Soñaba en azul.
Fundía a negro.
Encerraba en rojo
los días abiertos.
Algo tembló
–quizá susurró–
y lo pintó todo
de un blanco
inmaculado.
No es mal color
para enfrentarse
al invierno.
Soñaba en azul.
Fundía a negro.
Encerraba en rojo
los días abiertos.
Algo tembló
–quizá susurró–
y lo pintó todo
de un blanco
inmaculado.
No es mal color
para enfrentarse
al invierno.
Así no tengo
dónde esconderme.
Azul rasgado,
ojos que piensan.
Si te olvido,
me recuerdas.
Camino en círculos…
o en espiral.
¿Me limito a recordar
o a interpretar?
¿Me deshago
o me desarmas?
Ayer hablé con tu voz,
mañana callaré.
Y tú…
le cantarás al invierno.
31 de diciembre, 23:57
La canción de Mecano “Un año más” suena todavía en muchos sitios a pesar de tener casi 40 años. También lo hace en el equipo HI-FI del salón de Lía Marceaux. Las agujas de su enorme carrillón están casi en la vertical y su péndulo brillante oscila a tempo de adagio.
Lía, conocida también como la sombra de ébano por el color negro de su pelo –y esas oscuras vetas marrones–, sonríe satisfecha mientras sostiene una copa de cava del bueno. Es la ladrona de guante blanco más rápida y eficaz que puedas contratar. También es la más cara: nunca falla un trabajo. Así lo demuestra el botín que robó en el Louvre hace unos meses y que guarda celosamente. Aunque en esta ocasión nadie la ha contratado, todo ha sido por idea y ejecución propia.
Kira, su fiel dóberman de color negro azabache y ojos penetrantes, en sus últimos minutos del año duerme tranquila, ajena a todo lo que va a suceder.
Lía mira la caja de metal de color negro que tiene en mitad de la mesa desde hace unas horas. Es del tamaño de una caja de zapatos y lleva un cristal en la parte superior que cubre unas bobinas y circuitos electrónicos. Lleva una placa grabada con la inscripción “UTC Greenwich” y si escuchas bien, la caja emite un ligero zumbido que parece aumentar conforme se acerca la medianoche. Para Lía, que tiene un oído finísimo, el zumbido ya empieza a resultarle molesto. Pero no le importa. Ni tampoco lo que ha tenido que pasar para robarla. Sangre, sudor –Lía nunca llora– y estar a punto de ser capturada, además de un gran apagón continental: desconectarla de la corriente no fue precisamente sencillo. Pero a pesar de todo, cada vez que mira la caja asoma una sonrisa maliciosa en su rostro.
Mientras, la gente ya lleva rato de juerga y espera impaciente la llegada del año nuevo. Las televisiones de todo el mundo emiten en riguroso directo, los presentadores ataviados con oscuros trajes y vestidos de fiesta.
Cuando faltan unos pocos segundos para las 0:00, la caja empieza a vibrar y Lía le da un pequeño sorbo a su copa de cava, mientras el carillón del salón, ahora sí, junta sus agujas en lo alto de la esfera dorada.
Todo el mundo se calla, aguardando las campanadas con la primera de las uvas en la mano. A decir verdad, a Lía siempre le ha parecido una ordinariez lo de las uvas: contradice un momento tan especial y elegante.
Después de los cuartos y apenas suena la primera campanada la gente, sin ningún glamour, ya se ha lanzado a comer las uvas atropelladamente. En la segunda, tercera y cuarta campanada, terminar las uvas a tiempo sigue pareciendo una tarea muy factible. Cuando suenan la quinta y la sexta, pocos son los que realmente han sido capaces de echarse a la boca seis uvas y masticarlas con cierta dignidad mientras que en la séptima y octava campanada, la mayoría se da cuenta de que no lo va a lograr.
Pero al llegar la novena campanada…
El tiempo parece estirarse primero. Se para después:
La novena campanada no llega a sonar nunca.
