Los zapatos de tacón de aguja

Fue la mañana más fría desde que se tienen registros. Los pocos que se atrevieron a salir de debajo de los edredones se quedaron helados después de poner los pies en el suelo frío y no tuvieron más remedio que lanzarse a la cama para no morir congelados, abrazándose a la persona que tenían al lado, los que dormían acompañados, y hechos un ovillo, los que dormían solos. Allí pasaron el día entero, sin atreverse siquiera a sacar la cabeza de debajo de las gruesas mantas para no respirar ese aire helado que se había colado en todas partes.

Por las calles, los zapatos, zapatillas, sandalias, alpargatas y todo lo que la gente se pone en los pies caminaban solos y sin dueño, como si no hubiese pasado nada.

Unos zapatos de tacón esperaban impacientes, en una cafetería, a que otros zapatos elegantes acudieran a su cita. Después de estar allí un rato se fueron por separado, a la oficina.

Las zapatillas de los “runners” trotaban por las aceras y los parques con zancadas rápidas, levantando algo de tierra en cada pisada.

En las escuelas de danza, las zapatillas de ballet hacían sus saltos y piruetas al son de música clásica, en las academias de baile, otros calzados cómodos bailaban salsa, bachata y bailes de salón.

En los campos de fútbol, veintidós pares de botas corrían tras el balón, en los gimnasios los pedales de las bicicletas estáticas giraban a toda velocidad, y sobre las lonas, zapatillas de todas clases y colores se movían a ritmo de zumba, body pump o GAP. También las botas de los boxeadores bailaban alrededor del saco sin que éste se moviese.

Las botas de agua de los niños saltaban con energía sobre los charcos o se deslizaban por los toboganes de los parques.

Mientras las casas seguían congeladas y la gente sin atreverse a salir de la cama, la Tierra siguió girando porque lo que por ella camina no dejó de hacerlo:
Los pasos inseguros de zapatos pequeños que lo hacían por primera vez, las suelas arrastrándose de los que ya anduvieron demasiados años, la cadencia larga del calzado que pasea tranquilamente por las calles y el ritmo rápido de los pasos que van con prisa…

Y así el día terminó normalmente, entre ecos pisadas y huellas en la tierra, zancadas que seguían perspectivas por delante y dejaban veredas por detrás…

Unos zapatos de tacón salieron de la oficina y al poco rato los zapatos elegantes. Se reunieron en el mismo café de por la mañana.
A los pocos minutos los zapatos de tacón se fueron muy deprisa, con pasos sonoros y altivos. Los zapatos elegantes lo harían algo más tarde y pasaron el resto del día vagando sin rumbo por las calles. Llovió, pero los zapatos no evitaron los charcos que encontró en su camino.

Aún hoy, la gente sigue bajo gruesas mantas, helada de frío y soñando con su antigua vida. Mientras, sus zapatos siguen haciendo que la Tierra gire, como si nada hubiese ocurrido.

Karen Red Doll

1.

Se despertó muy despacio… Antes de poder pensar en cualquier cosa se quedó un rato más en ese estado en el que sueño y realidad se abrazan.

A los pocos minutos pudo ser consciente de sus sensaciones y reparó en que se encontraba terriblemente cansada, con el estómago revuelto y muy mareada, como si hubiese pasado toda la noche de fiesta, bebiendo sin control, soportando ahora una buena resaca.

Enfocó su mirada en el techo y se quedó pensativa. ¿Qué hizo por la noche? Por más que intentó hacer memoria no lo recordaba. Vaya noche movida tuvo que ser para no acordarse de lo que hizo. Pero ¿qué hizo por la tarde? ¿Y por la mañana? Tampoco se acordaba…

Esto ya le resultó demasiado raro; en su memoria parecía no haber absolutamente nada, tan sólo el vago trazo de un sueño extraño ocupaba un discreto segundo plano.

Se frotó los ojos, se incorporó en la cama y miró alrededor. Todo lo que vio le resultó desconocido, era un dormitorio grande, amueblado con un gusto exquisito. Los muebles de madera oscura, clásicos, contrastaban con el blanco inmaculado de las paredes. La cama estaba cubierta por unas sábanas de seda de una suavidad extraordinaria.

Por un ventanal enorme se colaba una suave claridad e iluminaba un gran espejo y una caja de cartón enorme que desentonaba con la belleza de la estancia.

Se levantó de manera aparatosa y anduvo por la habitación. Le costaba moverse y coordinar los movimientos; tenía la sensación de no ser dueña de su cuerpo, de estar moviendo torpemente unos miembros funcionales pero que no le pertenecían.

Sigue leyendo

New York, New York

Despierto, confuso.
La luz se cuela entre las lamas de la persiana y me molesta. Hoy, no sé por qué, puedo ver a través de mis párpados cerrados.
La voz de mi conciencia me da los buenos días y se pone a cantar una de Sinatra. New York, New York, concretamente. No lo hace mal, además. Pero me desconcierta. Normalmente la voz de mi conciencia se limita a decirme (más bien a repetirme) las cosas que hago mal. Y las que hago medio-mal también. Además nunca, nunca jamás me da los buenos días y no estoy acostumbrado a su saludo ni a que, en un alarde de auto afirmación, incluso egocentrismo, cambie su rutina y se ponga a emular a “La Voz”.
Desde que he despertado, veo también dos manos saliendo de la pared. Una a cada lado del cabecero de la cama. Las dos son masculinas, una de hombre mayor, con manchitas, y la otra jóven, muy cuidada, grande y fuerte.
No es la primera vez que las veo, la diferencia es que normalmente ambas manos me hacían una bonita peineta cada una, pero hoy se han puesto a chasquear los dedos, a ritmo de la canción. Cuando llega el estribillo, hacen un trémolo curioso. Algo así como chas-chas, chaca-chaca-chás. Admirable. Buen swim tienen mis nuevas amigas.
La canción se acaba y me dan ganas de aplaudir, pero ante mi desconcierto no lo hago y me limito a pronunciar un tímido “hola” con cierto matiz de interrogación, como queriendo preguntar en realidad, qué leches está pasando.
Ya sé que es raro que un par de manos (de diferentes personas además) oigan, pero deben haberlo hecho, porque acto seguido se ponen a saludar efusivamente. Me pregunto si saludan o si en realidad se despiden.
Me incorporo. Realizo ese ejercicio mental que a todos nos ha tocado hacer más de una vez, para determinar si estamos soñando o no. Tras el auto chequeo de mis sentidos y sus sensaciones determino que estoy despierto y bien despierto.
Quizá estoy imaginando demasiado fuerte.
O estoy escuchando demasiado hondo.
O mirando demasiado lejos.
O a lo mejor, enloqueciendo demasiado pronto.
O todo ello a la vez.
Y mientras, sigo reparando en que, la luz me molesta cada vez más aunque cierre los ojos.

Sigue leyendo

La primera flor del almendro

Nací antes de tiempo, tenía prisa por salir. Otras flores me siguieron pero yo fui la primera en llegar a estos días inusualmente cálidos.
Justo enfrente de tu ventana, mi solitaria rama cabecea con el viento y durante unas pocas mañanas he contemplado tu mirada lanzada al infinito y el vuelo de tu pelo al aire fresco del Norte.
Vivo mecida y colgante, contando las horas del tiempo que me queda, porque esta noche el frío del invierno volverá y congelará mis hojas pequeñas. Cuando mañana abras de nuevo tu ventana el rocío brillando sobre mí será lo único que pueda dedicarte… Y mi vida fugaz en un fragmento de primavera.

Para Ana

La casa del terror

—Sé bienvenido a la casa del terror… Puedes seguirme. Eso sí, si lo haces no habrá vuelta atrás—. Eso dijo el nota, disfrazado y maquillado como Igor, con voz impuesta y pomposa, justo antes de desaparecer por la gran puerta de madera de aquel casoplón que parecía a punto de empezar a caerse a pedazos.
Me adentré despacio, tranquilo, tras él.
La entrada daba al hall principal que estaba en ligera penumbra, pero se podía ver medianamente bien.
Igor se metió sin mediar palabra por una de las varias puertas que había en el hall. Le seguí. Daba a un pasillo muy largo y oscuro, con varias ventanas de las que salía luz y una puerta cerrada al fondo. No vi a Igor por ninguna parte.
—A ver qué pasa ahora—, pensé. Supongo que lo de siempre. Más de lo mismo. A ver monstruitos.

La primera ventana daba al exterior. Fuera, Frankenstein cargaba un fardo enorme, con ramas caídas de los árboles. Las dejó en el suelo y Leatherface, de “La matanza de Texas” con su motosierra las cortaba en trozos pequeños, ayudado por Jason Vorhees de ”Viernes 13” y su gran machete. Así estuvieron un rato, sin hacer nada más.

Yo flipé.

En la siguiente ventana, Freddy Kruegger de “Pesadilla en Elm Street” cortaba vegetales con su guante de cuchillos que después iba añadiendo a un caldero que hervía al fuego mientras canturreaba con su voz ronca una melodía pegadiza. Me miró y me guiñó un ojo.

Seguí flipando. En colores.

Sigue leyendo

12 campanadas y un grito

Nada más fácil –dijo la pitonisa– simplemente tienes que ponerte a medianoche delante de un espejo con los ojos cerrados, tú sola y a la luz de una vela. Justo después de que suene la última campanada –y entonces se puso muy seria– abre los ojos y verás en el espejo al hombre con el que te casarás, a tu lado.

Decidió hacerlo esa misma noche.
No tenía miedo pero estaba muy nerviosa por la emoción. Comenzaron a sonar las campanadas y ella empezó a preguntarse; ¿será guapo? ¿será apuesto? ¿tendrá elegancia y don de gentes? ¿será bueno? ¿me tratará como a una reina? ¿tendrá los brazos fuertes y las manos grandes? ¿tendrá los ojos claros o el pelo oscuro?
Las campanadas dejaron de sonar.
Ella abrió los ojos muy despacio…

Gritó con todas sus fuerzas, absolutamente aterrada.

En el espejo sólo estaba ella. Nadie más.
La posibilidad de no casarse y tener que estar sola el resto de su vida le pareció espeluznante.

Agradecimientos:
Marisa y Bea

El espectáculo debe continuar

A causa de los imparables contagios, el estado de alarma se prolongó primero dos semanas, luego 6 meses y después 20 años.
Aún recuerda la noche del estreno, sus compañeros de función huyeron como ratas por la cuarentena pero él decidió quedarse y actuar. “El espectáculo debe continuar”, sigue repitiéndose cada noche, justo antes de salir y darlo todo frente a su público imaginario.

Donde todo comenzó

1

Ya en la orilla y después de varios días de terrible travesía, Nabila, exhausta y con su hijo en brazos saltó de la barcaza clavando las rodillas en la arena. Antes de desplomarse y cerrar sus ojos para siempre pudo ver cómo Hakim abría los suyos.

20 años después Hakim sigue paseando cada día por la playa donde todo comenzó. Tras las olas rompientes aún le parece distinguir la voz dulce de su madre. Y piensa que en la espuma blanca bañada por el sol, su alma continúa visitándole.

