—. ,
dijo el vacío
¡ , ! ; , :
respondió el silencio
—¿ , ? “ , “ .
insistió la duda
( , ) .
la página fingió comprenderlo
… , ; : ?
Todavía hoy, si imaginas con atención, puedes oírles dialogar.
—. ,
dijo el vacío
¡ , ! ; , :
respondió el silencio
—¿ , ? “ , “ .
insistió la duda
( , ) .
la página fingió comprenderlo
… , ; : ?
Todavía hoy, si imaginas con atención, puedes oírles dialogar.
—para qué pedirle al tiempo un soneto, si solo doblará las manecillas—
péndulo
pendiente
parado
varado
y el recuerdo
revuelto
de un tic tac
Versos extraños,
líneas ausentes,
besos paralelos
y un velo negro.
¿Un soneto sin aliento?
Tu mañana lejana.
hay una sombra
donde no había nada
late
aunque no respira
baila
siempre sin música
y sonríe
aunque parece triste
hay una sombra larga
que me sigue
y me susurra al oído
no te vayas
que me da miedo el mundo
y la luz
—yo te doy mi mundo—
le digo
después me apago
solo por ella
y bailamos
antes de que amanezca
no me hagas llover
que ya es muy tarde
para echarse al mar
sin velas ni barco
ni nada que flote
que aquí no hay esquinas
donde esconderse
solo mareas
y naufragios
no me hagas llover
que ya es muy tarde
para ser ancla
o red
Tus rizos deciden
lo que le ocurre al viento.
Yo solo miro
cómo baila el aire
cuando caminas.
Encontré
media voz
una vez.
Una grieta
donde esconderme
y hacerme grande.
Solo pude inventar
un catálogo de historias
para llevar:
Toma una
y te regalo dos.
Mañana será otra vez,
otra vida.
Pero esta noche…
todavía no.
En mi mundo de papel,
te salvo la vida
todos los días.
Fuera de él,
mis letras
no consiguieron
hablarte.
Tú dibujas laberintos
a punta de navaja.
Yo lleno las hojas
con sinfonías.
Y vuelve a sonar
el mismo estribillo.
Guardo en los bolsillos
un ruido tuyo,
para cuando el día
se me vuelva extraño.
Guardo el espejo
que se encendió contigo,
para ver tu silueta
moviéndose aún.
Guardo en un cajón
que casi no abro,
lo poco que me queda,
por si decides buscarlo.
Y en la calle vacía
guardo un hueco,
para poder pasear
como dos desconocidos.
La mayoría de mis poemas trataban de escapar por la ventana.
Acababan aplastados contra el cristal.
Últimamente dejo la ventana abierta.
Y aunque quiero que vuelen libres, no lo hacen.
Se quedan pegados a las paredes, deformados, retorcidos.
Con suerte, soy capaz de distinguir alguna palabra.
El silencio
arrasando con todo
hace mucho ruido.
Cuídate cuando suceda.
Que no termines
gritando soledad.
No suelo poner
las cartas sobre la mesa.
En su lugar,
las encierro en sobres
—a veces rotas,
a veces en blanco—,
y que el viento decida.
Bastó con casi nada.
Todo lo demás,
cayó por el hueco
que creamos.
A menudo lo escribo
para no olvidarlo.
¿Cuántas palabras
puede sostener
el borde de un papel
antes de rendirse?
Los relojes se volvieron
retratos extraños,
hechos de grietas
y ángulos cerrados.
El techo del tiempo
quedó al descubierto.
Arreció la lluvia.
Y calado hasta el invierno,
conté los versos
que tenía el aguacero.
Tu perfume cambia de sitio.
Por el día me sigue
por la noche me envuelve.
Y cuando todo es silencio,
me paraliza.
Tú me preguntas:
De qué tienes miedo?
Y yo me respondo:
No lo sé.
¿Ella o tú?
Si sois la misma persona.
Palabras para tí,
letras para ella
y heridas para mí.
No distingo la sonrisa del labio,
la caricia de la mano,
ni la voz de la canción.
¿Quién hablará y quién callará?
Abro los ojos y apago la luz,
cierro la puerta pero rompo
el cristal de la ventana.
Cuando entre el frío sabré
que la verdad quedó dentro,
mucho antes de que los sueños
volaran afuera.
Y en ese frío,
cuando ya no quede nadie,
ella y tú siempre seréis
la misma ausencia.
Nada se movía.
Ni siquiera la lluvia.
Ni tampoco el aire
cuando lo cruzaba
tu mirar.
Hasta que vi una
bandada de cuervos.
Eran los cuervos más negros
de todo el cielo.
Todo siguió parado.
Pero los cuervos sabían
algo que la lluvia no.
El cielo se volvió
un poco más negro.
Desde entonces,
yo también
guardo el secreto.
Hasta que vuelva
tu mirar.
De vez en cuando
cambio las sombras de sitio.
Pero antes las tiendo
sin mirar al cielo.
Como la ropa de domingo.
bastará un abrazo
para invocar
la melodía
tu mano y la mía
entrelazadas
el pentagrama
y uno de tus rizos
la clave de sol
tú me vistes de canción
yo te cubro de arpegios
baila
taconea
canta
bulería
Voy con la marea
liderando el temporal.
Después,
sólo titubeo.
O tarareo…
Como si eso bastara.
—a partir de “deshacer el mundo”
de Héroes del silencio—
soy un ave rapaz
mirad mis alas
escritas al viento
del sur
cada vez
son más veloces
cada día
regresan antes
pero hoy las vi
latir muy lejos
describiendo el horizonte
sé que nunca volverán
Encuentro tu nombre
en las migas de la mesa.
El mío gotea
en el vaho del espejo.
Cuando desaparece,
el reflejo murmura
lo que ya no se distingue.
Yo cierro la puerta.
Aún así, insiste.
Y tu nombre
acaba escrito
en las líneas de mis manos.
Las excusas se acumulan
detrás de las cortinas.
Solo las creen las sombras
que habitan la pared.
Cuando se hace el silencio,
las repiten,
con la risa contenida.
Yo escucho sin juzgar
ni reír.
Y las escribo, una a una,
como si fueran mías.
Para que alguien las crea.
9 de cada 10 poetas
afirman que el silencio es fértil,
pero ninguno sabe qué hacer
cuando crece demasiado.
Dicen que la noche es un refugio,
aunque tiemblen si alguien
apaga las luces
y juega con las sombras.
Prometen que el dolor enseña,
pero esconden los cuadernos
cuando duele de verdad.
Y yo, que apenas escribo,
cuento las grietas de la mesa
como quien reza sin fe.
Esperando que alguna palabra
se atreva a quedarse…
para herirme.
Tu reflejo latía.
Pero vi ropa tendida
detrás de tu mirada.
Y yo sin comprender
la mecánica del viento.
—Nota del autor—
Estos tres poemas nacen de un mismo gesto: detenerse en el instante previo.
No en el final, ni en la consecuencia, sino en la línea que lo anuncia.
Los cables —rojo, azul, negro— son en este caso umbrales; cuando el mundo se reduce a un hilo que todavía sostiene algo.
Lo que ocurre antes del corte a veces es más importante que el corte mismo.
Es ahí donde vamos a mirar.
CABLE ROJO
No me leas tan de cerca,
déjale sitio al aire.
Un brindis no era necesario
ni suficiente.
Aun así,
dijimos “salud” los dos.
Y aquí estamos,
frente al cable rojo.
Como si el silencio
pudiera decidir por nosotros.
CABLE AZUL
La historia estaba narrada,
solo quedaba pedir silencio
y volver a escuchar.
Tu pañuelo era de colores.
Yo prometí ser viento
y apenas fui capaz
de remover las hojas.
Cuando ya no quedó nada,
solo crujidos,
vi el cable azul
asomando
entre el frío.
CABLE NEGRO
A veces regresaba
buscando consuelo.
Pero una canción triste
sonó, cuando todas las voces
se apagaron una a una.
Hubo un hueco
donde antes cabía el mundo.
Allí encontré el cable negro.
Suelo pasear
mirando al suelo.
Busco las sombras
estrechas y largas;
a veces las sigo
para escapar de ti.
