Los últimos días de Lucifer

“Si pones una vela para Dios, pon dos para el diablo”.
Antiguo dicho Búlgaro

“Hazle caso al demonio, y te recompensará con el infierno”.
Proverbio eslovaco

1

Hay cosas en esta vida que nadie nunca debería ver. Ni vivir. Ni sentir. Pero a veces toca… así es la vida. Así es la muerte. Caprichosa y azarosa.
A mi me tocó vivir, y a ellos morir.
Vivir después de sentir esa oleada de terror azotando mi cuerpo y mi alma. Sentir esa angustia que parecía nunca acabar y tras la cual cambiaría, de repente, todo mi ser, mi presente y mi futuro. Y a ellos les tocó justo lo contrario. Morir tras sentir exactamente lo mismo que yo, después del fugaz sonido de un disparo.
Mientras en un instante asumía que nada volvería a ser como antes y que nunca más volvería a ver a los míos, supe que el culpable de todo no era aquel chico. Y es que, cuando aquel asesino me miró a los ojos y decidió (nunca sabría por qué) perdonarme la vida, vi al diablo tras esa mirada enloquecida.
Cuando a veces los asesinos dicen que el diablo les obligó a hacerlo… debéis creedles. Al menos en la mayoría de ocasiones.
Recuperarme de las heridas del cuerpo no fue difícil. Pero las del alma no cicatrizaron. Como una aguja enhebrada en una sirga oxidada de acero, cada sutura hacía crecer mi infección y mi rabia.
Esa rabia me comió por dentro y me cambió para siempre… todo mi odio se canalizó entonces para elaborar mi venganza.
Claro que, vengarse del diablo no es nada fácil. Para empezar, tienes que ir a su encuentro, y para ello, tienes que dejar este mundo.

2

Tras unas pocas semanas estaba de nuevo trabajando en el hospital, ejerciendo mi trabajo de cirujana jefe.
Jamás descuidé mis obligaciones laborales… pero a partir del primer día… empecé a buscarla.
A la muerte, me refiero. Ese era el primer paso.
Nuestro instinto de supervivencia hace que no la veamos. Que la ignoremos. Pero está ahí. Está presente en nuestras vidas… y nos cruzamos con ella todos los días aunque nos neguemos a verla. Es así.  Ni siquiera se toma la molestia de ocultarse. Somos nosotros, nuestros ojos, nuestra evolución la que ha aprendido a ignorarla. Por nuestro bien.
Así pues, a partir de mi vuelta a la normalidad, buscaba a la muerte tras cada fallecimiento. Tenía que conseguir que me llevara con ella. Unas cuantas veces la vi, en las habitaciones, en los quirófanos, en los boxes, como una sombra negra que se mueve despacio, altiva y arrogante, con esa seguridad que da el hecho de saberte ganadora de cuantos enfrentamientos tengas. Porque los milagros no existen. Cuando la gente sobrevive milagrosamente, es porque la muerte no había acudido a la cita. Cuando ella viene a por ti… date por jodido. Bueno, date por muerto.
Así que, tuve que hacerlo. No tuve otro remedio que morir.
Cuando esa mañana entraba al quirófano, la vi sentada, tomándose su tiempo.
La miré fijamente… y estoy segura de que me vio mirarla. No le quité ojo de encima en toda la operación. Sólo cuando de repente, el paciente entró en parada cardiaca, se levantó para cortar con su guadaña el nexo invisible que unía su cuerpo y su alma. Lo hizo delante de nuestros ojos… pero nadie se dio cuenta. Sólo yo vi como el alma libre se difuminó hasta desaparecer.
Supe que los intentos por reanimar al paciente no servirían, y así fue. Cuando acabó su trabajo, y antes de que se marchara, le dije que me llevara con ella.
Me ignoró. Después le grité. La insulté.
Me miró con superioridad… con asco incluso… pero no se dignó a decirme nada, puesto que la muerte sólo interactúa contigo una vez en la vida. Y además, no suele hablar.
Mis compañeros, atónitos, trataron de calmarme…  y yo enfurecida, empecé a golpearla. Y aunque no podía dañarla porque mis puños atravesaban su figura, ella se mosqueó. No estaba acostumbrada a tal osadía… seguí golpeándola con saña hasta que de verdad vi que se había enfadado… entonces salí corriendo hasta el vestuario. Antes de que me alcanzara, me dio tiempo a abrir mi taquilla y tragarme las cuchillas de bisturí… Dolió muchísimo sentir como me desgarraban por dentro.
Al poco rato, la misma guadaña que había matado a aquel pobre infeliz, me separaba a mi del mundo de los vivos, mientras mis compañeros, que seguían atónitos, eran incapaces de contener mi hemorragia interna.

3

Morirse… es muy bonito después de todo. Una vez que dejas de sentir el dolor de tu cuerpo y asumes también las despedidas de la gente a la que quieres. Eso es lo peor de todo. Pero el cerebro se encarga de hacer el paso muy placentero. Es cierto todo lo que dicen. Ves tu vida pasar… como una película hecha con gran maestría… en una pantalla de 360 grados. Aunque tú vida haya sido una mierda, te aseguro que querrías ver la película una y otra vez. Al final, tienes una especie de orgasmo mental… y ahí acaba todo.
O empieza. Según se mire.
Es cierto que cuesta mucho hacerse a la idea de que ya no tienes cuerpo, pues en principio sigues viéndote tal cual, como si no hubiese pasado nada.
Mi suerte fue tener una meta que cumplir. No dejé sitio para las dudas ni para el estancamiento. Hay gente que se queda flotando, entre los dos mundos. Quizá por desconcierto. Por desconfianza. O por comodidad. Como en el mundo de los vivos… en el mundo de los muertos hay de todo.
Hay quien está encantado con su nueva situación. Los hay que se quedan sufriendo y vagando por mucho tiempo. También están los que no se enteran. Otros se pasan de listos y los pillan en fotos y psicofonías. Y están los que disfrutan y que incluso posan para la ocasión.
Por norma general, es cada uno quien establece los tiempos. Cuando estás preparado, es cuando tienes que definirte. Y aunque no lo estés, llega un momento en que tienes que hacerlo. Decidir si te arrepientes o no. Decidir de parte de quien estás. De los buenos o de los malos.
Es cierto que el cielo está lleno de gente mala. De hecho, ya no caben más.
Cuando la gente mala, incluso los asesinos y violadores de la peor calaña ven lo que les espera en el infierno, cuando ven al Diablo y conocen la clase de tipo que es, incluso los satánicos corren a los brazos de Dios completamente arrepentidos.
Y Dios prometió acoger en su reino a los que de corazón se arrepintieran de sus pecados. Creedme, el miedo hace que la gente cambie de ideas. Y esa es una excusa tan válida como cualquier otra. El ser humano es absolutamente imperfecto y al final, las almas también lo son. Llegados a este punto, las dudas y el miedo provocan en las almas lo mismo que en los cuerpos. Confundirte, hacer que busques la comodidad y huyas de aquello que puede hacerte daño. Y, en el infierno, al lado del Diablo no puede pasarte nada bueno.
Por eso cuando, cegada por mi sed de venganza, elegí con esa convicción el camino de las sombras, del fuego y del sufrimiento eterno, el Diablo me acogió con los brazos y las alas abiertas. Porque no estaba acostumbrado a ver tanta certeza y tanta entrega en un alma mortal como la mía. Me vio como su seguidora más fiel, su discípula. Su trofeo, su triunfo. Una vez más, su ego desmedido lo cegó e hizo que bajara la guardia sin que supiese ver mis verdaderos deseos.