2

EN DEUDA CON EL MAR

La vida de Hakim siempre estuvo ligada al mar. Vivía por él, se alimentaba de él, se sentía en deuda con él. Incansable, podía nadar, bucear o surfear durante horas. Es quien mejor me entiende, solía decir.

Un día, con su tabla de surf debajo del brazo, lanzó su mirada más allá del horizonte y decidió saldar su deuda con el mar. Moriré acariciándolo, le dijo a una anciana en la playa a modo de despedida. Y se adentró en sus aguas con la sensación de que éstas se abrían a su paso.

De color negro

–Me pareció ver un lindo gatito. Un gatito negro.
–No es un gatito. Es una leona.
–¿Una leona de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen leonas de color negro.
–Sí que existen. En mi cabeza.
–Pues sal corriendo.
–No puedo, estamos encerradas ella y yo.
–¿Y esa ventana?
–Sólo está dibujada en la pared.
–Pues busca algo a lo que subirte. Un árbol, por ejemplo. Encuentra un árbol y trepa por él. La leona no podrá subir.
–Cuando lo hago la leona se convierte en leopardo. O en jaguar. Son muy buenos trepadores.
–¿También negros?
–Sí. También negros.
–Pues ahuyéntala. Haz fuego y ahuyenta a la leona.
–Entonces se convierte en oso polar. Todo se cubre de hielo, es imposible hacer fuego.
–Espera. ¿Un oso polar de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen osos polares de color negro.
–En mi cabeza sí. Mira. ¿No lo ves?
–Anda, es verdad.
–Está manchado de sangre.
–Sí, es mi sangre.
–¿Te ha mordido?
–No. Aunque me enseña los dientes nunca me muerde. Yo le ofrezco mi cuello pero no lo quiere. Sólo me acecha y me lanza zarpazos. Le gusta recrearse, está jugando con la comida.
–Mira, unas escaleras. ¿Qué habrá arriba? ¿Has mirado?
–Sí, he mirado. Hay un lobo.
–A ver si lo acierto, un lobo de color negro.
–Sí, de color negro.
–Y ¿ese también te acecha y te araña?
–No, ese sí que muerde. Y muy fuerte.
–¿Y qué quiere? ¿Tus huesos?
–No no, ojalá los quisiera. Ese solo muerde mis recuerdos. En sus fauces caben muchos.
–Oye, yo también estoy sangrando.
–Sí, es que te ha mordido.
–Pero ¿cuando? No me ha dolido.
–Cuando has venido. Y ya te dolerá.
–Entonces ¿ahora ya soy como tú?
–Sí. Has hecho muy mal acercándote a mí.
–¿Y qué vamos a hacer?
–No lo sé. Lo único que espero es que se cansen y se vayan.
–Pero mientras ¿qué haremos con todas estas heridas?
–Cuando cierren quedará una cicatriz.
–¿Una cicatriz de color negra?
–No. Esa será de color roja. Roja brillante, intensa. Será el único color además del negro.
–Oye ¿y por qué no gritamos?
–Porque no sirve de nada. Además, el primer zarpazo de la leona nos dejó sin voz.
–Entonces lloremos.
–No podemos. El segundo zarpazo nos dejó sin lágrimas.
–¿Y el tercero?
–Ese nos dejó sin sueños.
–Entonces tan sólo durmamos. Durmamos y olvidémonos de todo.
–Sí, pero sólo hasta que mañana todo vuelva a empezar.
–Oye… ¿por qué sonríes?
–Al menos ahora tengo alguien con quien hablar.

Así planchaba, así así

Lunes antes de almorzar, una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que planchar: Así planchaba así así, así planchaba así así, así planchaba así así, así planchaba que yo la vi señor juez, tiene usted que hacer algo, no es normal que una niña tenga que hacer las tareas de la casa, y menos aún la plancha, que una cosa es colaborar y otra muy distinta es tener que lavar, fregar y planchar cuando tendría que estar estudiando o jugando con sus hermanos, ellos seguro que estaban dándole al balón o a play, mientras la niña tenía que hacer la casa, señor juez, por favor, haga usted algo porque esto es un caso claro de explotación infantil.

Los servicios sociales se hicieron cargo de la pequeña y al poco tiempo su padre viudo huía ahogado por las deudas de juego. Una familia la adoptó y tuvo una infancia muy feliz.

Por la raja de su falda yo tuve un piñazo con un Seat Panda, me volvía loco con su Chupa Chups, qué vicio, qué vicio tenía la chavala, la tuve que despedir porque se negó a compartir la habitación del hotel en nuestro primer viaje de negocios, no es no, me decía, estaba buena pero era una mojigata, señor juez, eso le contaba el baboso del director general a su asesor, presumiendo, orgulloso, ni siquiera se esperó a que yo terminara de limpiar y saliera por la puerta, ese hombre es un acosador, conmigo también trató de propasarse, señor juez..

Esa y otras denuncias por acoso hicieron que terminase destituido. Su mujer se divorció al poco tiempo, y aunque no llegó a entrar en la cárcel, sus antecedentes y lo mediático del caso arruinaron su vida.
“No es no” le seguía gritando la gente años después, cuando se lo cruzaban en cualquier momento, en cualquier lugar.

Que no la encuentre jamás o sé que la mataré… Por favor, sólo quiero matarla, a punta de navaja, besándola una vez más, eso iba cantando el malnacido señor juez, mientras entraba en su casa y daba un portazo. Llamé inmediatamente a la policía y se lo hice saber mientras aporreaba su puerta, cuando lo vi salir salpicado de sangre y con cara de loco me encerré y por la mirilla vi como se arrojaba por la barandilla de la escalera, entonces entré en su casa y ahí estaba, tirada en el suelo, intenté cortar la hemorragia taponándole la herida hasta que llegó la ambulancia y la policía. Todavía tengo pesadillas, señor juez.

A las poco rato fallecía en la mesa de operaciones; perdió demasiada sangre.

La sangre siempre es la sangre.
La olvidada, la antigua y la nueva, que aún hoy siguen siendo derramadas por el mismo motivo.
Mientras su hija adolescente, abatida y desolada la limpiaba del suelo, alguien al otro lado del globo, seguía cantando la canción:
“Así limpiaba, así así”.

Pequeñas historias y grandes dramas del mundo

NO A LA EXPLOTACIÓN INFANTIL

Madrid:
—Qué sorpresa mamá, la abuela me dio unas monedas! Me compraré un zoo! Y un unicorning! Y unas maricosas! Y un orangegután! Y un pájaro ebanero!
—¿Ebanero o ebanista?
—Un pájaro ebanista.
—¿No será carpintero?
—Eso, un pájaro ebanero.
—Muy bien cariño, pero eso será mañana; ahora a cenar y a dormir.

Somalia:
—Mira mamá! Con las monedas que me dio el patrón he comprado pan tierno en lugar de cogerlo del vertedero! Verás qué sorpresa se lleva la abuela!

Dios no juega a los dados

Mi nombre es Satanás
Y quien juega a los dados soy yo.
Si sale uno… mueres.
Si sale dos… te asesinan.
Si sale tres… te violan.
Si sale cuatro… te arruinas.
Si sale 5… cometen una terrible injusticia contigo.
Sólo si sale 6 me meto en tu cuerpo. Y para sacarme, te hará falta un buen exorcismo.
Es muy divertido.
Me encanta el juego.

Dios en cambio, juega con un cubo de Rubik:
Si hace el lado blanco… nieva.
Si hace el lado rojo… nace una rosa.
Si hace el lado verde… crece un árbol.
Si hace el lado azul… sube y baja la marea.
Si hace el lado amarillo… luce el sol.
Si hace el lado naranja… amanece.
Y cuando resuelve el cubo entero… llueve y se forma un bonito arco iris.

Pero todo eso son idioteces.
Mi juego es mucho más divertido.
Agito el dado con furia…
Y lo arrojo con todas mis ganas, siempre contra los mismos.
¿Quieres saber qué te ha salido?

* * * * *

La frase de Albert Einstein “Dios no juega a los dados” es una cita, sacada de contexto, que se emplea incluso como prueba de que el físico creía en divinidades, en el destino o que mostraba así su rechazo a la teoría de la evolución de Darwin. Argumentos de autoridad aparte, la historia tras estas palabras es bien diferente, y ha suscitado gran cantidad de ensayos al respecto:
Einstein se refería al universo como a “Dios”, una forma de hablar que compartieron físicos como Stephen Hawking. Debido a sus palabras tuvo que aclarar que, en efecto, no creía en divinidad alguna. La comparación con los dados tampoco quería decir que creyera en algún tipo de destino. La metáfora es tan sólo una crítica a la mecánica cuántica, que el nobel de Física rechazaba con rotundidad.

Las 5 vidas de Kevin

Para salir de su celda-caparazón, Kevin se hizo miniatura. Un poco más, si cabe.
“Voy a comerme el mundo y la noche se me quedará pequeña” se repetía una y otra vez. Pero la noche –todas las noches en realidad– era de rebajas, sin I.V.A y con complejos. Mil o incluso más.
Sólo había una forma de hacerse grande. De subir, de saltar, de hacerse par, de que sonara un rock en su medida de vals.
No era difícil. Sus “amigos” y él lo habían hecho su identidad, como un grito de guerra:
“Algo de Coca, algo de Cola.
Después de la Cola, quedarse K.O.”

1

Sus “amigos” lo encontraron tirado. Se había meado encima después de meterse una raya demasiado larga. Dos de ellos lo dejaron recostado en la parada del autobús. Ya no cambió la postura. Mientras la ciudad amanecía, Kevin dejó de respirar.

2

Despeinado, cansado, sudado y soñoliento, logró poner en marcha el coche de su madre, no sin esfuerzo. El agujero del contacto se movía continuamente esquivando la llave una y otra vez. Pero al final lo consiguió.
Se quedó dormido mientras conducía. Se saltó un semáforo y un camión de reparto que llevaba mucha prisa lo embistió. Mientras la conductora del camión sufría un ataque de pánico, Kevin dejó de respirar.

3

En un sucio WC de un sucio garito, con los calzoncillos por los tobillos después de haber echado una larga meada, se durmió con la cabeza echada hacia atrás. Sufrió un coma etílico poco después. Atragantado por su propio vómito, Kevin dejó de respirar.

4

“Hoy es el día, tío, hoy es el día”.
“Esta es la nuestra, colega, jamás volverán a meterse con nosotros”.
“Tómate una pirula más, co, que hoy no podemos fallar”.
“Se van a enterar esos gilipollas, de nosotros no se ríe nadie”.
Lo repetían como un mantra.
Llevaban días planeando ese encuentro en un descampado lejano.
En plena madrugada, dos grupos de idiotas estaban dispuestos a matarse dominados por la testosterona y la chulería.
A los pocos segundos de empezar la pelea, un botellazo en la nuca le fracturó el hueso occipital. Kevin cayó al suelo fulminado. A los pocos segundos y sin que nadie se diera cuenta, dejó de respirar.