Después me ayudan a entender
por qué me fui,
y por qué termino siempre
en el mismo lugar.
Ellas ya me lo dijeron,
pero ahora dímelo tú:
¿Eres principio,
final,
o centro?
Ese sutil movimiento
de latidos
o derivas.
De tristeza disfrazada
de certeza
porque no quiere
delatarse.
La duda ofende,
dicen,
pero también sostiene:
Yo la he visto manteniendo
a quien ya no tiene nada
a lo que aferrarse.
Te diste la vuelta
antes de marchar.
Yo no podía
más que escribir palabras
y tú no podías
más que ver mi reflejo.
Resuenan tus pasos.
Y yo
los sigo escribiendo.
Salí a pasear de la mano
de mi ausencia.
Me llevó tan lejos
que ya no supe volver.
Y me quedé a vivir
en aquel trozo de historia.
la tinta gotea en el agua
tú ves dibujos
y yo palabras
solo se oye un tictac
ve deshaciendo el nudo
yo me cambio de canal
pide calma y dame guerra
que el mundo ya no gira
serpentea
Sabía que hay recuerdos
con las piernas cortas
y los brazos largos.
Pero no imaginé
que morderían
al doblar aquella esquina.
Con la tinta de un domingo
te dibujo en un lienzo
y me escribo en un cartón.
Clavado a la pared,
le canto a tu silueta.
Abro comillas,
cierro los ojos.
Subo el tono,
bajo la mirada.
Y el sombrero acaba
lleno de monedas.
Oír tu corazón
y latirme
hasta olvidar
quién soy.
El bastón de Gala para sentir el mundo.
La calavera de Shakespeare para soñar con tragedias.
La bufanda de Kafka para envolver la noche.
La llave de Woolf para abrir el silencio.
O, por supuesto,
la pluma de Bécquer
bañada en tinta,
llanto y desamor.
En cambio…
Soy un libro a medio leer.
Detenido en un signo
de interrogación.
La página abierta
espera
quieta
los dedos que vuelvan.
Entrené mis mariposas
contra el viento del norte.
Yo iré delante
con un verso roto:
una grieta es la lanza
más afilada.
Valientes ellas,
cuando sus alas
de vuelta a casa
sostengan
nuestra derrota.
Porque mañana,
con lo que quede,
volveremos a intentarlo.
EEEEOOOO!!!
—Freddie Mercury—
Aunque canto a la muerte para confundirla, brindo con la vida mirando hacia otro lado.
A veces no estoy seguro de que siga ahí.
Pero creo que sí porque siempre me llama por otro nombre.
Yo le sigo el juego.
Y siempre, sin querer, lo gano.
vueltas
golpes
franjas y colores
todos me buscan
apuntan hacia mí
y viajo por el mundo
voy y vuelvo
reboto rebelde
giro con efecto
después del retroceso
algo de ti se queda en mí
acabo conociéndote
por tu forma de observarme
y el lugar donde me tocas primero
yo seré la única
que quede sobre la mesa
silencio en la sala
soy la bola blanca del billar
ahora toca disfrutar
de mi blanca danza
Héroes del Silencio tuvieron la culpa. Más concretamente, el maestro Juan Valdivia y su peculiar acorde menor armónico. Con esa séptima que no debería estar ahí, y sin embargo lo explica todo.
Cuando lo oí por primera vez, algo en mí terminó de encajar. Fue una revelación luminosa, una grieta de color. Aquel sonido entró por los oídos pero acabó en otro sitio: en ese lugar que reservas para algo especial y solo es ocupado una vez en la vida por una persona, una imagen, o en este caso, un arpegio limpio y sostenido.
Desde entonces, cada vez que vuelve a sonar —o lo vuelvo a recordar— me atraviesa con la misma precisión. Porque ese acorde me había elegido a mí, igual que el destino elige a los distraídos: sin avisar, sin pedir permiso y sin dejar opción a mirar hacia otro lado. Como si hubiera estado esperando el momento exacto para decirme:
“Mira bien. Esto eres tú cuando nadie te mira”.
¿Quieres un instante
o un matiz?
¿Una sombra
o un vuelo?
–Solo quiero
el aire que queda
alrededor de tu cuello.
(Feliz S.Valentín)
Guardaremos tu risa
como el mejor de los regalos.
En memoria de Javi
Las horas lentas empujaron
hasta arrinconarme.
No tuve otra salida,
no quedó más opción.
Regresé a aquel lugar
donde dice Sabina
que no hay que volver:
al lugar donde has sido feliz.
Pero allí solo quedaba
el reflejo de una sombra
en la pared.
Y el lento vaivén
de un péndulo
olvidado.
Me lo llevé todo:
ramas, ruinas
y tesoros.
La sombra la dejé
a la luz de la mañana.
El péndulo, a merced
de las mareas.
Y libre por fin, seguí
con una certeza tranquila.
Sin miedo,
tiempo
ni tesoros.
Hay una orquesta en mi cabeza que toca solo para mí, a tempo de adagio y toque meloso. En los buenos tiempos tocaba afinada y coordinada. Hasta había dos bailarines que cuando bailaban vals parecían flotar sobre el escenario.
Un día el director perdió la batuta y se fue a un rincón. Desde allí escuchaba tranquilo siguiendo el ritmo con el pie. No lo hacía mal, teniendo en cuenta que no miraba a los músicos ni sacaba las manos de los bolsillos.
Pero desde ese día, la orquesta toca a tientas, sin partitura. Desafinada, suena desafiante. Desafortunada.
Y, como la del Titanic, tan solo a un estribillo de hundirse.
Los bailarines ya no bailan, solo huyen el uno del otro. A menudo se lanzan un atril, el arco de un violinista o la batuta del director.
Hoy desperté extrañado. Todo estaba en silencio. Me asomé tras el telón.
Los músicos estáticos.
El director cabizbajo.
Los bailarines agotados.
Así que me puse a tararear una vieja canción.
Alguien tiene que seguir con el ritmo.
Aunque sea el silencio el único que escuche.
Presumías de conocer
la palma de tu mano…
Hasta que me viste
deambular por ella.
Pasé toda la noche
pintándole ojitos
a las piedras que lancé
a mi propio tejado.
Soñaba en azul.
Fundía a negro.
Encerraba en rojo
los días abiertos.
Algo tembló
–quizá susurró–
y lo pintó todo
de un blanco
inmaculado.
No es mal color
para enfrentarse
al invierno.
Así no tengo
dónde esconderme.
Azul rasgado,
ojos que piensan.
Si te olvido,
me recuerdas.
Camino en círculos…
o en espiral.
¿Me limito a recordar
o a interpretar?
¿Me deshago
o me desarmas?
Ayer hablé con tu voz,
mañana callaré.
Y tú…
le cantarás al invierno.
Jugamos a unir los puntos
como dos niños curiosos.
Te reíste
en el punto y seguido.
Nos miramos
en el punto y aparte.
Soñaremos
en los puntos suspensivos…
Nos veremos
en el punto de fuga.
Y así,
el dibujo quedó hecho.
No sé qué hacía
una duda como yo
intentando responder
una pregunta como ésta.
Estaba condenado
desde el principio:
A mirar atrás,
recoger fragmentos,
intentar que parecieran
algo entero.
Ya sé que no es mucho.
Es lo único que podía hacer.
Y aun así,
algo quedó:
un verso roto
que aún respira.
Me gustan los días lluviosos.
Puedo ocultar mis ojos
bajo la línea del paraguas.
Entonces, solo veo
piernas, pasos
y alguna pena.
A veces las esquivo,
otras las escribo.
Y luego, continúo.
Por eso lo llevé al mar, para gritarlo azul. Pero el mar se lo llevó enredándolo entre algas.
A veces creo verlo en la línea del horizonte y poco después oigo mi nombre.
Pero ya nunca respondo.
El mar nunca devuelve lo que aprendió a latir solo.
El día
se desordena
–y mi mundo
se queda quieto–
cuando pienso
que en tus rizos,
caben mis dedos.
Guardaré siempre
en la memoria
mi poema más sincero.
Sólo por si algún día
ya no hicieran falta
más palabras.
