El monstruo del armario

—Papá… ¿me cuentas otra vez el cuento? —mi niño me preguntó con la misma ilusión de todas las noches.
—Claro, hijo, pero después te dormirás que ya es tarde —y arropándole me froté un poco los ojos. Había sido un día duro y tenía algo de sueño.
—Escucha bien, hijo mío, no te pierdas detalle de esta historia tan aterradora.
—¡Espera! —me interrumpió— ¿Cómo se titula el cuento? Y me miró con sus ojitos abiertos como platos.
—Se titula… ¡El moooonstruo del armaaaario! —y mientras lo pronuncié, puse mi voz más profunda y tenebrosa.
—¡Qué bien, qué ilu! —exclamó dando unas palmaditas rápidas.
Hice memoria y empecé a contar tal y como recordaba todo:

“Cuando le pedí a mi padre que mirase en el armario por si había un monstruo… así lo hizo. Abrió la puerta convencido… y después de que su rostro mostrase una expresión de horror, volvió a cerrarla y dijo con la voz temblorosa que allí no había nadie y que no me preocupara. No me dio el beso de buenas noches. Salió deprisa de la habitación y desde ese día nunca más lo volví a ver.
Al final, a todo se acostumbra uno. A vivir sin padre, y también a compartir habitación con un monstruo que vive en el armario.
Sé por qué lo hizo. Por qué se fue mi padre, digo. El monstruo del armario daba bastante miedo. Aunque no era muy mayor (tendría mi edad, más o menos) era de color oscuro, tenía colmillos largos, los ojos amarillos y las orejas puntiagudas. De piernas y brazos fuertes, pero con dedos largos y uñas afiladas, aseguraba no saber de dónde había salido ni qué hacía allí. A mí me dio pena porque parecía desamparado. Por eso le acogí en mi cuarto y en mi armario. Además, el armario era enorme. Había sitio para mi ropa, mis cosas y para él. Y al ser hijo único siempre había echado de menos un hermano con quien jugar.

Desde el primer día mi prioridad fue ocultárselo a mi madre; no quería que hiciera lo mismo que mi padre. No fue difícil, desde que él se marchó, mi madre trabajaba todo el día y tenía poco tiempo que dedicar a la casa, a mi cuarto y a mí.
Una tarde, como el monstruo no tenía nombre decidimos uno. Yo le hubiera llamado Robin, Luke o Irwin pero él eligió Vampoo. Vaya nombre raro, pensé.
Le di permiso para utilizar mi ropa. A excepción de la ropa interior, claro. Como no íbamos muy bien de dinero y mi paga semanal no daba para mucho, la robaba de los tendederos de los vecinos.
La comida no era problema, no le hacía falta comer ni beber. Tampoco necesitaba ir al baño, lo cual era una gran ventaja porque eso hacía más fácil mantenerlo oculto y tampoco sudaba ni olía, por eso no le hacía falta cambiarse mucho de ropa ni bañarse.
Por aquel entonces yo no tenía muchos amigos en el colegio. A Vampoo no le gustaba la gente y me quería solo para él. Aún así… ¡tampoco me daba tiempo! Después de clase tenía que volver a casa para hacer los deberes y estudiar, hacer la compra, limpiar y también jugar y hacerle compañía a Vampoo. Entiendo que bastante aburrido tenía que ser pasar solo toda la mañana.
Como no hablaba ni me relacionaba mucho, mis compañeros me pusieron un mote. A la gente le gusta mucho poner motes. El chapas, el chino, el granos… Y yo fui el raro. Reconozco que podría haber sido peor pero… habría que haberlos visto a ellos, sin padre ni hermanos, llevando una casa y compartiendo habitación con un monstruo de verdad, como los que salen en las películas de miedo.
Por las tardes Vampoo me ayudaba con los deberes e iba aprendiendo a la par que yo, aunque a él no le gustaba estudiar. Pero era mi condición imprescindible para poder ser amigos. Que me ayudara, con los deberes y también con las tareas de la casa. Sólo después de terminar era cuando nos poníamos a jugar hasta que mi madre llegaba, entonces se escondía en nuestro cuarto mientras ella y yo cenábamos y nos contábamos nuestras cosas.
Mi madre nunca se enteró de que Vampoo vivía conmigo. Tenía el oído muy fino y si ella se acercaba se escondía debajo de la cama. Era muy rápido. También muy fuerte, para su corta edad y su escasa estatura.
Alguna vez nos peleábamos… como todos los niños, con sus hermanas o hermanos. A mi no me gustaba que se enfadase, sus ojos amarillos se ponían rojos y su cara se volvía tenebrosa y daba verdadero miedo… así que le pedía perdón y hacíamos las paces.
En alguna ocasión me ayudó, cuando alguien se metió conmigo en el recreo y me pegó, no tuve más que decírselo a Vampoo. Por la noche le hizo una visita y asunto arreglado, no volvió a molestarme.
Cuando oscurecía también me era muy útil. No tenía miedo a que alguien me hiciera daño. Él me protegía.

Y así pasaron los años.
Mi madre y yo.
Vampoo y yo.

Cuando me tocó elegir Universidad, elegí una cercana a la ciudad. Le dije a Vampoo que no podría venir conmigo, que tendría que quedarse en casa y yo iría a visitarlo cuando me fuera posible…
Ese día se puso como una fiera y rompió varias cosas de nuestro cuarto. Logré calmarlo, pero se quedó enfadado unos días. A mí me cayó una buena bronca porque tuve que decirle a mi madre que había sido yo.
Aún quedaba todo el verano para estar juntos. Aún así, ya nunca volvió a ser como antes.
A lo largo de ese verano crecí (curiosamente, él no lo hizo ni lo haría nunca) y empecé a pensar de manera diferente.
Había muchas cosas que ver más allá de ese armario y esas cuatro paredes que se me caían encima cada día un poco más. Me estaba perdiendo muchas vivencias, quería conocer gente y cambiar de aires.
Yo le ocultaba a Vampoo esos pensamientos, sabía que no le gustaría saberlo. Él estaba encantado con nuestro armario, nuestro cuarto y conmigo. No necesitaba más pero yo sí.
Cada día, la presencia de Vampoo me resultaba más asfixiante. Nuestra diferencia de edad cada vez era mayor; él quería jugar siempre más, quería que hablásemos más, me reclamaba continuamente, quería que le contara todo lo que hacía y también mis cosas y mis secretos. Nunca estaba satisfecho, todo era poco. Tenía mil proyectos y en ellos sólo estábamos él y yo. Yo estaba harto y le daba la razón como a los tontos. Mejor dicho, le daba la razón como a los monstruos. Como a los monstruos pequeños. Porque nunca dejó de ser un monstruo de unos pocos años.

Cuando me fui a la Universidad me dio mucha pena. Aunque yo ya estaba muy distanciado de él estuve tentado a decirle que viniera conmigo. Pero no podía ser porque no tendría un cuarto para mí solo y el campus no era lugar para él.
No se despidió. Se quedó dentro del armario.
Y yo empecé mi nueva vida con un nudo en el estómago y otro en la garganta… Pero habiéndome quitado un peso de encima y con una innegable sensación de libertad y futuro.

Cuando en el campus me asignaron habitación y compañero fue una bocanada de aire fresco. Lo necesitaba.
Mi compañero Noé era muy buena persona. Enseguida congeniamos y nos hicimos amigos. Era completamente diferente a Vampoo. Me daba libertad. Sin agobios, sin presiones ni miedos. Además de habitación, compartíamos sueños… la vida por delante abría sus puertas y ambos la mirábamos expectantes, con deseo y ambición.
Hablábamos mucho, sobre todo cuando acababa el día y en poco tiempo sabíamos casi todo del otro. Le encantaban las historias de miedo. Antes de dormirnos, solíamos contarnos (o inventarnos) alguna. Nunca mencioné a Vampoo, pero estoy seguro de que me hubiese creído y hubiera querido conocerlo.
Noé dormía con su machete bajo la almohada por si había un apocalipsis zombi. Él era así. Decía que lo de la invasión zombi era cuestión de tiempo y quería estar preparado.
“Algún día te harás daño, te sería más útil una pistola” le advertí varias veces y él siempre decía que aún no tenía edad, pero que todo se andaría.

El sábado fui a visitar a mi madre… y también a Vampoo.
Llegué antes que ella y lo busqué por todas partes pero no lo vi. La casa estaba limpia y ordenada. Demasiado, para el tiempo libre que tenía mi madre.
Pasé allí el fin de semana. Me echaba de menos, pero la vi contenta. Nunca temí por ella. Sabía que a Vampoo sólo le interesaba yo. Aunque agradecí que desde la sombra ayudase a mi madre con la casa.
Volví al campus desconcertado por no haber visto a Vampoo en ningún momento.

A partir de ese día, comenzaron los rumores. Los estudiantes empezaron a decir que a veces veían una sombra pequeña moverse increíblemente rápido y unos ojos amarillos que observaban desde la distancia. No tenía duda de quién era.
Yo trataba de comportarme con normalidad pero estaba muy intranquilo. En cambio Noé estaba emocionado. Varias veces salió por los pasillos del campus, cuando era noche cerrada y todos dormían. Yo solía acompañarle, no quería que se encontrase con Vampoo él solo, sabía que nadie corría peligro si yo estaba delante.
Una noche me acosté pronto porque tenía mucho sueño y justo antes de dormirme vi que Noé salía de la habitación.
Dormí toda la noche.
Cuando desperté por la mañana, Noé no contestó a mi “buenos días” y tiré de su manta…
Estaba muerto sobre una gran mancha de sangre, con su machete de matar zombis clavado en el cuello.
Días más tarde, los forenses, dirían que se había clavado el cuchillo mientras dormía en un movimiento involuntario. Noé se movía mucho por las noches… pero de ahí a seccionarse la yugular…
En la autopsia dirían también que el cadáver apareció con los dedos índice y medio de cada mano estirados y separados, como haciendo el símbolo de la victoria. Dirían que en el momento de la muerte estaba soñando. Pero yo sabía que no era un símbolo. No era la “V” de victoria. Era una firma. Era la “V” de Vampoo.

