ¿Qué hizo por la noche? Por más que intentó hacer memoria no lo recordaba. Vaya noche movida tuvo que ser para no acordarse de lo que hizo. Pero ¿qué hizo por la tarde? ¿Y por la mañana? Tampoco se acordaba…

Esto ya le resultó demasiado raro; en su memoria parecía no haber absolutamente nada, tan sólo el vago trazo de un sueño extraño ocupaba un discreto segundo plano.

Se frotó los ojos, se incorporó en la cama y miró alrededor. Todo lo que vio le resultó desconocido, era un dormitorio grande, amueblado con un gusto exquisito. Los muebles de madera oscura, clásicos, contrastaban con el blanco inmaculado de las paredes. La cama estaba cubierta por unas sábanas de seda de una suavidad extraordinaria.

Por un ventanal enorme se colaba una suave claridad e iluminaba un gran espejo y una caja de cartón enorme que desentonaba con la belleza de la estancia.

Se levantó de manera aparatosa y anduvo por la habitación. Le costaba moverse y coordinar los movimientos; tenía la sensación de no ser dueña de su cuerpo, de estar moviendo torpemente unos miembros funcionales pero que no le pertenecían.

Todavía seguía estando algo mareada… Se sentó en un diván de terciopelo rojo. Sostuvo la cabeza entre las manos y se dio un breve masaje en las sienes para intentar despejarse. Mientras, le asaltó el recuerdo de ese extraño sueño. Ahora lo recordaba bien:

Estaba tumbada en una mesa de operaciones, totalmente consciente y desnuda. Hacía frío, quería vestirse y marcharse, pero no podía, estaba atada. Tenía la mirada fija en un punto porque tampoco podía mover los ojos. Había dos personas allí también. Actuaron con rapidez: abrieron su pecho y le colocaron en el lado izquierdo un pequeño dispositivo pulsátil para simular los latidos de un corazón. A cada lado del tórax, le pusieron unas bolsas planas unidas a una minúscula botella de aire comprimido para realizar el movimiento respiratorio, y en el cuello le instalaban otro diminuto mecanismo para simular pulso carotídeo; lo mismo que en ambas muñecas. Luego, apartando los párpados, le implantaban debajo de ellos unos motorcillos eléctricos, unidos a cada globo ocular. Por último, a través de uno de los orificios nasales, le introducían, ayudados por una varilla metálica, un un microprocesador de última generación, hasta alojarlo en mitad de la cabeza, justo donde debería estar la separación entre los hemisferios del cerebro. Cerraban las heridas con admirable destreza, y lo último que recordaba justo antes de despertar fue que los hombres la metían en una gran caja de cartón y la precintaban…

Un sueño muy curioso, sin duda. Y lo más curioso de todo era que la caja que había en el rincón de la habitación, era exactamente igual que la de su extraño sueño.

Se levantó del diván muy despacio y caminó hacia la caja. Advirtió que se sentía más segura, el cansancio y la pesadez mental parecían haberse esfumado y sus movimientos habían dejado de ser torpes, pero es cierto que parecían algo mecánicos. Fue consciente de ello, pero no importaba, ahora lo más importante era ver qué había en esa caja tan grande, como si en ese objeto se escondiese la explicación de todo.

Se detuvo delante. Era de cartón muy recio y no tenía inscripción alguna, al menos por el lado que ella estaba viendo. Estaba vacía y la giró sin dificultad hasta que en uno de los laterales (que en realidad era la tapa) había una foto de una mujer muy guapa vestida sólo con un conjunto de lencería. Miró su imagen en el espejo y vio, con absoluta sorpresa, que era la misma mujer que estaba en la foto de la tapa. El mismo cuerpo, la misma cara, el mismo pelo rojizo. Tenía cierto aire a Scarlett Johansson. Pero no sólo eso; la misma expresión de deseo, los mismos labios carnosos y entreabiertos, los mismos ojos azules. Los mismos pechos perfectos, los mismos muslos turgentes. El mismo vientre sin grasa, las mismas curvas de guitarra española. Y el mismo conjunto de lencería, elegante y provocador. Era exactamente igual a la mujer de la foto. Imposible discernir cuál era cuál.