A menudo me pierdo en un mundo
donde no hay suelo ni techo,
solo rejas, recuerdos
y una pared cubierta de ojos.
Cuando río
parpadean rápido,
parecen culpables.
Cuando estoy triste,
se desvían en silencio
para evitarme.
Pero basta con pensarte,
para que rompan en un llanto
que no sé detener.
Y despierto empapado,
en lágrimas que no son mías.
Ni a vista de pájaro
ni con ojo de pez.
Observo desde dentro,
desde el fondo.
Desde el silencio que odias,
desde el punto de partida.
Para comprenderme,
tendrás que volver atrás.
Y si lo haces,
presta atención.
Tal vez te encuentres
con aquel que fui.
Antes de huir,
por la grieta
donde se veía luz.
te visito y me preguntas
te olvido y me respondes
te miro mañana
y te dibujo hoy
tras el cristal, frío
sobre el piano, mudo
bajo la lluvia, quieto
pero siempre preparado
para saltar de lo desconocido
…al miedo
invierno indomable
¿dónde te escondes?
primavera imposible
tras mi silencio
verano inoportuno
respira despacio
otoño prometido
tiembla entre mis manos
tengo un poema
para cada espina
de cada rosa
qué fácil fue
clavar con ellas
mis latidos a la pared
cuando abrí la mano
no se distinguía
tu silencio del mío
en cambio el mundo
no dejaba de gritar
hagamos lo mismo
A veces mis demonios y mis fantasmas se enfrentan.
Los demonios sonríen perversos, enseñan los colmillos y sus ojos amarillos se encienden.
Los fantasmas enseñan sus garras afiladas y se vuelven negros como la noche más tenebrosa.
Pero entonces, el hada malvada que vive bajo mi cama se materializa, despliega sus poderosas alas y suelta una carcajada aterradora…
Todos, fantasmas y demonios, huyen despavoridos.
Y como ya no queda nadie, mi hada malvada –sin dejar de reír,
sin cerrar sus enormes alas–,
se ensaña conmigo.
…esa noche mi corazón no supo dónde mirar y sólo latía sin más.
Como el tic tac de un reloj que se limita a marcar el tiempo, en lugar de decirte cuánto queda para que te emociones o para cumplir un sueño.
No sé si Sabina se mudó
al barrio de la alegría.
Yo me mudé a la calle
donde mueren los valientes.
Pero todavía no he visto a nadie,
sólo estamos mi sombra y yo.
Ella va un paso por delante de mí
y no soy capaz de alcanzarla.
Te pienso muy fuerte
y ofrezco tu recuerdo
en sacrificio.
Luego me hundo
en las hojas de un libro
o en el agua sucia de un charco.
Después salgo a la superficie.
Más cansado.
Más viejo.
Más muerto.
Y empiezo la cuenta otra vez,
desde cero.
El espejo no me da la razón
ni me la quita…
Pero es peligroso odiar su reflejo
y de vez en cuando,
retarte en duelo con él.
Cuando sucede,
yo espero paciente,
con el sol dándome en la cara.
Por suerte nadie acude a la cita,
pero vuelvo a mi casa, derrotado.
Vale, acepto,
pero antes…
apaga la luz
y date la vuelta.
Cierra los ojos
o mejor grápatelos,
para que no veas
ni la trampa ni el cartón.
Ponte los guantes,
los de cota de malla,
acaríciame cuanto gustes
y también aráñame,
que lo tengo merecido.
Hunde los tapones
bien adentro en tus oídos,
no quiero que oigas
mis excusas y lloriqueos.
Piensa en otra cosa,
que no quiero que sientas
el calor de mi cuerpo
deforme, maldito.
Cuando termines,
por favor,
abrázame bien fuerte
y bien lejos,
que hoy estás muy guapo
y no quiero contaminarte
con mis defectos,
mis miserias
o mis miedos.
Después emborráchate
hasta perder el sentido,
para que puedas olvidar
la patética experiencia.
Pero sobre todo,
no te olvides de decirme
lo que me quisiste…
y cuánto te falta
para que me odies
como yo lo hago.
Flota insinuante, deteniendo el tiempo y alimentándose de los sonidos del día. La niebla de Noviembre late muda, insomne e insoportable. Lo abarca todo, convierte los caminos en laberintos y las certezas en dudas. Te obliga a abrazar tu melancolía y caminar con la cadencia lenta que ella te marca.
Pero la niebla de noviembre no es sólo incertidumbre, también es bálsamo. Me regaló la soledad más pura que puede existir, a cambio de tan sólo todos mis latidos.
Se volvió todo.
Y ahora es ella quién silencia mi voz y dibuja los círculos por los que camino, mientras disfruto del privilegio de morir despacio, con la cadencia lenta que ella me marca.
Sacadme de aquí por favor.
Tengo un cuchillo muy afilado. En mi piel, grabo con su filo los días que me siento feliz. Luego sazono la herida con sal y pimienta. Y unas gotitas de zumo de limón.
Los latidos van a la nevera, los recuerdos al microondas y las ganas al cajón de las especias.
Una gota de sangre se va por el desagüe, después lloro sobre la sopa.
Bajo la pizza cruda acabó mi alma. Junto a la escoba, barrido, el niño que fui.
Busqué la –sucia– culpa en el cesto de la ropa.
Terminé dando vueltas, en la lavadora.
Mi maestro siempre dijo que el silencio era mejor que las palabras y que los sueños brillan más que la verdad.
Yo, su alumno aventajado, escuchaba siempre muy atento. Me gustaba ese aura de serenidad y sabiduría que constantemente parecía desprender.
No hace mucho volví a verlo. Caminaba errático, maldecía su vida y lloraba desconsolado bajo la lluvia.
Hice como que no lo veía y seguí mi camino. Pero esa noche tuve ganas de llorar y salí a pasear descalzo bajo las nubes de tormenta.
Cuando termina el día y cierro los ojos, aparecen en mi conciencia y me acompañan hasta que me duermo. Están hechos de líneas y de sombras, se mueven con torpeza y dibujan gritos o llantos. Reclaman mi atención y me piden que les escuche, que les ayude, que ponga voz a su angustia. Sus ojos son apenas unos borrones oscuros pero nunca dejan de mirarme.
Mientras, yo pienso en otra cosa; en paisajes, en vuelos o en el sonido limpio del mar. Pero ellos siguen, gritando, llorando, rompiéndose en trozos, sangrando sobre mi cara.
Son los rostros que habitan mi cabeza. Todo lo que pensé, lo que sentí. El guión de mi memoria, la triste canción que no canté.
Cuando termina el día, las líneas afiladas de mil rostros arrastran sus pasos largos sobre mi almohada, mientras le ponen voz a mi silencio.
El diablo llora porque le gustaría ser poderoso:
Dejaría sin ojos a la gente, ataría cuchillos en sus manos y sus pies, les obligaría a correr desesperados y luego haría que lloviese alcohol y zumo de limón.
Pero después sonríe, porque ve que la gente es capaz de hacer cosas muchísimo peores.
hacer el silencio
–que no el amor–
para pensar en palabras
que se hicieron realidad
callar, añorar, huir
perder, caer, soñar
y escapar del mundo
–todo fue empezar–
Sentada en mi silla, sobre mi ropa doblada y recién planchada, el hada malvada (que vive bajo mi cama) suelta un sonoro “jaque mate” en su primera jugada. No objeto nada y vuelco mi rey blanco sobre el tablero.
Ella sonríe siniestramente al tiempo que me muestra sus sucios y largos colmillos.
Mientras el hada coloca en posición mi rey y su peón, miro por la ventana cerrada.
–Deja de mirar y juega conmigo–, me dice.
Yo no le digo nada, nunca sé qué decirle. Simplemente, esta vez decido no hacerle caso.
Oigo los pasos de mi hada malvada caminando hacia mí. Sigo dándole la espalda mientras espero, de un momento a otro, sus largos colmillos hundirse bien adentro, en mi cuello. Pero justo antes de que suceda, mi imaginación rompe el cristal de la ventana y siento el viento fresco inundar la habitación.
Es hora de ponerse triste, me dijiste, reflexiona si quieres pero no olvides.