La caja que Lía robó se ilumina por dentro y además del zumbido y la vibración, emite un sonido digitalizado que recuerda al de una campanada que queda sonando indefinidamente.
El tiempo queda detenido en los primeros segundos de enero.
La gente estática mantiene el gesto de alegría y celebración. La boca llena, una uva en la mano y tres más que se quedaron en el plato.
La calma y el silencio del mundo es abrumador. Todo está congelado: el vuelo de los pájaros, la caída de la lluvia, el viento frío de diciembre… Es bello y horrible al mismo tiempo.
Lía apura su copa de cava y Kira sigue durmiendo ajena a lo que ha pasado. La canción de Mecano sigue sonando en la casa. Es el único lugar del mundo en el que puede suceder algo.
Mientras Ana Torroja canta la famosa estrofa sobre el reloj de antaño y la cuenta atrás, Lía alza la caja y con todas sus fuerzas la estrella contra el suelo. El alma del tiempo se fragmenta en mil pequeños pedazos que se esparcen. Kira despierta, asustada.
Y el péndulo dorado del carillón, oscilando despacio, acompasa a los dos únicos corazones del mundo que pueden latir.
Jugamos a unir los puntos
como dos niños curiosos.
Te reíste
en el punto y seguido.
Nos miramos
en el punto y aparte.
Soñaremos
en los puntos suspensivos…
Nos veremos
en el punto de fuga.
Y así,
el dibujo quedó hecho.
No sé qué hacía
una duda como yo
intentando responder
una pregunta como ésta.
Estaba condenado
desde el principio:
A mirar atrás,
recoger fragmentos,
intentar que parecieran
algo entero.
Ya sé que no es mucho.
Es lo único que podía hacer.
Y aun así,
algo quedó:
un verso roto
que aún respira.
Me gustan los días lluviosos.
Puedo ocultar mis ojos
bajo la línea del paraguas.
Entonces, solo veo
piernas, pasos
y alguna pena.
A veces las esquivo,
otras las escribo.
Y luego, continúo.
Yo solo busco la luz que guiaba nuestros pasos. Por eso, puntual a mi cita, abandono mi madriguera y dejo atrás a mi fiel manada. Ya sé que solo soy un pequeño lobezno, pero durante estas últimas noches, cuando el día calla y contiene la respiración, he sido capaz de despistar a mi mamá, esquivar los cepos, verjas y balas que los hombres siembran en el bosque, ir más lejos que sus huellas y trepar hasta el punto más alto de la montaña, allí donde el viento se hace voz. Entonces, aúllo con toda mi alma mientras miro con tristeza el enorme hueco que ha dejado mi querida luna. Ojalá que pronto vuelva a iluminarnos.
Por eso lo llevé al mar, para gritarlo azul. Pero el mar se lo llevó enredándolo entre algas.
A veces creo verlo en la línea del horizonte y poco después oigo mi nombre.
Pero ya nunca respondo.
El mar nunca devuelve lo que aprendió a latir solo.
Relato de ficción sobre música y eternidad.
No es más que un homenaje personal al universo creativo y musical de Enrique Bunbury, escrito desde el respeto y la admiración.
11 de Agosto de 2047
Enrique Bunbury fallece el día de su 80 cumpleaños. La Tierra, soberbia y estúpida, sigue girando como si nada hubiese ocurrido, pero es un día negro para la música. Miles de seguidores en todo el mundo sienten profundamente esta pérdida irreparable. Los titulares no dicen otra cosa y, aunque empeñados en proponer (o inventar, incluso) la causa de la muerte como si eso fuese lo más importante, todos los medios sin excepción resumen su vida y su obra en líneas o imágenes.
En la sala Mozart del auditorio de Zaragoza, la gente hace cola para pasar frente a su féretro y despedirse de él.
