Historias

Como las mentiras -y algunas verdades- hay historias que se cuentan y otras que no. Detrás del silencio que envuelve esas historias algunas veces hay dolor o vergüenza, pero en ocasiones se oculta una bonita añoranza. En ese caso las historias, como los muertos o como los sueños, hay que recordarlas de vez en cuando para que no acaben en terreno del olvido.
Mi historia, que en realidad era mi sueño, la callé, la olvidé y la enterré bajo la mentira -porque las verdades como puños siempre duelen si golpean la conciencia-. Pero entonces, cuando un viejo recuerdo llueve del cielo o cae de una estrella, es mejor cobijarse o apartarse porque si te alcanza, además de a la conciencia, el golpe va directo al corazón.

Mi enemigo el olvido

Cuando me cruzo con el olvido
vuelve la cara para no mirarme
cierro los ojos y los oídos
tuerce el gesto y aprieta los dientes

Contengo las ganas de girarme
porque sé que siempre marcha
altivo y orgulloso

Me crucé con el olvido un día más
sangraba lágrimas y yo también
los dos miramos hacia abajo
siguiendo el rastro que dejó el otro

Cuando no quedó ni rastro ni camino
ni pasos ni tropiezos
de nuevo volví a recordar

La ventana abierta

Se marchó por la ventana abierta, la que daba al mar. La vi alejarse rápido y pronto se convirtió en recuerdo. Brisa y rocío iban a ocupar su lugar pero a pocos metros se detuvieron, formaron una bella figura y quedaron congelados en el aire.
Todas las mañanas abro la ventana y contemplo la figura recortada en la claridad, sus trazos finos como brazos extendidos hacia mí pero sin llegar a alcanzarme. Respira, susurra y canta como una sirena enamorada. Yo la miro –también enamorado– y absorto la escucho, tan cerca de tocar su voz. A punto de sentir el abrazo de su aura plateada.

Un día abrí mi ventana, la que daba al mar.
No quedaba nada. Ni la brisa ni los trazos, ni la voz ni la canción. Todo era silencio. Vacío.

Un día no pude abrir la ventana.

Hoy, tan sólo puedo recordar.

Contrapunto

mi peor acierto, mi mejor error
raíces expuestas y flores enterradas
la voz callada, vibrante silencio
espejos opacos, reflejos en paredes

el viaje que nunca empezaba
todavía no ha acabado

salta hacia atrás, corre hacia abajo
cierra los ojos para mirar lejos
los oídos sordos para no gritar
una mentira más que sincera

ayer lloramos para no sentir
hoy reímos para no recordar

escribo en blanco, duermo pensando
en noches claras y luces oscuras
andar despacio, correr deprisa
volar parado, parar con prisas

una bola de billar
en un tablero de ajedrez

empieza la anti-partida

Despierta

Cortante y brillante
el aire congelado
Cuesta caminar
duele respirar
Abrir la puerta
caer despacio
Saber e ignorar
todo es empezar
La vuelta del revés
las voces que miraban
El cristal que cubre mi memoria
Todo es tan real como los sueños

Despierta

Mareas

Las mareas son los latidos del mundo, a su merced dejo mis pedazos. Lenta, mi cadencia y la canción de mi cabeza cuando dejó de sonar –o de soñar–. 

Me llama la marea, también es mi latido, mi sangre y las horas que me faltan para irme despacio, tras ella. 

No miraré atrás, que ya no queda nada.

Confundí las sombras con destellos. 

Me voy tras ellos.

Mi nuevo hogar

Coje mi maleta y tírala bien lejos, quiero ir sin equipaje a mi nuevo hogar. Los libros que leí, las frases que dijiste, todo lo que sé y todo lo que creo se quedará aquí. No llevaré nada, salvo algo de vacío con el que pueda envolverme como si fuera un regalo. También algo de tiempo para poder malgastar y mis juguetes rotos para bailar con ellos por si suena música triste.
Coge mi maleta y tírala bien lejos, que el tiempo se me acaba –no queda casi nada–.

Cuando vuelva, si es que vuelvo, no quieras consolarme y no preguntes nada, tan sólo coge mis pedazos y escribe en ellos la historia de mi vida. Cuando lo hayas hecho entierralos bien hondo y deja que la lluvia caiga sobre ellos…
Sólo entonces será cuando pueda sentirme libre.