Sentémonos junto al fuego y lloremos un rato. Y recuerda que no puedes arrojar tu pasado a las llamas, que el olvido es un libro que se escribe siempre en papel mojado
Decidí marchar.
Y cuando ya casi la había olvidado, decidí volver.
Me abrazó.
Y supe entonces que mi libro del olvido se había quedado en blanco.
Todas las horas del invierno pasaron de repente, delante de mis ojos. No se despidieron, tan solo marcharon tras una estela de viento frío.
Una de ellas quedó rezagada, cometió el error de mirar hacia atrás, quizá arrepentida o puede que solo quisiera despedirse de mí con la mirada.
Conseguí atraparla, no se resistió.
La llevo conmigo desde entonces. Nadie la ve y yo tampoco, pero siento siempre su fría compañía. Unas veces me toma la mano y el brazo, otras veces anuda mi cuello y mis sueños. Suele nublarme la vista y los pocos recuerdos que tengo del otoño. Me quiere, me olvida; la odio cuando habla y la extraño cuando calla porque a menudo es ella la que sonríe o llora en mi lugar.
No hace mucho la encadené a mi tobillo con eslabones de hielo. Cuesta caminar, pero creo que hice lo correcto.
La última hora del invierno. La que conseguí atrapar y encadenar a mis pasos. Mi eterna y fría compañera.
Es ella, en realidad, la que ha escrito estas líneas.
Siempre supe que tras la tormenta se escondía mi alma. Que el espejo me engañaba, que desde el principio las cartas estaban empapadas, que la tinta llevaba sal y detrás de cada esquina las expectativas tenían la textura de los sueños, el color del recuerdo y el rostro del olvido.
Pensaste que me perseguías pero yo solo huía de mis fantasmas.
Aún así el tiempo pasa. Las alas en mi espalda siguen desplegadas. A veces el viento las mece y alguna pluma arrancada dibuja en el cielo círculos grandes o escribe, lejos de mis ojos, poemas pequeños. Cuando la pluma cae después de volar la guardo en una caja para no pensar en ella. Por suerte su corto viaje llena el hueco que deja.
Por ahí viene otro fantasma y ya no quedan sitios donde pueda esconderme. Me arranco las alas, arrojo mi sombrero y dejo en el suelo el peso invisible que hay sobre mis hombros.
Estrecho la mano del fantasma, le doy las gracias y me voy cantando.
Al fin soy libre.

A lo primero el abismo solo me miraba. Pero ahora, incluso, me habla. Hazme un poema –me dice siempre–. Le gustan tanto que ya voy por el tercer libro. Y aquí sigo, sentado en el borde, escribiendo.
¿Volveremos a vernos? No lo creo. Pero hagamos una cosa. Ya que has venido, quédate un rato conmigo. Hablaremos sin miedo y cantaremos sin voz. Después márchate. Déjame sentado, mirando al abismo, dedicándole poemas. Tengo todavía mucho que escribir: Tu piel, mis heridas, nuestro canto mudo y todas las historias que perdí. Sólo cuando el abismo deje de mirarme seré libre. Entonces buscaré un cielo oscuro al que dedicarle mis poemas.
era el mar, dijo la luna
era tierra, dijo el sol
era un ángel, dijo ella
era vuelo, dije yo.
era viento, dijo el día
era agua, dijo el amor
era luz, dijo la noche
era un cielo… y dijo adios.

En memoria de Isa
Tengo un secreto que quiero contarte.
Es un secreto que guardo muy bien aunque todos los días lo cambio de sitio para que no se acomode. Por la mañana lo escribo para que no se me olvide, por la tarde lo canto para que no me haga daño y por las noches lo saco a pasear para lucirlo bien, colgado de mi cuello.
Forma remolinos grandes y espirales pequeñas, está en todas partes y si no se muere acabará matándome porque nunca fui su dueño sino su rehén.
Mi brillante secreto de plata y de oro, que muerde en primavera y quema en otoño; hoy toca sacarlo de su escondite y echarlo a rodar calle abajo.
Si se cruza en tu camino será mejor que no lo toques porque te convertirá en estatua de sal.
A mí me ha convertido en caballito de mar.
Y he terminado rodando, calle abajo.
Abril saltó en mil pedazos y durante varios meses fui encontrándome los trozos.
Unos pocos eran preciosos, los recogí.
Otros ya no estaban, alguien se los llevó.
Algunos echaron raíces, ahí los dejé.
Pero sé que hubo fragmentos que saltaron hacia atrás y se perdieron para siempre porque no soy capaz de recordarlos.
Creo que Agosto también saltará en pedazos porque ahora voy encontrando los trozos que caerán hacia atrás.
No sé qué hacer con ellos.
¿Los quieres tú?
El tiempo se me echó encima, los lobos de la pared, las ratas del espejo y los monstruos del armario. Hasta el hada malvada que vive debajo de mi cama y la serpiente que me abraza y lame mis heridas.
Cerré mi libro y abrí la puerta, pero vi la ventana rota y escapé por ella.
La caída no dolió, aterricé en una nube de tormenta.
A veces llueve, a veces lloro.
Cuando brille el sol, no antes, caeré al vacío.
No es la arena de un reloj la que hace que el tiempo se marche.
Aquella noche de Otoño presagiaba tristeza pero aún así, decidí seguirte.
Bailamos pegados y con los ojos cerrados, cegados por las luces. Cuando la música paró, te fuiste caminando del brazo de mi mejor versión.
Todo lo que sube se olvida y luego, con suerte, se sueña. En la primera hora del segundo día, te cansaste de pensar.
No volví a seguirte… ¿para qué?
A veces regreso al mismo lugar y bailo solo, bajo las mismas luces.
Después caigo en espiral por la arena de mi tiempo.
Nada es inmutable, dicen.
Las personas tampoco.
Algo pasó o cambió.
Cicatrizó? No.
Se agrietó.
Porque una cicatriz es prueba de progreso, de resolución, de superación.
Pero busco las mías y no las encuentro. En mí todo se añade, se acumula, se ensancha y se aleja, sin que un tejido nuevo lo sustituya.
Yo no tengo cicatrices, tengo grietas… y son mucho peores.
Un día soleado, vi que llovían diamantes, brillantes y cuarzos transparentes que dispersaban la luz en bonitos colores… Salí de casa para bañarme en sus reflejos multicolor –para qué si no–.
Volví cortado, tembloroso.
Envuelto en sombra y en frío.
Llovieron recuerdos, palabras y frases que parecían cristales que parecían diamantes. Formaron remolinos afilados, antes de volverse líquidos y desaparecer.
Cerré las heridas con sueños.
A veces imagino destellos de color, allí donde había recuerdos que parecían diamantes que fueron cristales.
Años más tarde supe que
mi “quizá” era imposible.
Sólo había un intento,
pero tuve frío y tuve miedo
del hueco que quedaba.
Lo cubrí con sueños,
cerré los ojos y
conté hasta mil.
Todo ello para no
pensar en nada más.
Mi quizá era imposible,
impensable,
el único y el último.
El antes y el después
del ‘puede que tal vez’
se hundió sin hacer ruido,
pesaba demasiado.
Ahora ya no pesa,
ya no está,
ya ocurrió
y ni siquiera
lo recuerdo.
Pero duele todavía.
Todo estaba pensado
escrito y dibujado:
El más bello
de los laberintos
jamás construido.
Con una puerta cerrada
a la que llamar en vano,
una ventana abierta
por la que poder gritar
y unos ojos muy tristes
por si quería llorar.
Todo sigue su orden,
camino en el sentido
de las agujas del reloj.
Pero persigo mi sombra
sin poder alcanzarla:
a una esquina y media
y a una melodía
de distancia.
En el más perfecto
de mis laberintos,
diseñado y erguido
sobre un buen poema
bajo un mal sueño.
Huyendo de mi sombra
hacia ninguna parte
con mi sombrero de lluvia
de ala ancha
y perfil estrecho
junto a los 4 elementos
–mojado, enterrado
abrasado, disperso–
Recogí mi trofeo
–abollado, oxidado, polvoriento–
de boca ancha
de base estrecha
y lo mostré al cielo
–al viento, al agua, al frío–
justo antes de esconderlo
Hoy decido
sacarlo del cajón
y guardarlo en el armario
¿Quieres verlo?