También es cierto que yo, al aceptar ese camino, ese destino, sabía perfectamente a lo que me exponía.

4

Lo que más me gustó del infierno, es que tiene el color del Otoño. Si no fuera por todo lo demás, sería un lugar muy poético.
Cuando vi al Diablo por primera vez, dudé de mis planes. El Diablo es un ser muy poderoso. Casi tanto como Dios. Y es que la maldad da muchos recursos. Muchas ideas. Cuesta mucho más trabajo construir y reparar que destruir y provocar el caos. Por eso, a simple vista, el Diablo parece que está ganando todas las batallas. Por la sencilla razón de que la entropía de las cosas y del universo juega siempre a su favor.
Además, ser muy bueno tiene muchos inconvenientes. Tienes que estar muy pendiente de muchas cosas y de mucha gente. Es más fácil focalizar la maldad para dañar a unas pocas personas (o muchas, depende) que proteger a todos y cada uno. La atención de Dios está muy dispersa y el Diablo se aprovecha de eso.
También es cierto que preparar una gran catástrofe cuesta mucho trabajo y mucho tiempo. Por eso, una gran erupción, un gran meteorito, un tsunami gigantesco o un mega terremoto que destruya a la humanidad, sólo ocurren cada varios cientos de miles de años.
Al final, ni Dios ni el Diablo son todopoderosos. Digamos que son como dos grandes maestros de ajedrez en un campeonato mundial. Exige mucho esfuerzo y mucha concentración derrotar al otro. Sólo que, el Diablo cuenta con ventaja al jugar -paradójicamente- con blancas. Y al saber que su contrario tiene siempre demasiadas cosas en la cabeza.
Todo esto me contó el Diablo. Y mucho más. Llevaba mucho tiempo solo, y realmente necesitaba a alguien para confiarle cosas.
Yo escuchaba atentamente, hice una gran actuación, mientras pensaba y planeaba mi venganza. Así me gané su plena confianza. Mostrando mi admiración por él y por su obra, despotricando (yo también) contra Dios y fingiendo que quería ser como él y estar siempre con él… Yo mientras, observaba, pensaba, aprendía y ganaba tiempo, siempre con una idea fija en mi cabeza.

Ese fue un proceso que duró un tiempo. Pero día a día conseguía avanzar. El Diablo estaba satisfecho conmigo. Incluso se encariñó. Me enseñó rincones del infierno que estaban restringidos, me contó secretos que nadie conocía, de la humanidad, de la historia, de la física cuántica, de las matemáticas, del universo. Me mostró dimensiones paralelas, escondidas… Me dijo en qué se había equivocado Einstein y en qué había acertado.
Me contó también muchas cosas de Dios.
Parecía que era lo que más le gustaba porque invertía mucho tiempo en ello. Yo creo que en el fondo, envidiaba a Dios. Su capacidad de crear, de amar y de perdonar. Eso el nunca lo podría hacer. Y después de todo sabía que al final el amor vence al odio. Porque hay más gente buena que mala. Y porque después de todo, ocurren más cosas maravillosas que terribles. Se sabía destinado a perder su batalla, a pesar de que parecía que la estaba ganando. Por eso necesitaba convencerme de su superioridad y recalcaba constantemente las vulnerabilidades de Dios.
Tuve que meterme cada vez más en mi papel. Ridiculicé y me reí de las oraciones y los rezos. Me dijo, para que lo entendiera, que las oraciones de los creyentes son como los “likes” de Dios. Cuando un creyente reza, él se siente mejor. Según el Diablo, Dios necesita oraciones para seguir adelante, para seguir creando y ayudando. Por eso el Diablo está por encima. Porque, según él, no necesita nada de nadie. Aunque estaba claro que eso no era cierto, él estaba encantado con su nueva discípula, que le reía las gracias y le seguía como un perrito fiel allá donde fuera. Le venía bien para su ego.

Me reí y me burlé también el paraíso, con todas mis ganas… y me dijo que realmente existía, que Dios lo había creado para ofrecérselo a la gente que lo mereciese… pero que no recuerda donde lo puso. Ni en qué dimensión, ni en qué universo, ni en qué realidad. Y mientras lo encuentra, tiene a todas las almas en “stand-by”. Soltó una carcajada terrible (solía hacerlo mucho) tras decirlo. Quien sabe si es cierto, o si mentía descaradamente. Con el Diablo… nunca se sabe.
Me llevó también su refugio, el lugar donde descansaba, el sitio desde donde planeaba sus maldades. Es un lugar curioso. Es un un templo de fuego, con un altar y con un trono de oro incandescente, diamantes y marfil.
La primera vez que entramos me tumbó en el altar y me folló. Tuve que dejarme, no me quedó más remedio que llevar mi actuación hasta el final fingiendo que me moría de ganas. Tampoco es que hubiera podido hacer mucho para evitarlo, la verdad.
Imaginaba que no sería bonito, ni sensual ni delicado… Decir que fue pornográfico, sucio y violento es quedarse muy corto. Realmente, no sabía si me estaba follando o si me estaba matando (se me olvidó por un momento que ya estaba muerta). Lo hizo con furia, con rabia contenida. Tuve la horrible sensación de ser penetrada salvajemente por todas mis cavidades al mismo tiempo… Cuando terminó me ardían las entrañas… sentí cómo su semen me disolvía por dentro. Realmente pensé que ahí se terminaba todo para mi. Pero fingí que me había encantado. Me abracé a él y le dije que le amaba. Se lo creyó. Y también en todas y cada una de las ocasiones en las que se lo dije después de follarme. Y fueron muchas. Perdí la cuenta.

5

Hubo un día en que se despertó pletórico, henchido. La guerra de Siria que él había provocado estaba recrudeciéndose y eso le puso de muy buen humor. Fuimos a su templo, y allí me agarró del cuello y con gran violencia me lanzó contra el altar. Estuvo varias horas follándome. De todas las maneras, por todos los sitios. Incluso abrió agujeros nuevos en mi alma para seguir penetrándome. Fue horrible. Una tortura que no pensé que terminaría nunca.
Cuando terminó, tuve que decirle sonriendo, una vez más, que le amaba…
Con el ego más inflado que nunca, me llevó a su lugar más secreto y más sagrado. Algo así como su habitación, su despacho, su rincón de pensar. Porque el altar y el trono que yo conocía, eran algo público… algo que mostrar a los demás y de lo que presumía. Esto era algo totalmente diferente. Era su museo de los horrores. Estaba repleto de objetos.
La cuerda con la que Adán estranguló a Eva. La manzana del pecado original, la del árbol prohibido. Los clavos de la crucifixión de Jesús. Un trozo del meteorito que envió para acabar con los dinosaurios (me dijo que no le gustaban esos bichos). El Santo Grial. Un resto del arca de Noe y la paloma que soltó para comprobar si había descendido el nivel del agua. La pistola con la que Hitler se suicidó. Un trozo de Chernobilita (el residuo radiactivo más peligroso que se conoce). El OVNI y los alienigenas de Roswell. Un cuerno de mamut e infinidad de animales disecados, muchos de ellos ya extinguidos. La Gioconda original (la que hay en el museo del Louvre sólo es una copia) y muchísimas otras cosas. Yo observaba todo muy atenta fingiendo que disfrutaba como una niña. Aunque hubo una cosa que me llamó mucho la atención. Había unas semillas encerradas en un pequeño frasco. Un cartel raído decían que eran de laelia.
Sabía que la laelia era una especie de Orquídea extinguida hace tiempo. Y lo sabía porque cuando vivía hice un curso de naturopatía, para complementar mi formación como médica. Lo que me pareció curioso es que una cosa tan simple estuviese allí, al lado de otros objetos con un gran contenido histórico.
Supuse que eran muy importantes y en un descuido del Diablo (que seguía hablando orgulloso de su colección) las cogí. Me arriesgué a ser descubierta pero mis deseos de venganza me dieron el valor suficiente para robarle al Diablo unas semillas de laelia que no estaba segura de para qué servirían.