Esa misma tarde fui a casa, antes de que mi madre llegara.
Roto y fuera de mis casillas me puse a gritar, a llorar, a insultar a Vampoo.
Le grité que de acuerdo, que él ganaba. Con los ojos llenos de lágrimas, le pedí que me dejara terminar la universidad y que después viviríamos juntos el resto de nuestros días. Pero a cambio, él no mataría ni haría daño a nadie nunca jamás.
Salió de su escondite y me dijo que de acuerdo.
Con una de sus uñas me hizo un corte en la palma de la mano y después hizo lo mismo en la suya.
Nos dimos la mano y así sellamos nuestro pacto.
Ninguno de los dos rompería jamás el juramento de sangre”.

—Papá, qué historia tan aterradora, ¡la has contado genial! —mi niño me miraba emocionado.
Siempre me pregunté cómo le gustaban tanto las historias de miedo. “Las de caballeros y princesas son un rollo” solía decir.
—Ahora tienes que dormirte —y me puse serio para no dejar opción.
—Antes de irte… ¿Puedes mirar en el armario por si dentro hay un monstruo? —y sus ojitos me miraron con inquietud.
—Claro —abrí las puertas del armario y me aparté para que mirase.
—Gracias papá —ahora su voz sonó tranquila mientras cerraba los ojitos.
—Espera papá, dame un beso de buenas noches…

Y entonces abrió sus ojos amarillos, y extendió hacia mí sus manos largas y sus uñas, una de ellas manchada todavía, con nuestra sangre.
Y con todo el asco y el odio del mundo, le di un beso a Vampoo.

12 meses. Octubre

LA MUÑECA RUSA

Pensé que los días de Octubre caerían como las hojas del Otoño y crujirían bajo mis pasos largos.
Pero los días no caen ni las hojas crujen:
Octubre es una muñeca rusa, unos días descubren a otros, exactamente iguales, pero más pequeños —como las horas que encierran minutos y segundos o los tonos dorados del Otoño que dentro guardan la nieve del Invierno—.
Octubre empezó pero no acabará nunca, como una matrioshka infinita, inventando días y más días que en realidad sólo son vacío.

12 meses. Septiembre

LA CANCIÓN QUE MIENTE

Suena una canción enredada en los días de Septiembre. Es una canción triste, bella y habla de cambiar los sonidos por un silencio perfecto. La melodía –derivas de sirenas o de cisnes– me lleva, me pierde, flota por el calendario y yo la sigo sin saber de dónde viene.

Los días pasaron, la canción terminó y el ruido del mundo ocupó su lugar; mintió mientras yo la seguía, ciego, creyendo su canto y su promesa.

Ahora soy yo el que flota a la deriva por los últimos días de Septiembre, cantando la canción y mintiendo como ella, prometiendo un silencio imposible para el ruido del mundo.

Artículos imaginarios

MI SIGUIENTE VIDA

Una de mis frases recurrentes, que suelo pensar o decir con cierta facilidad, es “yo en la siguiente vida quiero ser normal, porque en esta ya no me da tiempo”.

A ver, ya sé que esto de ser “normal” o ser “raro” es muy relativo y nadie puede poner un límite o una línea a partir de la cual caer en un calificativo u otro. Por otra parte, no hay por qué ponerle un nombre a todo ni definirse porque a veces definirse es limitarse. Confío en que cuando hablo de normalidad o de rarezas (en cuanto a formas de ser) vosotros, lectores, ya sabéis a lo que me refiero.
Pero, a lo que iba, en mi caso particular –después de vivir mi vida con una hipertrofia del sentido de la responsabilidad–, ya no me bastaría con ser “normal” en mi siguiente vida. Ya puestos, iría un paso más allá: Yo querría ser descerebrado. Descerebrado perdido, incluso. No os sorprendáis. Ya sé que ser descerebrado puede parecer un contravalor, pero, después de ver cómo está el patio creo que es la mejor opción. Que mi cabeza y mi egoísmo no diesen para mucho más que para pensar que mi ombligo es el centro ya no del mundo, sino del universo entero. Y olé!

No me malinterpretéis, no creo que ser descerebrado perdido sea la clave para ser feliz (aunque los hay que pueden llegar a ser muy felices) y no voy a hablar en este artículo de felicidad o tristeza, ni del equilibrio entre mi serotonina y mi cortisol, pero sí que en cierto modo envidio la felicidad y seguridad con la que el descerebrado medio va por el mundo:
Conducir un Seat Leon amarillo, tuneado, con el reguetón a tope, y pitando a las chicas. Que me de igual la cultura, que lo único que me interese sea el Barça y sus últimos fichajes. Entrar en un bar, pedir un pacharán y que se enteren hasta los del quinto piso. Salir del bar, varias horas más tarde con el palillo en la boca. Que me importe una mierda el mundo, la deforestación, el cambio climático y el deshielo. Preferir morirme a quedarme sin ocio ni diversión. Ser un machote, malote, sin miedo ni respeto a nada. Pero sobre todo, ir por ahí sin mascarilla y alardear de no llevarla. Que, además de molestar, impide o dificulta el derecho a escupir sin trabas y con libertad.

Lo de las mascarillas por cierto, daría para un artículo entero, aunque de momento y para terminar, tan sólo un apunte más:
Ayer mismo, mientras paseaba con Coco (mi perro) me crucé con un grupo de adolescentes. Los chavales iban en línea, ocupando toda la calle, caminando como si les escociesen los sobacos, con un porte y una chulería que para qué.
Uno llevaba la mascarilla en la mano, otro en el codo y otro en el cuello, pero el que me llamó la atención fue uno que la llevaba colgando de la boca, mordiendo la gomita elástica. Me recordó a una gata llevando a su cachorrillo, y la imagen me hubiese parecido muy tierna de no haber sido porque al pasar a su lado me miraron con desprecio, como diciendo “apártate de nuestro camino, idiota”. Es difícil saber quién es más idiota, si ellos o yo, insisto en que todo es relativo. Pero, si se me permite dudar (algo impensable en un descerebrado auténtico), ahora mismo dudo de todo lo escrito y expuesto. Porque, los cuatro chavales con los que me crucé ayer, en lugar de envidia me dieron cierta pena. En el fondo les agradezco que me hayan regalado una historia a modo de anécdota con la que terminar este artículo.

12 meses. Julio

EL CASTILLO DE NAIPES

Como las hojas del Otoño, los días de Julio van cayendo al azar. El viento caluroso juega con ellos –tal vez baila, tal vez marea– pero cuando llegue la calma después de la espiral, los días habrán formado un castillo de naipes por el que podré pasear y esconderme del mundo.
Un castillo tambaleante y al límite de su equilibrio, donde las palabras formarán figuras y el futuro los pisos que tendré que escalar –en el filo cortante de los naipes quedará mi sangre y en los vértices el tiempo detenido guardará los recuerdos como antiguas fotografías–.
Mi castillo de naipes, desafiante, tan frágil y tan bello, será mi refugio del mundo hecho con los días de Julio.

Los zapatos de tacón de aguja

Fue la mañana más fría desde que se tienen registros. Los pocos que se atrevieron a salir de debajo de los edredones se quedaron helados después de poner los pies en el suelo frío y no tuvieron más remedio que lanzarse a la cama para no morir congelados, abrazándose a la persona que tenían al lado, los que dormían acompañados, y hechos un ovillo, los que dormían solos. Allí pasaron el día entero, sin atreverse siquiera a sacar la cabeza de debajo de las gruesas mantas para no respirar ese aire helado que se había colado en todas partes.

Por las calles, los zapatos, zapatillas, sandalias, alpargatas y todo lo que la gente se pone en los pies caminaban solos y sin dueño, como si no hubiese pasado nada.

Unos zapatos de tacón esperaban impacientes, en una cafetería, a que otros zapatos elegantes acudieran a su cita. Después de estar allí un rato se fueron por separado, a la oficina.

Las zapatillas de los “runners” trotaban por las aceras y los parques con zancadas rápidas, levantando algo de tierra en cada pisada.

En las escuelas de danza, las zapatillas de ballet hacían sus saltos y piruetas al son de música clásica, en las academias de baile, otros calzados cómodos bailaban salsa, bachata y bailes de salón.

En los campos de fútbol, veintidós pares de botas corrían tras el balón, en los gimnasios los pedales de las bicicletas estáticas giraban a toda velocidad, y sobre las lonas, zapatillas de todas clases y colores se movían a ritmo de zumba, body pump o GAP. También las botas de los boxeadores bailaban alrededor del saco sin que éste se moviese.

Las botas de agua de los niños saltaban con energía sobre los charcos o se deslizaban por los toboganes de los parques.

Mientras las casas seguían congeladas y la gente sin atreverse a salir de la cama, la Tierra siguió girando porque lo que por ella camina no dejó de hacerlo:
Los pasos inseguros de zapatos pequeños que lo hacían por primera vez, las suelas arrastrándose de los que ya anduvieron demasiados años, la cadencia larga del calzado que pasea tranquilamente por las calles y el ritmo rápido de los pasos que van con prisa…

Y así el día terminó normalmente, entre ecos pisadas y huellas en la tierra, zancadas que seguían perspectivas por delante y dejaban veredas por detrás…

Unos zapatos de tacón salieron de la oficina y al poco rato los zapatos elegantes. Se reunieron en el mismo café de por la mañana.
A los pocos minutos los zapatos de tacón se fueron muy deprisa, con pasos sonoros y altivos. Los zapatos elegantes lo harían algo más tarde y pasaron el resto del día vagando sin rumbo por las calles. Llovió, pero los zapatos no evitaron los charcos que encontró en su camino.

Aún hoy, la gente sigue bajo gruesas mantas, helada de frío y soñando con su antigua vida. Mientras, sus zapatos siguen haciendo que la Tierra gire, como si nada hubiese ocurrido.