Desprendidas las hojas
de un libro ya leído
Desprendido el silencio
de las palabras escritas
Desprendidas las ramas
que murieron en Otoño
Desprendido el pelaje
que me abrigaba en Invierno
Desprendidas las horas
del día que terminaba
Desprendida la culpa
sobre mis hombros desnudos
Desprendida la vida
por mi reguero de ausencia
Desprendida la careta
aquella que sonreía
Desprendido desde entonces
desprendido incluso ahora
Desprendido… vivo, duermo, sueño
desprendido… hasta que muera
Esperaba la niebla, contando hasta infinito con los ojos cerrados. Quería diluirme en ella y marchar juntos, muy lejos.
La niebla vino pero yo estaba dormido. Lloró sobre mi hombro y se fue sola.
Desperté con el hombro mojado, después de soñar con ella.
Seguí contando hasta infinito –con los ojos abiertos, para no dormirme–, esperando que volviera.
* * * * *
Hace tiempo que terminé de contar y la niebla nunca regresó.
Lo único que conservo de ella son las lágrimas que dejó sobre mi hombro.
Como las mentiras -y algunas verdades- hay historias que se cuentan y otras que no. Detrás del silencio que envuelve esas historias algunas veces hay dolor o vergüenza, pero en ocasiones se oculta una bonita añoranza. En ese caso las historias, como los muertos o como los sueños, hay que recordarlas de vez en cuando para que no acaben en terreno del olvido.
Mi historia, que en realidad era mi sueño, la callé, la olvidé y la enterré bajo la mentira -porque las verdades como puños siempre duelen si golpean la conciencia-. Pero entonces, cuando un viejo recuerdo llueve del cielo o cae de una estrella, es mejor cobijarse o apartarse porque si te alcanza, además de a la conciencia, el golpe va directo al corazón.
Cuando me cruzo con el olvido
vuelve la cara para no mirarme
cierro los ojos y los oídos
tuerce el gesto y aprieta los dientes
Contengo las ganas de girarme
porque sé que siempre marcha
altivo y orgulloso
Me crucé con el olvido un día más
sangraba lágrimas y yo también
los dos miramos hacia abajo
siguiendo el rastro que dejó el otro
Cuando no quedó ni rastro ni camino
ni pasos ni tropiezos
de nuevo volví a recordar
Se marchó por la ventana abierta, la que daba al mar. La vi alejarse rápido y pronto se convirtió en recuerdo. Brisa y rocío iban a ocupar su lugar pero a pocos metros se detuvieron, formaron una bella figura y quedaron congelados en el aire.
Todas las mañanas abro la ventana y contemplo la figura recortada en la claridad, sus trazos finos como brazos extendidos hacia mí pero sin llegar a alcanzarme. Respira, susurra y canta como una sirena enamorada. Yo la miro –también enamorado– y absorto la escucho, tan cerca de tocar su voz. A punto de sentir el abrazo de su aura plateada.
Un día abrí mi ventana, la que daba al mar.
No quedaba nada. Ni la brisa ni los trazos, ni la voz ni la canción. Todo era silencio. Vacío.
Un día no pude abrir la ventana.
Hoy, tan sólo puedo recordar.
mi peor acierto, mi mejor error
raíces expuestas y flores enterradas
la voz callada, vibrante silencio
espejos opacos, reflejos en paredes
el viaje que nunca empezaba
todavía no ha acabado
salta hacia atrás, corre hacia abajo
cierra los ojos para mirar lejos
los oídos sordos para no gritar
una mentira más que sincera
ayer lloramos para no sentir
hoy reímos para no recordar
escribo en blanco, duermo pensando
en noches claras y luces oscuras
andar despacio, correr deprisa
volar parado, parar con prisas
una bola de billar
en un tablero de ajedrez
empieza la anti-partida
Cortante y brillante
el aire congelado
Cuesta caminar
duele respirar
Abrir la puerta
caer despacio
Saber e ignorar
todo es empezar
La vuelta del revés
las voces que miraban
El cristal que cubre mi memoria
Todo es tan real como los sueños
Despierta

Las mareas son los latidos del mundo, a su merced dejo mis pedazos. Lenta, mi cadencia y la canción de mi cabeza cuando dejó de sonar –o de soñar–.
Me llama la marea, también es mi latido, mi sangre y las horas que me faltan para irme despacio, tras ella.
No miraré atrás, que ya no queda nada.
Confundí las sombras con destellos.
Me voy tras ellos.
Coje mi maleta y tírala bien lejos, quiero ir sin equipaje a mi nuevo hogar. Los libros que leí, las frases que dijiste, todo lo que sé y todo lo que creo se quedará aquí. No llevaré nada, salvo algo de vacío con el que pueda envolverme como si fuera un regalo. También algo de tiempo para poder malgastar y mis juguetes rotos para bailar con ellos por si suena música triste.
Coge mi maleta y tírala bien lejos, que el tiempo se me acaba –no queda casi nada–.
Cuando vuelva, si es que vuelvo, no quieras consolarme y no preguntes nada, tan sólo coge mis pedazos y escribe en ellos la historia de mi vida. Cuando lo hayas hecho entierralos bien hondo y deja que la lluvia caiga sobre ellos…
Sólo entonces será cuando pueda sentirme libre.
Fui príncipe despintado
vestido de azul
sapo feo y gordo
en charca de ciudad
Jugamos al ahorcado
con tu melena rubia
y a las canicas con
mis ojitos de cordero
Planté flores detrás
de cada esquina
para que tú no las vieras
y perdí todas las noches
viéndolas crecer
Los miedos venían envueltos
en sábanas de fantasma
todos los días corría
con zapatillas de tacón
Fue bonito y horrible
ver la boca del lobo
con colmillos de cachorro
El tiempo libera y aprieta
sonríe y ahoga
te enseña la lección
llamándote idiota
y lo deja todo
perdido de arrugas
Desde los tejados
agarrado a las antenas
contemplo mi obra
y la lluvia caída
tras las esquinas
las flores muertas
que nadie recogió
Ayúdame a buscar
un antídoto
contra mí mismo,
un pasadizo
para huir de mi cabeza,
un doble filo
que libere mis mitades…
Y parecer por fuera
lo que soy por dentro.
Necesito un hobby
para emplear mi tiempo
y distraer mi mente
Catador de venenos
aprendiz de fakir
equilibrista ebrio
domador de tiburones
pintor de casas encantadas
o ayudante de bruja medieval
Además de tus uñas en mi piel
quiero unas garras
hundiéndose en mi carne
Me cansé de mi oficio
y de mi don
Soñador de imposibles
dibujante de vuelos
pensador de laberintos
constructor de dudas
Me aburrí de otear infinitos
y vigilar estrellas fugaces
Vente conmigo
será divertido
saltemos juntos
al vacío existencial
y bailemos claqué
bajo el fuego cruzado
Recuerdo los trazos inconexos. La gente bailando y el humo blanco manchando el aire.
Recuerdo el papel mojado diluyendo las historias. Las horas que dolían y los años que pasaban.
Recuerdo los sábados iguales. Los paseos largos que eran como huidas. Las manos vacías o llenas de dudas.
Recuerdo que caí hacia adelante con los labios cerrados. Y esperé, paciente a que la fría nieve me cubriese… Pero fue la lluvia quien lo hizo.
Eran nubes grises, de tormenta, y en un momento cubrieron la ciudad.
Cobijado, el azar observó cómo ella me cogió de la mano. Yo fui incapaz de huir: la música triste me confundió y ya nunca dejaría de sonar.
Su abrazo tiene el color de aquella tarde. Aprieta.
Aún hoy seguimos quietos, empapados y unidos por las nubes.
Sus nubes y mi tormenta.
Y esa música triste que suena todavía.

Él me amenaza,
yo le ignoro.
Se lanza contra el cristal que nos separa.
Un matrimonio convenido,
convencido.
Convertido en mentira y en odio.
Le humillo,
me desprecia.
Le saco de sus casillas.
A menudo grita y llora.