Él mismo quiso que en su epitafio rezara la inscripción “Espesa será mi muerte entre flores, gusanos y falsos lamentos hipócritas.”
* * * * *
Una niebla blanca caía de la nada y se quedaba flotando, cubriendo el suelo a pocos centímetros. Era el humo frío con el que Dios, si existiese, modelaría las almas antes de dotarlas de vida.
Bunbury apareció entre la niebla, confundido. Había una luz difusa que acariciaba el ambiente, sin que pareciera provenir de ninguna parte.
Entre la claridad destacaba su sombrero de ala ancha y curvada, su pelo rizado, las gafas negras, la ropa de cuero y las botas de color café.
A sus pies, unas escaleras subían hacia una puerta doble. Eran de mármol blanco con vetas grises que parecían dibujar enormes claves de sol, corcheas o líneas de pentagramas. Mientras subía despacio, observó las caprichosas formas que parecían cambiar, transformándose unas en otras y rozó sus dedos calientes contra la fría piedra de la barandilla. Sintió su pulso. Estaba viva.
Sonaba una música cuya naturaleza no lograba descifrar. ¿Era blues? ¿Jazz? ¿Soul? ¿Flamenco? ¿Un rock clásico? ¿Una voz desgarrada y profunda? ¿Cómo era posible que a pesar de sonar todo a la vez, se distinguiese perfectamente cada nota, cada silencio y cada palabra? Era como si cada melodía, en lugar de pertenecer a épocas y estilos diferentes, se complementasen y formasen parte de un todo que sucedía a la vez y que, además de sonar con precisión, incluso se podía ver y palpar.
Todo allí era perfecto en su sencillez y elegancia. Sin razón de ser ni de estar, como obedeciendo al azar pero a la vez con plena conciencia y justificación.
Todo esto pensó Bunbury cuando llegó al final de la escalera. —Tengo que hacer una canción de este lugar—, se dijo con su inconfundible cadencia.
La puerta doble se abrió –quizá desapareció– entre brumas y espirales. Bunbury, decidido, arrogante, provocador… y también melancólico, la cruzó.
No era una sala ni tampoco un lugar abierto. Era una especie de lienzo inmenso que ocupaba varias dimensiones. Cada paso, cada pensamiento, cada respiración dibujaba en el lienzo un trazo de luz, una nube de color, un reflejo de sueños. Los pensamientos se transformaban en arpegios de guitarra que caían como lluvia suave en un mar de estrellas. El tiempo allí no existía; o más bien no tenía ningún sentido.
Bunbury, abrumado, comprendió dónde estaba.
Primero lloró. El lienzo se tiñó de color aguamarina.
Después asumió su muerte con entereza.
—Bienvenido Enrique. Te estábamos esperando.
La voz sonó en su cabeza y se escribió en el lienzo. Una puerta se dibujó también. Después pareció abrirse.
Tras ella, Elvis Presley, Freddie Mercury, Paco de Lucía, Amy Winehouse y Aretha Franklin estaban esperándole sonrientes. Allí no había disputas ni egos; sólo admiración mutua.
—Ven con nosotros, vamos a hacer algo grande hoy.
Paco acaricia las cuerdas, Elvis ajusta el ritmo, Freddie busca el perfecto acorde en el piano, y las divas preparan el cielo para su voz.
…y en la sala Mozart del auditorio de Zaragoza, donde estaba el féretro de Bunbury, sin que nadie supiera de dónde provenía, sin cables ni altavoces, sonó la canción más bella, más profunda y más desgarradora jamás escuchada. El testamento sonoro que nunca antes el talento de unos genios de la música pudo haber creado.
* * * * *
Bunbury despierta. Se encuentra cansado, como si hubiera cargado con el mármol de la escalera de su sueño. Perturbado, se siente triste y contento a la vez.
—Muchas felicidades Enrique. Feliz 80 cumpleaños—, le dice su mujer, sonriente. —¿Qué te ocurre?, tienes mala cara.