En la parte de arriba de la foto, con letras rosas brillantes le costó leer “KAREN RED DOLL”. Tuvo que hacerlo sílaba por sílaba, combinando en su mente las letras y buscando los sonidos que producirían… Aunque su pronunciación era irregular, su voz dulce despertaba ternura.

Esas fueron las primeras palabras que pronunciaba en su “vida”.

Quitó la tapa. La caja estaba vacía. Pero al fondo había un papel pegado. Lo arrancó y lo leyó:

“Philsex Company le agradecen su confianza al adquirir su muñeca Karen Red Doll.
La muñeca Karen Red Doll ha sido diseñada especialmente para Usted. Nuestros productos son elaborados con un polímero revolucionario especialmente tratado para conseguir un tacto sorprendentemente real. No sólo podrá disfrutar de los más placenteros momentos que pueda imaginar, sino que gracias a la alta calidad y gran durabilidad de nuestra muñeca su placer no tendrá fin.
Disfrútela.”

Antes de poder asimilar el texto, vio en el suelo un papel rosa que estaba doblado por la mitad. Se agachó para leerlo; resultó ser un albarán de entrega. “Karen RD: Modelo WB25” Había una firma muy elaborada y a su lado una cifra: 11.990 euros.

Soltó el albarán que cayó suavemente… Pero antes de que éste llegara a tocar el suelo su cabeza experimentó un extraño proceso; primero sintió una presión muy fuerte en los oídos, como si se hubiera sumergido a mucha profundidad, luego un brusco movimiento mental, como si su cerebro hubiera recibido una descarga eléctrica.

Tras unos pocos segundos la presión en los oídos cesó por completo y su cabeza quedó sumida en una tensa placidez.

Permaneció de pie, inmóvil, con los brazos inertes. Quiso preguntarse un montón de cosas, pero ya no pudo hacerlo: de nuevo la presión sobre los oídos y otra sacudida cerebral, aún más violenta… y todo quedó en silencio –se acababa de activar el microprocesador– . Ya no hubo tiempo para preguntarse nada más porque ya nada le importaba. Ni siquiera quién era Scarlett Johanson ni por qué se parecía a ella. Todo cuanto necesitaba saber era que se llamaba Karen, que era una muñeca hiperrealista y que a su dueño le había costado casi 12.000 euros.

Y por lo que vio en el espejo, sabía también que estaba tremendamente buena.

Abrió el armario y rebuscó entre la ropa. Todo lo que encontró dentro era de su talla. Eligió unos vaqueros azul oscuro y un jersey negro con un escote pronunciado. Sus movimientos eran cada vez menos torpes, pudo vestirse incluso con cierta agilidad y rapidez.

Del zapatero eligió unos zapatos negros brillantes, de tacón alto. Buscó por los cajones de la cómoda. Encontró unas gafas de sol ray-ban, unos pendientes de perlas, un colgante de cuero con un ancla de plata (quedó justo en el nacimiento de los pechos), y un Rolex de oro que no encajaba nada con el resto de la indumentaria, pero igualmente se lo puso. Dio una vuelta completa sobre sí misma y se miró de pies a cabeza: estaba realmente espectacular.

Aunque hubo una cosa que no le gustó. Su boca entreabierta le daba un toque provocativo pero nada estético. Se acercó al espejo para verse el rostro más detalladamente. Se empañó un poco por la respiración. Cerró la boca. Mejor así. Frunció los labios; succionó un poco y le salió un sonoro beso. Le pareció divertido. Se ajustó las gafas de sol en la cabeza y guiñó un ojo. Luego el otro. Levantó las cejas, después arrugó el ceño. Movió los ojos en las cuatro direcciones. Luego cada uno en una dirección distinta. Torció los labios y sacó la lengua lo más que pudo. Le resultó muy cómica su expresión y soltó una risita simpática… Un hilillo brillante se quedó resbalando hacia la barbilla. Como no supo sorberlo lo limpió con el dorso de la mano. Se quedó mirando aquel rastro transparente. Se la acercó a la nariz y aspiró. Olía raro. Después lo lamió para limpiarlo, extrañándose de que siguiera ahí. Repitió la operación varias veces, sin que pudiera secarlo: le pareció una cosa muy curiosa.