6

Esa misma noche, antes de que el Diablo se me follase por enésima vez, repartí la mitad de las semillas del frasco, metiéndolas dentro de lo que un día fueron mi vagina y mi recto. La otra mitad de las semillas me las guardé. Por si acaso aquello no funcionaba y tenía que hacer otra cosa.

7

Mientras me follaba mirándome con sus ojos encendidos recé. Varias veces. Le di unos cuantos “likes” a Dios para que las semillas tuviesen algún efecto sobre él. Y también para que no notase nada mientras me penetraba con furia.

8

Después de correrse, no le dije que le amaba como hacía siempre. No me dio tiempo. El Diablo cayó sumido en un profundo sueño.
Funcionó.
Esas semillas eran su kriptonita. Y nunca supe por qué las guardaba en lugar de destruirlas.
Tenía que darme mucha prisa. No sabía cuánto tiempo duraría el efecto. Pero dado que había funcionado, el resto de las semillas que había guardado se las metí en la boca. Para prolongar sus efectos.

9

Me provoqué el vómito, yo misma, metiéndome los dedos en mi garganta y salieron las cuchillas de bisturí que utilicé para suicidarme. Estaban intactas.
Entré en su despacho y cogí de su colección los animales necesarios para hacer la cirugía.
Me llevó varias horas, desde que hacía el primer corte hasta que suturaba el último punto. Hice un muy buen trabajo. Por algo era cirujana jefe del hospital más importante del país.
Cuando terminé de suturar, salí corriendo. Y no dejé de correr en mucho tiempo. De hecho, no sabría decir el tiempo que llevo corriendo. O volando. Puede que lo esté haciendo en círculos y aún no me haya enterado.

10

Dicen que la venganza se sirve en plato frío. Esta se hizo sobre su altar. Y estaba muy muy caliente.
Lo primero que hice fue cortarle los cuernos (retorcidos y negros) y ponerle unos cuernos de caracol.
Le corté la cola (larga y escamada) y le puse una de cervatillo. Concretamente, la de Bambi.
Le cambié sus ojos incandescentes (los odiaba) por dos mariposas azules para que cuando parpadease, sus alas se movieran y aletearan.
Le quité los colmillos y le puse unos dientes de caballo (muy grandes, desproporcionados).
Por último, le quité las alas (enormes, negras) y le puse las de la paloma de Noé.

11

No sé qué habrá sido del Diablo. No he vuelto a verlo nunca más. Y tengo miedo de que me encuentre. Aunque hay otra cosa que me da más miedo. Miedo no, terror, pavor absoluto. Porque mientras huyo (caminando, corriendo o volando, aún no lo sé) he descubierto que estoy embarazada.
Daré a luz al hijo del Diablo. Un Diablo renovado, diferente. Seguro que más poderoso.
Sé que me matará cuando le alumbre. Si es que antes no escapa de mi interior partiéndome por la mitad.
Mientras mi barriga se hincha y se calienta por momentos, rezo, con todas mis ganas, y busco a Dios desesperada.
No sé si eso es posible le porque ya me definí, hace tiempo, apartándome de él y tomando el camino del mal y de las sombras. Y aún así, aunque lo encontrase, aunque me encontrara, tampoco sé si me aceptaría en su reino, con el hijo del Diablo en mis entrañas.

 

El ratón de Susanita

Susanita tenía un ratón, un ratón chiquitín. Comía chocolate y turrón y bolitas de anís. Cuando hacía frío, dormía cerca del único radiador que Susanita tenía.
En esa casa siempre hacía mucho frío.
Susanita nunca iba al cine, ni al fútbol, ni al teatro, porque el poco dinero que recibía de los servicios sociales no daba para más. Además, su alcoholismo hizo que la única prioridad fuese la de tener poco más que las botellas de anís y las bolitas, a las que también era adicta.

Susanita fue campeona de ajedrez de su ciudad. Y el pequeño ratón, hace ya tiempo que se comió las piezas, el tablero y el trofeo que le dieron, su único recuerdo de unos pocos años felices.
Susanita murió de un coma etílico, una noche fría de invierno. Incapaz de entrar en calor, no dejó de beber anís, hasta que murió.
Cuando el ratón se quedó sin comida, empezó a comerse las cortinas, los muebles, los cables eléctricos, la ropa de cama y la almohada (que estaba siempre a los pies de Susanita) pero a ella no la tocó.
Cuando los servicios sociales la encontraron, no pudieron creer que a su lado hubiese un ratón -un ratón chiquitín-, llorando desconsoladamente, velando su cadáver.

2

Los servicios sociales se implicaron especialmente con el caso y consiguieron una casa de acogida para el ratón. Pero a los pocos días, cuando volvieron a por él ya se había marchado.
Se fue a la ribera de un río de la ciudad. Las noches eran muy frías y añoraba el pequeño radiador junto al que dormía. Además, llevaba ya muchos años comiendo chocolate, turrón y bolitas de anís y se le hizo muy duro tener que alimentarse de los desperdicios que encontraba por la calle o por la ribera del río. Por no hablar de los gatos que querían comérselo. En más de una ocasión estuvo a punto de ser merendado por uno de ellos. Suerte de su astucia y su instinto de supervivencia…
Aquel no era sitio para un ratón doméstico. Había que hacer algo.
Guiado por su infalible olfato, se coló por el conducto de ventilación de un conocido restaurante.
Pasó un tiempo escondido… observando. Desde el falso techo, desde el fondo de los armarios, o el tubo de la campana extractora… cualquier sitio era perfecto para observar y aprender recetas y técnicas. Cuando nadie miraba, salía de su escondite, probaba las comidas y volvía a esconderse, pensando otros ingredientes y nuevas combinaciones y técnicas.
Al cabo de unos años ya estaba familiarizado con la cocina profesional y, siempre sin ser visto, ayudaba en la elaboración de los platos. Incluso mejoraba las recetas.
Finalmente, se decidió a abrir su propio restaurante. Lo llamó Ratatouille.

3

Después de aprender todos los secretos de la cocina y dominar todas las técnicas, en pleno éxito de su restaurante (que ya contaba con seis estrellas Michelín), decidió dar un vuelco a su vida y regalar toda la fortuna que había ganado con tantos años de duro trabajo.
Siempre echando de menos a su amiga Susanita, decidió volver a las casas de la gente y al calor del hogar.
Ahora va de casa en casa, siempre por las noches, dejando monedas bajo las almohadas de los niños.
De vez en cuando, algún niño lo ve, pues los hay que tienen el sueño muy ligero. Cuando a la mañana siguiente lo cuenta a sus padres o a sus amigos y le preguntan cómo era el ratón, todos responden siempre lo mismo:
-Era un ratón chiquitín-.

Abrazo en un terremoto

-Abrázame por favor… abrázame muy fuerte, como si hubiese un terremoto.

Y con los brazos extendidos hacia Mario, María lo miraba con amor absoluto, ese amor que no sabes que existe hasta que no lo sientes clavado en tu ser y en tu alma, bien profundo, cuando casi sientes que duele el corazón.
Mario la abrazó muy fuerte, sintiendo exactamente lo mismo que ella.