5

Kevin, triste y mareado siguió su hilo gris imaginario y volvió a su celda-caparazón.
Tuvo pesadillas y al despertar su resaca era espantosa.
Al poco rato sonó su teléfono móvil, y al otro lado había una chica con voz dulce que decía llamarse Sally. Kevin no recordaba nada, pero ella dijo que se conocieron anoche, y ante su insistencia y por no parecer descortés finalmente accedió a quedar.
Fueron al cine y luego a cenar una hamburguesa. Después pasearon y bailaron en cualquier esquina a ritmo de “Despacito”.
Acabaron besándose apasionados, después de contemplar el amanecer.

Sus “amigos” no volvieron a saber de él.
En alguna ocasión lo recordaron y hablaron de él.
“¿Qué habrá sido de Kevin?”
“Conoció a una pava y creo que está saliendo con ella”.
“Menudo bragazas. Él se lo pierde”.
“Oye, ¿tú crees que desde este balcón llegaremos de un salto a la piscina?”
“Pues claro. Anda, sujétame el cubata”.

Corre Forrest

Corre Forrest.
Eso fue lo que me dijeron.
Y empecé a correr.
Y ahora no puedo parar.
Si lo hago yo también se parará el mundo.
Debo seguir corriendo.
No me queda otra opción.
Nadie puede alcanzarme.
Por mucho que quieran.
Yo soy más rápido.
Aunque me canse.
Aunque me desmaye.
Aunque me rompa.
Aunque me muera.
Corre. Corre. Corre.
Más. Mucho más. Muchísimo más.
Hasta que todo acabe.
Si me cruzo contigo no me interrumpas.
No me interesa lo que tienes que decirme.
Apártate y deja que siga corriendo.
Pues si paro yo se parará también el mundo.
Corre. Corre. Corre.

Qué hambre tengo. Voy a parar un ratito, a ver qué encuentro por ahí.

Y el hámster al que habían apodado como Forrest, se bajó de su rueda y se fue tranquilo hacia su plato de comida.
Cuando hubo acabado de comer, se tumbó y cerró los ojitos.

Nadie sabe cómo ocurrió pero…
El mundo dejó de girar.
Allí donde era de día se quedó de día y al otro lado del mundo se quedó estática la noche. Sin la fuerza centrífuga del giro, hubo un gran movimiento de la masa de agua del planeta. En pocos minutos miles de millones de personas morían ahogadas por el desplazamiento de los océanos. El resto, sucumbió a los pocos días.
La rueda sobre la que corrió Forrest no tuvo nada que ver. Fue una maldita casualidad.
El cambio climático alteró todos los patrones y el delicado equilibrio que hacía que La Tierra siguiera girando.
Hacía tiempo que la humanidad sabía que habían cruzado el punto sin retorno, lo que nunca imaginaron es que todo se precipitaría tan rápido.

Aún hoy, La Tierra sigue flotando inerte por el vacío cósmico, a la deriva, con todos los siglos de historia sepultada bajo las aguas frías o sobre la arena quemada por el sol.

LA –SUCIA– MANO MÁS LIMPIA DEL MUNDO

–Yo creo que exagerais.
–En absoluto, gordi. Tú no sabes lo que es esto.
–Pues a mí me gusta.
–Tú, el largo, eres un degenerado. Esto es realmente asqueroso.
–¿De qué estáis hablando?
–Tú cállate pequeño. Deja a los mayores que hablemos de nuestras cosas.
–Creo que quiere hacerlo otra vez, se está acariciando las tetas. Qué asco por favor. ¿Por qué no me utiliza para señalar o indicar, que para eso estoy…
–A ver si hay suerte y lo hace otra vez, que me estoy poniendo cachondo perdido.
–¿Dónde habrá aprendido esta chica semejantes guarradas? Iremos al infierno por su mala cabeza. Esto debe ser pecado mortal.
–Pues a veces se hurga la nariz conmigo. Como soy pequeño…
–Pues a mí me utiliza mucho para acariciar o dar masajes. Como soy fuerte…
–Pero esas cosas están bien, gordi. No pensarías lo mismo si te vieras dentro de su coño.
–Compañeros, sois unos meapilas. Con lo excitante que es…
–Esta mujer no es decente. Es una cochina. Lo que necesita es un hombre como Dios manda, que la lleve al altar y me ponga una alianza. Y que ella le haga la comida, la cena, y traiga muchos niños a este mundo. Lo normal.
–A mí me gustan mucho los niños pequeños. Pequeñitos como yo.
–A ver chicos… atención… creo que va a hacerlo otra vez. Que tengáis suerte. Ahí va. Coged aire.
–No por favor! Prefiero que me amputen.
–Oh sí! Méteme hasta lo más hondo! ¡Más! ¡Más!
–¡Puaj! ¡Voy a vomitar!
–Pues yo me aburro.
–¿Cómo lo lleváis chicos?
–Me muero.
–¡Me corro!
–Que se acabe pronto por favor.
–Jo! Yo también quiero jugar.
–Pues a mí me gusta cuando lo hace con otra chica. Es muy bonito y sensual. ¿No os parece?
–Sois todos unos pervertidos. Y esta mujer una desviada sin remedio.
–¡Qué a gusto me he quedado!
–Que se lave ya, por favor… por favor…
–¡Ay qué bien, otra vez la fiesta de la espuma! ¡Chupiiiiiii!

–Os habéis portado muy bien chicos. Ha sido un verdadero placer, como siempre. Tomad cremita hidratante y a dormir todos. Sois los mejores. Hasta la próxima mis queridos deditos.

MOMO

No sé cuánto tiempo llevo aquí encerrada. Pero estoy más que harta. Y cansada. Y también asustada, lo reconozco… ¿qué irá a hacerme esta chica?
Cómo añoro los viejos tiempos. Aquellos buenos tiempos en los que el miedo por sí sólo era capaz de hacer la rueda girar y el sistema funcionar.
Los adolescentes, con sus inseguridades pero con su vitalidad eran las víctimas perfectas para los retos absurdos que se extendían por los móviles y las redes sociales.
Normalmente, mi presencia no era necesaria. Sólo cuando un niño o adolescente se negaba a hacer alguna prueba era cuando tenía que materializarme delante de sus ojos. Tan sólo con verme, se lanzaban a realizar la siguiente prueba fuera cual fuera… incluso abrirse las venas con un cuchillo de cocina. Incluso apuñalar a alguien querido. Una vez, conseguí que un chico con problemas de autoestima se arrojara por la ventana. Todos me felicitaron por aquel logro. Joder, no me miréis así. Tuve que hacerlo, es mi trabajo y me pagan por ello.
El día es muy largo y da para pensar. Recuerdo que cuando me prepararon para esta ocupación solicité colmillos y garras, y también fuerza y rapidez. Pero no, sólo me dieron un aspecto perturbador. Sonrisa larga y afilada, ojos fuera de órbita y pelos de loca. Con eso es suficiente, me dijeron convencidos. Tampoco te hace falta hablar, ni gruñir ni nada. Se cagarán en cuanto te vean, nadie se atreverá a tocarte, te obedecerán sin más. Y así fue durante mucho tiempo, hasta que tuve la mala suerte de tener que visitarla. Era la víctima, había empezado un reto y no quiso hacer la siguiente prueba. Ve a por ella sin piedad, me dijeron. Total que fui, toda chula con mi aspecto aterrador… Pero llegó ella, más chula que yo, con sus directos, sus ganchos y su terrible golpe de derecha… en unos segundos me había molido a golpes, la puta boxeadora ésta que no tendrá ni pelos en el coño todavía. Perdí el conocimiento y cuando desperté estaba atada a una silla. Lo peor de todo es que sabe quien soy. Sabe que soy MOMO, el monstruo que sale de la tele, del móvil o del armario y te matará si no haces lo que te dice. Y sabe lo que he hecho, sabe que obligué a muchos adolescentes a hacer y hacerse mucho daño. Y se está vengando, la pequeña zorra. Me humilla haciéndose selfies conmigo para subirlos al Face y al Insta, me maquilla, me pinta los labios y los ojos… escuece un montón; no tengo párpados así que no puedo cerrarlos ni parpadear! Me pone reguetón o cualquier ritmo latino durante horas, mientras chatea por wassap como si le fuera la vida en ello o mientras entrena con su saco de boxeo y le pega con toda su alma.
Las noticias dicen que las lesiones por retos virales han disminuido casi un 80 por ciento. Y entonces me mira y se ríe, la hija de puta. A ver cuando se apiada y llama a la policía. Que me detengan y me encierren en una fría mazmorra.
Cualquier cosa, cualquier final será mucho mejor que esto. Ya no soporto mas regetón. Ni más selfies.
Socorro.

MOMO

El Reto de Momo (también conocido como “Juego de Momo” y en su forma inglesa Momo Challenge) es una farsa viral, una leyenda urbana acerca de un inexistente “reto” de redes sociales que se ha esparcido por Facebook y medios de comunicación.Se ha reportado que un usuario llamado Momo incita a niños y adolescentes a realizar una serie de tareas peligrosas, incluidos ataques violentos, daño autoinfligido y suicidio.

TETRIS

Lo nuestro comenzó como empieza una partida de Tetris. Con la certeza de que en algún momento terminará. Los que conozcáis ese juego sabréis que puedes marcarte metas y cumplirlas con más o menos destreza, pero llegará un momento que la pantalla llena de piezas mal combinadas te impedirá seguir formando líneas. Un Tetris siempre es una cuenta atrás segura: una bomba de relojería.
Tú eras como la pieza roja: Lisa y estirada. Sincera, práctica, fina, elegante y sin dobleces. Por el contrario yo unas veces era como la pieza azul, enroscada y cerrada sobre mí misma y otras veces como la pieza naranja, retorcida, asimétrica, imposible de poner en equilibrio y con un hueco permanente por llenar.
La partida comenzó con dificultad –mis piezas giraban en sentido horario y las tuyas en el contrario–. Ambas tratamos de formar buenos momentos, pero al igual que las líneas, desaparecían casi en el mismo instante de formarse.
La gravedad tiraba hacia abajo de las piezas cada vez con más fuerza y el vértigo construía hacia arriba el desastre que habría de venir… Cuando la velocidad de caída se volvió incontrolable y no fuimos capaces de alinear ninguna pieza más, te fuiste sin despedirte y no tuve otro remedio que continuar mi partida yo sola.
Desde entonces, las piezas siguen cayendo, pero jamás volvió a caer la pieza roja, la larga, la más elegante de todas, aquella que me habría de recordar a ti.
En su lugar, todas las demás caen arrojadas de un modo grotesco, grosero y sin ninguna gracia. En su caída giran imprevisibles y se estrellan contra el suelo rompiéndose en varios trozos, provocando un ruido sordo como cuando se rompe un hueso –como cuando se rompe una vida–.
La partida no acaba y sigue su largo y extraño discurrir.
Yo ya no formo líneas porque ya no manejo los mandos. Tan sólo esquivo como puedo las piezas que alguien arroja sobre mi cabeza.