12 meses. Junio

LOS HALOS DE LAS LUCES

La claridad no es lo que evidencia las grietas, es la penumbra que vive en ellas lo que lo hace; la luz limpia seguirá su curso igual, pero siempre fuera.
Jamás repararéis en mi presencia –ni mi ausencia–, pues nunca abandono el interior de las grietas… Desde ahí burlo la luz para dibujar los halos y destellos que generalmente la acompañan. Mientras contemplas los paisajes coloridos de Junio, los reflejos son siempre míos y así los disperso para que tú los disfrutes.
No quieras sacarme de ahí, tengo que permanecer lejos de la luz –lejos de todo– trazando halos luminosos sólo para que alguien los admire.

Fragmentos

Voy buscando trozos, reflejos, recuerdos… Están esparcidos y se ocultan entre los objetos. Algunos me ven y huyen. Otros se dejan coger y los observo atento. Si decido quedármelos se volverán negros, y ya no dejarán de preguntarme ¿por qué?
A veces tintinean como –tristes– cascabeles, como canciones mudas que sonarán cuando nadie escuche.
Estoy hecho de momentos unidos por una extraña magia. Y son tan pequeños que puedo deformarme para esconderme en las grietas que dejan los días…
Voy buscando lo que nunca tuve, lo que nunca vi, lo que yo mismo separé en retales afilados y cortantes. Quiero saber quién soy, o puede que sólo esté tratando de reconstruirme.

Karen Red Doll

1.

Se despertó muy despacio… Antes de poder pensar en cualquier cosa se quedó un rato más en ese estado en el que sueño y realidad se abrazan.

A los pocos minutos pudo ser consciente de sus sensaciones y reparó en que se encontraba terriblemente cansada, con el estómago revuelto y muy mareada, como si hubiese pasado toda la noche de fiesta, bebiendo sin control, soportando ahora una buena resaca.

Enfocó su mirada en el techo y se quedó pensativa. ¿Qué hizo por la noche? Por más que intentó hacer memoria no lo recordaba. Vaya noche movida tuvo que ser para no acordarse de lo que hizo. Pero ¿qué hizo por la tarde? ¿Y por la mañana? Tampoco se acordaba…

Esto ya le resultó demasiado raro; en su memoria parecía no haber absolutamente nada, tan sólo el vago trazo de un sueño extraño ocupaba un discreto segundo plano.

Se frotó los ojos, se incorporó en la cama y miró alrededor. Todo lo que vio le resultó desconocido, era un dormitorio grande, amueblado con un gusto exquisito. Los muebles de madera oscura, clásicos, contrastaban con el blanco inmaculado de las paredes. La cama estaba cubierta por unas sábanas de seda de una suavidad extraordinaria.

Por un ventanal enorme se colaba una suave claridad e iluminaba un gran espejo y una caja de cartón enorme que desentonaba con la belleza de la estancia.

Se levantó de manera aparatosa y anduvo por la habitación. Le costaba moverse y coordinar los movimientos; tenía la sensación de no ser dueña de su cuerpo, de estar moviendo torpemente unos miembros funcionales pero que no le pertenecían.

Todavía seguía estando algo mareada… Se sentó en un diván de terciopelo rojo. Sostuvo la cabeza entre las manos y se dio un breve masaje en las sienes para intentar despejarse. Mientras, le asaltó el recuerdo de ese extraño sueño. Ahora lo recordaba bien:

Estaba tumbada en una mesa de operaciones, totalmente consciente y desnuda. Hacía frío, quería vestirse y marcharse, pero no podía, estaba atada. Tenía la mirada fija en un punto porque tampoco podía mover los ojos. Había dos personas allí también. Actuaron con rapidez: abrieron su pecho y le colocaron en el lado izquierdo un pequeño dispositivo pulsátil para simular los latidos de un corazón. A cada lado del tórax, le pusieron unas bolsas planas unidas a una minúscula botella de aire comprimido para realizar el movimiento respiratorio, y en el cuello le instalaban otro diminuto mecanismo para simular pulso carotídeo; lo mismo que en ambas muñecas. Luego, apartando los párpados, le implantaban debajo de ellos unos motorcillos eléctricos, unidos a cada globo ocular. Por último, a través de uno de los orificios nasales, le introducían, ayudados por una varilla metálica, un un microprocesador de última generación, hasta alojarlo en mitad de la cabeza, justo donde debería estar la separación entre los hemisferios del cerebro. Cerraban las heridas con admirable destreza, y lo último que recordaba justo antes de despertar fue que los hombres la metían en una gran caja de cartón y la precintaban…

Un sueño muy curioso, sin duda. Y lo más curioso de todo era que la caja que había en el rincón de la habitación, era exactamente igual que la de su extraño sueño.

Se levantó del diván muy despacio y caminó hacia la caja. Advirtió que se sentía más segura, el cansancio y la pesadez mental parecían haberse esfumado y sus movimientos habían dejado de ser torpes, pero es cierto que parecían algo mecánicos. Fue consciente de ello, pero no importaba, ahora lo más importante era ver qué había en esa caja tan grande, como si en ese objeto se escondiese la explicación de todo.

Se detuvo delante. Era de cartón muy recio y no tenía inscripción alguna, al menos por el lado que ella estaba viendo. Estaba vacía y la giró sin dificultad hasta que en uno de los laterales (que en realidad era la tapa) había una foto de una mujer muy guapa vestida sólo con un conjunto de lencería. Miró su imagen en el espejo y vio, con absoluta sorpresa, que era la misma mujer que estaba en la foto de la tapa. El mismo cuerpo, la misma cara, el mismo pelo rojizo. Tenía cierto aire a Scarlett Johansson. Pero no sólo eso; la misma expresión de deseo, los mismos labios carnosos y entreabiertos, los mismos ojos azules. Los mismos pechos perfectos, los mismos muslos turgentes. El mismo vientre sin grasa, las mismas curvas de guitarra española. Y el mismo conjunto de lencería, elegante y provocador. Era exactamente igual a la mujer de la foto. Imposible discernir cuál era cuál.

En la parte de arriba de la foto, con letras rosas brillantes le costó leer “KAREN RED DOLL”. Tuvo que hacerlo sílaba por sílaba, combinando en su mente las letras y buscando los sonidos que producirían… Aunque su pronunciación era irregular, su voz dulce despertaba ternura.

Esas fueron las primeras palabras que pronunciaba en su “vida”.

Quitó la tapa. La caja estaba vacía. Pero al fondo había un papel pegado. Lo arrancó y lo leyó:

“Philsex Company le agradecen su confianza al adquirir su muñeca Karen Red Doll.
La muñeca Karen Red Doll ha sido diseñada especialmente para Usted. Nuestros productos son elaborados con un polímero revolucionario especialmente tratado para conseguir un tacto sorprendentemente real. No sólo podrá disfrutar de los más placenteros momentos que pueda imaginar, sino que gracias a la alta calidad y gran durabilidad de nuestra muñeca su placer no tendrá fin.
Disfrútela.”

Antes de poder asimilar el texto, vio en el suelo un papel rosa que estaba doblado por la mitad. Se agachó para leerlo; resultó ser un albarán de entrega. “Karen RD: Modelo WB25” Había una firma muy elaborada y a su lado una cifra: 11.990 euros.

Soltó el albarán que cayó suavemente… Pero antes de que éste llegara a tocar el suelo su cabeza experimentó un extraño proceso; primero sintió una presión muy fuerte en los oídos, como si se hubiera sumergido a mucha profundidad, luego un brusco movimiento mental, como si su cerebro hubiera recibido una descarga eléctrica.

Tras unos pocos segundos la presión en los oídos cesó por completo y su cabeza quedó sumida en una tensa placidez.

Permaneció de pie, inmóvil, con los brazos inertes. Quiso preguntarse un montón de cosas, pero ya no pudo hacerlo: de nuevo la presión sobre los oídos y otra sacudida cerebral, aún más violenta… y todo quedó en silencio –se acababa de activar el microprocesador– . Ya no hubo tiempo para preguntarse nada más porque ya nada le importaba. Ni siquiera quién era Scarlett Johanson ni por qué se parecía a ella. Todo cuanto necesitaba saber era que se llamaba Karen, que era una muñeca hiperrealista y que a su dueño le había costado casi 12.000 euros.

Y por lo que vio en el espejo, sabía también que estaba tremendamente buena.

Abrió el armario y rebuscó entre la ropa. Todo lo que encontró dentro era de su talla. Eligió unos vaqueros azul oscuro y un jersey negro con un escote pronunciado. Sus movimientos eran cada vez menos torpes, pudo vestirse incluso con cierta agilidad y rapidez.

Del zapatero eligió unos zapatos negros brillantes, de tacón alto. Buscó por los cajones de la cómoda. Encontró unas gafas de sol ray-ban, unos pendientes de perlas, un colgante de cuero con un ancla de plata (quedó justo en el nacimiento de los pechos), y un Rolex de oro que no encajaba nada con el resto de la indumentaria, pero igualmente se lo puso. Dio una vuelta completa sobre sí misma y se miró de pies a cabeza: estaba realmente espectacular.

Aunque hubo una cosa que no le gustó. Su boca entreabierta le daba un toque provocativo pero nada estético. Se acercó al espejo para verse el rostro más detalladamente. Se empañó un poco por la respiración. Cerró la boca. Mejor así. Frunció los labios; succionó un poco y le salió un sonoro beso. Le pareció divertido. Se ajustó las gafas de sol en la cabeza y guiñó un ojo. Luego el otro. Levantó las cejas, después arrugó el ceño. Movió los ojos en las cuatro direcciones. Luego cada uno en una dirección distinta. Torció los labios y sacó la lengua lo más que pudo. Le resultó muy cómica su expresión y soltó una risita simpática… Un hilillo brillante se quedó resbalando hacia la barbilla. Como no supo sorberlo lo limpió con el dorso de la mano. Se quedó mirando aquel rastro transparente. Se la acercó a la nariz y aspiró. Olía raro. Después lo lamió para limpiarlo, extrañándose de que siguiera ahí. Repitió la operación varias veces, sin que pudiera secarlo: le pareció una cosa muy curiosa.