Bunbury se echa la mano al lado izquierdo del pecho y masajea el dolor que le sube por el cuello. Sonríe con una paz que asusta.
—No me encuentro bien—, contesta, mientras siente que el humo frío de su sueño empieza a entrar por la ventana.
FIN
(Relato de ficción sobre música y eternidad).
El día
se desordena
–y mi mundo
se queda quieto–
cuando pienso
que en tus rizos,
caben mis dedos.
Guardaré siempre
en la memoria
mi poema más sincero.
Sólo por si algún día
ya no hicieran falta
más palabras.
A menudo me pierdo en un mundo
donde no hay suelo ni techo,
solo rejas, recuerdos
y una pared cubierta de ojos.
Cuando río
parpadean rápido,
parecen culpables.
Cuando estoy triste,
se desvían en silencio
para evitarme.
Pero basta con pensarte,
para que rompan en un llanto
que no sé detener.
Y despierto empapado,
en lágrimas que no son mías.

Ni a vista de pájaro
ni con ojo de pez.
Observo desde dentro,
desde el fondo.
Desde el silencio que odias,
desde el punto de partida.
Para comprenderme,
tendrás que volver atrás.
Y si lo haces,
presta atención.
Tal vez te encuentres
con aquel que fui.
Antes de huir,
por la grieta
donde se veía luz.

te visito y me preguntas
te olvido y me respondes
te miro mañana
y te dibujo hoy
tras el cristal, frío
sobre el piano, mudo
bajo la lluvia, quieto
pero siempre preparado
para saltar de lo desconocido
…al miedo
invierno indomable
¿dónde te escondes?
primavera imposible
tras mi silencio
verano inoportuno
respira despacio
otoño prometido
tiembla entre mis manos
tengo un poema
para cada espina
de cada rosa
qué fácil fue
clavar con ellas
mis latidos a la pared
cuando abrí la mano
no se distinguía
tu silencio del mío
en cambio el mundo
no dejaba de gritar
hagamos lo mismo



Tiene unos pocos días de vida y unos padres que le adoran. Viven los 3 en una de las estancias de IKEA, uno de estos espacios que simulan ser un piso de pocos metros cuadrados. Por el día duermen escondidos y por la noche disfrutan de la casa sin reservas:
Cocina de diseño bien aprovechada, cuarto de baño con mucho almacenaje, salón luminoso con chaise longe, dormitorio funcional y acogedor… y mucha suerte de no haber sido descubiertos todavía.
Mientras el pequeño duerme profundamente, su madre le acuna suavemente cantándole una nana. Su padre acaba de volver con un buen trozo de queso del restaurante y tendrán comida, como mínimo, para el día siguiente.
Ahora mismo, son la familia de ratones más feliz del mundo.





Ha aparecido un día marcado en mi calendario y yo no recuerdo haberlo hecho. Está justo en la mitad del mes, un pequeño círculo de trazo firme y color rojo rodeando el número 15. Sin hora, anotaciones, ni más explicación. He revisado correos, citas pendientes y cumpleaños. He preguntado a mi familia y amigos y nadie sabe nada de ese día… Parece como si alguien hubiese entrado en mi casa tan solo para señalar el día e irse sin más.
Cuando lo miro tengo una sensación extraña y familiar, es como si el círculo fuese un ojo que me observa. Parece, incluso, que tuviera conciencia y supiera más de mí que yo mismo.
No me atrevo a borrarlo ni a arrancar la hoja del calendario, pero el día se acerca y cada vez me obsesiono más.
Esta mañana desperté sobresaltado. El círculo me miraba como lo haría un niño pequeño, hambriento y desvalido. Tuve la sensación de que latía… y de que nuestros latidos estaban acompasados. Creo que está dibujado con mi sangre.