-Quiero morir así, abrazado a ti, tu piel y mi piel, que no se sepa dónde acabas tú y dónde empiezo yo.
-Quiero fundirme contigo… que desaparezca el espacio y el aire entre los dos. Quiero ser tú y que tú seas yo.

Cuando sientes ese amor tan intensamente, no queda sitio para nada más. Los sentidos colapsan ante las sensaciones que vienen de dentro… es por eso por lo que no notaron el temblor. Ni los objetos y los muebles de la casa caer a su alrededor. Ni tan siquiera, cuando las paredes se desmoronaron y el edificio entero se derrumbó sobre ellos. Siguieron abrazándose y así los encontraron al desescombrar.
En el parte de fallecimiento, el médico forense escribiría que los cuerpos aplastados estaban fundidos, fusionados, imposibles de separar.

Hay un lugar imaginario; la frontera donde sueño, realidad y conciencia convergen en una línea muy delgada. Es allí donde los enamorados pasean, hacen el amor o simplemente hablan o se abrazan. En ese lugar María y Mario siguen ajenos a lo ocurrido, fundidos en un abrazo infinito con el corazón latiendo fuerte y los ojos brillantes, sintiendo ese amor tan intenso y profundo que casi duele en el alma.

Para Bea.
Por todo lo que me hace sentir.

Cruzar la tormenta

1

Llegaron al gran vestíbulo, por la gran escalera.
Atrás dejaron a todos los terroristas muertos, al jefe de la organización suicidado antes de ser atrapado y los siete diamantes negros en su poder. Las cosas no habían podido salir mejor. Al menos en el cumplimiento estricto de la misión. Porque por otra parte, el ruido de las explosiones resultaba atronador y provocaba una peligrosa lluvia de escombros, astillas y cristales que, como metralla, salían disparadas en todas direcciones. Las grietas apareciendo de la nada y los trozos de edificio cayendo eran muy descorazonadores: Aquello no pintaba nada bien.

Mientras se recomponían y decidían qué hacer, la gran escalera se hundió tras ellos. Una enorme polvareda los envolvió…
Había que decidirse rápido. Trozos del techo empezaron a caer también.
Los agujeros del suelo estaban repartidos, algunos de ellos seguían saliendo de la nada, otros seguían haciéndose más grandes. El edificio se estaba viniendo abajo. Literalmente.
Se miraron a los ojos. Sudor y suciedad, polvo y pólvora, sangre y lágrimas, todo mezclado, eran el resultado de una increíble aventura… Pero de fondo, un profundo y sincero amor les había mantenido vivos, pues, al margen de la misión, la prioridad de cada uno era la de cuidar del otro.
Ahora estaban separados de la salida tan sólo unas decenas de metros, que, bajo aquella tormenta de escombros se mostraba casi imposible de alcanzar.
No les hizo falta hablar para saber que saldrían de allí juntos… o morirían también juntos.

-¿Lo conseguiremos?
-¡Pues claro que lo conseguiremos!

Beso.
Mirada… mirada…
Latidolatidolatidolatido.
Y, agarrados de la mano, salieron corriendo en dirección a la salida, bajo la tormenta de escombros.

2

Como atletas compitiendo en los 100 metros lisos y agarrados de la mano, salieron por la puerta y siguieron corriendo completamente acompasados, como si fueran un solo cuerpo. En plena carrera frenética, el edificio colapsó y cayó con el estruendo que hacen mil truenos rompiendo mil troncos, a la vez.
Cascotes, cristales y una inmensa polvareda salieron en todas direcciones, aunque no les alcanzó nada.
Sólo cuando estuvieron a una distancia prudencial, pararon y miraron el hueco donde antes había estado el edificio de 60 alturas.

-¡Lo conseguimos!
-¡Ya te lo dije!

Se abrazaron.
Se besaron.
Y a salvo en el campamento, antes de ser rescatados por la organización, follaron con absoluta pasión, como si fuera la última vez. Más tarde, ya en el hotel y tras ser felicitados por los compañeros y superiores, hicieron el amor con deliciosa ternura.

3

-¿Hemos sido los primeros?
-¡Si, creo que sí!

Absorta, la pareja de jugadores miraba la pantalla de TV.
En el ranking aparecían sus nombres en primera posición.

-Mira, los siguientes aún no han bajado al vestíbulo…
-¡Bien!

Chocaron las manos, sonriendo, satisfechos.
En los foros de jugadores se decía que eran los mejores. Una vez más, lo habían demostrado. Todos los “gamers” les envidiaban. Se decía de ellos que su compenetración y conexión a la hora de jugar por parejas era plena y total. Que trascendía lo puramente físico e incluso lo emocional. Era mágico, espiritual. No había juego que se les resistiese. Una vez más, sus nombres quedarían plasmados para siempre, en el número 1 del “Hall of fame”. Hoy, en el videojuego de moda en aquel momento, “Cruzar la tormenta”, mañana, seguro que en cualquier otro.

4

Ya era tarde. Muy tarde. Y tanto tiempo delante de la pantalla les había dejado los ojos rojos e hinchados. Aunque sin duda alguna, había merecido la pena.
Apagaron la consola, la TV, el equipo de sonido y se fueron a la cama.
Se desearon buenas noches, y se durmieron, cada uno en su lado de la cama, sin tocarse, mirando en dirección contraria.

El agujero perfecto

Acaba de salir un agujero en la pared. Es del tamaño de una nuez pequeña y está perfectamente delimitado, como si alguien lo hubiera hecho con una máquina o herramienta especial. Juro que hace 5 minutos no estaba. Y mi marido tampoco está en casa, así que no sé como se ha podido hacer. Qué raro…
Con cierto reparo, meto el dedo. Nada, no se palpa nada, quizá se intuye algo de fresco al otro lado. Acerco el ojo y no se ve absolutamente nada. Meto la nariz y tampoco huele a nada especial… tal vez un poco a cerrado. Con la linterna del móvil lo alumbro… nada… todo negro. Esto es muy muy raro…
Le saco una foto para mandársela a mi marido por Whatsapp.
Dado que nuestra casa es la última de la urbanización y esa pared da a la calle, decido bajar a ver si veo algo. Pero no, nada, la pared está perfecta y todos los ladrillos de caravista se muestran intactos, sin tan siquiera una mínima grieta.

Cuando subo y vuelvo a comprobar el agujero, hay un ojo mirando a través de él… ¡Qué susto! Es un ojo grande y bien abierto, siguiéndome adónde quiera que me mueva. De color azul intenso y con las pestañas largas… la verdad es que es un ojo bien bonito. Pero… ¡qué coño!, esto es una violación flagrante de la intimidad… así que decido llamar a la policía.
Tras explicarlo brevemente, me dicen que ahora mismo están muy ocupados y no puede venir ningún agente a hacerse cargo. Me dice también que han tenido varios avisos como el mío a lo largo del día y lo que él recomienda es taparlo con algo. Me parece perfecto, ¡como no se me había ocurrido antes!
Cuando viene mi marido, y tras su lógica sorpresa inicial, nos ponemos a buscar algo para poner encima. Voy al desván y vuelvo con una foto bien bonita, una que nos hicimos en las últimas vacaciones, con un marquito de color hueso muy fino y muy mono, pero mi marido ya lo ha tapado con un viejo póster – calendario del año 1987. Además de no tener ni idea de donde lo ha sacado, no me gusta nada, se ve muy antiguo, tiene una chica desnuda apoyada en una pila de neumáticos. Típico, tópico y de cierto mal gusto para tener en mitad del salón. Pero él está encantado… sobre todo porque la chica ahora es la que nos sigue con la mirada, allí donde vayamos. Unas veces guiña un ojo y otras veces pone cara libidinosa… No me gusta, no me siento nada cómoda, pero mi marido no quiere oír hablar de quitarlo de ahí.