No sé quién eres

—Qué lugar tan curioso.
—No es curioso. Es extraño.
—Es curioso que sea tan extraño.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Pues no lo sé.
—¿Y tú?
—Normalmente cuento hasta 100. Una vez llegué hasta 500.
—¿Eso es mucho o es poco?
—Eso es poco. Muy poco.
—Yo creo que acabo de llegar.
—No, cuando yo llegué ya estabas.
—¿Y dónde estamos?
—Yo creo que es un laberinto.
—No digas tonterías… ¿Dónde están las paredes?
—¿No las ves?
—No.
—Yo soy una pared. Tú eres otra.
—Mentirosa.
—No te enfades, sólo bromeaba. Es que tenemos que llevarnos bien.
—Pues no me mientas. Esto es serio.
—No es serio, es cruel.
—Es cruelmente serio.
—Mira.
—El qué.
—Una pared.
—Quizá la vería si tuviera ojos.
—Ya. Y si yo tuviera brazos te abrazaría.
—Y si yo tuviera cuerpo me dejaría abrazar.
—Y si yo tuviese labios te daría un beso.
—Y si yo tuviera boca te diría que te odio.
—Mentirosa. Me dirías que me quieres.
—Cómo me conoces…
—¿Por qué cierras los ojos cuando hablas?
—Me ayuda a recordar.
—¿Tú te acuerdas de algo?
—No. Pero lo intento.
—¿Lo has sentido?
—¿El qué?
—El viento. A veces sopla.
—Si. Algo me ha rozado la mejilla.
—¿Tienes mejilla?
—Si.
—¿Puedo besarla?
—Cuenta hasta 100 primero y búscame después. Me esconderé detrás de una pared. Si me encuentras, me besas en la mejilla.
—Aquí no hay paredes, lista.
—Entonces… ¿por qué no podemos escapar?
—Qué buena pregunta.
—¿Cuánto tiempo llevamos ya?
—Voy por 200. Escóndete. Ya viene.
—¿Quien viene?
—Él. Que no te vea. Te quiero sólo para mí.
—A mí no puede verme.
—Pero sabe que estás aquí.
—No lo creo. Es un pobre viejo.
—Lo sé. Pero mira lo que nos ha hecho.
—Ya puedes salir.
—¿Seguro?
—Si.
—¿Me ha visto?
—No me ha visto ni a mí.
—Es un pobre diablo.
—Lo sé. Pero mira como nos tiene.
—Cállate. Ya puedes darme el beso.
—Lo haría si tuviera labios.
—Qué rabia. Se me había olvidado.
—Quizá mañana.
—¿Cuándo es eso?
—Cuando llegue a 500.
—Pues empieza a contar y no pierdas el tiempo.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Quién eres?
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Cuando lo sepas ya nada será igual.
—Ya nada es igual. Cuéntamelo.
—Eres un recuerdo.
—Mentirosa. ¿Por qué me mientes siempre?
—Es cierto. Sólo estás en su cabeza. Y yo también.
—No quiero oírte. Si tuviera dedos me taparía los oídos.
—Somos su pasado. Somos lo que ocurrió. Mejor dicho, lo que ya nunca ocurrirá.
—Pero si es un pobre anciano.
—Si. Y va perdiendo recuerdos. Cada día más. Pero ni a ti ni a mí nos deja marchar.
—Quizá es que somos lo único que le queda.
—Pronto morirá.
—Es posible. Pero antes olvidará.
—Entonces, seremos libres.
—No. Sólo seremos palabras que escriben sobre libertad.
—Mentirosa.
—No te enfades. Tenemos que llevarnos bien.
—¡No me toques! ¿Por qué lo has hecho?
—Yo no he sido. Habrá sido un enfermero. O un familiar.
—Ah…
—A veces le hablan y podemos oírlo también.
—Pero… esto es muy triste.
—Si. Lo es.
—¿Y tú? ¿Estás triste?
—No. Yo soy sólo una voz que habló como un susurro.
—Pues yo tengo ganas de llorar.
—No puedes. Él también se olvidó ya de eso.
—Pero oigo llorar. Alguien lo hace a su lado.
—No, soy yo la que llora.
—¿Quieres que te abrace?
—No. Quiero estar sola.
—Yo también.
—Tenías razón. Ya nada es lo mismo.
—Oye… ¿Quién eres?
—Soy la última lágrima de su recuerdo. El de su mujer.
—¿Y tú?
—Yo soy la última sonrisa que recuerda. La de su hija.
—Entonces… no podrá olvidarnos nunca.
—Lo hará, por desgracia lo hará.
—Pues… me parece muy triste.
—Lo es.

4 Caras de colores

—Tengo sueño.
—Yo tengo sed.
—Yo no tengo ganas de nada.
—Pues yo tengo ganas de bailar.
—Que alguna de vosotras haga algo o me dormiré.
—Me ha parecido oler a ron del bueno.
—Qué pereza.
—Además de bailar, también me apetece cantar.
—Yo me voy a echar un sueñecito.
—¿Qué habrá hoy de beber?
—Tú siempre pensando en lo mismo.
—Mejor alimenta tu espíritu. No hagas caso de la tiranía de tu cuerpo.
—Despertadme dentro de un rato entonces.
—Una menos para repartir la bebida. Tocaremos a más.
—Sois unas estúpidas, parecéis quinceañeras. Me tenéis hasta el coño.
—¿De qué color lo tenéis vosotras?
—Yo verde fosforito.
—Yo morado.
—A tí qué te importará mi coño.
—El mío es azul luminoso. Como el cielo del mediodía.
—Callaos… quiero dormir.
—Necesito un trago. ¡Camarero! ¡Un gin tonic!
—Puta borracha. ¿No te da vergüenza?
—El alcohol no es bueno para los chakras. Te los cierra y te impiden absorber la energía.
—Por favor… callaos de una vez.
—Échate a dormir y déjanos en paz, neurótica. Y que alguna consiga una botella de algo… por favor.
—Tú y tus neurosis. Tú y tu síndrome de abstinencia. Tú y tus locuras. De buena gana os dejaría aquí plantadas y me iría a vivir mi vida. Putas locas.
—Paz y amor hermana. Aleja los pensamientos negativos y respira… que venga la luz y el color. Míralos, están a tu alrededor.
—Me he tomado un bote de somníferos.
—Pues yo me he bebido una botella de ginebra.
—Apañada estoy. Toda la vida compartiendo lienzo con tres putas locas. No tendría otra cosa mejor que hacer, el Andy Warhol ese, que dibujarme por cuadruplicado.
—No te alteres Norma Jean… ¿Dónde íbamos a estar mejor que aquí expuestas en esta galería de arte?
—En una cama.
—En un bar.
—En una sesión de fotos.
—Rodando una película.
—En una fiesta hippie con canutos.
—En el diván de un psiquiatra, pero lejos de vosotras. Callaos que viene alguien. Y no vuelvas a llamarme Norma Jean, sabes que me gusta que me llamen Marilyn.
Marilyn Monroe.

El Mustang rojo

Voy en un Ford Mustang de color rojo.
El Mustang, es ese coche deportivo de aspecto agresivo que tiene un caballo en la parrilla frontal. No lo confundais con un Ferrari, que también tiene un caballo. La diferencia es que en un Ferrari el caballo está encabritado y tiene las patas delanteras en el aire y en el Mustang el caballo está horizontal, galopando, a punto de impulsarse con los cuartos traseros en una nueva y poderosa zancada. Os lo digo porque no es difícil confundirlos a primera vista.
Tengo que decir también que pocas veces había visto uno de estos. Un Mustang descapotable, digo. Reconozco que es bonito, pero no me interesan los coches. Para nada. Para mi gusto son muy poco prácticos. Además, yo nunca voy por carretera, suelo utilizar otros medios de transporte… Pero hoy es todo muy diferente.

Para empezar, no estoy viajando sola. Yo siempre voy a mi rollo y sin que nadie me condicione… Pero hoy no. Voy con una mujer, que es la que conduce. Y a decir verdad tan apenas la conozco… Lo poco (lo único) que sé de esa mujer es que es dueña y conductora del Mustang rojo en el que viajamos… y que parece estar disfrutando como un niña de la conducción sin capota. Yo también, que conste. Y es que el viento que nos azota con fuerza da mucha sensación de libertad. Y su melena pelirroja y ondeante es muy vistosa. Hace juego con la carrocería del coche, además.
Nunca había venido por estos parajes y tengo que decir que son realmente espectaculares. La costa Oeste de los Estados Unidos es un regalo para los sentidos. Viajamos hacia el sur. Hemos salido de Seattle y pasando por San Francisco y Los Ángeles llegaremos al Gran Cañón. Y después, pues quién sabe. Nevada, Montana… Ya se verá.
Reparo una vez más en la conductora. La pelirroja. Con la mirada fija en la carretera, no me mira ni me habla. Qué maleducada, la tipa. Buena conductora, si. Guapa, también. Pero muy poco habladora. Y muy suya. Yo pienso que va un poco de diva. Pero bueno, ahora eso ya casi es lo de menos.
A unos pocos cientos de metros ya se observa la escarpada garganta del Gran Cañón del Colorado. Es impresionante. Me rindo ante tanta belleza.
Casi abruma.
Casi se puede decir que no hay nada más bonito.
Casi diré que merece la pena morir en este escenario.
Morir aquí.
Morir así.
Morir ahora.

La conductora pelirroja paró el Mustang en un sitio habilitado.
Los turistas que había por allí la miraron de reojo. Unos al coche. Otros a ella. Otros su melena. Otros sus piernas largas y otros sus botas camperas. Sólo una niña que había por allí se percató de que en el frontal del Mustang, junto al logotipo del caballo que galopaba, había una mariposa preciosa, pero muerta, incrustada en la parrilla.
—Es un bello ejemplar de Tarucus Theophrastus—, le dijo su madre, apenada.
—Pobrecita— respondió la niña—, al menos ha muerto viajando por el mundo.

Pequeñas historias

PEQUEÑAS HISTORIAS
Y GRANDES DRAMAS DE LA GENTE

1
—¡Dese prisa señor conductor! —grité golpeando la tapa con los nudillos—. No puedo llegar tarde a mi propio entierro.

2
—¿Hay alguien ahí? —pregunté asustado.
Y alguien, aún más asustado que yo, me contestó que sí.

3
—Te doy mi corazón. Tómalo, es tuyo.
—Gracias. Mira, todavía late.

4
—Lo siento muchísimo. Le quedan 2 meses de vida.
—Vaya… ¿podría pasarlos con usted?

PEQUEÑAS HISTORIAS
Y GRANDES DRAMAS DEL MUNDO

NO A LA POBREZA
NO A LA GUERRA

5
—¿Por qué tiramos toda esta comida? ¿No se la podríamos dar a alguien que la necesitase?
—No te preocupes hijo, ellos mismos la cogerán de la basura.

6
PARIS:
—Dispare ya por favor, dentro de 15 minutos tengo otra sesión de fotos.
SIRIA:
—Dispare ya por favor… máteme y no me torture más.

NO AL MALTRATO ANIMAL

7
—Pobre toro… ¿por qué le hacen todo eso?
—Tranquila pequeña. Esto es arte. No sufre.

8
—¡Qué perrito tan bonito! Me gusta. ¿Lo desatamos y nos lo quedamos?
—No podemos cariño, este pobre galguito hace un rato dejó de respirar. Ven, vamos a descolgarlo.