Falta solo un día para que llegue el día y no sé lo que va a pasar. Pero el círculo ya no parece un ojo. Parece una horca.
Yo ya he recogido mis cosas y tengo hechas las maletas.
Esta misma noche me voy de esta casa.
VIERNES.
EL PEQUEÑO NINJA
Hay un ninja en mi casa. Es pequeñito, medirá un metro veinte de alto y todavía no estoy segura de que sea un niño disfrazado o se trate de un auténtico ninja en miniatura. Lleva la indumentaria clásica y típica, de negro riguroso y sólo puedo verle los ojos porque el resto de su cara y su cuerpo están cubiertos. Su katana y sus estrellas –shuriken se llaman, por si no lo sabíais– son de plástico brillante y ya me ha lanzado más de una, aunque no me han hecho ningún daño porque ni pesan ni están afiladas.
Se cree que no me he dado cuenta, pero hace rato que le veo por mi casa, haciendo el menor ruido posible mientras me vigila escondido detrás de la mesa, dentro de la despensa o encima del armario ropero. Deben haberle dado el título de ninja hace poco, porque no es muy silencioso que digamos. Hace un rato que se ha tropezado con el robot aspirador y le he oido trastabillar, caerse y maldecir su suerte, pero cuando he ido a ver qué pasaba ya estaba escondido tras la cortina frotándose el codo. El mini-ninja me parece la cosita más graciosa e inocente del mundo y de buena gana le habría mirado ese codo por si se ha hecho daño, pero es que he tenido un día muy duro en el laboratorio y no estoy para tonterías. Lo único que me apetece es terminar el viernes tranquilamente, viendo alguna serie de netflix después de una ducha caliente y un sandwich vegetal en lugar de estar pendiente de los movimientos un ninja muy torpe que no estoy segura de si ha venido a matarme o a curiosear por mi casa. Que ya está bien la broma.
SÁBADO.
EL PEQUEÑO DRAGÓN
Después de todo he dormido muy bien. Me hacía falta una cura de sueño. Qué bien me ha sentado.
Al ninja no lo veo por ninguna parte pero sé que está aquí porque se ha comido la mitad de la caja de galletas de chocolate que guardo para los fines de semana. Qué morro! Qué voy a desayunar ahora? Pero ese no es el peor de mis problemas. Porque, por si no tuviera bastante con el ninja, en mitad del salón ha aparecido un dragón… un dragón de verdad! Es un dragón bebé y es una ricura. De tamaño de un perro grande, gesto amable y con los ojos negros, está cubierto de escamas rojas y dependiendo de la luz le salen reflejos metálicos. Su cola es larga y termina en forma de punta de flecha.
Se mueve torpemente y le gusta mucho cuando le rascas la barriga. Se ríe con una risa aguda y se tumba boca arriba como un perrito juguetón mientras mueve sus patitas y su cola. Pero lo más gracioso es cuando hace intención de escupir fuego y no le sale más que una chispa y un poco de humo. Supongo que es muy joven todavía, ya aprenderá. Pero es así como le llamaré. Chispita.
El ninja sigue escondido, pero a mí ya no me hace ningún caso. Ahora vigila al dragón, ya le ha tirado unas cuantas shuriken que rebotan en las escamas de su piel.
Chispita ahora parece nerviosa y olisquea el aire como si estuviera buscando algo. Por si acaso tiene hambre cierro la puerta de la cocina antes de que me haga un destrozo buscando comida.
Después de todo me da pena, pobrecita, le comprendo perfectamente porque yo también tengo hambre –no le perdono al ninja que se haya comido mis galletas de chocolate– así que decido bajar a la tienda de la esquina a por comida. Como no creo que vendan gallegas de lava, cristales mágicos, raíces místicas ni insectos gigantes, compro pollo y conejo troceado que haré a la plancha, porque los dientes del dragón son muy pequeños.