Pero algo hizo ruido fuera de la habitación y se puso muy seria de repente. Reparó en que aún no había parpadeado y lo hizo diez o doce veces seguidas antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta. Agarró el pomo y apoyó la oreja en la puerta… Oyó claramente unos pasos acercándose. Sintió golpecitos muy rápidos a la altura del pecho que se movía rítmicamente. ¿Sería ese su dueño? ¿Qué se supone que debía hacer? Instintivamente apretó la mano sobre el pomo para impedir que lo girase y entrase. Lo hizo con todas sus fuerzas…

Los pasos volvieron a oírse, alejándose. Después se oyó un portazo lejano.

Supo que había llegado el momento de salir de la habitación; ahora o nunca. Tomó una gran bocanada de aire y abrió la puerta lo más silenciosamente posible, pero con decisión. Cuando soltó el pomo no vio que había dejado cuatro pequeños bollos, casi imperceptibles, donde antes habían estado sus dedos.

Desde el quicio de la puerta miró a un lado y a otro: Era un pasillo largo cubierto por una alfombra mullida. No había mucha luz pero Karen lo veía todo con increíble detalle. En un extremo estaba la puerta de entrada a la casa, custodiada por una réplica de la Venus de Milo y otra del David de Miguel Angel. Al otro extremo, una puerta grande y acristalada parecía ser la cocina. Dentro sonaba un rumor sordo (quizá un exprimidor, quizá una cafetera) y se adivinaba una silueta humana grande…

En un principio no sabía qué hacer, pero cuando vio moverse la silueta sintió unas ganas horribles de salir de aquella casa; casi con toda seguridad aquel era su dueño, no sabía cómo sería él ni cómo debía ser su encuentro. Prefirió no saber nada ni juzgar nada, sólo supo que quería irse. Y rápido.

Sigilosa pero apresurada caminó hacia la puerta de entrada. Por suerte para ella, la alfombra amortiguaba el sonido de sus tacones.

Dejó atrás varias fotografías y cuadros impresionistas; luego pasó al lado de una puerta abierta que quedaba justo enfrente del dormitorio del que salió. A pesar de tener la sensación de no disponer de mucho tiempo, asomó la cabeza un momento. Otro dormitorio, algo más pequeño del que había salido, donde había una cama con alguien dentro. En un lateral la sábana desplazada dejaba descubierta una pierna de mujer, muy bonita, con la piel muy tersa y las uñas impecablemente pintadas de rojo que le daban un toque muy sensual…

–Esta debe ser la esposa de mi dueño. La mujer a la que he venido a sustituir –pensó. Y no le pareció ni bien ni mal, simplemente lo asimiló.

Antes de proseguir miró hacia la cocina y vio que la sombra seguía ahí, pero ya no se oía el ruidillo.

Llegó hasta la puerta y estaba cerrada. La manilla tenía un poco de juego pero no se movía, si la forzaba tal vez se quedaría con ella en la mano pero la puerta no se abriría. Probó a empujar con fuerza. Imposible, la puerta seguramente sería blindada o acorazada, incluso.

Giró sobre sí misma, sintiendo de nuevo los golpecitos en el pecho. Trataba de pensar qué hacer, pero a pesar de que ya no quedaba nada de su anterior aturdimiento su cabeza no acertaba a generar ninguna alternativa. Se quedó parada, en mitad de la puerta, y esperó a que algo sucediera.

Se acordó entonces de que hacía ya bastante rato que no parpadeaba, desde antes de salir al pasillo. Pero esta vez siguió sin hacerlo.

Y así se quedó, hasta que la puerta de la cocina se abrió. Un hombre corpulento de unos 40 años y aspecto deportista salió envuelto en un batín azul marino. Llevaba en las manos una bandeja con un desayuno recién preparado, humeante. Cuando vio a Karen se quedó parado. Abrió mucho los ojos y esbozó lo que pareció una sonrisa nerviosa.

–Veo que te has levantado. ¿Cómo te encuentras? Te iba a llevar el desayuno a la cama –y mientras lo decía no pudo evitar que le temblase la voz…

–Un desayuno para una muñeca… lo más adecuado –replicó Karen desde el extremo del pasillo.