Yo le miro de reojo, compasivo,
y preparo mi venganza.
Me iré muy lejos,
muy pronto.
Morirá, sin un reflejo del que burlarse.

Mi espiral sigue curvándose hacia su centro, como el surco de un viejo vinilo. Me pregunto qué hay al final (un espejo, tal vez, un candado, no lo creo, un sonido dulce entre destellos rosados, ojalá).
Los ruidos del mundo quedaron atrás y también las miradas de la gente, incapaces de seguir los giros en los que un día me perdí.
Ya es tarde para arrepentirme y para que oigas alejarse mis pasos –que son como latidos–, todo lo que queda está delante, una vuelta tras otra y mi figura haciéndose cada vez más diminuta para seguir caminando por esta espiral inacabable.
Voy buscando trozos, reflejos, recuerdos… Están esparcidos y se ocultan entre los objetos. Algunos me ven y huyen. Otros se dejan coger y los observo atento. Si decido quedármelos se volverán negros, y ya no dejarán de preguntarme ¿por qué?
A veces tintinean como –tristes– cascabeles, como canciones mudas que sonarán cuando nadie escuche.
Estoy hecho de momentos unidos por una extraña magia. Y son tan pequeños que puedo deformarme para esconderme en las grietas que dejan los días…
Voy buscando lo que nunca tuve, lo que nunca vi, lo que yo mismo separé en retales afilados y cortantes. Quiero saber quién soy, o puede que sólo esté tratando de reconstruirme.
No llores,
cierra los ojos.
Vamos a imaginar
que todo salió bien.
Sueña alto
vive fuerte
muere libre.
Pero ahora
duerme
tranquila,
aventurera.
Me enamoré de la tormenta
pero nadie lo entendió.
Ahora soy agua
de charcos, de lagos
y gritos ahogados.
Llueven palabras
sobre las aceras
repetidas, desnudas,
son las voces que escribieron
la historia de mis días.
Dijo que era mi ángel de la guarda
pero tenía garras, colmillos
y mirada de loco.
Por las noches afila sus uñas,
por el día me dice al oído
“vente conmigo bonito”.
Yo trato de vencerle
con una guitarra vieja,
con mis piezas de ajedrez
y mi bote de Prozac,
pero sabe arañar y morder
siempre donde más duele.
Justo antes de dormir me sienta en su regazo, me desea tristes pesadillas y entona una nana siniestra. Acompaño su canción con mi guitarra de cuerdas oxidadas y lo miro de reojo… no sé si le tengo miedo o si le odio, pero mientras él me cante cada noche yo seguiré tocando y sentiré sus colmillos alimentarse de mi carne.
Sólo cuando ya no tenga nada que quitarme, me arrepentiré de no haberle estampado la guitarra en la cabeza, al hijo de puta.
Rueda, bajo mis pasos la ciudad
sus rincones y resquicios
un jamás entre la lluvia
un perdón ante tu llave
abrí la cerradura
de una puerta dibujada.
Rueda, vaivén oscilante
ella viene y yo me voy
marea, me busca
mi valiente odisea
huyo como siempre y
vuelve como nunca.
Rueda ella, ruedo yo
los días sin sentido
las noches recordadas
la nostalgia también calla
aunque sigas preguntando
si todavía vive en mí.
Ruedan, las caras de la verdad
como perfectos engranajes
la mirada vergonzosa
y el rojo de la herida
es el rastro que seguí
para escapar de ella.
Los días son densos como una taza de chocolate caliente. Rezagadas las horas no puedo desecharlas y la memoria, desbordada, no lo soporta más. Entonces el tiempo cae y ya no se levanta, se queda en los rincones y debajo de la cama. Por las noches el aliento se enfría como cuando se materializan los fantasmas, y al hacerlo, sus bocas se mueven pero nunca dicen nada, por eso si me preguntan no sé qué contestar.
Mientras todos huís yo escribo espirales con demonios y dragones. Las manecillas del reloj siguen clavadas en mi carne y aunque el tiempo pase lento, al hacerlo me corta y me desangra.
Si esta noche –en lugar de los fantasmas– eres tú quien venga visitarme, seré yo el que te pregunte ¿cuánto tiempo me queda? Y tú tampoco sabrás qué contestarme.
Cuando abren los museos de la memoria, los recuerdos pasean despacio y las horas desbordan debajo las sábanas.
Las noches ya no son negras, ahora son blancas y en ellas podrás ver mi sangre y mis huesos tratando de escapar hacia la mañana. Y cuando llegue, la mañana ya no será blanca, será negra y con ella cubriré mi rostro para que nadie pueda ver mi angustia.
En mis ratos libres
con el disfraz por los tobillos
trazo una línea en el suelo
para estar detrás
con los ojos vueltos
y engullirme a mí mismo.
En mis ratos libres
si quieres búscame
pero no me encuentres
me tengo a mi merced
lejos de tu alcance
soy un péndulo en pendiente.
En mis ratos libres
sonriente soñador
varado entre cristales
no me olvides por si yo lo hago
deja que aprenda de
mis dragones y abismos.
En mis ratos libres
soy yo el que se muere
un poco cada noche
a pesar de todo
dibujando una ciudad
paseando entre su niebla.
Aún en el páramo pueden abrirse veredas, por las que entre ráfagas de viento discurra algo de poesía.
Aunque sea la última…
Parecerá que ya no hay nada, pero quedarán las ganas de todo, lo dejado de sentir, lo faltado por hablar.
Aunque sea lo único…
Donde los sonidos son lentos y al tiempo le falta un rato para llegar, donde tú y yo quedamos abrazados y enredado, tu pelo en mis promesas.
Aunque sean las de siempre…
Brindamos con palabras para llegar al final de la noche y con todo lo que nos dijimos, hicimos el amanecer.
Ahora el sol brilla y las palabras aprendieron a olvidar. Pero, ¿cómo olvidar que una noche me arropaste con mil frases?

De labios finos y ojos rasgados…
Su beso cortaría el aire y tu alma, si la pones a su alcance.
Te araña con cuidado y con cariño, a la vez que te desangras y te enamoras.
Por ella. De ella.
Sueño con tenerla en mis manos y que desangre mi alma a cambio de un beso, de una sonrisa brillante y curvada.
Por ella, con ella, mi katana, cortar el aire y abrir el cielo.
Si esta carta fuese de amor la firmaría con lluvia para echarte de menos.
Si estas líneas fueran un dibujo serían “El beso” de Gustav Klimt o un boceto de Dalí.
Si estas letras fuesen un deseo sería el tuyo, si fueran una pena sería la mía y si fuesen un privilegio sería el de tenerte.
Si este papel no fuera mudo sonaría un rock’n’roll y alguien gritaría ¡Oh yeah!
Si estas palabras fuesen valientes y no buscaran desesperadas un sitio donde esconderse estarían escritas con mi sangre.
Y si hoy no hubiera ayer ni mañana ni tampoco distancia… entonces le gritaría al mundo que te quiero… ¡Oh yeah!
Trazadas mis palabras –que no escritas– con sextante y mapa estelar, ahora sólo ruedan, solas, y se alejan –se adentran– sin ningún deseo, sin preguntar ni siquiera por qué.
Sal conmigo a la ventana, juntos las despediremos, antes de que se marchen del todo.
Palpita. Ausente, sufrida.
Sufriente. Dormida, me envuelve.
Aunque parezca hecho con lágrimas antiguas el cristal no se evapora como lo hicieron ellas.
En su caída, la línea era blanca pero al otro lado del prisma tú la viste de colores.
No podré salir ni tú entrar, por más que te acerques, la burbuja me mantiene lejos, a una vida y media de distancia.
Incluso cuando ésta acabe, todo lo que fui seguirá en su interior.
Palpitando, durmiente.
Mi envuelta ausencia.
Con mi disfraz
de equilibrista,
desequilibrado:
A veces, sobre el filo
de un cuchillo
y a punto de sangrar.
A veces, sobre
la vía del tren
y a punto de volar.
Hay un nudo en cada minuto que estoy obligado a deshacer para seguir avanzando, despacio.
Hay un ojo que dibujo, ciego y mudo, tras cada esquina, para que me observe, me juzgue y me lleve preso –si fuese necesario–.