Pero algo hizo ruido fuera de la habitación y se puso muy seria de repente. Reparó en que aún no había parpadeado y lo hizo diez o doce veces seguidas antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta. Agarró el pomo y apoyó la oreja en la puerta… Oyó claramente unos pasos acercándose. Sintió golpecitos muy rápidos a la altura del pecho que se movía rítmicamente. ¿Sería ese su dueño? ¿Qué se supone que debía hacer? Instintivamente apretó la mano sobre el pomo para impedir que lo girase y entrase. Lo hizo con todas sus fuerzas…

Los pasos volvieron a oírse, alejándose. Después se oyó un portazo lejano.

Supo que había llegado el momento de salir de la habitación; ahora o nunca. Tomó una gran bocanada de aire y abrió la puerta lo más silenciosamente posible, pero con decisión. Cuando soltó el pomo no vio que había dejado cuatro pequeños bollos, casi imperceptibles, donde antes habían estado sus dedos.

Desde el quicio de la puerta miró a un lado y a otro: Era un pasillo largo cubierto por una alfombra mullida. No había mucha luz pero Karen lo veía todo con increíble detalle. En un extremo estaba la puerta de entrada a la casa, custodiada por una réplica de la Venus de Milo y otra del David de Miguel Angel. Al otro extremo, una puerta grande y acristalada parecía ser la cocina. Dentro sonaba un rumor sordo (quizá un exprimidor, quizá una cafetera) y se adivinaba una silueta humana grande…

En un principio no sabía qué hacer, pero cuando vio moverse la silueta sintió unas ganas horribles de salir de aquella casa; casi con toda seguridad aquel era su dueño, no sabía cómo sería él ni cómo debía ser su encuentro. Prefirió no saber nada ni juzgar nada, sólo supo que quería irse. Y rápido.

Sigilosa pero apresurada caminó hacia la puerta de entrada. Por suerte para ella, la alfombra amortiguaba el sonido de sus tacones.

Dejó atrás varias fotografías y cuadros impresionistas; luego pasó al lado de una puerta abierta que quedaba justo enfrente del dormitorio del que salió. A pesar de tener la sensación de no disponer de mucho tiempo, asomó la cabeza un momento. Otro dormitorio, algo más pequeño del que había salido, donde había una cama con alguien dentro. En un lateral la sábana desplazada dejaba descubierta una pierna de mujer, muy bonita, con la piel muy tersa y las uñas impecablemente pintadas de rojo que le daban un toque muy sensual…

–Esta debe ser la esposa de mi dueño. La mujer a la que he venido a sustituir –pensó. Y no le pareció ni bien ni mal, simplemente lo asimiló.

Antes de proseguir miró hacia la cocina y vio que la sombra seguía ahí, pero ya no se oía el ruidillo.

Llegó hasta la puerta y estaba cerrada. La manilla tenía un poco de juego pero no se movía, si la forzaba tal vez se quedaría con ella en la mano pero la puerta no se abriría. Probó a empujar con fuerza. Imposible, la puerta seguramente sería blindada o acorazada, incluso.

Giró sobre sí misma, sintiendo de nuevo los golpecitos en el pecho. Trataba de pensar qué hacer, pero a pesar de que ya no quedaba nada de su anterior aturdimiento su cabeza no acertaba a generar ninguna alternativa. Se quedó parada, en mitad de la puerta, y esperó a que algo sucediera.

Se acordó entonces de que hacía ya bastante rato que no parpadeaba, desde antes de salir al pasillo. Pero esta vez siguió sin hacerlo.

Y así se quedó, hasta que la puerta de la cocina se abrió. Un hombre corpulento de unos 40 años y aspecto deportista salió envuelto en un batín azul marino. Llevaba en las manos una bandeja con un desayuno recién preparado, humeante. Cuando vio a Karen se quedó parado. Abrió mucho los ojos y esbozó lo que pareció una sonrisa nerviosa.

–Veo que te has levantado. ¿Cómo te encuentras? Te iba a llevar el desayuno a la cama –y mientras lo decía no pudo evitar que le temblase la voz…

–Un desayuno para una muñeca… lo más adecuado –replicó Karen desde el extremo del pasillo.

–No tengas miedo, no voy a hacerte daño –contestó mientras caminaba hacia ella.

Karen parpadeó de nuevo, como 15 o 20 veces seguidas, rápido como el batir de alas de un colibrí. Y justo al acabar el último parpadeo salió corriendo a velocidad de vértigo en dirección al hombre. Pero al llegar a la altura del dormitorio de donde salió, hizo un giro imposible y entró en él.

El hombre se asomó a la puerta de la habitación y sólo le dio tiempo de ver como saltaba por la ventana, rompiendo el cristal.

–Ahora tendré que llamar de nuevo al cristalero –musitó el hombre. –Y ya van cuatro veces.
Con la bandeja del desayuno recién preparado entró en el dormitorio que estaba ocupado. Respiró hondo y forzó una sonrisa en su rostro.

–Cariño, te he preparado el desayuno. ¿Tienes hambre?

2.

Karen cayó al jardín de la casa; la hierba amortiguó la caída, aún así había cogido mucho impulso para saltar y al caer se le rompió el tacón de un zapato… Se los quitó muy rápido, saltó una valla metálica y siguió corriendo calle abajo.

Cuando consideró que estaba lejos de la casa se paró en seco. Tenía cristales diminutos en las mangas del jersey que se apresuró a sacudir. Algunos de ellos dejaron pequeños agujeros en la tela al quitarlos. Sentía una sensación desagradable; quemazón, picor, escozor… no hubiera sabido definirlo.

Miró a su alrededor y le gustó lo que vio; hacía un día espléndido. Pero la luz le molestaba –sus pupilas no se contrajeron– y buscó en su cabeza las gafas de sol que ya no tenía.

Estaba en un barrio residencial. Las casas eran chalets unifamiliares, todos nuevos y en un entorno limpio. Apenas había coches aparcados.

Respiró hondo y siguió andando calle abajo, hasta que encontró una tienda de complementos. Había unos zapatos muy parecidos a los que se le habían roto y parecían de su número.

Le dio un leve empujón a la puerta y antes de que se cerrara, ya había salido con los zapatos, además de unas gafas de sol y también un bolso. La dependienta no llegó a enterarse de nada, simplemente vio la puerta abrirse y cerrarse y pensó que había sido el viento o algún cliente indeciso.

Mientras seguía caminando calle abajo, se acordó de su dueño. Lo imaginó llamando por teléfono.

–¿Philsex? Póngame con atención al cliente por favor. Mi muñeca Karen RD modelo WB25 ha saltado por la ventana y corre que se las pela… ¿Eso es normal?

Su rostro dibujó una sonrisa al imaginarse la escena. Se detuvo en aquella sensación, un placentero cosquilleo mental. Pero sólo duró un momento, luego sintió algo extraño, contradictorio. Algo así como tristeza… y rabia. Tenía ganas de salir corriendo y no parar nunca más, o parar estampándose contra una pared. Pero a la vez, tenía ganas de parar al primero que se cruzase en su camino y acribillarle a preguntas. También tenía ganas de volver a la casa y darle un puñetazo a su dueño para demostrarle que no era de él. Porque eso sí que lo tenía claro: no era de nadie.

–¡No soy de nadie! –gritó. A la gente le llamó la atención el grito y el curioso comportamiento de Karen. La miraban muy atentos sin atreverse a decirle nada; una señora muy arreglada desde la otra acera, un joven recién levantado desde una ventana, un ciclista que pedaleaba calle abajo, una niña con su madre que en ese momento pasaba por su lado y un grupo de adolescentes que hacía rato la iban siguiendo, riéndose tontamente y comentando sus rápidos movimientos.

Cuando sintió esas miradas clavándose en su cuerpo desde todos los ángulos, echó a correr para huir de todas ellas. Superó al ciclista sin ninguna dificultad y siguió corriendo y esquivando a la gente que no dejaba de mirarla en su carrera, mientras dejaba atrás chalets, papeleras, farolas, calles y aceras. Cuando ya no había casas ni nadie que la pudiera mirar o juzgar sintió un gran cansancio; las piernas le pesaban, la frente le ardía, algo le pinchaba en el estómago y su pecho parecía que iba a estallar.

Karen trataba de interpretar todas esas nuevas sensaciones con un gesto de sorpresa apoyada en un árbol enorme que daba una gran sombra, esperando a que todo volviera a la normalidad. Y así esperó unos minutos hasta que de detrás del árbol apareció una mujer casi tan guapa como ella, con una vestimenta un tanto atrevida –vulgar, incluso– y se la quedó mirando de pies a cabeza. Arrugó el ceño, desconfiada.

–¡Quién coño eres y qué estás haciendo aquí!–, le gritó enfurecida, gesticulando aparatosamente.

–¡Esta zona es mía, así que ya te estás largando zorra!– Escupió muy cerca de sus pies. Estática y desafiante, con su cuerpo en total tensión, quedó con la barbilla apuntando hacia Karen, esperando haber sido lo suficientemente contundente como para que se fuera sin tener que llegar a las manos.

Karen, que ya se había recuperado del cansancio se giró hacia ella. Cerró la boca (a veces la seguía abriendo un poco sin darse cuenta) y se acercó a la mujer despacio, sopesando todas las alternativas posibles. Sus caras quedaron a escasos centímetros…

Karen sonrió maliciosamente y sus pupilas se dilataron del todo. Con los ojos negros como el azabache, parecía una loba tramando algo muy oscuro. Así estuvo unos instantes.

–Tienes que irte, si Rufo te ve por aquí se enfadará, y si él se enfada… me pegará –su fachada se descompuso en un momento–… y si me quitas clientes ya no le saldré rentable y se deshará de mi.

Sus ojos se empañaron. Se alejó un paso de Karen que relajó por completo la tensión de su cuerpo.

–Es un hijo de puta, pero gracias a él puedo comer y dormir caliente. Además, conoce a mucha gente y… y… después de todo me quiere.