–No tengas miedo, no voy a hacerte daño –contestó mientras caminaba hacia ella.

Karen parpadeó de nuevo, como 15 o 20 veces seguidas, rápido como el batir de alas de un colibrí. Y justo al acabar el último parpadeo salió corriendo a velocidad de vértigo en dirección al hombre. Pero al llegar a la altura del dormitorio de donde salió, hizo un giro imposible y entró en él.

El hombre se asomó a la puerta de la habitación y sólo le dio tiempo de ver como saltaba por la ventana, rompiendo el cristal.

–Ahora tendré que llamar de nuevo al cristalero –musitó el hombre. –Y ya van cuatro veces.
Con la bandeja del desayuno recién preparado entró en el dormitorio que estaba ocupado. Respiró hondo y forzó una sonrisa en su rostro.

–Cariño, te he preparado el desayuno. ¿Tienes hambre?

2.

Karen cayó al jardín de la casa; la hierba amortiguó la caída, aún así había cogido mucho impulso para saltar y al caer se le rompió el tacón de un zapato… Se los quitó muy rápido, saltó una valla metálica y siguió corriendo calle abajo.

Cuando consideró que estaba lejos de la casa se paró en seco. Tenía cristales diminutos en las mangas del jersey que se apresuró a sacudir. Algunos de ellos dejaron pequeños agujeros en la tela al quitarlos. Sentía una sensación desagradable; quemazón, picor, escozor… no hubiera sabido definirlo.

Miró a su alrededor y le gustó lo que vio; hacía un día espléndido. Pero la luz le molestaba –sus pupilas no se contrajeron– y buscó en su cabeza las gafas de sol que ya no tenía.

Estaba en un barrio residencial. Las casas eran chalets unifamiliares, todos nuevos y en un entorno limpio. Apenas había coches aparcados.

Respiró hondo y siguió andando calle abajo, hasta que encontró una tienda de complementos. Había unos zapatos muy parecidos a los que se le habían roto y parecían de su número.

Le dio un leve empujón a la puerta y antes de que se cerrara, ya había salido con los zapatos, además de unas gafas de sol y también un bolso. La dependienta no llegó a enterarse de nada, simplemente vio la puerta abrirse y cerrarse y pensó que había sido el viento o algún cliente indeciso.

Mientras seguía caminando calle abajo, se acordó de su dueño. Lo imaginó llamando por teléfono.

–¿Philsex? Póngame con atención al cliente por favor. Mi muñeca Karen RD modelo WB25 ha saltado por la ventana y corre que se las pela… ¿Eso es normal?

Su rostro dibujó una sonrisa al imaginarse la escena. Se detuvo en aquella sensación, un placentero cosquilleo mental. Pero sólo duró un momento, luego sintió algo extraño, contradictorio. Algo así como tristeza… y rabia. Tenía ganas de salir corriendo y no parar nunca más, o parar estampándose contra una pared. Pero a la vez, tenía ganas de parar al primero que se cruzase en su camino y acribillarle a preguntas. También tenía ganas de volver a la casa y darle un puñetazo a su dueño para demostrarle que no era de él. Porque eso sí que lo tenía claro: no era de nadie.

–¡No soy de nadie! –gritó. A la gente le llamó la atención el grito y el curioso comportamiento de Karen. La miraban muy atentos sin atreverse a decirle nada; una señora muy arreglada desde la otra acera, un joven recién levantado desde una ventana, un ciclista que pedaleaba calle abajo, una niña con su madre que en ese momento pasaba por su lado y un grupo de adolescentes que hacía rato la iban siguiendo, riéndose tontamente y comentando sus rápidos movimientos.

Cuando sintió esas miradas clavándose en su cuerpo desde todos los ángulos, echó a correr para huir de todas ellas. Superó al ciclista sin ninguna dificultad y siguió corriendo y esquivando a la gente que no dejaba de mirarla en su carrera, mientras dejaba atrás chalets, papeleras, farolas, calles y aceras. Cuando ya no había casas ni nadie que la pudiera mirar o juzgar sintió un gran cansancio; las piernas le pesaban, la frente le ardía, algo le pinchaba en el estómago y su pecho parecía que iba a estallar.