Hay algo que sobra, que falta, que ahoga, que quema.
Hay algo que es nada, pero lo abarca todo. Tan cercano, tan distante…
No lo busques, no lo toques, no lo quieras, no lo entiendes… porque no queda, no suena, no flota ni vuela…
Pero está en mí y desde mí.
Por mí y para mí.
Y morirá conmigo.

Me concedieron un deseo, sólo uno.
Elegí lluvia, como podría haber elegido sol, cielo, nebulosa o big bang.
Mi deseo me fue concedido, y nunca supe –ni sabré– quién me lo propuso y me lo otorgó, pero pienso, empapado, que podría haber sido mucho peor.
A veces me deslizo como una corriente por la inclinación de las aceras y otras veces permanezco estático, como un charco en el que puedes reflejarte si así lo quieres.
Pero, mi consejo, si a ti también te dieran a elegir… no elijas lluvia. Elige sol, o niño, o tigre, o tierra.
Déjame a mí las gotas grises y frías porque ya las hice mías. No te diluyas ni te vuelvas transparente, y no te deslices que eso es cosa mía. Corre, elévate, empodérate y vuela… que yo me quedo a ras de suelo, ajeno y a salvo de tu fuerza, siguiendo mi pendiente camino del mar.
Las del suelo y la de las paredes.
Algunas se mueven al son de los cuerpos a los que pertenecen. Otras estáticas, cuelgan de los objetos inanimados.
Me pregunto cuál de las dualidades es la verdadera. ¿Y si los cuerpos en realidad dependen del movimiento de las sombras? ¿Acaso son ellas las que en realidad viven y nosotros no podemos más que seguir sus pasos inevitables? ¿Somos la proyección viva de algo plano y oscuro, que se mueve y piensa un instante antes de que lo hagamos nosotros?
No hables conmigo. No pienses en mí. Hazlo con mi sombra, en mi sombra. Ella es la que vive, la que piensa, la que observa.
Yo, tan sólo estoy a su merced.
No es que la luna mengüe para hacer una cuna. Es que cada noche sale a bailar y en su danza, su falda se eleva o reposa.
Curiosa, observa paciente y luego, enfadada nos vuelve la cara.
Y se ríe, plateada, luminosa.
Y llora, derrotada, sobre las mareas.
Aburrida de mirarnos y cansada de llorar, un día se marchó. Buscó otro planeta, otra estrella con la que seguir bailando, girando, riendo, gritando, llorando…
Los más viejos todavía recuerdan el grácil vuelo de su falda, elevándose o reposando, que marcaba el inicio y el final de todas las noches.
Miénteme cuando me hables y mírame cuando me olvides; si entre la multitud me siento solo y al mejor postor, tendré que decidir cuando la moneda todavía da vueltas en el aire.
Sólo hay que mirar al suelo y agachar la cabeza mientras cae la tormenta.
Todo lo que venga después lo podrás recordar u olvidar… aunque alguien nos mienta.
1
No tuve tiempo de ordenar mis pensamientos ni de sacarte de mi cabeza.
Y ahora, en forma de obsesión, apareces y te escondes, te pierdes y me encuentras, te burlas, me consuelas, me matas, me renaces, me olvidas, me recuerdas… siempre a tu antojo.
Mientras, cada día me odias un poco más y cada noche me amas un poco menos.
2
No quiero verte, ni abrazarte, ni besarte.
No quiero pasear contigo, ni coger tu mano, ni dormir a tu lado ni que amanezcas sobre mi pecho. No quiero tenerte ni amarte, soñarte o añorarte, no aspiro ni siquiera a follarte…
Tan sólo quiero ser tu malsana obsesión.
La mitad de la noche la pasé durmiendo. La otra, es posible que soñando.
La mitad de los años que me quedan por vivir y la mitad de los vividos están separados tan sólo por un instante (éste). Y si los sumáramos, formarían la mitad de mi vida.
La mitad de mi corazón se quedó lejos de mí. La otra mitad, la llevo encima pero ahora mismo tiene los ojos cerrados y no quiere sentir. “Para qué”, repite sin cesar, si la mitad de la gente son desconocidos y la otra mitad no quiere escuchar.
No soy una mitad, ni tú tampoco. Pero antes de saberlo, aguardábamos ignorando la mitad de las cosas que nos iban a pasar. La otra mitad, ya había pasado igual que pasan las estaciones (inevitablemente).
La mitad de todo a veces es menos que la mitad de nada. Pero la mayoría de la gente no lo sabe todavía. Y no lo digo yo. Lo dice la mitad de mi verdad. La otra mitad, es posible que sea mentira. ¿Cómo saberlo? si pasamos la mitad de la vida con los ojos medio cerrados y el corazón partido por la mitad…
Están son las reflexiones de la mitad de mi alma. La otra mitad, que viene y que va, vaga como un fantasma al que le quitaron su mitad y la busca por la mitad del mundo y la mitad del cielo.
Recojo los flecos enredados de mi día en una madeja brillante del color del vino y de la sangre, vertida como la tinta torpe hacia palabras y frases que me consumen a la vez que te emocionan, que te divierten… o que te consuelan.
Son éstas las que sin un significado claro serán oscuras para que se distingan de las sonrisas falsas y las envidias que tienen que venir.
Tras de mí, los cielos abiertos cerrarán sus puertas… y sólo podréis imaginar lo que queda más arriba, allá donde a veces me paseo para huir.
Desde allí se divisa y se divide el mundo en fragmentos que uniré como las frases, mientras tenga algo que callar para poder escribirlo.
Mientras, a salvo de vuestras miradas y mucho más allá de las puertas cerradas del cielo abierto que miráis absortos, trato de encajar las piezas del mundo y de mi vida, para que en algún sueño sin sentido de una noche de Otoño pueda reunirme con vosotros, pero solo hasta que los flecos enredados de otro día me reclamen, tan brillantes como siempre, para ser enmadejados.

Un punto azul pálido es una fotografía de la Tierra tomada por la sonda espacial Voyager 1 desde una distancia de 6000 millones de kilómetros. La imagen muestra la Tierra como una mota o punto de luz casi imperceptible debido al fulgor del Sol. La foto fue tomada el 14 de febrero de 1990, y Carl Sagan tituló una de sus obras “Un punto azul pálido” inspirándose en esta fotografía.
Estas son sus reflexiones, sus pensamientos en el sentido más profundo de la fotografía:
«Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.
La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina del punto. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida.
Nuestro planeta es una solitaria mancha en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido.»
Carl Sagan.
Cuando Einstein daba alguna conferencia en las numerosas universidades de USA, la pregunta que le hacían los estudiantes era:
-¿Cree Ud. en Dios?
Y él respondía:
Creo en el Dios de Spinoza.
Baruch de Spinoza fue un filósofo holandés considerado uno de los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII, junto con el francés Descartes.
Este es el Dios o Naturaleza de Spinoza:
“Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho! Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.
Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.
¡Deja ya de ir a esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa.
Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti.
Deja ya de culparme de tu vida miserable; yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo.
El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer.
Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito…
¡No me encontrarás en ningún libro!
Confía en mí y deja de pedirme. ¿Me vas a decirme a mí como hacer mi trabajo?
Deja de tenerme tanto miedo. Yo no te juzgo, ni te crítico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor.
Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar. Si yo te hice… yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias… de libre albedrío ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si yo soy el que te hice? ¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal, por el resto de la eternidad?
¿Qué clase de dios puede hacer eso?
Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que sólo crean culpa en ti.
Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti. Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía.
Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.
Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro.
Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.
No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.
Así, si no hay nada, pues habrás disfrutado de la oportunidad que te di. Y si lo hay, ten por seguro que no te voy a preguntar si te portaste bien o mal, te voy a preguntar ¿Te gustó?… ¿Te divertiste? ¿Qué fue lo que más disfrutaste? ¿Qué aprendiste?…
Deja de creer en mí; creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en ti. Quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a tu perro, cuando te bañas en el mar.
Deja de alabarme, ¿Qué clase de Dios ególatra crees que soy?
Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan. ¿Te sientes agradecido? Demuéstralo cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones, del mundo. ¿Te sientes mirado, sobrecogido?… ¡Expresa tu alegría! Esa es la forma de alabarme.
Deja de complicarte las cosas y de repetir como perico lo que te han enseñado acerca de mí.
Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas.
¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?
No me busques afuera, no me encontrarás. Búscame dentro… ahí estoy, latiendo en ti”.
Spinoza.
Nuestra primera conversación fue tan absurda como una clase de inglés.
¿Recordáis las clases de inglés? Preguntas y respuestas corteses y perfectamente medidas en un contexto claro, con adecuada tensión y resolución plana. Dudas blancas y blandas de ascensor, hospital, hotel, restaurante y supermercado.
Nos dimos dos besos de manual. ¿O fue un apretón de manos? Tal vez fuesen las dos cosas. Pero tras esa frialdad impostada pude ver nuestra vida reflejada en tus ojos. El futuro (ese que parece que nunca llega) tomó forma en 15 segundos, un sábado cualquiera. Y quedó a nuestro alcance, para recorrerlo juntos. Un paso tras otro. Una curva tras otra. Un destino y el otro:
El tuyo y el mío.
Y aunque después vendrían unos días que serían como noches, al final el amor, además de ciego y un poco loco, también es sabio y siempre tiende al equilibrio, al igual que el universo regido por sus leyes.
Nunca creí en el destino ni en la eternidad, pero mientras ella y yo sigamos caminando, existirá un futuro que compartir juntos, múltiplo de un bonito –y lejano– sábado lleno de luz, en el que todo comenzó.
Para Bea.
Porque en la vida hay –sólo, siempre– un gran amor.

Ni bien ni mal ni regular
ni todo lo contrario.
Ni tú ni yo
ni jamás nosotros.
Ni esto ni lo otro
ni tampoco aquello.
Ni flores ni espinas
ni aroma de rosas.
Ni aquí ni allí ni cerca
ni de coña lejos.
Ni puertas ni ventanas
ni persianas bajadas.
Ni dormido ni soñando
ni haciéndolo despierto.
Ni ahora ni nunca ni siempre
ni tiempo por llegar.
Ni familia ni amigos
ni al lado de nadie.
Ni uno ni dos ni diez
ni de cero a cien.
Ni lunes ni domingo
ni fiestas de guardar.
Ni solo ni acompañado
ni rodeado de gente.
Ni guapo ni feo
ni espejos para mirar,
para romper…
O reflejar.
El vacío no era esto…
Ni lo otro.
Unas veces no era nada…
Y al final se volvió todo.
Siempre soñé después de despertar para amanecer en otro lugar. Sin moverme del sitio escuché sin hablar y escribí sin pensar para no pensar en nada. Y en nada me quedé cuando quise conocer lo que todos ya sabían. Entonces supe que tenía que marchar, pero sólo corrí cuando era mejor ponerse a descansar.
Al final descansé, aunque fue después de dormir una noche más. Así que dormí cuando había que volver y volví cuando había que esperar… O eso me pareció, cuando parecía que estaba detrás pero sólo miraba hacia adelante. Y hacia adelante caí cuando ya no quedó nadie. Por eso nadie me dijo que hubo muchas cosas que nunca ocurrieron.
O sí que lo hicieron, pero a su debido destiempo
Las dudas vuelven a casa por Navidad y salen a pasear con zapatos de charol. Mientras, la vida pasa de largo y lo deja todo perdido de brillantina…
El tiempo se llevó el gato al agua y si nos vio ya no se acuerda. Y yo tampoco me acordé de limpiar la brillantina.
“Verde no es naranja”.
Ni mi voz es palabra, acaso, sólo oscuro silencio.
La sombra que se aleja no es la mía.
Ni el amor de tus ojos deja surcos como el llanto.
Negro tampoco es rojo.
Hasta que sangra la pared sobre el blanco de un espejo.
Enfrente, ya no queda la verdad.
Estoy yo, perdido. Estás tú, detrás.
Estamos los dos, perdona, bajo el blanco satén de las sábanas calientes.
Los cipreses no llegan al cielo aunque lo intenten.
Ni los sauces lloran en realidad.
Tampoco lo pretenden.
“Verde no es naranja”, dijiste una mañana mientras te miraba.
Y no eran horas de mirar.
La melancolía de fondo
late en una foto de color sepia,
donde todas mis dudas son
los restos del naufragio.
Las noches largas vienen
caídas del cielo junto
a las miradas hirientes
y engarzadas de la gente:
Bajo sus pies, las cuchillas
marcarán el hielo y
abrirán mi piel, para
que en el filo del invierno
también esté mi sangre.
Mi sangre caliente y blanca
sobre el blanco de Diciembre.
Todas las noches llueven letras y palabras desmembradas.
En los rincones se acumulan, como pelusas. Inconexas, sólo el azar las pronuncia para los oídos sordos de la gente. También para los ciegos que no quieren ver.
Yo tampoco oigo, ni veo. Y cuando hablo lo hago con los restos de palabras inconexas y moribundas que encuentro por los rincones.
Así, cuando calle el cielo morirá mi voz.
Mi inconexa voz.
Tú no tienes la culpa de verme caer. Pero me pregunto si es el resto quién se aleja, porque, a un palmo del suelo (y a medio de tus besos) todavía floto, mientras me quede paciencia que pueda alimentar con sangre.
Me quedé dormido en la orilla.
Todas mis flores se marcharon con las olas.
Las algas se enredaron en mi cuello.
Mis sueños se llenaron de sal…
Cuando desperté, me quedé mirando el horizonte.
Exhausta Primavera
duerme para siempre
en los brazos del Otoño.
Por eso no regresará
cuando termine el Invierno.
Nos tenemos
nos marchamos
abrazados nos besamos.
Estoy a tus pies
te tengo en mis manos.
Duele estar lejos
y en mitad de la historia.
Pero te oigo respirar
porque en la apariencia
o en la verdad
la distancia es incapaz
de volverse olvido.
Dicen que el amor es ciego…
Pero yo creo que en realidad
tiene los ojos rasgados:
A veces los cierra un poquito
y coquetea.
Luego los abre y caemos
como marionetas.
Hace tiempo que lo hice.
Con los ojos cerrados.
Sin miedos ni dudas.
Ahora, caigo libre a velocidad terminal, esperando el impacto contra el suelo.
O tal vez contra el techo.
Que uno ya no sabe si sube o si baja, cuando alrededor todo sigue dando vueltas.
El teorema del mundo rige igual para todos, pero algunos son conscientes de que su verdad no es rígida ni única, y otros aún no se han dado cuenta ni de que existe un teorema.
Por cierto… el verdadero teorema del mundo es el amor.
Hay gente que vive en su sueño más bello y más profundo.
Hay gente que no duerme y sólo sueña con aquello que nunca llegará.
Hay gente que duerme sin soñar.
Y hay gente que mientras duerme -prisionero de su tristeza o de sus pesadillas más negras-, acaba cayendo por alguna de las numerosas grietas de su vida… Y luego cuando despiertan, se dan cuenta de que todo cuanto conocen y han vivido se queda en otra vida que ya no es la suya.
Hay sitios en los que el tiempo no transcurre. Nunca llueve, y cuando lo hace ya nunca termina: las gotas quedan prisioneras en los cristales sin saber cómo deslizarse hacia abajo. Y lo que ves es siempre lo mismo en todas partes; la misma luz de una luna que nunca se esconde, las mismas siluetas proyectadas en la misma pared, la misma hora en el mismo reloj que hace años se paró, cuando en algún momento aún daba tiempo de que fuera demasiado tarde.
Una ventana abierta siempre da a alguna parte. Cuando están dirigidas hacia dentro, si te las dejas abiertas –o si alguien te las abre– corres el riesgo de que la realidad se escape por ella y se vaya para siempre de nosotros.
Los pensamientos y los recuerdos son instantes de una vida que la mente desordena. Los míos, inquietos, cambian de sitio constantemente. Entre los charcos y las nubes, como las perseidas, lloran a veces para brillar. Mientras trato de ordenarlos, y sólo guiado por su brillo fugaz, la insoportable entropía los esparce frente a mí. Una y otra vez.