La mujer parecía asustada ahora. Sacó un pañuelo de su bolso y se secó los ojos cuidando de no arruinar el rimmel.

–Me llamo Silvia, y te ruego que te vayas a otro sitio. Eres muy guapa, no te faltarán clientes allá donde vayas. Pero déjame este sitio a mí. Por favor.

Y Silvia le tendió su mano, nerviosa.

Karen borró su semblante extraño y arqueó un poco sus cejas, en lo que parecía un gesto de lástima. Mirando la mano extendida de Silvia se arrancó un trozo de la manga de su jersey negro, le limpió una lágrima que aún seguía en su mejilla y se lo entregó, poniéndolo en su mano.

–Yo soy Karen y no quiero perjudicarte, he llegado aquí de casualidad y cuando tenga claro adónde puedo ir me iré sin molestarte más…

Aunque sus palabras tenían una cadencia lineal muy marcada, pronunció la frase sin apenas pensarla.

–No eres de por aquí ¿no? –preguntó Silvia mientras guardaba el trozo de tela.

–No estoy segura –contestó Karen tras dudar unos instantes. Se quedó mirando al infinito, inevitablemente inexpresiva.

Silvia se vio a sí misma reflejada en Karen. Era la misma incertidumbre que experimentó años atrás, cuando, fracaso tras fracaso, tuvo que tomar la decisión más importante y triste de su vida. Aquellos recuerdos le seguían haciendo mucho daño.

–¿Tienes adónde ir? –preguntó Silvia conmovida.

Karen no supo qué contestar y Silvia volvió a llorar, pero esta vez vertió sus lágrimas hacia adentro.

El sol estaba en lo más alto del cielo y hacía un calor incómodo. En el aire había también una calma incómoda; la carretera estaba inusualmente vacía y el viento no mecía las hojas de los árboles ni borraba las huellas del camino.

En un extremo de la ciudad, donde las aceras acaban, Karen sintió que su historia, su verdadera historia, empezaba allí mismo.

Rufo se despertó muy tarde, con resaca, como la gran mayoría de las mañanas. Sudoroso, se levantó trabajosamente. Se frotó los ojos y retiró el cartón de la ventana que a modo de persiana le resguardaba de la luz. A través del sucio cristal buscó a Silvia –su protegida, como él la llamaba –para comprobar que estaba cumpliendo con su obligación. Todo estaba en orden, excepto la mujer que estaba con ella. Se sorprendió porque ya le había dicho mil veces a Silvia qué hacer en esos casos.

–Esta estúpida nunca aprenderá. Seguro que no le ha escupido a los zapatos. Eso nunca falla –murmuró mientras se encendía un cigarro.

Decidió bajar para ver quién esa mujer y qué hacía trabajando en su propiedad. Se vistió con la misma ropa del día anterior, apagó el cigarro en la pared y salió de su habitación algo emocionado en el fondo, por la novedad. Tal vez pudiera convencerla de que trabajar con él. Sí, eso haría, era la mejor opción para ella. Eso supondría duplicar ingresos para empezar… y otro par de piernas entre las que poder correrse para terminar. Bastaría un poco de labia durante unos días, y unos buenos bofetones durante unas noches. No era tan difícil, llevaba varios años haciéndolo así y le funcionaba bastante bien. En el fondo les estaba haciendo un gran favor a esas pobres putas.

Rufo salió decidido de su casa y recorrió los pocos metros que lo separaban de las dos mujeres.

–¡Silvia! –gruñó.

Silvia se volvió sobresaltada, no lo había oído llegar. Karen, lo miró extrañada y lo examinó en una fracción de segundo. Por primera vez sintió algo diferente a todo lo que antes había experimentado. Asco, recelo, cautela, peligro…

–¿Cómo estás Rufo? ¿Has dormido bien? –susurró Silvia nerviosa mientras revolvía en su bolso, sacando unos pocos billetes. Se los tendió a Rufo.

–¿No me presentas a tu amiga? –preguntó sonriente, enseñando su dentadura repulsiva mientras miraba a Karen como un depredador miraría una posible presa. Silvia se interpuso entre los dos.

–Mi amiga ya se iba; todo ha sido un malentendido –explicó Silvia temerosa mientras le guiñaba un ojo a Karen.

Rufo empujó a Silvia violentamente, tirándola al suelo.

–¡Jamás vuelvas a replicarme, si te digo que me presentes a tu amiga me la presentas y punto! ¿Entendido? –ladró Rufo, escupiendo un poco de saliva en cada sílaba.

Silvia se puso de pie, acobardaba y sin saber qué hacer. Rufo se giró hacia Karen, que dio un paso atrás.

–Tendrás que disculpar mi mal genio, esta mentecata a veces me saca de mis casillas –dijo mientras se acercaba a Karen.

–Pero se nota que tú no eres como ella, tienes mucha clase… ¿Te gustaría trabajar para mí? Si lo haces no te faltará de nada. Serás mi protegida y te trataré como una reina –empleó una voz más dulce, que daba más miedo que otra cosa, mientras le acariciaba una mejilla.

Karen apartó la mano de Rufo bruscamente, con un golpe.

–No vuelvas a tocarme –amenazó Karen con su gesto más serio.

–Tendré que enseñarte buenos modos –respondió con una sonrisa malévola mientras agarraba el antebrazo de Karen, forzándolo hacia abajo para hacer que su cuerpo se inclinara hacia adelante.

Rufo se sorprendió al comprobar que Karen no se movió ni un milímetro. Hizo más fuerza sobre el antebrazo, que siguió sin ceder… Extrañado, empleó toda su fuerza en tratar de someter a Karen. Fue entonces cuando se percató de la mirada tan extraña de aquella mujer.

–¡Suéltala! –le suplicó Silvia, mientras agarraba el brazo libre de Rufo y tiraba de él con todas sus fuerzas.

Tan empecinado estaba en doblegar a Karen que no vio cómo su puño libre se lanzaba a toda velocidad contra su cara.

Tras el golpe, Rufo se desplomó sobre la tierra, levantando algo de polvo en su caída. Con el pómulo hundido y la mirada perdida trató de incorporarse. Silvia, asustada, no sabía si quedarse o irse corriendo, si ayudarle a levantarse o no. Y tal vez Rufo hubiera podido levantarse si no fuera porque Karen le dio una patada en pleno rostro, esta vez con todas sus fuerzas.

Salió despedido a varios metros.

Como una marioneta a la que se le cortan las cuerdas, Rufo quedó tirado, inmóvil, con el cuello imposiblemente doblado hacia atrás, sangrando profusamente por la nariz y por la boca.
Silvia gritó aterrada, sin poder creer lo que había ocurrido. Se arrodilló junto al cuerpo de Rufo sin atreverse a tocarle…

Karen se fijó en su pie desnudo; su zapato había salido volando y no sabía dónde había ido a parar… Se quitó el otro y lo arrojó enfadada, a varias decenas de metros.

–¡Pero qué has hecho! –Silvia gimoteó arrodillada mientras se sujetaba la cabeza con ambas manos.

Tras una larga espiración, Rufo dejó de sangrar. Estaba muerto.

3.

–Arriba dormilona. Tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa… y un zumito de naranja. Todo un clásico, recién preparado.
El hombre dejó la bandeja con el desayuno encima de una cómoda y subió un poco la persiana, pero la mujer –que seguía teniendo la pierna destapada no se despertó ni se movió. Volvió a bajar la persiana sin hacer ruido y se fue al salón, donde sentado en un gran sofá, llamó por el móvil a su amigo psiquiatra.

4.

–¡Tenemos que irnos de aquí! –Silvia sollozó mientras observaba a Rufo, sin poder creer lo ocurrido.
Los ojos vacíos de Karen rebosaban odio, una luz rojiza parecía iluminarlos. Pero se sentía satisfecha, como si se hubiese quitado un gran peso de encima. Aquel idiota se lo merecía, se repetía una y otra vez.

Karen decidió volver por donde había venido, mientras Silvia la seguía, nerviosa y a trompicones, sin dejar de mirar atrás y pensando qué hacer y a dónde ir ahora.

–Vente conmigo –Karen hablaba sin dejar de andar–, vivo en una casa muy grande y seguro que encuentro un sitio para ti, podrás quedarte el tiempo que necesites –la cadencia de sus palabras seguía siendo algo maquinal, pero iban cobrando un matiz más cálido–, ahora somos amigas, sabes, hay un jardín enorme, te encantará, seguro que…

Karen sintió algo muy extraño en la cabeza, como un pinchazo y una presión que la hizo detenerse de repente. Pequeños destellos flotaban alrededor de ella, y la sensación era que el suelo se inclinaba.
El segundo golpe de Silvia con la piedra hizo que cayese de rodillas. El tercero, la hizo desplomarse al suelo.

–¡No tienes ni idea! –Silvia gritaba furiosa–, ¡te has cargado al único tío que se preocupaba por mí! ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Vete a tu puta casa con jardín y desaparece de mi vida!

Pero la que desapareció fue ella. Karen, tendida en el suelo la vio marchar sin poder moverse mientras parpadeaba varias veces por segundo. Los destellos que flotaban se fueron apagando y una nube oscura sustituyó ese escenario girado 90 grados. Fue lo último que percibió, antes de dejar de respirar y de parpadear.

5.

–¿Cómo está?
–Cada día peor. Ha saltado por la ventana y se ha ido corriendo calle abajo a toda velocidad. Sigue siendo toda una campeona, como cuando ganó la medalla de oro en las olimpiadas.
–¿Tú crees que sospecha algo?
–Para nada. Se cree que es una muñeca. Fue buena idea hacerla despertar junto a la caja vestida como la foto.
–¿Tienes preparada la última dosis?
–Sí, la tengo lista. Cuando vuelva se la daré.
–Asegúrate de que la tome. Según mis cálculos, con esta terminará de enloquecer y la ingresarán. Yo me encargaré de que nunca salga, como psiquiatra jefe, me será fácil seguir suministrándole la dosis de psicóticos. Por cierto, ¿qué hay de lo mío?
–Lo primero que haré con su fortuna será darte tu parte, tranquilo.