Karen trataba de interpretar todas esas nuevas sensaciones con un gesto de sorpresa apoyada en un árbol enorme que daba una gran sombra, esperando a que todo volviera a la normalidad. Y así esperó unos minutos hasta que de detrás del árbol apareció una mujer casi tan guapa como ella, con una vestimenta un tanto atrevida –vulgar, incluso– y se la quedó mirando de pies a cabeza. Arrugó el ceño, desconfiada.

–¡Quién coño eres y qué estás haciendo aquí!–, le gritó enfurecida, gesticulando aparatosamente.

–¡Esta zona es mía, así que ya te estás largando zorra!– Escupió muy cerca de sus pies. Estática y desafiante, con su cuerpo en total tensión, quedó con la barbilla apuntando hacia Karen, esperando haber sido lo suficientemente contundente como para que se fuera sin tener que llegar a las manos.

Karen, que ya se había recuperado del cansancio se giró hacia ella. Cerró la boca (a veces la seguía abriendo un poco sin darse cuenta) y se acercó a la mujer despacio, sopesando todas las alternativas posibles. Sus caras quedaron a escasos centímetros…

Karen sonrió maliciosamente y sus pupilas se dilataron del todo. Con los ojos negros como el azabache, parecía una loba tramando algo muy oscuro. Así estuvo unos instantes.

–Tienes que irte, si Rufo te ve por aquí se enfadará, y si él se enfada… me pegará –su fachada se descompuso en un momento–… y si me quitas clientes ya no le saldré rentable y se deshará de mi.

Sus ojos se empañaron. Se alejó un paso de Karen que relajó por completo la tensión de su cuerpo.

–Es un hijo de puta, pero gracias a él puedo comer y dormir caliente. Además, conoce a mucha gente y… y… después de todo me quiere.

La mujer parecía asustada ahora. Sacó un pañuelo de su bolso y se secó los ojos cuidando de no arruinar el rimmel.

–Me llamo Silvia, y te ruego que te vayas a otro sitio. Eres muy guapa, no te faltarán clientes allá donde vayas. Pero déjame este sitio a mí. Por favor.

Y Silvia le tendió su mano, nerviosa.

Karen borró su semblante extraño y arqueó un poco sus cejas, en lo que parecía un gesto de lástima. Mirando la mano extendida de Silvia se arrancó un trozo de la manga de su jersey negro, le limpió una lágrima que aún seguía en su mejilla y se lo entregó, poniéndolo en su mano.

–Yo soy Karen y no quiero perjudicarte, he llegado aquí de casualidad y cuando tenga claro adónde puedo ir me iré sin molestarte más…

Aunque sus palabras tenían una cadencia lineal muy marcada, pronunció la frase sin apenas pensarla.

–No eres de por aquí ¿no? –preguntó Silvia mientras guardaba el trozo de tela.

–No estoy segura –contestó Karen tras dudar unos instantes. Se quedó mirando al infinito, inevitablemente inexpresiva.

Silvia se vio a sí misma reflejada en Karen. Era la misma incertidumbre que experimentó años atrás, cuando, fracaso tras fracaso, tuvo que tomar la decisión más importante y triste de su vida. Aquellos recuerdos le seguían haciendo mucho daño.

–¿Tienes adónde ir? –preguntó Silvia conmovida.

Karen no supo qué contestar y Silvia volvió a llorar, pero esta vez vertió sus lágrimas hacia adentro.

El sol estaba en lo más alto del cielo y hacía un calor incómodo. En el aire había también una calma incómoda; la carretera estaba inusualmente vacía y el viento no mecía las hojas de los árboles ni borraba las huellas del camino.

En un extremo de la ciudad, donde las aceras acaban, Karen sintió que su historia, su verdadera historia, empezaba allí mismo.

Rufo se despertó muy tarde, con resaca, como la gran mayoría de las mañanas. Sudoroso, se levantó trabajosamente. Se frotó los ojos y retiró el cartón de la ventana que a modo de persiana le resguardaba de la luz. A través del sucio cristal buscó a Silvia –su protegida, como él la llamaba –para comprobar que estaba cumpliendo con su obligación. Todo estaba en orden, excepto la mujer que estaba con ella. Se sorprendió porque ya le había dicho mil veces a Silvia qué hacer en esos casos.