Adolescencia muerta

Fui príncipe despintado
vestido de azul
sapo feo y gordo
en charca de ciudad

Jugamos al ahorcado
con tu melena rubia
y a las canicas con
mis ojitos de cordero

Planté flores detrás
de cada esquina
para que tú no las vieras
y perdí todas las noches
viéndolas crecer

Los miedos venían envueltos
en sábanas de fantasma
todos los días corría
con zapatillas de tacón

Fue bonito y horrible
ver la boca del lobo
con colmillos de cachorro

El tiempo libera y aprieta
sonríe y ahoga
te enseña la lección
llamándote idiota
y lo deja todo
perdido de arrugas

Desde los tejados
agarrado a las antenas
contemplo mi obra
y la lluvia caída
tras las esquinas
las flores muertas
que nadie recogió

Mi nueva afición

Necesito un hobby
para emplear mi tiempo
y distraer mi mente

Catador de venenos
aprendiz de fakir
equilibrista ebrio
domador de tiburones
pintor de casas encantadas
o ayudante de bruja medieval

Además de tus uñas en mi piel
quiero unas garras
hundiéndose en mi carne

Me cansé de mi oficio
y de mi don

Soñador de imposibles
dibujante de vuelos
pensador de laberintos
constructor de dudas

Me aburrí de otear infinitos
y vigilar estrellas fugaces

Vente conmigo
será divertido
saltemos juntos
al vacío existencial
y bailemos claqué
bajo el fuego cruzado

Los buenos recuerdos

Recuerdo los trazos inconexos. La gente bailando y el humo blanco manchando el aire.

Recuerdo el papel mojado diluyendo las historias. Las horas que dolían y los años que pasaban.

Recuerdo los sábados iguales. Los paseos largos que eran como huidas. Las manos vacías o llenas de dudas.

Recuerdo que caí hacia adelante con los labios cerrados. Y esperé, paciente a que la fría nieve me cubriese… Pero fue la lluvia quien lo hizo.

Nos unieron las nubes

Eran nubes grises, de tormenta, y en un momento cubrieron la ciudad.
Cobijado, el azar observó cómo ella me cogió de la mano. Yo fui incapaz de huir: la música triste me confundió y ya nunca dejaría de sonar.
Su abrazo tiene el color de aquella tarde. Aprieta.

Aún hoy seguimos quietos, empapados y unidos por las nubes.
Sus nubes y mi tormenta.
Y esa música triste que suena todavía.

Mi reflejo

Él me amenaza,
yo le ignoro.
Se lanza contra el cristal que nos separa.

Un matrimonio convenido,
convencido.
Convertido en mentira y en odio.

Le humillo,
me desprecia.
Le saco de sus casillas.

A menudo grita y llora.
Yo le miro de reojo, compasivo,
y preparo mi venganza.

Me iré muy lejos,
muy pronto.
Morirá, sin un reflejo del que burlarse.

El final de la espiral

Mi espiral sigue curvándose hacia su centro, como el surco de un viejo vinilo. Me pregunto qué hay al final (un espejo, tal vez, un candado, no lo creo, un sonido dulce entre destellos rosados, ojalá).
Los ruidos del mundo quedaron atrás y también las miradas de la gente, incapaces de seguir los giros en los que un día me perdí.
Ya es tarde para arrepentirme y para que oigas alejarse mis pasos –que son como latidos–, todo lo que queda está delante, una vuelta tras otra y mi figura haciéndose cada vez más diminuta para seguir caminando por esta espiral inacabable.

Fragmentos

Voy buscando trozos, reflejos, recuerdos… Están esparcidos y se ocultan entre los objetos. Algunos me ven y huyen. Otros se dejan coger y los observo atento. Si decido quedármelos se volverán negros, y ya no dejarán de preguntarme ¿por qué?
A veces tintinean como –tristes– cascabeles, como canciones mudas que sonarán cuando nadie escuche.
Estoy hecho de momentos unidos por una extraña magia. Y son tan pequeños que puedo deformarme para esconderme en las grietas que dejan los días…
Voy buscando lo que nunca tuve, lo que nunca vi, lo que yo mismo separé en retales afilados y cortantes. Quiero saber quién soy, o puede que sólo esté tratando de reconstruirme.

Mi ángel de la guarda

Dijo que era mi ángel de la guarda
pero tenía garras, colmillos
y mirada de loco.
Por las noches afila sus uñas,
por el día me dice al oído
“vente conmigo bonito”.
Yo trato de vencerle
con una guitarra vieja,
con mis piezas de ajedrez
y mi bote de Prozac,
pero sabe arañar y morder
siempre donde más duele.

Justo antes de dormir me sienta en su regazo, me desea tristes pesadillas y entona una nana siniestra. Acompaño su canción con mi guitarra de cuerdas oxidadas y lo miro de reojo… no sé si le tengo miedo o si le odio, pero mientras él me cante cada noche yo seguiré tocando y sentiré sus colmillos alimentarse de mi carne.