6.

El hombre colgó el teléfono satisfecho y entró de nuevo en la habitación de su “hija” con una erección notable bajo el batín.
La bandeja con el desayuno estaba intacta, en el mismo sitio donde la había dejado. Lógicamente. Las muñecas, por caras y realistas que sean, no desayunan.

New York, New York

Despierto, confuso.
La luz se cuela entre las lamas de la persiana y me molesta. Hoy, no sé por qué, puedo ver a través de mis párpados cerrados.
La voz de mi conciencia me da los buenos días y se pone a cantar una de Sinatra. New York, New York, concretamente. No lo hace mal, además. Pero me desconcierta. Normalmente la voz de mi conciencia se limita a decirme (más bien a repetirme) las cosas que hago mal. Y las que hago medio-mal también. Además nunca, nunca jamás me da los buenos días y no estoy acostumbrado a su saludo ni a que, en un alarde de auto afirmación, incluso egocentrismo, cambie su rutina y se ponga a emular a “La Voz”.
Desde que he despertado, veo también dos manos saliendo de la pared. Una a cada lado del cabecero de la cama. Las dos son masculinas, una de hombre mayor, con manchitas, y la otra jóven, muy cuidada, grande y fuerte.
No es la primera vez que las veo, la diferencia es que normalmente ambas manos me hacían una bonita peineta cada una, pero hoy se han puesto a chasquear los dedos, a ritmo de la canción. Cuando llega el estribillo, hacen un trémolo curioso. Algo así como chas-chas, chaca-chaca-chás. Admirable. Buen swim tienen mis nuevas amigas.
La canción se acaba y me dan ganas de aplaudir, pero ante mi desconcierto no lo hago y me limito a pronunciar un tímido “hola” con cierto matiz de interrogación, como queriendo preguntar en realidad, qué leches está pasando.
Ya sé que es raro que un par de manos (de diferentes personas además) oigan, pero deben haberlo hecho, porque acto seguido se ponen a saludar efusivamente. Me pregunto si saludan o si en realidad se despiden.
Me incorporo. Realizo ese ejercicio mental que a todos nos ha tocado hacer más de una vez, para determinar si estamos soñando o no. Tras el auto chequeo de mis sentidos y sus sensaciones determino que estoy despierto y bien despierto.
Quizá estoy imaginando demasiado fuerte.
O estoy escuchando demasiado hondo.
O mirando demasiado lejos.
O a lo mejor, enloqueciendo demasiado pronto.
O todo ello a la vez.
Y mientras, sigo reparando en que, la luz me molesta cada vez más aunque cierre los ojos.

–No seas mentirosa, tú no puedes ver a través de los párpados cerrados –me dice.

Bueno, esto ya me resulta más familiar. Incluso, me tranquilizo un poco. La voz de mi conciencia vuelve a criticarme, como siempre. Me quedó pensativo.

–¿Mentirosa? ¿Por qué me has cambiado el género? –Le pregunto inquieto. –Y… ¿como sabes lo que yo veo o dejo de ver? –inquiero mientras sigo abriendo y cerrando los ojos para comprobar que, haga lo que haga con ellos, soy incapaz de dejar de ver la habitación, ni las manos, que continúan saludándome – despidiéndose, aunque ya sin tanta energía, pues lleva un cuarto de hora moviéndose frenéticas.

–Yo lo sé todo chavala –me grita, altanera y prepotente, mi estúpida conciencia.

Y entonces se pone a cantar “Yo soy aquel” de Raphael. Desde luego, la voz de conciencia en cuestión musical está a la última moda. Las manos vuelven a chasquear… Eligen un tempo compuesto, un seis por ocho. Y creo que se han equivocado. Qué decepción, a esta canción no le pega nada ese ritmo.

–¡Se dice flow, antigua, que eres una antigua! –Protesta mi conciencia. Qué maja. Y así todo el día, oye.

A mitad del segundo estribillo ya me dan ganas de taparme los oídos… pero para qué. A estas alturas ¿alguien duda de que hiciera lo que hiciera, seguiría oyendo la dichosa voz y los dichosos chasquidos?
Me quito el pijama y lo cuelgo en mi “nuevo perchero”. Ante todo, uno tiene que ser práctico. Elijo la mano joven que queda completamente cubierta. Mejor así. Una cosa menos de la que preocuparse. Ya me estaba poniendo nervioso tanto soniquete.
Pero no le ha gustado. La mano se revuelve y tira el pijama al suelo. Al rincón. Para que se le llene de pelusas. Hija de puta. Motherfucker, quiero decir, pues desde que he despertado pienso en inglés.
Recojo el pijama del suelo y miro a la mano con gesto desafiante.
Anda, mira, qué peineta tan perfecta me hace. Oye, de libro. Si tuviera el móvil a mano le hacía una foto para ponerla de perfil en Facebook.
Empiezo a estar verdaderamente cansado y aburrido de este asunto. Y no sé si lo he pensado o también lo he dicho.

–¿Por qué sigues hablando en masculino? –Me pregunta mi voz, con su toque prepotente. –Y por qué piensas en inglés? –prosigue, impertinente.

En realidad, no sé si ha sido la voz o la mano la que lo ha preguntado. Pero ya me da igual.

–¡Iros a la mierda los dos! –les grito. –¡Que me tenéis hasta los cojones, coño!… ¡O hasta el coño, cojones!…

Tiro el pijama sobre la mano y salgo de la habitación enfadado. O enfadada. Ya ni lo sé. Que me estáis liando. ¡Joder! ¡Shit!
Qué pesados, por favor…
Decido darme una duchita. A ver si el agua limpiando mi cuerpo se lleva también tanta tontería.
Por inercia enciendo la luz del baño… aunque no hubiera hecho falta, pues sigo viendo perfectamente a pesar de estar oscuro.
Me veo entonces reflejado en el espejo. Sorprendentemente, tengo un bonito cuerpo de mujer… Bueno, bonito no… perfecto. No es que esté buena, no… soy la mujer 10. La mujer 10 en bragas. Yo creo que me doy un aire a Scarlett Johansson. Lo raro es que si me miro directamente, sigo siendo el mismo de siempre. Un hombre más bien normalito.
Así que prefiero mirar al espejo.
Me dan ganas de meterme mano allí mismo.
Y de hecho, no lo hago porque justo en ese momento, suena el timbre de la puerta. Sé que es el timbre porque en lugar del típico ding dong, suenan las maracas de Machín. Lo más normal del mundo.
Llaman una segunda vez.
Ahora suena el himno de Eurovisión. Voy corriendo antes de que llamen una tercera vez y suene la sintonía de “Verano azul”. Eso sí que no, por favor. Un poco de piedad, que aún no he desayunado.
Pero antes, corro a la habitación a por el pijama. Trato de cogerlo, pero la mano-perchero no lo suelta.
Forcejeo y tiro del pijama con todas mis fuerzas, pero lo tiene muy bien agarrado, la hija de puta. Son of a bitch, quiero decir, que sigo pensando en perfecto inglés.
Se me ocurre abrir el armario y buscar algo con lo que taparme.
Pero… sinceramente… no me atrevo. Prefiero abrir la puerta de entrada en bragas antes que abrir el armario y por ejemplo, me muerda la ropa que hay dentro.
Corro hacia la entrada, pero antes paso por el baño y me miro al espejo una vez más… estoy buenísima de la muerte. I’m so pretty… quiero decir.
Y sigo corriendo hacia la entrada, toda pizpireta, con mis braguitas rosas. Qué monas son, con ese lacito rojo tan bonito.
Mientras voy llegando compruebo cómo la oscuridad sigue huyendo de mí. La veo atravesarme como si nada y alejarse por el largo pasillo, en dirección al dormitorio, de donde salió.
Ahora lo comprendo todo:
No es que pudiera ver a través de mis párpados cerrados (que tampoco sería tan raro, ¿a quién no le ha pasado alguna vez?) lo que ha ocurrido es que al despertar, la oscuridad ha huido de la habitación (o de mí) y se ha ido hacia la puerta de entrada. Igual que el humo de un cigarrillo se va hacia siempre va a la cara del que no fuma.
Al girarme, me percato de la gran medusa que flota frente a la puerta. Con una sonrisa de oreja a oreja. Tienen orejas las medusas? Pues no lo sé… al menos esta si.
Debo de estar bajo el agua. Eso explicaría el por qué hace ya rato que tengo la angustiosa sensación de que me estoy ahogando… ¿Cuánto tiempo llevo sin respirar? No lo sé, pero de momento es soportable. Cuando me vuelva azul, entonces ya veremos.
Ah sí… la puerta. Se me había olvidado. Esquivo la medusa, giro la manilla y abro muy despacio.
Vete tú a saber lo que me encontraré al otro lado.
He aquí:
Chris Hemsworth vestido de enfermero, todo sonriente.

–Come in, come in –me invita a pasar sin dejar de sonreír.

Boquiabierto y ojiplático, cruzo la puerta y entro a lo que parece la recepción de una consulta médica privada.
Sostiene otra bata para mí, de color verde, y me la ofrece. La mía es mucho más fea, de enfermo de hospital, anudada por detrás, humillante, diría yo,
Prefiero la suya, la verdad, parece hecha a medida para resaltar su cuerpazo. Qué guapo está, con su pelo rubio, sus ojos azules y su 1,81. Sólo le falta el martillo de Thor, al canalla, pero no podría sujetarlo, veo que le falta su mano derecha. Aunque su muñón es perfecto y redondo y no lo cruza ninguna cicatriz. Me dan ganas de pedirle un autógrafo. O un selfie. O dos besos… o lo que sea!… Pero no puedo, pues, aunque pienso en un perfecto inglés, soy incapaz de hablarlo. Ya es mala suerte; no creo que vuelva a verme en una situación como esa.
Me pongo la bata verde mientras Chris Hemsworth me mira de reojo, con cierto deseo, diría yo. Quizá es que le han gustado mis braguitas rosas. A quien no…
Con su mano buena (la otra hace rato que la metió en el bolsillo de la bata) me señala una puerta.
Y se esconde detrás del mostrador, desde donde, sin perder esa sonrisa, me sigue señalando la puerta con su mano buena.
Si Chris Hemsworth me pide que cruce la puerta, yo la cruzo. De igual manera que si me pidiera sonriendo que hiciese el pino-puente o abriese la ventana y saltase por ella, lo haría sin dudarlo.
Así que, anudando mi humillante bata (y notando la mirada de Chris Hemsworth en mi culo) cruzo la puerta para ver qué es lo que ocurre ahora.