Acaba de salir un agujero en el techo. Es bastante grande, del tamaño de una bola de jugar a los bolos. Perfecto y delimitado como el de la pared, juro que hace 10 minutos no estaba allí.
Le hago una foto con el móvil y se la mando por Whatsapp a mi amiga Julia, que para mí es como una hermana, confío mucho en ella y en su criterio. Me dice que conoce a alguien que le pasó lo mismo y me sugiere que coloque un barreño debajo, por si llueve no se me vaya a mojar el parquet.
Decido hacerle caso y pongo un cubo grande justo debajo mientras siento la mirada de la chica del póster en mi nuca. Cuando la observo, disimula y hace como que no me miraba. La hija de puta.

Hace ya tiempo que tenemos el agujero en mitad del techo, el cubo en mitad del salón y el póster en mitad de la pared. Al final nos hemos acostumbrado. Lo bueno es que cuando hace buen día entra el solecito e ilumina la estancia con una luz cálida y difusa; recuerdo que una vez después de lloviznar entró un trocito de arco iris y fue todo un espectáculo.
Lo malo es que por las noches entra el frío y una oscuridad que no hay forma de iluminar. Ni poniendo todas las estufas. Ni encendiendo todas las luces.
Pero ahora que no es ni de noche ni de día, no entra ni sale nada por el agujero.
A lo que no me acostumbro es a la chica del póster. Ya ha cogido confianza y no se corta un pelo; es muy frecuente verla contoneándose, tocándose las tetas sin ningún pudor, mientras mi marido babea como un idiota. A mí me mira de reojo y cuando me fijo sobre-actúa como una bailarina haciendo la danza de los 7 velos.

Acaba de salir un agujero en el espejo. Lo tenemos en una pared lateral del salón. Es grande, con filigranas doradas en las esquinas. Precioso. Pues en la mitad del espejo hay ahora un agujero enorme, del tamaño de un balón de baloncesto. Quizá más grande, incluso. Esto sí que es un fastidio… estaba encantada con mi gran espejo. Era ideal para mirarse una de cuerpo entero y hacer posturitas. Mi marido está demasiado ocupado, ensimismado frente a la chica del póster, así que le hago una foto y se la mando por Whatsapp a mi hermana Sandra, que sabe lo que hay que hacer en todo momento y en toda circunstancia. Me dice que no me ponga delante de él y que no se me ocurra romperlo, por lo de los 7 años de mala suerte. Me recomienda también taparlo con una sábana blanca, como hace unas pocas generaciones, cuando se tapaban los espejos si alguien en una casa fallecía. Antes de ir corriendo a por una sábana, puedo ver cómo a través del agujero se van colando los objetos. Primero las cosas pequeñas, como figuritas de porcelana o el paquete de tabaco de mi marido, después cosas más grandes como sillas y el televisor. Después van la mesa y el mueble. Luego el gran ventanal y el solárium.

Acaba de salir un agujero en el colchón. Es perfectamente redondo y muy grande y ocupa como tres cuartas partes de la cama. O más. Mi marido ya no está, así que se debe de haber caído por él. Iría a hacerle una foto para mandarla por Whatsapp al grupo de amigas del gimnasio que tienen siempre una solución para todo, pero el móvil fue una de las primeras cosas que se coló por el agujero del espejo. Asomo la cabeza y no se ve absolutamente nada. Tras dudar unos instantes, voy corriendo al salón y arranco el póster de la pared. Debajo sigue estando el ojo, mirando, ahora parece que le molesta la luz. Me llevo el póster al dormitorio y veo como la chica me mira horrorizada. Lo tiro por el agujero con toda mi mala leche… por fín… qué ganas tenía de hacerlo. ¡Muérete, pedazo de zorra!, me da tiempo a gritarle.
Despues, pongo sábanas nuevas para taparlo todo. Tendré que tener mucho cuidado en las próximas noches, no sea que me caiga yo también.
Vuelvo al salón para tapar el agujero de la pared porque el ojo me sigue dando muy mal rollo y lo único que tengo a mano es una réplica de “Saturno devorando a su hijo” de Goya. Sé que no es buena idea pero lo pongo igualmente. Tras ponerlo, la imagen termina de comerse al niño, y me dice que yo soy la siguiente. Ya lo que me faltaba. ¡No me jodas que no estoy para bromas!, le grito, y enfurruñada le ignoro sin hacerle el menor caso.

En el salón ya no queda nada, todo se ha ido por el agujero del espejo. Sólo queda lo que ocasionalmente entra por el agujero del techo, las flores de almendro en primavera, el sol aplastante del verano, las hojas marchitas del otoño y los copos fríos del invierno. Pero ahora que no es ni primavera ni verano ni otoño ni invierno ya no entra ni queda absolutamente nada.

Acaba de salir un agujero en mi diario. Parece una gran mancha de tinta, perfecta y redonda. Ocupa prácticamente la totalidad de la página y casi no me deja sitio para escribir. Esto sí que es una verdadera faena, porque es muy importante para mí escribir todos los días: el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado y el domingo y contar las cosas que me han pasado en el día. Lo peor de todo es que están empezando a caer en él todo lo que he escrito. Primero han sido los acentos, eso tampoco es muy importante porque hay mucha gente que no los pone nunca y no pasa nada. Después empezaron a caer los signos de puntuación, tampoco es que me importe demasiado, si te fijas en el contexto de la frase no es tan difícil intuir el sentido, pero es que ahora están empezando a caer las letras, las palabras, las frases, todo… hasta mi pluma se ha colado, una Montblanc chulísima que mi marido me regaló en el quinto aniversario… El diario se ha quedado en blanco… todas las páginas. Y hoy que no es ni lunes ni martes ni miércoles ni jueves ni viernes ni sábado ni domingo… ya no puedo escribir nada más. Me quedo absorta mirando mi diario en blanco y el agujero negro que cada vez se hace más grande.

Al poco rato viene una enfermera que me trae unas pastillas en un botecito, me pide mi diario y lo deja sobre la mesilla. Me desea buenas noches y continúa su ronda por los pasillos del psiquiátrico. Antes de caer dormida, le digo que tenga cuidado, no sea que se caiga por el gran agujero que acaba de salir en el suelo. Un agujero redondo y perfecto, del tamaño de un balón de playa.

El agujero perfecto 2

La siguiente en caer por el agujero fue la enfermera… y no puede decirse que fuera pequeña precisamente. Aunque esto no funciona así. No es cuestión de tamaño, de caber o no caber. Es más una cuestión de masa. Las cosas grandes son absorbidas antes. O al menos, con más violencia. Aunque… qué más da. Al final, cada uno de esos agujeros negros acaba por merendarse todo. Insisto, recalco, advierto… Todo.
Y… dónde aparece después lo absorbido? Seguramente en otra dimensión. Sabemos que las hay. Quizá en la quinta. Tal vez en la sexta. En cualquier caso lo mismo da. No hay forma de acceder a ellas.
La que has liado, pollito.
La que has liado… me diría mi hija pequeña si no la hubiera engullido uno de esos agujeros.