–Esta estúpida nunca aprenderá. Seguro que no le ha escupido a los zapatos. Eso nunca falla –murmuró mientras se encendía un cigarro.

Decidió bajar para ver quién esa mujer y qué hacía trabajando en su propiedad. Se vistió con la misma ropa del día anterior, apagó el cigarro en la pared y salió de su habitación algo emocionado en el fondo, por la novedad. Tal vez pudiera convencerla de que trabajar con él. Sí, eso haría, era la mejor opción para ella. Eso supondría duplicar ingresos para empezar… y otro par de piernas entre las que poder correrse para terminar. Bastaría un poco de labia durante unos días, y unos buenos bofetones durante unas noches. No era tan difícil, llevaba varios años haciéndolo así y le funcionaba bastante bien. En el fondo les estaba haciendo un gran favor a esas pobres putas.

Rufo salió decidido de su casa y recorrió los pocos metros que lo separaban de las dos mujeres.

–¡Silvia! –gruñó.

Silvia se volvió sobresaltada, no lo había oído llegar. Karen, lo miró extrañada y lo examinó en una fracción de segundo. Por primera vez sintió algo diferente a todo lo que antes había experimentado. Asco, recelo, cautela, peligro…

–¿Cómo estás Rufo? ¿Has dormido bien? –susurró Silvia nerviosa mientras revolvía en su bolso, sacando unos pocos billetes. Se los tendió a Rufo.

–¿No me presentas a tu amiga? –preguntó sonriente, enseñando su dentadura repulsiva mientras miraba a Karen como un depredador miraría una posible presa. Silvia se interpuso entre los dos.

–Mi amiga ya se iba; todo ha sido un malentendido –explicó Silvia temerosa mientras le guiñaba un ojo a Karen.

Rufo empujó a Silvia violentamente, tirándola al suelo.

–¡Jamás vuelvas a replicarme, si te digo que me presentes a tu amiga me la presentas y punto! ¿Entendido? –ladró Rufo, escupiendo un poco de saliva en cada sílaba.

Silvia se puso de pie, acobardaba y sin saber qué hacer. Rufo se giró hacia Karen, que dio un paso atrás.

–Tendrás que disculpar mi mal genio, esta mentecata a veces me saca de mis casillas –dijo mientras se acercaba a Karen.

–Pero se nota que tú no eres como ella, tienes mucha clase… ¿Te gustaría trabajar para mí? Si lo haces no te faltará de nada. Serás mi protegida y te trataré como una reina –empleó una voz más dulce, que daba más miedo que otra cosa, mientras le acariciaba una mejilla.

Karen apartó la mano de Rufo bruscamente, con un golpe.

–No vuelvas a tocarme –amenazó Karen con su gesto más serio.

–Tendré que enseñarte buenos modos –respondió con una sonrisa malévola mientras agarraba el antebrazo de Karen, forzándolo hacia abajo para hacer que su cuerpo se inclinara hacia adelante.

Rufo se sorprendió al comprobar que Karen no se movió ni un milímetro. Hizo más fuerza sobre el antebrazo, que siguió sin ceder… Extrañado, empleó toda su fuerza en tratar de someter a Karen. Fue entonces cuando se percató de la mirada tan extraña de aquella mujer.

–¡Suéltala! –le suplicó Silvia, mientras agarraba el brazo libre de Rufo y tiraba de él con todas sus fuerzas.

Tan empecinado estaba en doblegar a Karen que no vio cómo su puño libre se lanzaba a toda velocidad contra su cara.

Tras el golpe, Rufo se desplomó sobre la tierra, levantando algo de polvo en su caída. Con el pómulo hundido y la mirada perdida trató de incorporarse. Silvia, asustada, no sabía si quedarse o irse corriendo, si ayudarle a levantarse o no. Y tal vez Rufo hubiera podido levantarse si no fuera porque Karen le dio una patada en pleno rostro, esta vez con todas sus fuerzas.