NO AL MACHISMO
NO A LA VIOLENCIA DE GÉNERO

9
—¡Buenorra! ¡Te agarraba del pelo y te follaba aquí mismo!… Huy, qué vergüenza, hija mía, no sabía que eras tú. Perdona.

10
—Antes de que se acaben las fiestas… ¿Nos follamos a la última?
—Calla. No mereces estar en esta Manada. Hay que decir siempre “la penúltima”.

11
—Cariño, te doy un dólar por tus pensamientos.
—Deja de apretarme el cuello, no puedo respirar. Y no me pegues más, que me vas a dejar marca.

12
—No quiera convencerme señor agente. La maté porque era mía.
—Eso díselo al juez, malnacido. Si fuera por mi te mataba a porrazos ahora mismo.

NO A LA MUTILACIÓN GENITAL FEMENINA
NO AL MATRIMONIO INFANTIL

13
—Ven aquí, vamos a empezar tu ritual de purificación.
—Deja esa cuchilla abuela, no quiero que me cortes el pelo. Me gusta llevarlo largo.

14
—Hija, disfruta de tu noche de bodas.
—Y… ¿eso qué es?

La ocupación blanca

Me dijeron que yo era uno de “los blancos” y de ese color me vistieron.
Me dijeron que todo aquel que vistiese de otro color sería el enemigo.
Me dijeron que aquí todo valía. Que no tuviera reparos ni remilgos. Es divertido, me dijeron, una vez que te quitas de encima los prejuicios y los escrúpulos. Niños, adolescentes, mujeres, ancianos… daba igual. En el fondo, todos son iguales. Todos mueren de la misma forma.
Me dijeron que la estrategia principal era la ocupación. Se trataba de apoderarse de todo y no dejar sitio ninguno para nadie más. De hecho, el nombre de nuestro proyecto era “La ocupación blanca”. Cuando lográramos eso, el objetivo estaba conseguido.
Pregunté qué haríamos después de que todo estuviera ocupado. No supieron responderme. Pregunté también qué ocurriría si no lo conseguíamos. Tampoco supieron decirme.
No hice más preguntas. Me limité a cumplir con mi obligación. O al menos, con lo que se esperaba de mí.

No resultó difícil.
Nosotros éramos cada vez más y ellos cada vez menos. Además éramos mucho más rápidos.
Es cierto que recibían ayuda externa… pero siempre seguían la misma estrategia, era fácil anticiparse y en pocos días quedaba neutralizada. Cada vez resultaba menos eficaz.
El factor psicológico también era importante. El enemigo ya estaba agotado a todos los niveles y eso facilitaba la ocupación.
Lo estábamos logrando. No tardaríamos mucho más tiempo en alcanzar el objetivo.

Alguien ha empezado a hablar de la operación “T.M.”
No sabemos qué significa eso.
Realmente nos da lo mismo.
La ocupación está casi completada y el enemigo abatido.
No lo lograrán.
No tienen tiempo.
La operación “T.M.” es una utopía.

No puede ser.
Algo está pasando.
Algo está cambiando.
Ahora somos los blancos los que morimos y ellos sobreviven.
Nos están venciendo.
No lo entiendo.

El Trasplante de Médula fue todo un éxito.
Los valores disparados de glóbulos blancos disminuyeron hasta niveles normales.
La pequeña Beatriz venció la leucemia y salvó la vida gracias a un trasplante de médula.

DONA MÉDULA.
SALVA UNA VIDA.

100 ochos

Infinito llegó arrastrándose a la reunión de los cien ochos… Antes de entrar, no sin esfuerzo se puso en pie… ¡Pecho fuera, cabeza alta y paso firme!… y se coló en la reunión. Infinito parecía un ocho más. Exactamente igual que todos los que estaban allí dentro.
Pidió un refresco y apoyado en una columna para no caerse y descubrirse, disimulaba silbando una canción de moda.
Los demás ochos andaban, bailaban, cantaban bebían o dormían. Dos ochos se besaban, en un rincón alejado y oscuro. Después se fueron de la mano hacia el cuarto de baño.
Se estaba bien allí, pensó infinito, con su refresco en la mano.
—¡Todos quietos! Aquí hay un intruso —dijo un ocho—. Estamos más de 100.
—¿Y cómo lo sabes si sólo podemos contar hasta ocho? —preguntó otro.
—Haciendo grupos, ignorante. Ocho grupos de ocho y luego 3 o 4 grupos más, depende.
—¿Y de qué depende?
—No lo sé, ¡no me líes! pero aquí hay algo que no encaja.
—¿Qué pasa?
—Que estamos 101
—¿Y eso qué es?
—Pues… 13 veces 8.
—¿Y cuánto es 13?
—2 veces 8… bueno, un poco menos.
—Creo que no lo entiendo.
—Yo tampoco… ¡pero aquí hay uno que sobra!
—¿Y quién es?
—Y yo qué sé. ¿No serás tú?
—Yo no, ¿y tú?
—Yo tampoco.
—¿Y aquel?
—No lo creo…
—Esto es inadmisible… Hay que encontrarlo. ¡Que alguien piense algo!
—De acuerdo, pensaremos…
Silencio.
—¿Alguien ha pensado algo?
—No.
Silencio.
—Pues seguid pensando, que esto hay que arreglarlo.
Infinito observaba desde lejos apoyado en su columna. Apuró su refresco y lo dejó en la barra mientras guiñaba un ojo al camarero.
—Los ochos tienen fama de ser retorcidos —se dijo—, pero no imaginaba que fuesen tan cortos. Yo me largo de aquí.
Y se echó al suelo, y haciendo la croqueta se marchó de allí dejando a los ochos tan boquiabiertos… que se volvieron ceros.

Una “O” llegó rodando, a la reunión de los 100 ochos que se volvieron ceros. Se cruzó con infinito, que salía de allí.
—¡Hola! ¿Qué se cuece por ahí dentro? ¿Puedo pasar?
—Entra si quieres, pero no te lo recomiendo… ahí dentro llevan una conversación muy rara…
—Creo que no te entiendo…
¡Que son todos muy RAROOOOS!
—Ah vale…

“O” continuó rodando, calle abajo. Pero la calle era larga y empinada y ganó velocidad… chocó con una piedra puntiaguda, y se pinchó y se desinfló. Se quedó como una pequeña línea horizontal.
Con mucho esfuerzo consiguió ponerse en pie.
A estas alturas, todavía sigue buscando la reunión de los 100 unos. O las 100 íes.

El caramelo (en la puerta de un colegio)

No recordaba cómo había llegado hasta allí… Lo único que podía afirmar era que la noche había sido muy larga y confusa. Movimiento, agobio y desenfreno… Después una caída y un golpe. Y por último, las luces de la mañana reflejadas en su envoltorio brillante.
Eso es lo único que era capaz de recordar. Nada más.
Miró a su alrededor y cuando vio donde estaba sintió una oleada de terror. Puesto que, de los posibles escenarios en los que poder aparecer, sin duda ese era el peor de todos.
La puerta de un colegio.

A ver, de algo hay que morir, se dijo, pero los niños… son palabras mayores. Todos lo saben: Los niños son unos seres malvados, sin conocimiento ni criterio. Maleducados, mocosos, egoístas, ruidosos y sin ningún miramiento.
Distinguió que aquello era un instituto de enseñanza secundaria… pues aún peor. Adolescentes: Hormonados, frívolos, presumidos… torpes aprendices inconscientes, despojados de la poca inocencia que un día tuvieron.
Lo verían, seguro. Llamaba la atención. Estaba diseñado para ello: Ligeramente alargado (en proporción áurea), con ese envoltorio de celofán brillante como un espejo y una sabrosa fresa dibujada, con las palabras “Sugar free”, que incitaban a saborearlo y deleitarse despacio, como el manjar de dioses que era… Y sobre todo, esas dos terminaciones a los lados, tan graciosas, como coletas de plata que te están pidiendo a gritos que las estires para que ruede el envoltorio y empiece el espectáculo…
El sonido de un timbre, estridente y prolongado sonó en el interior del edificio y le sacó de sus pensamientos con un golpe de realidad. Sabía lo que significaba aquello. Tenía los minutos contados.
Hasta aquí hemos llegado, se dijo.
Y se limitó a esperar…
La puerta se abrió.
Pudo imaginar por un momento a los adolescentes saliendo atropelladamente, a gritos y empujones, y a uno de ellos abriéndolo impaciente y devorándolo sin piedad ninguna.
Por favor… que sea rápido… se decía resignado.
Los adolescentes salieron tranquilos, despacio, casi ordenados, sin hablar. Cada uno mirando su teléfono móvil, absortos en ese universo virtual con forma rectangular y plana.
Entre selfies, “likes” y postureo, desaparecieron sin que ninguno reparase en su pequeña presencia brillante.
Cuando las puertas se cerraron, una urraca lo atrapó con su pico afilado y se lo llevó volando.
Menos mal, se dijo. Me libré por los pelos.

La anciana de la calle 24

En la calle 24 ha habido un asesinato:
Una vieja mata a un gato con la punta del zapato.
“Pobre gato.
Y qué hija de puta, la vieja de los cojones.
Ojalá reviente”.
Es lo que dijo la gente, cuando la noticia se extendió por todo el barrio.
Las protectoras de animales la denunciaron y el juez la condenó a prisión, pero por su avanzada edad no llegó a entrar en la carcel.
Todo el barrio dejó de hablarle. Algunos la insultaban. Los padres apartaban a sus hijos de su camino. Los tenderos se negaban a venderle cosas. Los dueños de los bares y los bingos no la dejaban entrar.
Repudiada, triste y sola no le quedó más remedio que cambiarse de casa.
Se mudó a la calle 25 de otro barrio y todos se alegraron de que se fuera excepto la gente del nuevo barrio que también conocían la historia.
Al poco tiempo, la vieja se suicidaba.
Se tiró por la ventana.

Los niños inventaron una cantinela:

En la calle 25
una vieja ha dado un brinco
y saltó por la ventana
a la calle 26
5 gatos la observaban
en la calle 27
y en la calle 28
se pusieron a maullar.

El óvulo valiente

Era la única célula del cuerpo visible a simple vista. Llevaba en su interior 23 cromosomas heredados de su dueña, genéticamente, una copia fiel y exacta.
Un óvulo, la célula más grande del cuerpo humano. Y, sin ninguna duda la más importante.
Le habían dicho que lo único que tenía que hacer era esperar.
Posar, con glamour y sensualidad, y estar muy atenta. Nada más. Después vendrán, le decían, en manada, a por ti, se pegarán por ti, se matarán por entrar dentro de ti y hacerte suya. Te harán sentir especial. Tú espera, nada más, ni siquiera tienes que elegir. Es muy sencillo, te elegirá a ti el más fuerte, que a veces también es el más guapo, le insistían. No es ideal? Qué más se puede pedir?
Pero aquello no le convencía.
Esperar yo? A que me elijan? Y por qué? Eso son estupideces! Que esperen ellos. Y que elijan a su puta madre!… Yo me piro de aquí. No necesito a nadie para sentirme especial. Yo soy especial. Soy un óvulo, la célula más grande e importante! Soy el origen de la vida!, se dijo convencida… Y se fue. Sin ningún glamour ni sensualidad. Por llevar la contraria. Con paso firme y aire chulesco, tarareando “Honky tonk women” de los Rolling Stones.
En su descenso por las trompas de falopio se los encontró. Nadando atropelladamente, empujándose, pisándose los unos a los otros.
Yo primero, yo primero! Repetían sin parar.
Parecían una torpe y ruidosa panda de descerebrados…. Pasó de ellos y continuó su camino.
Algunos se dieron cuenta y la miraban incrédulos.
Donde va esta? Preguntaban unos.
Tú sigue nadando y no preguntes! Respondían otros.
Ya volverá, sólo se está haciendo la interesante, se oía por ahí.
Machorra, vete a hacer la tijera!, insultaban por allá.
Porque, volverá no? Musitaban los últimos…
Y ahora qué hacemos?, se cuestionaban derrotados, los primeros.
Pero el óvulo prosiguió su descenso, los dejó atrás a todos mientras versionaba, muy acertadamente “It’s raining men” de The weather girls.

