La casa del terror

—Sé bienvenido a la casa del terror… Puedes seguirme. Eso sí, si lo haces no habrá vuelta atrás—. Eso dijo el nota, disfrazado y maquillado como Igor, con voz impuesta y pomposa, justo antes de desaparecer por la gran puerta de madera de aquel casoplón que parecía a punto de empezar a caerse a pedazos.
Me adentré despacio, tranquilo, tras él.
La entrada daba al hall principal que estaba en ligera penumbra, pero se podía ver medianamente bien.
Igor se metió sin mediar palabra por una de las varias puertas que había en el hall. Le seguí. Daba a un pasillo muy largo y oscuro, con varias ventanas de las que salía luz y una puerta cerrada al fondo. No vi a Igor por ninguna parte.
—A ver qué pasa ahora—, pensé. Supongo que lo de siempre. Más de lo mismo. A ver monstruitos.

La primera ventana daba al exterior. Fuera, Frankenstein cargaba un fardo enorme, con ramas caídas de los árboles. Las dejó en el suelo y Leatherface, de “La matanza de Texas” con su motosierra las cortaba en trozos pequeños, ayudado por Jason Vorhees de ”Viernes 13” y su gran machete. Así estuvieron un rato, sin hacer nada más.

Yo flipé.

En la siguiente ventana, Freddy Kruegger de “Pesadilla en Elm Street” cortaba vegetales con su guante de cuchillos que después iba añadiendo a un caldero que hervía al fuego mientras canturreaba con su voz ronca una melodía pegadiza. Me miró y me guiñó un ojo.

Seguí flipando. En colores.

En la tercera ventana, la niña del exorcista estaba en la cama, con pinta de tener un gripazo terrible. Drácula, sentado en una pequeña silla a su lado dejó en la mesilla un libro de cuentos infantiles y empezó a darle cucharadas de un plato de caldo humeante.

Te cagas, pensé.

Y en la siguiente, la muerta de la curva tomaba y acariciaba la mano de una anciana con la mirada perdida. “No te preocupes por nada, yo estoy contigo”, le decía suavemente sin dejar de mirarla con dulzura.

—Esto es el colmo—, me dije. ¡Que me devuelvan el dinero!

Seguí andando por el largo pasillo. Muy enfadado. —¡Menuda mierda de casa del terror. En cuanto pille al encargado de esto le voy a montar un buen pollo. Estafadores!—, grité.

Pero aún quedaban unas pocas ventanas por las que había que pasar, antes de poder salir de allí.

La siguiente ventana daba de nuevo al exterior. Al mar. No entendía nada. Estaba a cientos de kilómetros de la costa, pero era el mar de verdad.
A lo lejos, divisé una patera inmensa, llena de inmigrantes, sobrecargada. Por sus caras, debían de llevar días navegando. El mar estaba embravecido y una ola hizo volcar a la patera. Las olas que después la azotaron la hicieron pedazos. La gente gritaba en mitad del océano. En unos minutos, unos se ahogaron y otros, agarrados a los trozos que aún flotaban, quedaron a merced de las olas que no dejaban de barrer el mar.
Un poco más lejos, un trasatlántico lleno de turistas pasaba de largo, como si no hubiese ocurrido nada. Muchos de ellos hacían fotos desde la cubierta. Algunos, incluso se hacían selfies con la tragedia de fondo.

Seguí caminando por el pasillo, desconcertado.

La siguiente ventana daba a una selva impresionante. No sé cuál sería, la Amazónica tal vez, o la del Congo. A la vez que por un lado unos hombres talaban árboles, otros construían carreteras, y otros, al volante de máquinas pesadas penetraban en la selva destruyendo todo a su paso. Miles de animales huían despavoridos… —¿Dónde irán ahora?—, me pregunté apenado.

La última ventana daba a una habitación con una pantalla inmensa en la pared. 4K, Ultra-High-Definition, ponía en un cartelito. Un niño sentado en el suelo la miraba absorto. En la pantalla las imágenes cambiaban cada pocos segundos: Un asesinato, una violación, un torturador y su torturado ensangrentado, un avión bombardeando una ciudad, cientos de peces muertos tras una marea negra, un linchamiento, una ejecución, un cazador, un incendio provocado, la lluvia ácida tras una explosión nuclear, unos niños cubiertos de polvo extrayendo minerales de una mina, otros niños muriéndose de hambre… Todo ello sin pausa y en bucle.
El niño giró su cabeza y me miró riéndose. Me disparó con una pistola imaginaria. —¡Pum! estás muerto—, me gritó sin dejar de reír.
Mi pecho empezó a mancharse con algo caliente, muy parecido a la sangre. Parecía de verdad. Puse mi mano en la herida imaginaria y en la mancha que cada vez era más grande y me eché a llorar.

Una puerta al final del pasillo se abrió y el resplandor del día lo iluminó todo. Salí corriendo de allí y no paré hasta caer exhausto. No fui capaz de mirar hacia atrás.

Todavía tengo pesadillas.

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