Salió despedido a varios metros.

Como una marioneta a la que se le cortan las cuerdas, Rufo quedó tirado, inmóvil, con el cuello imposiblemente doblado hacia atrás, sangrando profusamente por la nariz y por la boca.
Silvia gritó aterrada, sin poder creer lo que había ocurrido. Se arrodilló junto al cuerpo de Rufo sin atreverse a tocarle…

Karen se fijó en su pie desnudo; su zapato había salido volando y no sabía dónde había ido a parar… Se quitó el otro y lo arrojó enfadada, a varias decenas de metros.

–¡Pero qué has hecho! –Silvia gimoteó arrodillada mientras se sujetaba la cabeza con ambas manos.

Tras una larga espiración, Rufo dejó de sangrar. Estaba muerto.

3.

–Arriba dormilona. Tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa… y un zumito de naranja. Todo un clásico, recién preparado.
El hombre dejó la bandeja con el desayuno encima de una cómoda y subió un poco la persiana, pero la mujer –que seguía teniendo la pierna destapada no se despertó ni se movió. Volvió a bajar la persiana sin hacer ruido y se fue al salón, donde sentado en un gran sofá, llamó por el móvil a su amigo psiquiatra.

4.

–¡Tenemos que irnos de aquí! –Silvia sollozó mientras observaba a Rufo, sin poder creer lo ocurrido.
Los ojos vacíos de Karen rebosaban odio, una luz rojiza parecía iluminarlos. Pero se sentía satisfecha, como si se hubiese quitado un gran peso de encima. Aquel idiota se lo merecía, se repetía una y otra vez.

Karen decidió volver por donde había venido, mientras Silvia la seguía, nerviosa y a trompicones, sin dejar de mirar atrás y pensando qué hacer y a dónde ir ahora.

–Vente conmigo –Karen hablaba sin dejar de andar–, vivo en una casa muy grande y seguro que encuentro un sitio para ti, podrás quedarte el tiempo que necesites –la cadencia de sus palabras seguía siendo algo maquinal, pero iban cobrando un matiz más cálido–, ahora somos amigas, sabes, hay un jardín enorme, te encantará, seguro que…

Karen sintió algo muy extraño en la cabeza, como un pinchazo y una presión que la hizo detenerse de repente. Pequeños destellos flotaban alrededor de ella, y la sensación era que el suelo se inclinaba.
El segundo golpe de Silvia con la piedra hizo que cayese de rodillas. El tercero, la hizo desplomarse al suelo.

–¡No tienes ni idea! –Silvia gritaba furiosa–, ¡te has cargado al único tío que se preocupaba por mí! ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Vete a tu puta casa con jardín y desaparece de mi vida!

Pero la que desapareció fue ella. Karen, tendida en el suelo la vio marchar sin poder moverse mientras parpadeaba varias veces por segundo. Los destellos que flotaban se fueron apagando y una nube oscura sustituyó ese escenario girado 90 grados. Fue lo último que percibió, antes de dejar de respirar y de parpadear.

5.

–¿Cómo está?
–Cada día peor. Ha saltado por la ventana y se ha ido corriendo calle abajo a toda velocidad. Sigue siendo toda una campeona, como cuando ganó la medalla de oro en las olimpiadas.
–¿Tú crees que sospecha algo?
–Para nada. Se cree que es una muñeca. Fue buena idea hacerla despertar junto a la caja vestida como la foto.
–¿Tienes preparada la última dosis?
–Sí, la tengo lista. Cuando vuelva se la daré.
–Asegúrate de que la tome. Según mis cálculos, con esta terminará de enloquecer y la ingresarán. Yo me encargaré de que nunca salga, como psiquiatra jefe, me será fácil seguir suministrándole la dosis de psicóticos. Por cierto, ¿qué hay de lo mío?
–Lo primero que haré con su fortuna será darte tu parte, tranquilo.

6.

El hombre colgó el teléfono satisfecho y entró de nuevo en la habitación de su “hija” con una erección notable bajo el batín.
La bandeja con el desayuno estaba intacta, en el mismo sitio donde la había dejado. Lógicamente. Las muñecas, por caras y realistas que sean, no desayunan.

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