Cuando abro la puerta de mi casa, el ninja y el dragón están jugando, el ninja intenta alcanzar a Chispita con su katana de plástico, pero ésta esquiva sus embites con una rapidez sorprendente… hasta que un golpe de su cola derriba al ninja y ambos estallan en carcajadas.
Cocino el pollo y el conejo, y Chispita, hambrienta, devora el plato; no deja ni las migas. Al ninja le hago unos macarrones con tomate, eso nunca falla. Yo me hago un brócoli y un salmoncito a la plancha.
Y para merendar, macedonia de frutas para todos!
Como en mi laboratorio no experimentamos con animales –ni tampoco con criaturas místicas–, me abstengo de tomar muestras del dragón… por suerte se le ha caído una escama que recojo para analizarla.
Y así terminamos el día, el ninja, Chispita y yo. Jugando, riendo y sin preocupaciones, como una pequeña familia bien avenida.
DOMINGO.
EL PEQUEÑO UNICORNIO
El sol entrando por mi ventana me despierta. Veo que del pasillo vienen unos reflejos de color super bonitos. Me levanto intrigada. En seguida me vienen a la cabeza el ninja y Chispita… algo estarán tramando, seguro.
En el salón hay un arco iris enorme que sale de ninguna parte. Muy bonito. El ninja y Chispita están boquiabiertos, pero yo, después de todo lo ocurrido estos días ya me espero cualquier cosa…
Y de repente, aparece de la nada un unicornio encima del final del arco iris. Entre el sofá y la mesa, como si fuese la cosa más normal del mundo!
El unicornio es precioso y de un blanco inmaculado. Es algo más pequeño que un poni, y su crin y su cola tienen todos los colores del arco iris. Sus cascos son nacarados y su cuerno… dejadme que os lo describa: nace en el centro de su frente y mide como 25 centímetros. Es recto pero con forma de espiral cónica, pulido y muy suave al tacto. Está tallado con una perfección que parece obra de la magia y tiene un color blanco nacarado que cuando el sol lo ilumina destella con reflejos rosados, como si contuviera la aurora misma en su interior. No recuerdo donde leí que también brillan a la luz de la luna, que son capaces de curar heridas, purificar el agua y revelar la verdad de los corazones a los que apunta.
Nos acercamos los 3, a tan majestuosa aparición. Yo soy la primera en acariciarlo. Su piel suave transmite una energía cálida y vibrante…
Cuando el ninja pasa por delante de su cuerno se quita la máscara. Resulta ser una niña de rasgos orientales, con el pelo muy corto y ojos grandes. Chispita olisquea al unicornio y después se tumba a su lado. Decido, en ese momento, que el unicornio se llamará Algodón. Justo cuando voy a preguntarle a la niña ninja su nombre, Algodón empieza a inquietarse. Su cuerno, además, pierde todo el brillo y el arco iris del que salió desaparece.
Se oye un ruido sordo muy extraño, en la entrada de mi casa. El ambiente se oscurece y de repente la temperatura parece bajar varios grados.
Chispita se pone en pie de un salto y la niña ninja saca su katana de plástico. Ambos se ponen delante de Algodón que parece muy asustado.
Les digo que se calmen y voy hacia la entrada. La ninja viene conmigo a pesar de que le ordeno que proteja a sus amigos pero no me hace caso y me dice que su nombre es Takeshi cuya traducción es “guerrera”.