Cuando me nombraron director del CERN, en Suiza, supe que haría algo muy grande: Descubrir la partícula perdida.
Ya hacía tiempo que iba detrás de ese descubrimiento. El que dejaría el bosón de Higgs a la altura del betún.
La partícula perdida es la gemela de la primera partícula: Aquella que explotó en el Big Bang y de la que surgió todo lo demás. Pues esta, es en realidad la partícula inversa. La perversa, diría yo. La anti-partícula.
No hay que confundirla con la antimateria. Eso es una chiquillada comparado con esto. Simplificando mucho, la antimateria sólo es energía contenida. Potencia bruta. Pero la partícula perdida… eso son palabras mayores. Es el eco del comienzo de todo. La clave de nuestra existencia. De la nuestra, y de todo lo demás. Desde hace casi catorce mil millones de años, la teníamos delante de nosotros. En todas partes. Sólo había que… saberla buscar. Y sacarla de su letargo, por decirlo de alguna manera. Nosotros lo hicimos. Eso sí, hemos tenido que pagar un precio muy alto. El mundo, nada menos.
No ha sido una guerra mundial, ni un meteorito… ni una invasión alienígena lo que va a acabar con él. Ha sido un descubrimiento. El descubrimiento más grande de todos los tiempos, lo que desencadenó todo.
Un día antes de comenzar el experimento, hubo gente que decía haber visto nubes y formas extrañas sobre el Gran Colisionador de Hadrones.
Los satélites captaron algo raro.
Incluso la estación espacial internacional nos avisó. Decía que había algo parecido a una arruga en el cielo.
Nosotros lo negamos todo, por supuesto, pero es cierto que algo se creó justo encima de nosotros (quizá fuera una distorsión espacio-temporal) preludio de lo que sucedería, un día antes de que hiciéramos chocar esos 2 haces de protones a la velocidad de la luz.
Preparamos el colisionador a conciencia, logramos hacer los haces del grosor de un electrón. El choque tenía que ser efectivo al 100 x 100. Y el resultado… que la partícula perdida se mostraría.
Sabíamos que seguramente, como consecuencia del choque y por la energía liberada se crearían micro-agujeros negros. Y sabíamos que estos se evaporarían casi al instante. Igual que la nueva partícula. Así que para que ésta no se desintegrara tan rápido y tener un poco más de tiempo para analizarla, justo en el instante y en el lugar del choque, hice soltar un poco de osmio (el elemento más pesado de la tabla periódica) pulverizado. Era una idea genial, actuaría base, de catalizador y nos daría unos segundos más de tiempo para hacer nuestras mediciones a la nueva partícula. El (posible) agujero negro resultante se evaporaría en unos tres segundos en lugar de hacerlo en unos micro-segundos. Todo estaba calculado para que no fuera peligroso. Mi equipo y yo trabajamos muy duro y los cálculos nos daban un margen de riesgo muy aceptable. Claro que, cuando investigas lo desconocido, no sabes muy bién con lo que vas a encontrarte.
Qué frase tan buena. Y tan cierta. Debería haberla tenido más en mente.
Tras meses de preparación y tras el perfecto choque de los haces de protones, pudimos fotografiar, analizar, comparar y ponderar la partícula perdida. Nos dio tiempo a hacerlo. Lo habíamos conseguido. Un descubrimiento equiparable al fuego o a la rueda, a los antibióticos, la quimioterapia o la anestesia. Teníamos ingentes cantidades de datos que tardaríamos años en procesar y transcribir. Y ante nosotros, además de la partícula perdida, un agujero negro que debería evaporarse a los 2,96 segundos. Pero… el agujero no se evaporó a los casi 3 segundos como indicaban nuestros cálculos. En realidad no se evaporó. Quizá pulverizamos demasiado osmio. Puede que ese fuera el error. Aunque ya da igual. El resultado: Un pequeño agujero negro. Que en lugar de engullirse a sí mismo y desaparecer para siempre, se quedó. De momento contenido en el interior de la tubería. Al vacío y congelado en el cero absoluto. Pero absorbiendo el espacio circundante. Era cuestión de tiempo. Cuando tuvo la cantidad de masa suficiente ni el vacío ni el cero absoluto fueron capaces de contenerlo. Creció, absorbió las paredes que lo contenían… y salió de su contenedor. Sin hacer el menor ruido. Como sale un pollito de su cascarón…
Era del tamaño de un balón de playa. Quizá más grande. Redondo, perfecto. Y se puso a flotar. Lenta y aleatoriamente…
Parecía una oscura aparición.
Sin orden aparente, subía, bajaba… iba y venía… Lo vimos todo por el circuito de televisión, estupefactos. Nosotros estábamos justo en la sala de al lado.
Se acercó como a cámara lenta a a un técnico que estaba por allí… no pudimos avisarle. No nos dio tiempo! Cuando apenas estaba a medio metro de él… lo engulló! Fue visto y no visto. Increíble… Dantesco, en realidad.
Hice que sonaran las alarmas. Activé el protocolo de evacuación, pero nadie hizo caso. Aún habiendo entrado en pánico mi equipo de ingenieros se quedó allí para intentar solucionarlo… Fueron muy valientes. Pero… ¿qué hacer?
Después de tragarse al técnico, el agujero negro siguió flotando, como una medusa, como si nada hubiera pasado.
Atravesó la pared que nos separaba de la zona cero… sin hacer el menor ruido, dejó un agujero en ella. Un agujero perfecto, exactamente del mismo tamaño.
Todos nos apartamos de él, atropelladamente… lo bueno es que era muy lento y nos daba tiempo. Pero absorbió varias cosas, un ordenador, dos sillas, una mesa… sin dejar el más mínimo rastro. Eso es lo único que puede, que sabe hacer un agujero negro. Devorar todo lo que encuentra. Y lo único que puedes hacer es quitarte de en medio.
Lo cierto es que, mal que me pese, no puedo negar que era bello.
Negro, como la más oscura de las noches. Perfilado con trazos finos y plateados que vibraban… Como el reflejo del sol en la superficie del mar en calma. Igualito.
Aquello era muy grave. Gravísimo.
De momento lo teníamos en la sala… pero… ¿qué pasaría cuando saliese al exterior? Había que hacer algo. Sabíamos que no se podía tocar, ni siquiera acercarte demasiado. Cualquier cosa que se le lanzara se lo tragaría también… Tuve una idea: Irradiarlo. Nadie sabía si era buena idea o mala. Pero era lo único que teníamos. Una idea y un agujero negro que seguía tragándose cosas y perforando paredes, suelos y techos… No había opción. Hice traer de inmediato el cañón portátil. Es capaz de irradiar cualquier cosa con todas las longitudes de onda disponibles.
Había que probar y yo mismo lo hice. Si a alguien hay que culpar es a mí. Por haber tenido la idea y por llevarla a cabo. Pero, ¿qué otra opción había?
Me acerqué un poco a él, lo puse a potencia máxima e irradié con la longitud de onda más energética: la radiación gamma.
Se lo tragó. Me lo arrebató de las manos, no pude sujetarlo. Pero eso no fue lo peor de todo. Algo le hice… algo cambió… que lo empeoró todo.
Ese fue el principio del fin.
Tras recibir la radiación, el agujero negro se deformó estrechándose por el centro y se dividió, igual que se divide una célula. Fue enigmático… bello… Era como la perpetuación de la vida. Sólo que, esto era justo lo contrario. La muerte tomando posiciones y preparando su ataque:
Voilà. Ya teníamos 2 agujeros negros por el precio de uno, cada uno flotando por su lado.
Pensáis que no podía ser peor? Pues lo fue. Porque a los 8 minutos y 26 segundos, cada uno de los agujeros hizo lo propio. Duplicarse. Y otra vez, a los 8 minutos y 26 segundos siguientes. Y después otra vez. Y otra más…
Recordáis la paradoja del tablero de ajedrez y de los granos de trigo? En la casilla siguiente había que poner el doble de granos de trigo que la anterior. Bastante antes del final del tablero, no había trigo suficiente en el mundo para completarlo.
Pues esto es lo mismo. Solo que un tablero de ajedrez tiene 64 casillas. Pero, ¿cuando se acaba el tiempo?
¿Nunca? Es sencillo calcular que en 3 horas, habría más de un millón de agujeros. En 5 horas, más de un billón… Y en 24 horas, más de 9.000 billones de agujeros negros vagando por el mundo… y comiéndoselo. Y no hay mundo que soporte eso.
Tras unas cuantas divisiones, el CERN ya había sufrido daños irreparables. Además del propio colisionador, varias salas estaban ya vacías y llenas de agujeros. Era cuestión de tiempo que en su flotar aleatorio, acabaran por salir al exterior. Me quedaba la esperanza de que unos agujeros pudieran absorber a otros… pero no ocurrió. Se repelían. Era de esperar que tuviesen la misma carga eléctrica.
La alarma general y el protocolo de evacuación incluía varias cosas: Ambulancias, policías y bomberos estarían viniendo hacia el CERN ahora mismo. Pero daba igual, no había nada que pudiesen hacer. Nada.
Las comunicaciones ya estaban cortadas. Se había ido la luz, y ya todos habíamos entrado en pánico. Las luces de emergencia eran insuficientes para ver con claridad los agujeros. Muchas personas fueron absorbidas.
Allí ya no hacíamos nada. Lo más sensato era salir corriendo. Por las escaleras de emergencia salí al exterior, junto con más trabajadores y visitantes del CERN.
Me encontré con cientos, miles de agujeros negros… por todas partes. Perforando las cosas muy grandes y tragándose las medianas y las pequeñas… Adueñándose del mundo. Rasgándolo, haciéndolo añicos.
La gente corría sin rumbo, esquivandolos. Llegaría un momento en que sería imposible, por una simple cuestión de número. Cada 8 minutos, quedaba la mitad de espacio libre.
Ya no daba tiempo a hacer nada. Ni trazar un plan, ni coordinarse, ni pensar ni probar soluciones.
Cogí mi coche y esquivando agujeros llegué hasta mi casa. Me dio tiempo a ver cómo mi familia era absorbida.
No me lo pensé.
Me lancé de cabeza al agujero.

