Siempre supe que tras la tormenta se escondía mi alma. Que el espejo me engañaba, que desde el principio las cartas estaban empapadas, que la tinta llevaba sal y detrás de cada esquina las expectativas tenían la textura de los sueños, el color del recuerdo y el rostro del olvido.
Pensaste que me perseguías pero yo solo huía de mis fantasmas.
Aún así el tiempo pasa. Las alas en mi espalda siguen desplegadas. A veces el viento las mece y alguna pluma arrancada dibuja en el cielo círculos grandes o escribe, lejos de mis ojos, poemas pequeños. Cuando la pluma cae después de volar la guardo en una caja para no pensar en ella. Por suerte su corto viaje llena el hueco que deja.
Por ahí viene otro fantasma y ya no quedan sitios donde pueda esconderme. Me arranco las alas, arrojo mi sombrero y dejo en el suelo el peso invisible que hay sobre mis hombros.
Estrecho la mano del fantasma, le doy las gracias y me voy cantando.
Al fin soy libre.