Aparezco en una habitación grande y vetusta. Todo se ve en blanco y negro y con un ligero matiz sepia como una fotografía antigua, excepto yo, que tengo el color de un negativo de fotografía, también antigua, para no desentonar. La habitación tiene un ventanal enorme por la que se ve una ciudad, también antigua.
En la pared, a una estantería pesada e inmensa ya no le caben más libros, y delante de ella, hay una mesa también clásica y pesada, llena de papeles con anotaciones hechas a mano, de una caligrafía interesante.
Unas cuantas estanterías y vitrinas con objetos de lo más variado adornan las demás paredes y rincones. Parece la consulta de un médico de principios de siglo.
No le falta ni el esqueleto típico, a tamaño real, que a decir verdad, me da muy mal rollo, porque da la sensación de que está pendiente de mis movimientos y además, desde que he entrado no hace más que guiñarme el ojo. Y esa sonrisa llena de dientes, y ese pose altivo con la cabeza que casi le apunta al techo…
Hay un diván clásico y típico enfrente de la mesa.
Juraría que el esqueleto, sin pronunciar una palabra ni hacer un solo gesto, me invita a sentarme.
Mis pasos desnudos tan apenas se oyen en el suelo de madera oscura.
Me recuesto en el diván sin apartar la mirada del esqueleto, al que advierto, como no, que le falta la mano derecha.
Me relajo en el diván y espero a que algo ocurra…
Llaman a la puerta que se abre despacio.
Entra Sigmund Freud, fumando un puro enorme y echando bocanadas de humo que se queda orbitando alrededor de su cabeza. La brasa anaranjada del puro es el único color en la habitación que sigue viéndose en blanco y negro.
Lo veo relativamente bien… considerando que lleva casi 80 años muerto. Yo creo que aún no se le ha manifestado el cáncer de paladar que lo mataría a los 83 años.
Saluda con voz animada y decidida y nos estrechamos la mano al tiempo que se presenta.
Se sienta en la mesa. Saca una libreta y apaga el puro.
El humo se queda alrededor de su cabeza. Ya debería haberse difuminado. En cambio, se ha quedado formando un disco. Igual que los anillos de Saturno. Con la sonda Cassinni y todo, orbitando alrededor.
Entonces se pone muy serio y me pide que se lo cuente todo.

–¿Todo? –repito lentamente, separando un poco las sílabas. Quiero que sepa que como empiece a contar, va a flipar en colores.

–Todo –sentencia, mientras pienso que con la cantidad de cosas que habrá escuchado este hombre a lo largo de su vida estará inmunizado contra todo. Bueno, contra el reguetón seguro que no. Como le cante algo de lo que suena últimamente por aquí entonces sí que va a flipar, me echa de la consulta seguro. Pero no quiero que se avergüence de los futuros giros ni vuelcos que dará de la humanidad, así que empiezo a contarle con todo detalle lo que me ha ocurrido desde que he despertado.

Estoy como tres cuartos de hora contándole, sin parar. Cuando termino, tengo la boca seca. Qué bien me he quedado, oye.
Y un silencio que considero demasiado largo se apodera de la consulta. Decido esperar un poco más a ver si arranca.

–Qué opina, doctor –pregunto impaciente.

Pero nadie responde.
Me levanto del diván despacio y extrañado –o extrañada, ya ni lo sé–. Veo que la habitación ha recuperado el color, que no hay nadie sentado detrás de la mesa y que la cabeza del esqueleto apunta hacia abajo y parece muy triste con sus cuencas oscuras y vacías.
Salgo por la puerta de la consulta y Chris Hemsworth, tras el mostrador me extiende una factura por un importe de 50.000 euros. Creo que es un poco caro, pero pago sin rechistar con mi American Express mientras me despido babeando con alguna frase en perfecto Spanglish. Ni un selfie con él ni nada. No me atreví ni a pedirle el recibo. Soy una idiota.
Abro la puerta de mi casa y vuelvo a mi habitación.
La medusa que antes había en el pasillo ahora es un perro que duerme tranquilo y no parece haberse enterado de todo el jaleo.
La sensación de estar debajo del agua ahora es justo a la que precede al despertar.
Me meto en la cama. Las manos del cabecero son lamparitas normales y corrientes. Antes de abandonarme al sueño las apago. Todo se queda en silencio y en perfecta oscuridad.

Despierto muy confuso, rodeado de destellos blancos. Están por todos lados y giran alrededor de mi cabeza. O tal vez soy yo la que gira. O la habitación. No lo sé. Quiero hablar pero no puedo y me duele todo el cuerpo. Oigo una máquina a mi lado que hace sonar unos pitidos al compás de mis latidos.
Aún tardaré un rato en eliminar la anestesia.
Un médico que se da un aire a Sigmund Freud –acompañado de un enfermero que se parece un poco a Chris Hemsworth– me dice que la operación de cambio de sexo ha sido todo un éxito. Me lo dice en castellano aunque la clínica está en Nueva York –elegí la mejor del mundo y me ha costado un dineral–. Pero estoy convencido de que el resultado merecerá la pena.
Les doy las gracias y me quedo sonriendo.

–Lo primero que haré cuando me quitéis todos los puntos, será ponerme unas braguitas rosas –les digo.

–¿Con lacito? –preguntan a la par.

–Por supuesto –les digo satisfecha.

Mi ángel de la guarda

Dijo que era mi ángel de la guarda
pero tenía garras, colmillos
y mirada de loco.
Por las noches afila sus uñas,
por el día me dice al oído
“vente conmigo bonito”.
Yo trato de vencerle
con una guitarra vieja,
con mis piezas de ajedrez
y mi bote de Prozac,
pero sabe arañar y morder
siempre donde más duele.

Justo antes de dormir me sienta en su regazo, me desea tristes pesadillas y entona una nana siniestra. Acompaño su canción con mi guitarra de cuerdas oxidadas y lo miro de reojo… no sé si le tengo miedo o si le odio, pero mientras él me cante cada noche yo seguiré tocando y sentiré sus colmillos alimentarse de mi carne.

Sólo cuando ya no tenga nada que quitarme, me arrepentiré de no haberle estampado la guitarra en la cabeza, al hijo de puta.

La primera flor del almendro

Nací antes de tiempo, tenía prisa por salir. Otras flores me siguieron pero yo fui la primera en llegar a estos días inusualmente cálidos.
Justo enfrente de tu ventana, mi solitaria rama cabecea con el viento y durante unas pocas mañanas he contemplado tu mirada lanzada al infinito y el vuelo de tu pelo al aire fresco del Norte.
Vivo mecida y colgante, contando las horas del tiempo que me queda, porque esta noche el frío del invierno volverá y congelará mis hojas pequeñas. Cuando mañana abras de nuevo tu ventana el rocío brillando sobre mí será lo único que pueda dedicarte… Y mi vida fugaz en un fragmento de primavera.

Para Ana

12 meses. Mayo

LAS FLORES

Mayo comienza deshojando los días del calendario con la ilusión de un enamorado, pero al terminar sólo quedarán tallos rotos y pétalos salpicados de sangre.
Nunca sabremos si sus flores fueron una declaración de amor o de perdón, una bienvenida o una despedida.

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La casa del terror

—Sé bienvenido a la casa del terror… Puedes seguirme. Eso sí, si lo haces no habrá vuelta atrás—. Eso dijo el nota, disfrazado y maquillado como Igor, con voz impuesta y pomposa, justo antes de desaparecer por la gran puerta de madera de aquel casoplón que parecía a punto de empezar a caerse a pedazos.
Me adentré despacio, tranquilo, tras él.
La entrada daba al hall principal que estaba en ligera penumbra, pero se podía ver medianamente bien.
Igor se metió sin mediar palabra por una de las varias puertas que había en el hall. Le seguí. Daba a un pasillo muy largo y oscuro, con varias ventanas de las que salía luz y una puerta cerrada al fondo. No vi a Igor por ninguna parte.
—A ver qué pasa ahora—, pensé. Supongo que lo de siempre. Más de lo mismo. A ver monstruitos.

La primera ventana daba al exterior. Fuera, Frankenstein cargaba un fardo enorme, con ramas caídas de los árboles. Las dejó en el suelo y Leatherface, de “La matanza de Texas” con su motosierra las cortaba en trozos pequeños, ayudado por Jason Vorhees de ”Viernes 13” y su gran machete. Así estuvieron un rato, sin hacer nada más.

Yo flipé.

En la siguiente ventana, Freddy Kruegger de “Pesadilla en Elm Street” cortaba vegetales con su guante de cuchillos que después iba añadiendo a un caldero que hervía al fuego mientras canturreaba con su voz ronca una melodía pegadiza. Me miró y me guiñó un ojo.

Seguí flipando. En colores.

En la tercera ventana, la niña del exorcista estaba en la cama, con pinta de tener un gripazo terrible. Drácula, sentado en una pequeña silla a su lado dejó en la mesilla un libro de cuentos infantiles y empezó a darle cucharadas de un plato de caldo humeante.

Te cagas, pensé.

Y en la siguiente, la muerta de la curva tomaba y acariciaba la mano de una anciana con la mirada perdida. “No te preocupes por nada, yo estoy contigo”, le decía suavemente sin dejar de mirarla con dulzura.

—Esto es el colmo—, me dije. ¡Que me devuelvan el dinero!

Seguí andando por el largo pasillo. Muy enfadado. —¡Menuda mierda de casa del terror. En cuanto pille al encargado de esto le voy a montar un buen pollo. Estafadores!—, grité.