Ella disfrutaba su bisexualidad de forma sana y libre. Aun así, a lo largo de sus últimos años había tenido que oír demasiadas cosas. La gente está llena de prejuicios. Una mujer puede hacer y disfrutar de su cuerpo sin que por ello tenga que ser una guarra. Cómo convencerlos? A veces no se puede, es una batalla perdida. Pero no importa. Que piensen y que digan lo que quieran. Que se queden con sus prejuicios y sus tópicos aprisionando sus mentes y sus vidas estrechas. Sólo se vive una vez. Y hay que disfrutar.
Y disfrutó. 2 veces en unas pocas horas. Primero con un chico que conocía de vista. Y horas después con una chica que hacía tiempo le gustaba.
La misma chica que mientras le daba placer, notó cierto sabor metálico en la boca. La misma chica que se llevó el óvulo, adherido a la humedad de la comisura de sus labios.

Durmieron extasiadas, desnudas y abrazadas una larga siesta.
Cuando despertaron, decidieron irse a cenar. No era el mejor restaurante de la cuidad, ni se pidieron el vino más caro de la carta. Pero daba igual. La cena fue para ellas la más especial del mundo. Y también lo fue el vino y el brindis.
Y tras él, las copas quedaron con la marca de los labios.

Al terminar la cena, la camarera recogió las copas, los platos y los cubiertos y los dejó en la cocina.
Cuando una compañera agarró la última copa del último servicio del día para meterla en el lavavajillas, no pudo evitar rozar el borde con sus dedos.

Su jornada laboral había acabado y se marchó a casa. Llegó cansada, muy cansada. Pero aún le dio tiempo a ver a su pequeña antes de que se durmiera.
Le deseó buenas noches, le dio un beso, y le acarició el pelo. Sólo por eso, sólo por ella, sólo por esa mirada tan tierna y esa caricia tan dulce merecían la pena las horas interminables en la cocina de ese restaurante.
La niña durmió plácidamente. Quizá porque desde uno de los rizos de su pelo, el óvulo se pasó casi toda la noche velando su sueño y cantándole nanas.

Tuvo turno de noche en el hospital y llegó a primera hora de la mañana. Antes de acostarse, lo primero que hizo fue entrar a la habitación de la niña para darle un beso mientras aún dormía. Ella también le acarició el pelo con suavidad, sabía que le encantaba.
A esa misma hora, su novia se levantaba para ir de nuevo al restaurante. Se abrazaron, se besaron y se desearon buen día… Y mientras una se tomaba un café para despejarse, a la otra le hacía efecto la infusión relajante.

Horas más tarde, se despertó… hubiera jurado oír a alguien muy cerca de ella cantando aquella canción de Wham!, “Wake me up before you go go”.
Lo primero que haría sería darse una ducha. Pero antes tenía que envolver el regalo que tenía listo para su hermana por su cumpleaños. Era fotógrafa de National Geographic y mañana mismo empezaría un largo viaje… la revista le había encargado reportajes en varios lugares del mundo.
Su regalo para ella era una cámara réflex último modelo. Y un teleobjetivo. Sólo le quedaba enroscarlo en el cuerpo de la cámara y envolverlo todo. Al hacerlo, dejaba sin querer sus huellas en la tapa protectora del teleobjetivo.

Semanas más tarde, cuando la dirección de la revista National Geographic viera las fotografías, se reuniría con ella para felicitarla por su extraordinario trabajo y ascenderla a fotógrafa jefe.

Salió del despacho sonriendo y recordando. Sonriendo por el merecido ascenso, y recordando aquel curioso viaje en el que decenas de canciones le venían a la cabeza mientras hacía su trabajo. A veces, le daba la sensación de que, inexplicablemente, alguien las cantaba muy cerca, sólo para ella.

Así pues, en Guiza (mientras esperaba la posición del sol idónea para fotografiar las pirámides), cantó “Walk like an egipcian”, de The Bangles.
En la cordillera de Alaska (a los pies de la montaña más alta mientras tiritaba de frío esperando a que nevara para lograr un efecto único con la luz y los copos), Let’s snow” de Doris Day.
En el nacimiento del Mississippi, (subida a una roca para lograr el ángulo perfecto), “Your love like a river” de Third day.
Una noche que fotografiaba la luna llena, (tuvo que esperar despierta varias horas a que fuese realmente llena), “Fly me to the moon” de Frank Sinatra.
Y en el Serengueti (fotografiando a unos cachorros de leona lo más cerca posible, desde el jeep), “Wild women do” de Natalie Cole.

Se fue de fiesta con sus amigas, para celebrarlo.
Entre muchas otras canciones, cantaron “Who run the world? (girls)” de Beyoncé, “Pretty woman” de Roy Orbison… y por supuesto, “Las chicas son guerreras”.

Los últimos días de Lucifer

“Si pones una vela para Dios, pon dos para el diablo”.
Antiguo dicho Búlgaro

“Hazle caso al demonio, y te recompensará con el infierno”.
Proverbio eslovaco

1

Hay cosas en esta vida que nadie nunca debería ver. Ni vivir. Ni sentir. Pero a veces toca… así es la vida. Así es la muerte. Caprichosa y azarosa.
A mi me tocó vivir, y a ellos morir.
Vivir después de sentir esa oleada de terror azotando mi cuerpo y mi alma. Sentir esa angustia que parecía nunca acabar y tras la cual cambiaría, de repente, todo mi ser, mi presente y mi futuro. Y a ellos les tocó justo lo contrario. Morir tras sentir exactamente lo mismo que yo, después del fugaz sonido de un disparo.
Mientras en un instante asumía que nada volvería a ser como antes y que nunca más volvería a ver a los míos, supe que el culpable de todo no era aquel chico. Y es que, cuando aquel asesino me miró a los ojos y decidió (nunca sabría por qué) perdonarme la vida, vi al diablo tras esa mirada enloquecida.
Cuando a veces los asesinos dicen que el diablo les obligó a hacerlo… debéis creedles. Al menos en la mayoría de ocasiones.
Recuperarme de las heridas del cuerpo no fue difícil. Pero las del alma no cicatrizaron. Como una aguja enhebrada en una sirga oxidada de acero, cada sutura hacía crecer mi infección y mi rabia.
Esa rabia me comió por dentro y me cambió para siempre… todo mi odio se canalizó entonces para elaborar mi venganza.
Claro que, vengarse del diablo no es nada fácil. Para empezar, tienes que ir a su encuentro, y para ello, tienes que dejar este mundo.

2

Tras unas pocas semanas estaba de nuevo trabajando en el hospital, ejerciendo mi trabajo de cirujana jefe.
Jamás descuidé mis obligaciones laborales… pero a partir del primer día… empecé a buscarla.
A la muerte, me refiero. Ese era el primer paso.
Nuestro instinto de supervivencia hace que no la veamos. Que la ignoremos. Pero está ahí. Está presente en nuestras vidas… y nos cruzamos con ella todos los días aunque nos neguemos a verla. Es así.  Ni siquiera se toma la molestia de ocultarse. Somos nosotros, nuestros ojos, nuestra evolución la que ha aprendido a ignorarla. Por nuestro bien.
Así pues, a partir de mi vuelta a la normalidad, buscaba a la muerte tras cada fallecimiento. Tenía que conseguir que me llevara con ella. Unas cuantas veces la vi, en las habitaciones, en los quirófanos, en los boxes, como una sombra negra que se mueve despacio, altiva y arrogante, con esa seguridad que da el hecho de saberte ganadora de cuantos enfrentamientos tengas. Porque los milagros no existen. Cuando la gente sobrevive milagrosamente, es porque la muerte no había acudido a la cita. Cuando ella viene a por ti… date por jodido. Bueno, date por muerto.
Así que, tuve que hacerlo. No tuve otro remedio que morir.
Cuando esa mañana entraba al quirófano, la vi sentada, tomándose su tiempo.
La miré fijamente… y estoy segura de que me vio mirarla. No le quité ojo de encima en toda la operación. Sólo cuando de repente, el paciente entró en parada cardiaca, se levantó para cortar con su guadaña el nexo invisible que unía su cuerpo y su alma. Lo hizo delante de nuestros ojos… pero nadie se dio cuenta. Sólo yo vi como el alma libre se difuminó hasta desaparecer.
Supe que los intentos por reanimar al paciente no servirían, y así fue. Cuando acabó su trabajo, y antes de que se marchara, le dije que me llevara con ella.
Me ignoró. Después le grité. La insulté.
Me miró con superioridad… con asco incluso… pero no se dignó a decirme nada, puesto que la muerte sólo interactúa contigo una vez en la vida. Y además, no suele hablar.
Mis compañeros, atónitos, trataron de calmarme…  y yo enfurecida, empecé a golpearla. Y aunque no podía dañarla porque mis puños atravesaban su figura, ella se mosqueó. No estaba acostumbrada a tal osadía… seguí golpeándola con saña hasta que de verdad vi que se había enfadado… entonces salí corriendo hasta el vestuario. Antes de que me alcanzara, me dio tiempo a abrir mi taquilla y tragarme las cuchillas de bisturí… Dolió muchísimo sentir como me desgarraban por dentro.
Al poco rato, la misma guadaña que había matado a aquel pobre infeliz, me separaba a mi del mundo de los vivos, mientras mis compañeros, que seguían atónitos, eran incapaces de contener mi hemorragia interna.