Sólo cuando ya no tenga nada que quitarme, me arrepentiré de no haberle estampado la guitarra en la cabeza, al hijo de puta.

Ella y yo

Rueda, bajo mis pasos la ciudad
sus rincones y resquicios
un jamás entre la lluvia
un perdón ante tu llave
abrí la cerradura
de una puerta dibujada.

Rueda, vaivén oscilante
ella viene y yo me voy
marea, me busca
mi valiente odisea
huyo como siempre y
vuelve como nunca.

Rueda ella, ruedo yo
los días sin sentido
las noches recordadas
la nostalgia también calla
aunque sigas preguntando
si todavía vive en mí.

Ruedan, las caras de la verdad
como perfectos engranajes
la mirada vergonzosa
y el rojo de la herida
es el rastro que seguí
para escapar de ella.

Tiempo

Los días son densos como una taza de chocolate caliente. Rezagadas las horas no puedo desecharlas y la memoria, desbordada, no lo soporta más. Entonces el tiempo cae y ya no se levanta, se queda en los rincones y debajo de la cama. Por las noches el aliento se enfría como cuando se materializan los fantasmas, y al hacerlo, sus bocas se mueven pero nunca dicen nada, por eso si me preguntan no sé qué contestar.
Mientras todos huís yo escribo espirales con demonios y dragones. Las manecillas del reloj siguen clavadas en mi carne y aunque el tiempo pase lento, al hacerlo me corta y me desangra.
Si esta noche –en lugar de los fantasmas– eres tú quien venga visitarme, seré yo el que te pregunte ¿cuánto tiempo me queda? Y tú tampoco sabrás qué contestarme.

Noches blancas

Cuando abren los museos de la memoria, los recuerdos pasean despacio y las horas desbordan debajo las sábanas.
Las noches ya no son negras, ahora son blancas y en ellas podrás ver mi sangre y mis huesos tratando de escapar hacia la mañana. Y cuando llegue, la mañana ya no será blanca, será negra y con ella cubriré mi rostro para que nadie pueda ver mi angustia.

En mis ratos libres

En mis ratos libres
con el disfraz por los tobillos
trazo una línea en el suelo
para estar detrás
con los ojos vueltos
y engullirme a mí mismo.

En mis ratos libres
si quieres búscame
pero no me encuentres
me tengo a mi merced
lejos de tu alcance
soy un péndulo en pendiente.

En mis ratos libres
sonriente soñador
varado entre cristales
no me olvides por si yo lo hago
deja que aprenda de
mis dragones y abismos.

En mis ratos libres
soy yo el que se muere
un poco cada noche
a pesar de todo
dibujando una ciudad
paseando entre su niebla.

La vereda

Aún en el páramo pueden abrirse veredas, por las que entre ráfagas de viento discurra algo de poesía.
Aunque sea la última…
Parecerá que ya no hay nada, pero quedarán las ganas de todo, lo dejado de sentir, lo faltado por hablar.
Aunque sea lo único…
Donde los sonidos son lentos y al tiempo le falta un rato para llegar, donde tú y yo quedamos abrazados y enredado, tu pelo en mis promesas.
Aunque sean las de siempre…

La katana

De labios finos y ojos rasgados…
Su beso cortaría el aire y tu alma, si la pones a su alcance.
Te araña con cuidado y con cariño, a la vez que te desangras y te enamoras.
Por ella. De ella.
Sueño con tenerla en mis manos y que desangre mi alma a cambio de un beso, de una sonrisa brillante y curvada.
Por ella, con ella, mi katana, cortar el aire y abrir el cielo.

Si…

Si esta carta fuese de amor la firmaría con lluvia para echarte de menos.
Si estas líneas fueran un dibujo serían “El beso” de Gustav Klimt o un boceto de Dalí.
Si estas letras fuesen un deseo sería el tuyo, si fueran una pena sería la mía y si fuesen un privilegio sería el de tenerte.
Si este papel no fuera mudo sonaría un rock’n’roll y alguien gritaría ¡Oh yeah!
Si estas palabras fuesen valientes y no buscaran desesperadas un sitio donde esconderse estarían escritas con mi sangre.
Y si hoy no hubiera ayer ni mañana ni tampoco distancia… entonces le gritaría al mundo que te quiero… ¡Oh yeah!

Despedida

Trazadas mis palabras –que no escritas– con sextante y mapa estelar, ahora sólo ruedan, solas, y se alejan –se adentran– sin ningún deseo, sin preguntar ni siquiera por qué.
Sal conmigo a la ventana, juntos las despediremos, antes de que se marchen del todo.