Pero aún quedaban unas pocas ventanas por las que había que pasar, antes de poder salir de allí.

La siguiente ventana daba de nuevo al exterior. Al mar. No entendía nada. Estaba a cientos de kilómetros de la costa, pero era el mar de verdad.
A lo lejos, divisé una patera inmensa, llena de inmigrantes, sobrecargada. Por sus caras, debían de llevar días navegando. El mar estaba embravecido y una ola hizo volcar a la patera. Las olas que después la azotaron la hicieron pedazos. La gente gritaba en mitad del océano. En unos minutos, unos se ahogaron y otros, agarrados a los trozos que aún flotaban, quedaron a merced de las olas que no dejaban de barrer el mar.
Un poco más lejos, un trasatlántico lleno de turistas pasaba de largo, como si no hubiese ocurrido nada. Muchos de ellos hacían fotos desde la cubierta. Algunos, incluso se hacían selfies con la tragedia de fondo.

Seguí caminando por el pasillo, desconcertado.

La siguiente ventana daba a una selva impresionante. No sé cuál sería, la Amazónica tal vez, o la del Congo. A la vez que por un lado unos hombres talaban árboles, otros construían carreteras, y otros, al volante de máquinas pesadas penetraban en la selva destruyendo todo a su paso. Miles de animales huían despavoridos… —¿Dónde irán ahora?—, me pregunté apenado.

La última ventana daba a una habitación con una pantalla inmensa en la pared. 4K, Ultra-High-Definition, ponía en un cartelito. Un niño sentado en el suelo la miraba absorto. En la pantalla las imágenes cambiaban cada pocos segundos: Un asesinato, una violación, un torturador y su torturado ensangrentado, un avión bombardeando una ciudad, cientos de peces muertos tras una marea negra, un linchamiento, una ejecución, un cazador, un incendio provocado, la lluvia ácida tras una explosión nuclear, unos niños cubiertos de polvo extrayendo minerales de una mina, otros niños muriéndose de hambre… Todo ello sin pausa y en bucle.
El niño giró su cabeza y me miró riéndose. Me disparó con una pistola imaginaria. —¡Pum! estás muerto—, me gritó sin dejar de reír.
Mi pecho empezó a mancharse con algo caliente, muy parecido a la sangre. Parecía de verdad. Puse mi mano en la herida imaginaria y en la mancha que cada vez era más grande y me eché a llorar.

Una puerta al final del pasillo se abrió y el resplandor del día lo iluminó todo. Salí corriendo de allí y no paré hasta caer exhausto. No fui capaz de mirar hacia atrás.

Todavía tengo pesadillas.

12 campanadas y un grito

Nada más fácil –dijo la pitonisa– simplemente tienes que ponerte a medianoche delante de un espejo con los ojos cerrados, tú sola y a la luz de una vela. Justo después de que suene la última campanada –y entonces se puso muy seria– abre los ojos y verás en el espejo al hombre con el que te casarás, a tu lado.

Decidió hacerlo esa misma noche.
No tenía miedo pero estaba muy nerviosa por la emoción. Comenzaron a sonar las campanadas y ella empezó a preguntarse; ¿será guapo? ¿será apuesto? ¿tendrá elegancia y don de gentes? ¿será bueno? ¿me tratará como a una reina? ¿tendrá los brazos fuertes y las manos grandes? ¿tendrá los ojos claros o el pelo oscuro?
Las campanadas dejaron de sonar.
Ella abrió los ojos muy despacio…

Gritó con todas sus fuerzas, absolutamente aterrada.

En el espejo sólo estaba ella. Nadie más.
La posibilidad de no casarse y tener que estar sola el resto de su vida le pareció espeluznante.

Agradecimientos:
Marisa y Bea

El espectáculo debe continuar

A causa de los imparables contagios, el estado de alarma se prolongó primero dos semanas, luego 6 meses y después 20 años.
Aún recuerda la noche del estreno, sus compañeros de función huyeron como ratas por la cuarentena pero él decidió quedarse y actuar. “El espectáculo debe continuar”, sigue repitiéndose cada noche, justo antes de salir y darlo todo frente a su público imaginario.

Donde todo comenzó

1

Ya en la orilla y después de varios días de terrible travesía, Nabila, exhausta y con su hijo en brazos saltó de la barcaza clavando las rodillas en la arena. Antes de desplomarse y cerrar sus ojos para siempre pudo ver cómo Hakim abría los suyos.

20 años después Hakim sigue paseando cada día por la playa donde todo comenzó. Tras las olas rompientes aún le parece distinguir la voz dulce de su madre. Y piensa que en la espuma blanca bañada por el sol, su alma continúa visitándole.

2

EN DEUDA CON EL MAR

La vida de Hakim siempre estuvo ligada al mar. Vivía por él, se alimentaba de él, se sentía en deuda con él. Incansable, podía nadar, bucear o surfear durante horas. Es quien mejor me entiende, solía decir.

Un día, con su tabla de surf debajo del brazo, lanzó su mirada más allá del horizonte y decidió saldar su deuda con el mar. Moriré acariciándolo, le dijo a una anciana en la playa a modo de despedida. Y se adentró en sus aguas con la sensación de que éstas se abrían a su paso.

12 meses. Abril

LA CIUDAD CALLADA

Tras las ventanas, la vida callada sucede más lejos de lo que alcanza nuestra mirada. Oculta entre las 4 paredes, no suena, no luce, no deja evidencia.
Allí donde no hay ventanas, Abril florece sin nosotros. Desatado, gritará su libertad y todo aquello que estábamos matando tendrá su momento y su lugar, su respiro y su oportunidad.
Abril habla y nos hace callar a todos. Encerrados y en silencio, oigamos qué tiene que decirnos.

De color negro

–Me pareció ver un lindo gatito. Un gatito negro.
–No es un gatito. Es una leona.
–¿Una leona de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen leonas de color negro.
–Sí que existen. En mi cabeza.
–Pues sal corriendo.
–No puedo, estamos encerradas ella y yo.
–¿Y esa ventana?
–Sólo está dibujada en la pared.
–Pues busca algo a lo que subirte. Un árbol, por ejemplo. Encuentra un árbol y trepa por él. La leona no podrá subir.
–Cuando lo hago la leona se convierte en leopardo. O en jaguar. Son muy buenos trepadores.
–¿También negros?
–Sí. También negros.
–Pues ahuyéntala. Haz fuego y ahuyenta a la leona.
–Entonces se convierte en oso polar. Todo se cubre de hielo, es imposible hacer fuego.
–Espera. ¿Un oso polar de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen osos polares de color negro.
–En mi cabeza sí. Mira. ¿No lo ves?
–Anda, es verdad.
–Está manchado de sangre.
–Sí, es mi sangre.
–¿Te ha mordido?
–No. Aunque me enseña los dientes nunca me muerde. Yo le ofrezco mi cuello pero no lo quiere. Sólo me acecha y me lanza zarpazos. Le gusta recrearse, está jugando con la comida.
–Mira, unas escaleras. ¿Qué habrá arriba? ¿Has mirado?
–Sí, he mirado. Hay un lobo.
–A ver si lo acierto, un lobo de color negro.
–Sí, de color negro.
–Y ¿ese también te acecha y te araña?
–No, ese sí que muerde. Y muy fuerte.
–¿Y qué quiere? ¿Tus huesos?
–No no, ojalá los quisiera. Ese solo muerde mis recuerdos. En sus fauces caben muchos.
–Oye, yo también estoy sangrando.
–Sí, es que te ha mordido.
–Pero ¿cuando? No me ha dolido.
–Cuando has venido. Y ya te dolerá.
–Entonces ¿ahora ya soy como tú?
–Sí. Has hecho muy mal acercándote a mí.
–¿Y qué vamos a hacer?
–No lo sé. Lo único que espero es que se cansen y se vayan.
–Pero mientras ¿qué haremos con todas estas heridas?
–Cuando cierren quedará una cicatriz.
–¿Una cicatriz de color negra?
–No. Esa será de color roja. Roja brillante, intensa. Será el único color además del negro.
–Oye ¿y por qué no gritamos?
–Porque no sirve de nada. Además, el primer zarpazo de la leona nos dejó sin voz.
–Entonces lloremos.
–No podemos. El segundo zarpazo nos dejó sin lágrimas.
–¿Y el tercero?
–Ese nos dejó sin sueños.
–Entonces tan sólo durmamos. Durmamos y olvidémonos de todo.
–Sí, pero sólo hasta que mañana todo vuelva a empezar.
–Oye… ¿por qué sonríes?
–Al menos ahora tengo alguien con quien hablar.

Ella y yo

Rueda, bajo mis pasos la ciudad
sus rincones y resquicios
un jamás entre la lluvia
un perdón ante tu llave
abrí la cerradura
de una puerta dibujada.

Rueda, vaivén oscilante
ella viene y yo me voy
marea, me busca
mi valiente odisea
huyo como siempre y
vuelve como nunca.

Rueda ella, ruedo yo
los días sin sentido
las noches recordadas
la nostalgia también calla
aunque sigas preguntando
si todavía vive en mí.

Ruedan, las caras de la verdad
como perfectos engranajes
la mirada vergonzosa
y el rojo de la herida
es el rastro que seguí
para escapar de ella.

Tiempo

Los días son densos como una taza de chocolate caliente. Rezagadas las horas no puedo desecharlas y la memoria, desbordada, no lo soporta más. Entonces el tiempo cae y ya no se levanta, se queda en los rincones y debajo de la cama. Por las noches el aliento se enfría como cuando se materializan los fantasmas, y al hacerlo, sus bocas se mueven pero nunca dicen nada, por eso si me preguntan no sé qué contestar.
Mientras todos huís yo escribo espirales con demonios y dragones. Las manecillas del reloj siguen clavadas en mi carne y aunque el tiempo pase lento, al hacerlo me corta y me desangra.
Si esta noche –en lugar de los fantasmas– eres tú quien venga visitarme, seré yo el que te pregunte ¿cuánto tiempo me queda? Y tú tampoco sabrás qué contestarme.