Tus sueños

Rara era la noche que no dormía tranquila y feliz. En esas horas de descanso reparador morían todas mis preocupaciones y mi cansancio y despertaba nueva, dispuesta a pelear contra un nuevo día lleno de retos y cosas que hacer.
Mis sueños eran pues, un infalible bálsamo para el alma. Y es que, podía controlarlos a voluntad. Podía crearlos y destruirlos… sabía cómo hacerlo. Añadir personajes y quitarlos. Cambiar escenarios, lugares… Sabía cómo volar en ellos, cómo transformarme en dragón o en águila, podía viajar hasta la estrella más lejana o hacerme pequeña como la cabeza de un alfiler. Podía dormir con Brad Pitt, matar yo solita a cien terroristas armados hasta los dientes o acabar con el mismísimo demonio, escapar de Alcatraz con los ojos vendados o humillar a Hulk con una mano atada a la espalda… Entre muchísimas otras cosas.

Mis sueños eran enteramente míos y podía hacer cualquier cosa que se me antojara… Cualquiera. Hasta la noche en que empezaste a aparecer en ellos. En ese momento comenzó un proceso en el que he terminado siendo una simple espectadora de mis sueños sin poder hacer en ellos poco más que ver, oír, callar… y sufrir.
Recuerdo la primera vez. Estaba visitando las ruinas de la antigua central nuclear de Chernobyl y la ciudad de Pripyat cuando me pareció ver una sombra. Como por casualidad, se deslizó por mi sueño unos pocos segundos. Ni siquiera me llamó la atención.
Después desapareció.
Algo más tarde, tras vacilar y trollear a unos narcotraficantes colombianos, una sombra (la misma sombra) me estuvo siguiendo durante un rato. Miré por todas partes pero no vi a nadie.
A partir de ese momento ya nada sería nunca como antes.
Porque a las pocas noches la sombra ya estaba en casi todas las escenas. Derramada por el suelo o plasmada en la pared. Estática. Oscura… Como tú.
Era la superficie sobre la que transcurría todo lo demás.
Porque a veces parecía un árbol, otras veces la cambiabas hasta convertirla en perro, o bicicleta, o en tumulto de gente, o en monumento. Pero siempre la dichosa sombra, allá donde mirase. Como si todos mis momentos estuvieran contenidos en un inmóvil trozo de oscuridad. Tuve que acostumbrarme a soñar sobre ella. Aunque al final es cierto que tampoco me resultó tan incómodo. Asumí que todas las cosas proyectan siempre una sombra que nada malo puede hacerte.
Luego empezaste a mostrarte. Primero de lejos, sin participar, seguro que sin pensar. Como si formaras parte del paisaje. Un caminante, un figurante, un observador casual que miraba siempre a otro lado, mientras se iba rápido de la escena, como si la cosa nunca fuera con él. Así durante varios días. Pero como siempre, yo estaba demasiado liada, descubriendo la cura contra el cáncer, o construyendo hospitales, colegios y comedores en Somalia y Sudán.
Pensé que no hacías nada malo. Qué puede hacer un paseante? De aspecto inofensivo y algo bobalicón, además. Te dejé hacer. Qué tonta fui.
Después te acercaste. Y, aunque no participaras en el sueño ni me afectara nada de lo que hicieras, empezaste a mirarme. De arriba a abajo. Mirabas todo lo que hacía… Y ponías caras. De burla o de reproche, la mayoría de las veces. Lo que ocurre es que por aquel entonces, estaba muy ocupada liberando rehenes en Irak, o charlando con alienígenas en Plutón…
Quizá si entonces hubiera sabido lo que después pasaría, hubiese sido capaz de eliminarte. Mi error fue dejarlo pasar, pensando que todo volvería a la normalidad con el tiempo. Y lo que ocurrió es que te hiciste grande. Muy grande. Acabaste por ocuparlo todo. Fui una inconsciente. Siempre estaba demasiado ocupada para calibrar las consecuencias y remediar la situación. Acabé descuidando el devenir de las cosas. Siempre de aquí para allá, siempre disfrutando con mis sueños perfectos y redondos. Ganando. Venciendo. Sueños de placer, algunos, sueños de justicia, otros.
Me sentía Morfeo. Era la mismísima Diosa de los sueños. Todos girando alrededor de mi. Exclusivamente para satisfacerme en todos los sentidos. ¿Quién iba a pensar que todo eso pudiera terminar de la manera que lo hizo?
¿Cómo pude pasar de ser el centro de todo, a convertirme en tu marioneta, tu monigote?
Recuerdo que ya en esos días, despertaba cansada, me costaba más tiempo tener conciencia de la realidad. Y al echarme a dormir, de igual manera, tardaba más tiempo en tomar consciencia del sueño y empezar a manejarlo.
Aunque es cierto que por aquel entonces mis sueños seguían siendo aún enteramente míos. Esas noches yo solía estar en la biblioteca de Alejandría. Los “Heaven & Hell Sextet” actuaban sólo para mi. En tan particular escenario, Paco de Lucía, Jimmy Hendrix, Chopin, Vivaldi, Michael Jackson y Freddy Mercury, desplegaban todo su talento, y yo, extasiada, no le di importancia a que te sentaras a mi lado y me miraras a mí, fijamente y con un gesto burlón, en lugar de disfrutar de tan magno espectáculo. A partir de ahí, Empezaste a recrearte, a lucirte en mis escenas. En poco tiempo serías una molesta interferencia que no me dejaría disfrutar de mi sueño. Por ejemplo, cuando después de nadar junto a Tarzán en el Amazonas, destrozaste mi ropa haciéndola jirones. Estoy segura que fuiste tú. O la noche en la que gané al ajedrez a Bobby Fischer y a Bruce Lee a un combate a muerte en Bangkok, tú eras el juez que, con cierta reticencia me daba la victoria. Recuerdo que además al felicitarme en las dos ocasiones me miraste y sonreíste de una manera muy extraña. Te costó mucho soltar mi mano, apretaste demasiado… me hiciste daño y yo no pude zafarme del apretón hasta que no me soltaste. Y después no te ibas… Te quedaste por allí, pavoneándote y mancillando mi sueño. No me dejaste disfrutar de mis merecidas victorias. Nunca me había pasado algo parecido.