3

Morirse… es muy bonito después de todo. Una vez que dejas de sentir el dolor de tu cuerpo y asumes también las despedidas de la gente a la que quieres. Eso es lo peor de todo. Pero el cerebro se encarga de hacer el paso muy placentero. Es cierto todo lo que dicen. Ves tu vida pasar… como una película hecha con gran maestría… en una pantalla de 360 grados. Aunque tú vida haya sido una mierda, te aseguro que querrías ver la película una y otra vez. Al final, tienes una especie de orgasmo mental… y ahí acaba todo.
O empieza. Según se mire.
Es cierto que cuesta mucho hacerse a la idea de que ya no tienes cuerpo, pues en principio sigues viéndote tal cual, como si no hubiese pasado nada.
Mi suerte fue tener una meta que cumplir. No dejé sitio para las dudas ni para el estancamiento. Hay gente que se queda flotando, entre los dos mundos. Quizá por desconcierto. Por desconfianza. O por comodidad. Como en el mundo de los vivos… en el mundo de los muertos hay de todo.
Hay quien está encantado con su nueva situación. Los hay que se quedan sufriendo y vagando por mucho tiempo. También están los que no se enteran. Otros se pasan de listos y los pillan en fotos y psicofonías. Y están los que disfrutan y que incluso posan para la ocasión.
Por norma general, es cada uno quien establece los tiempos. Cuando estás preparado, es cuando tienes que definirte. Y aunque no lo estés, llega un momento en que tienes que hacerlo. Decidir si te arrepientes o no. Decidir de parte de quien estás. De los buenos o de los malos.
Es cierto que el cielo está lleno de gente mala. De hecho, ya no caben más.
Cuando la gente mala, incluso los asesinos y violadores de la peor calaña ven lo que les espera en el infierno, cuando ven al Diablo y conocen la clase de tipo que es, incluso los satánicos corren a los brazos de Dios completamente arrepentidos.
Y Dios prometió acoger en su reino a los que de corazón se arrepintieran de sus pecados. Creedme, el miedo hace que la gente cambie de ideas. Y esa es una excusa tan válida como cualquier otra. El ser humano es absolutamente imperfecto y al final, las almas también lo son. Llegados a este punto, las dudas y el miedo provocan en las almas lo mismo que en los cuerpos. Confundirte, hacer que busques la comodidad y huyas de aquello que puede hacerte daño. Y, en el infierno, al lado del Diablo no puede pasarte nada bueno.
Por eso cuando, cegada por mi sed de venganza, elegí con esa convicción el camino de las sombras, del fuego y del sufrimiento eterno, el Diablo me acogió con los brazos y las alas abiertas. Porque no estaba acostumbrado a ver tanta certeza y tanta entrega en un alma mortal como la mía. Me vio como su seguidora más fiel, su discípula. Su trofeo, su triunfo. Una vez más, su ego desmedido lo cegó e hizo que bajara la guardia sin que supiese ver mis verdaderos deseos.

También es cierto que yo, al aceptar ese camino, ese destino, sabía perfectamente a lo que me exponía.

4

Lo que más me gustó del infierno, es que tiene el color del Otoño. Si no fuera por todo lo demás, sería un lugar muy poético.
Cuando vi al Diablo por primera vez, dudé de mis planes. El Diablo es un ser muy poderoso. Casi tanto como Dios. Y es que la maldad da muchos recursos. Muchas ideas. Cuesta mucho más trabajo construir y reparar que destruir y provocar el caos. Por eso, a simple vista, el Diablo parece que está ganando todas las batallas. Por la sencilla razón de que la entropía de las cosas y del universo juega siempre a su favor.
Además, ser muy bueno tiene muchos inconvenientes. Tienes que estar muy pendiente de muchas cosas y de mucha gente. Es más fácil focalizar la maldad para dañar a unas pocas personas (o muchas, depende) que proteger a todos y cada uno. La atención de Dios está muy dispersa y el Diablo se aprovecha de eso.
También es cierto que preparar una gran catástrofe cuesta mucho trabajo y mucho tiempo. Por eso, una gran erupción, un gran meteorito, un tsunami gigantesco o un mega terremoto que destruya a la humanidad, sólo ocurren cada varios cientos de miles de años.
Al final, ni Dios ni el Diablo son todopoderosos. Digamos que son como dos grandes maestros de ajedrez en un campeonato mundial. Exige mucho esfuerzo y mucha concentración derrotar al otro. Sólo que, el Diablo cuenta con ventaja al jugar -paradójicamente- con blancas. Y al saber que su contrario tiene siempre demasiadas cosas en la cabeza.
Todo esto me contó el Diablo. Y mucho más. Llevaba mucho tiempo solo, y realmente necesitaba a alguien para confiarle cosas.
Yo escuchaba atentamente, hice una gran actuación, mientras pensaba y planeaba mi venganza. Así me gané su plena confianza. Mostrando mi admiración por él y por su obra, despotricando (yo también) contra Dios y fingiendo que quería ser como él y estar siempre con él… Yo mientras, observaba, pensaba, aprendía y ganaba tiempo, siempre con una idea fija en mi cabeza.

Ese fue un proceso que duró un tiempo. Pero día a día conseguía avanzar. El Diablo estaba satisfecho conmigo. Incluso se encariñó. Me enseñó rincones del infierno que estaban restringidos, me contó secretos que nadie conocía, de la humanidad, de la historia, de la física cuántica, de las matemáticas, del universo. Me mostró dimensiones paralelas, escondidas… Me dijo en qué se había equivocado Einstein y en qué había acertado.
Me contó también muchas cosas de Dios.
Parecía que era lo que más le gustaba porque invertía mucho tiempo en ello. Yo creo que en el fondo, envidiaba a Dios. Su capacidad de crear, de amar y de perdonar. Eso el nunca lo podría hacer. Y después de todo sabía que al final el amor vence al odio. Porque hay más gente buena que mala. Y porque después de todo, ocurren más cosas maravillosas que terribles. Se sabía destinado a perder su batalla, a pesar de que parecía que la estaba ganando. Por eso necesitaba convencerme de su superioridad y recalcaba constantemente las vulnerabilidades de Dios.
Tuve que meterme cada vez más en mi papel. Ridiculicé y me reí de las oraciones y los rezos. Me dijo, para que lo entendiera, que las oraciones de los creyentes son como los “likes” de Dios. Cuando un creyente reza, él se siente mejor. Según el Diablo, Dios necesita oraciones para seguir adelante, para seguir creando y ayudando. Por eso el Diablo está por encima. Porque, según él, no necesita nada de nadie. Aunque estaba claro que eso no era cierto, él estaba encantado con su nueva discípula, que le reía las gracias y le seguía como un perrito fiel allá donde fuera. Le venía bien para su ego.

Me reí y me burlé también el paraíso, con todas mis ganas… y me dijo que realmente existía, que Dios lo había creado para ofrecérselo a la gente que lo mereciese… pero que no recuerda donde lo puso. Ni en qué dimensión, ni en qué universo, ni en qué realidad. Y mientras lo encuentra, tiene a todas las almas en “stand-by”. Soltó una carcajada terrible (solía hacerlo mucho) tras decirlo. Quien sabe si es cierto, o si mentía descaradamente. Con el Diablo… nunca se sabe.
Me llevó también su refugio, el lugar donde descansaba, el sitio desde donde planeaba sus maldades. Es un lugar curioso. Es un un templo de fuego, con un altar y con un trono de oro incandescente, diamantes y marfil.
La primera vez que entramos me tumbó en el altar y me folló. Tuve que dejarme, no me quedó más remedio que llevar mi actuación hasta el final fingiendo que me moría de ganas. Tampoco es que hubiera podido hacer mucho para evitarlo, la verdad.
Imaginaba que no sería bonito, ni sensual ni delicado… Decir que fue pornográfico, sucio y violento es quedarse muy corto. Realmente, no sabía si me estaba follando o si me estaba matando (se me olvidó por un momento que ya estaba muerta). Lo hizo con furia, con rabia contenida. Tuve la horrible sensación de ser penetrada salvajemente por todas mis cavidades al mismo tiempo… Cuando terminó me ardían las entrañas… sentí cómo su semen me disolvía por dentro. Realmente pensé que ahí se terminaba todo para mi. Pero fingí que me había encantado. Me abracé a él y le dije que le amaba. Se lo creyó. Y también en todas y cada una de las ocasiones en las que se lo dije después de follarme. Y fueron muchas. Perdí la cuenta.

5

Hubo un día en que se despertó pletórico, henchido. La guerra de Siria que él había provocado estaba recrudeciéndose y eso le puso de muy buen humor. Fuimos a su templo, y allí me agarró del cuello y con gran violencia me lanzó contra el altar. Estuvo varias horas follándome. De todas las maneras, por todos los sitios. Incluso abrió agujeros nuevos en mi alma para seguir penetrándome. Fue horrible. Una tortura que no pensé que terminaría nunca.
Cuando terminó, tuve que decirle sonriendo, una vez más, que le amaba…
Con el ego más inflado que nunca, me llevó a su lugar más secreto y más sagrado. Algo así como su habitación, su despacho, su rincón de pensar. Porque el altar y el trono que yo conocía, eran algo público… algo que mostrar a los demás y de lo que presumía. Esto era algo totalmente diferente. Era su museo de los horrores. Estaba repleto de objetos.
La cuerda con la que Adán estranguló a Eva. La manzana del pecado original, la del árbol prohibido. Los clavos de la crucifixión de Jesús. Un trozo del meteorito que envió para acabar con los dinosaurios (me dijo que no le gustaban esos bichos). El Santo Grial. Un resto del arca de Noe y la paloma que soltó para comprobar si había descendido el nivel del agua. La pistola con la que Hitler se suicidó. Un trozo de Chernobilita (el residuo radiactivo más peligroso que se conoce). El OVNI y los alienigenas de Roswell. Un cuerno de mamut e infinidad de animales disecados, muchos de ellos ya extinguidos. La Gioconda original (la que hay en el museo del Louvre sólo es una copia) y muchísimas otras cosas. Yo observaba todo muy atenta fingiendo que disfrutaba como una niña. Aunque hubo una cosa que me llamó mucho la atención. Había unas semillas encerradas en un pequeño frasco. Un cartel raído decían que eran de laelia.
Sabía que la laelia era una especie de Orquídea extinguida hace tiempo. Y lo sabía porque cuando vivía hice un curso de naturopatía, para complementar mi formación como médica. Lo que me pareció curioso es que una cosa tan simple estuviese allí, al lado de otros objetos con un gran contenido histórico.
Supuse que eran muy importantes y en un descuido del Diablo (que seguía hablando orgulloso de su colección) las cogí. Me arriesgué a ser descubierta pero mis deseos de venganza me dieron el valor suficiente para robarle al Diablo unas semillas de laelia que no estaba segura de para qué servirían.

6

Esa misma noche, antes de que el Diablo se me follase por enésima vez, repartí la mitad de las semillas del frasco, metiéndolas dentro de lo que un día fueron mi vagina y mi recto. La otra mitad de las semillas me las guardé. Por si acaso aquello no funcionaba y tenía que hacer otra cosa.

7

Mientras me follaba mirándome con sus ojos encendidos recé. Varias veces. Le di unos cuantos “likes” a Dios para que las semillas tuviesen algún efecto sobre él. Y también para que no notase nada mientras me penetraba con furia.

8

Después de correrse, no le dije que le amaba como hacía siempre. No me dio tiempo. El Diablo cayó sumido en un profundo sueño.
Funcionó.
Esas semillas eran su kriptonita. Y nunca supe por qué las guardaba en lugar de destruirlas.
Tenía que darme mucha prisa. No sabía cuánto tiempo duraría el efecto. Pero dado que había funcionado, el resto de las semillas que había guardado se las metí en la boca. Para prolongar sus efectos.

