Los eligen y capturan sin ningún esfuerzo, los guardan en sus bolsos y se largan corriendo a casa para cocinarlos.
Desde la extraña pandemia que hizo menguar a los hombres y multiplicarlos como la peor de las plagas, así funcionaba la nueva gastronomía en el mundo.
Irremediablemente atraídos, corrían tras ellas babeando, diciendo estupideces, haciendo aspavientos y poniendo posturitas como si estuvieran en el gimnasio. Sin cerebro, sin criterio, sin pena ni dolor.
Había sido buena noche de caza. Mientras ponía el agua a calentar y tarareaba “It’s raining men”, aquellos tres magníficos ejemplares gritaron al unísono… ¡Aleluya!