La noche en la que todo cambió, me costó mucho dormir. La realidad se desdibujó muy poco a poco, y en un momento muy concreto, cuando ya pensaba que iba a pasarme la noche despierta, todo se deslizó por una grieta… y yo también caí por ella, muy bruscamente, a mi mundo de sueños…
Una vez allí me sentía muy torpe, desganada y sin fuerza. Fui incapaz de ganar a Thor en lanzamiento de martillo. No pude, por poco, superar sus 3.081 metros cuando yo nunca bajaba de los 5.000. Y eso que lo lancé con todas mis ganas.
Tú estabas por allí, a él le aplaudiste efusivamente y a mi me abucheaste.
Me enfadé muchísimo.
Harta, llamé a Brad Pitt. Me apetecía follar con él en la habitación más lujosa del hotel de 7 estrellas de Abu Dhabi.
Y cuando estamos ya en la suite, desnudos y dispuestos, me dice que aún seguía enamorado de Angelina Jolie… y se fue sin más. Y mi cama se quedó vacía… Y entonces supe que algo muy grave había ocurrido, mientras, desde alguna parte, desde algún rincón, escondido, sentía tu mirada clavada en mí y tu sonrisa maliciosa inundándolo todo. Sentí frío bajo las sábanas y mi cuerpo indefenso y pequeño.
Todo se vino abajo.
Las sábanas de seda, la lujosa habitación, el hotel.
La ciudad. Mi sueño y mi falsa realidad.
Desde entonces, vago por mi sueño que ya no es el mío, es el tuyo. Yo, ya no soy yo. Soy tu personaje. Una pelele a la que manejas y puteas a voluntad.
A veces me quitas los zapatos y tengo que ir descalza entre la multitud que señala mis pies sucios y mis uñas largas.
A veces me dejas desnuda en medio de un restaurante lleno de gente, con mis necesidades hechas encima.
A veces me vistes de gallina en una ceremonia de los oscar.
A veces me dejas en mitad de un oleaje, ahogándome.
Otras veces soy devorada por una jauría de lobos. Después soy defecada por ellos.
Una vez vagué por el desierto muerta de hambre y sed. Cuando por fin llegué al oasis comprobé que tenía los labios cosidos.
A Brad Pitt le pusiste vagina. Un coño peludo que con frecuencia restriega por mi cara.
Y últimamente te gusta mucho ponerme enfrente de una horda de sucios neandertales… Huyo, pero al final siempre acaban alcanzándome y soy salvajemente penetrada.
Y tú siempre con tu risa perversa… disfrutando con mi sufrimiento.
Porque la gente que me ve desnuda, o haciendo el ridículo se ríe sin más, o me señala, pero luego lo olvidan… los hay que me ignoran… los hay que tratan de ayudarme… los hay que ni siquiera se dan cuenta. Pero tú disfrutas viéndome ridiculizada o viéndome sufrir. Siempre estás por allí, a unos metros de mí para que no pueda alcanzarte, regocijándote con mi angustia y mi desesperación… Te divierte verme incapaz de despertar. Porque cada vez que despierto, cada vez que salgo de una pesadilla, es para comprobar que estoy en otra pesadilla, aún peor que la anterior.
Al menos podrías tener el detalle de decirme quién eres. Y por qué lo haces. A veces pienso (sueño) que eres la conciencia de todos aquellos a los que vencí. A los que, en beneficio propio o en pos de la justicia, humillé. Eres la sorpresa y la venganza de los que se vieron derrotados y humillados por una mujer menuda y de aspecto frágil, que siempre hizo de su mundo de sueños su perfecta realidad.

 

Mareas

Un frío día de Noviembre en un pueblecito costero, tras una marea habitual y sin que nunca se supiera por qué, cuando el nivel del mar bajó dejó la playa llena de poemas.
Miles, millones de poemas.
Una marea de poemas.
Horas más tarde, el viento arrastró los poemas al pueblo.
Algunas aceras se llenaron de hojas secas y otras de flores. Las unas crujían y se iban con el viento. Las otras, se arremolinaban para formar coloridos jardines. Porque a partir de entonces, siempre era Otoño o Primavera.
Todas las luces se rodearon de un halo plateado. A veces lucía el sol y otras no paraba de llover… pero siempre pasaba algo.
Algo grande.
O algo pequeño.
O algo parecido.
O algo emocionante…

Al día siguiente, la misma marea al bajar, dejaba en la arena una epidemia de pereza.
La brisa del mar sopló con fuerza y la llevó al pueblo.
Las hojas y las flores, mezcladas, se amontonaban en los rincones como montañas huecas.
El tiempo se detuvo.
La luna dejó de menguar.
La luz y la oscuridad entraban por las ventanas abiertas, pero ya nunca salía.
Ya nunca pasaba nada.
Nada especial.
Nada raro.
Nada bueno ni nada malo.
Porque un pesado telón de realidad congelada, como en una foto antigua, cubrió las calles y las casas.

Al día siguiente, cuando bajó la marea, ésta dejó una avalancha de tristeza.
Y no hizo falta viento, ni brisa, para que la tristeza llegara al pueblo, porque ella sola caminó hasta él.
Las aceras se volvieron grises, las paredes desconchadas parecían llorar y todos los sonidos se volvieron pesados, largos, como un lamento que nunca terminaba.
Los remolinos de hojas y flores perdieron la forma, el color, el sentido… el futuro incluso…
Llovieron lágrimas y formaron charcos que no desaparecían, reflejaban el cielo plomizo y no se sabía si tras él, el sol seguía estando ahí.

El cuarto día la marea no subió ni bajó. El sol no salió ni se puso.
No había arena ni aceras.
No hubo nadie que leyese los poemas.
Ni sintiese la pereza.
Ni llorara en la tristeza.
Porque las gentes hace tiempo que marcharon.
A las ciudades.
A las montañas.
O a cualquier otro lugar.
Y los que se quedaron, hace tiempo que murieron.

El último de ellos, justo antes de marchar, recordó su vida en él.
Sus cartas de amor.
Su tiempo entre mareas.
Y el baile lento y largo de los días, mientras todo terminaba. Dejando el pueblo y su recuerdo con poemas en las puertas… con pereza en las ventanas… con tristeza en las aceras.