9

Me provoqué el vómito, yo misma, metiéndome los dedos en mi garganta y salieron las cuchillas de bisturí que utilicé para suicidarme. Estaban intactas.
Entré en su despacho y cogí de su colección los animales necesarios para hacer la cirugía.
Me llevó varias horas, desde que hacía el primer corte hasta que suturaba el último punto. Hice un muy buen trabajo. Por algo era cirujana jefe del hospital más importante del país.
Cuando terminé de suturar, salí corriendo. Y no dejé de correr en mucho tiempo. De hecho, no sabría decir el tiempo que llevo corriendo. O volando. Puede que lo esté haciendo en círculos y aún no me haya enterado.

10

Dicen que la venganza se sirve en plato frío. Esta se hizo sobre su altar. Y estaba muy muy caliente.
Lo primero que hice fue cortarle los cuernos (retorcidos y negros) y ponerle unos cuernos de caracol.
Le corté la cola (larga y escamada) y le puse una de cervatillo. Concretamente, la de Bambi.
Le cambié sus ojos incandescentes (los odiaba) por dos mariposas azules para que cuando parpadease, sus alas se movieran y aletearan.
Le quité los colmillos y le puse unos dientes de caballo (muy grandes, desproporcionados).
Por último, le quité las alas (enormes, negras) y le puse las de la paloma de Noé.

11

No sé qué habrá sido del Diablo. No he vuelto a verlo nunca más. Y tengo miedo de que me encuentre. Aunque hay otra cosa que me da más miedo. Miedo no, terror, pavor absoluto. Porque mientras huyo (caminando, corriendo o volando, aún no lo sé) he descubierto que estoy embarazada.
Daré a luz al hijo del Diablo. Un Diablo renovado, diferente. Seguro que más poderoso.
Sé que me matará cuando le alumbre. Si es que antes no escapa de mi interior partiéndome por la mitad.
Mientras mi barriga se hincha y se calienta por momentos, rezo, con todas mis ganas, y busco a Dios desesperada.
No sé si eso es posible le porque ya me definí, hace tiempo, apartándome de él y tomando el camino del mal y de las sombras. Y aún así, aunque lo encontrase, aunque me encontrara, tampoco sé si me aceptaría en su reino, con el hijo del Diablo en mis entrañas.

 

El ratón de Susanita

Susanita tenía un ratón, un ratón chiquitín. Comía chocolate y turrón y bolitas de anís. Cuando hacía frío, dormía cerca del único radiador que Susanita tenía.
En esa casa siempre hacía mucho frío.
Susanita nunca iba al cine, ni al fútbol, ni al teatro, porque el poco dinero que recibía de los servicios sociales no daba para más. Además, su alcoholismo hizo que la única prioridad fuese la de tener poco más que las botellas de anís y las bolitas, a las que también era adicta.

Susanita fue campeona de ajedrez de su ciudad. Y el pequeño ratón, hace ya tiempo que se comió las piezas, el tablero y el trofeo que le dieron, su único recuerdo de unos pocos años felices.
Susanita murió de un coma etílico, una noche fría de invierno. Incapaz de entrar en calor, no dejó de beber anís, hasta que murió.
Cuando el ratón se quedó sin comida, empezó a comerse las cortinas, los muebles, los cables eléctricos, la ropa de cama y la almohada (que estaba siempre a los pies de Susanita) pero a ella no la tocó.
Cuando los servicios sociales la encontraron, no pudieron creer que a su lado hubiese un ratón -un ratón chiquitín-, llorando desconsoladamente, velando su cadáver.

2

Los servicios sociales se implicaron especialmente con el caso y consiguieron una casa de acogida para el ratón. Pero a los pocos días, cuando volvieron a por él ya se había marchado.
Se fue a la ribera de un río de la ciudad. Las noches eran muy frías y añoraba el pequeño radiador junto al que dormía. Además, llevaba ya muchos años comiendo chocolate, turrón y bolitas de anís y se le hizo muy duro tener que alimentarse de los desperdicios que encontraba por la calle o por la ribera del río. Por no hablar de los gatos que querían comérselo. En más de una ocasión estuvo a punto de ser merendado por uno de ellos. Suerte de su astucia y su instinto de supervivencia…
Aquel no era sitio para un ratón doméstico. Había que hacer algo.
Guiado por su infalible olfato, se coló por el conducto de ventilación de un conocido restaurante.
Pasó un tiempo escondido… observando. Desde el falso techo, desde el fondo de los armarios, o el tubo de la campana extractora… cualquier sitio era perfecto para observar y aprender recetas y técnicas. Cuando nadie miraba, salía de su escondite, probaba las comidas y volvía a esconderse, pensando otros ingredientes y nuevas combinaciones y técnicas.
Al cabo de unos años ya estaba familiarizado con la cocina profesional y, siempre sin ser visto, ayudaba en la elaboración de los platos. Incluso mejoraba las recetas.
Finalmente, se decidió a abrir su propio restaurante. Lo llamó Ratatouille.

3

Después de aprender todos los secretos de la cocina y dominar todas las técnicas, en pleno éxito de su restaurante (que ya contaba con seis estrellas Michelín), decidió dar un vuelco a su vida y regalar toda la fortuna que había ganado con tantos años de duro trabajo.
Siempre echando de menos a su amiga Susanita, decidió volver a las casas de la gente y al calor del hogar.
Ahora va de casa en casa, siempre por las noches, dejando monedas bajo las almohadas de los niños.
De vez en cuando, algún niño lo ve, pues los hay que tienen el sueño muy ligero. Cuando a la mañana siguiente lo cuenta a sus padres o a sus amigos y le preguntan cómo era el ratón, todos responden siempre lo mismo:
-Era un ratón chiquitín-.

Abrazo en un terremoto

-Abrázame por favor… abrázame muy fuerte, como si hubiese un terremoto.

Y con los brazos extendidos hacia Mario, María lo miraba con amor absoluto, ese amor que no sabes que existe hasta que no lo sientes clavado en tu ser y en tu alma, bien profundo, cuando casi sientes que duele el corazón.
Mario la abrazó muy fuerte, sintiendo exactamente lo mismo que ella.

-Quiero morir así, abrazado a ti, tu piel y mi piel, que no se sepa dónde acabas tú y dónde empiezo yo.
-Quiero fundirme contigo… que desaparezca el espacio y el aire entre los dos. Quiero ser tú y que tú seas yo.

Cuando sientes ese amor tan intensamente, no queda sitio para nada más. Los sentidos colapsan ante las sensaciones que vienen de dentro… es por eso por lo que no notaron el temblor. Ni los objetos y los muebles de la casa caer a su alrededor. Ni tan siquiera, cuando las paredes se desmoronaron y el edificio entero se derrumbó sobre ellos. Siguieron abrazándose y así los encontraron al desescombrar.
En el parte de fallecimiento, el médico forense escribiría que los cuerpos aplastados estaban fundidos, fusionados, imposibles de separar.

Hay un lugar imaginario; la frontera donde sueño, realidad y conciencia convergen en una línea muy delgada. Es allí donde los enamorados pasean, hacen el amor o simplemente hablan o se abrazan. En ese lugar María y Mario siguen ajenos a lo ocurrido, fundidos en un abrazo infinito con el corazón latiendo fuerte y los ojos brillantes, sintiendo ese amor tan intenso y profundo que casi duele en el alma.

Para Bea.
Por todo lo que me hace sentir.

Cruzar la tormenta

1

Llegaron al gran vestíbulo, por la gran escalera.
Atrás dejaron a todos los terroristas muertos, al jefe de la organización suicidado antes de ser atrapado y los siete diamantes negros en su poder. Las cosas no habían podido salir mejor. Al menos en el cumplimiento estricto de la misión. Porque por otra parte, el ruido de las explosiones resultaba atronador y provocaba una peligrosa lluvia de escombros, astillas y cristales que, como metralla, salían disparadas en todas direcciones. Las grietas apareciendo de la nada y los trozos de edificio cayendo eran muy descorazonadores: Aquello no pintaba nada bien.

Mientras se recomponían y decidían qué hacer, la gran escalera se hundió tras ellos. Una enorme polvareda los envolvió…
Había que decidirse rápido. Trozos del techo empezaron a caer también.
Los agujeros del suelo estaban repartidos, algunos de ellos seguían saliendo de la nada, otros seguían haciéndose más grandes. El edificio se estaba viniendo abajo. Literalmente.
Se miraron a los ojos. Sudor y suciedad, polvo y pólvora, sangre y lágrimas, todo mezclado, eran el resultado de una increíble aventura… Pero de fondo, un profundo y sincero amor les había mantenido vivos, pues, al margen de la misión, la prioridad de cada uno era la de cuidar del otro.
Ahora estaban separados de la salida tan sólo unas decenas de metros, que, bajo aquella tormenta de escombros se mostraba casi imposible de alcanzar.
No les hizo falta hablar para saber que saldrían de allí juntos… o morirían también juntos.

-¿Lo conseguiremos?
-¡Pues claro que lo conseguiremos!

Beso.
Mirada… mirada…
Latidolatidolatidolatido.
Y, agarrados de la mano, salieron corriendo en dirección a la salida, bajo la tormenta de escombros.

2

Como atletas compitiendo en los 100 metros lisos y agarrados de la mano, salieron por la puerta y siguieron corriendo completamente acompasados, como si fueran un solo cuerpo. En plena carrera frenética, el edificio colapsó y cayó con el estruendo que hacen mil truenos rompiendo mil troncos, a la vez.
Cascotes, cristales y una inmensa polvareda salieron en todas direcciones, aunque no les alcanzó nada.
Sólo cuando estuvieron a una distancia prudencial, pararon y miraron el hueco donde antes había estado el edificio de 60 alturas.

-¡Lo conseguimos!
-¡Ya te lo dije!

Se abrazaron.
Se besaron.
Y a salvo en el campamento, antes de ser rescatados por la organización, follaron con absoluta pasión, como si fuera la última vez. Más tarde, ya en el hotel y tras ser felicitados por los compañeros y superiores, hicieron el amor con deliciosa ternura.

3

-¿Hemos sido los primeros?
-¡Si, creo que sí!

Absorta, la pareja de jugadores miraba la pantalla de TV.
En el ranking aparecían sus nombres en primera posición.

-Mira, los siguientes aún no han bajado al vestíbulo…
-¡Bien!

Chocaron las manos, sonriendo, satisfechos.
En los foros de jugadores se decía que eran los mejores. Una vez más, lo habían demostrado. Todos los “gamers” les envidiaban. Se decía de ellos que su compenetración y conexión a la hora de jugar por parejas era plena y total. Que trascendía lo puramente físico e incluso lo emocional. Era mágico, espiritual. No había juego que se les resistiese. Una vez más, sus nombres quedarían plasmados para siempre, en el número 1 del “Hall of fame”. Hoy, en el videojuego de moda en aquel momento, “Cruzar la tormenta”, mañana, seguro que en cualquier otro.

4

Ya era tarde. Muy tarde. Y tanto tiempo delante de la pantalla les había dejado los ojos rojos e hinchados. Aunque sin duda alguna, había merecido la pena.
Apagaron la consola, la TV, el equipo de sonido y se fueron a la cama.
Se desearon buenas noches, y se durmieron, cada uno en su lado de la cama, sin tocarse, mirando en dirección contraria.