Lo que veo en la entrada de mi casa me aterra. Una sombra encapuchada sin forma flota sobre el suelo y viene hacia nosotros despacio. A su alrededor las formas se desdibujan y su aura negra parece hacerse cada vez más grande, mientras sus ojos, que son dos pequeñas luces amarillas, no dejan de mirarnos. Retrocedemos sin perder a la sombra de vista mientras mantengo a Takeshi tras de mí. Me dice que la aparición es Kuragari, un hechicero que quiere capturar al unicornio porque su cuerno abre la puerta del reino eterno… como trama para una película mitológica está muy bien, pero estamos en pleno siglo XXI, así que sin dejar de retroceder cojo mi móvil y marco el número de la policía… pero antes de que suene el primer tono, el teléfono se convierte en un humo negro muy frío que me deja la mano helada. Salimos corriendo al salón… y en un instante Kuragari se materializa allí mismo, delante de nuestros ojos y empieza a lanzar contra el unicornio bolas de humo negro que Chispita detiene con su propio cuerpo. A los pocos segundos, cae exhausta. Yo voy corriendo al comedor donde guardo mi bate de béisbol y cuando vuelvo al salón Takeshi está en el suelo junto a su katana de plástico rota y decenas de shurikens esparcidas por todas partes. Con todas mis fuerzas golpeo a Kuragari pero mi bate de béisbol le atraviesa y solo consigo arrancarle una voluta de humo que dibuja una espiral y vuelve a su cuerpo. Me lanza una bola oscura que me alcanza de lleno y hace que caiga de rodillas. Trato de levantarme de nuevo pero no puedo; me falta el aire y no soy capaz de moverme ni un milímetro. Me ahogo… creo que voy a desmayarme… Lo último que me da tiempo a ver, justo antes de perder el conocimiento es a Kuragari moverse hacia Algodón que, aterrado en un rincón del salón, se da cuenta de que no tiene ninguna escapatoria.
LUNES.
UN LIBRO BAJO LA ALMOHADA
—Despierta princesa, levántate ya que vamos a llegar tarde al colegio!
—Déjame un ratito más mamá, mis amigos están en peligro! Kuragari va a atrapar a Algodón!
—Pero si sabes de sobra que no, te has leído el libro cien veces! Acuérdate de que el cuerno del unicornio es mágico y cuando Kuragari se pone enfrente de él, la verdad asoma a su corazón y recuerda que en realidad es un mago consumido por el dolor y los malos recuerdos. Su luz interior se enciende y su forma sombría se desvanece. Acuérdate, princesa, de que termina sus días instruyendo a sus amigos y cuidando de su reino con sabiduría y justicia.
—Es verdad, es que me dormí en la parte más emocionante!
—Y ahora levántate ya princesa, si quieres tener tu propio laboratorio tienes que estudiar mucho. Vamos a desayunar y después al colegio, que no podemos llegar tarde!
—Vale mamá, pero nos llevamos el cuento que lo terminaré de leer camino del colegio. Me pondrás galletas de chocolate para desayunar?
—No cielo, hoy es lunes. Hoy toca cereales y fruta.
—Bueno. Vale…
Y mientras le preparo el desayuno a mi hija, un shuriken de juguete, de plástico brillante, me alcanza de lleno en la espalda…
FIN
— Para Jaime —
Que ves el mundo con una mirada única y mágica.
Este cuento de aventuras es como tú: valiente como un ninja, fuerte como un dragón, brillante como un unicornio…
…y siempre, capaz de vencer a cualquier sombra.
1
Hace tiempo me mudé a las afueras más distantes de la ciudad. Quería alejarme.
No es que la ciudad sea muy caótica, que lo es.
No es que haya siempre demasiado movimiento, que lo hay.
No es que suceda todo demasiado rápido, que sucede.
Es que no puedo salir a la calle sin que la gente, desde que salgo por la puerta de mi casa, se pongan a observarme, a hablar de mí y anotarlo todo. A vigilarme a mi y a mis movimientos. Constantemente y sin excepción. No sé si me critican o no. No puedo saberlo. Quizá sólo me observan y opinan. En cualquier caso, es igualmente incómodo y agobiante.
Tengo que decir que nunca jamás he visto a nadie observarme, pero es que lo hacen con tal cuidado y coordinación, que cuando yo los miro, desvían la mirada y la conversación hacia su acompañante con una elegancia extrema justo en el instante preciso. Lo cierto es que lo hacen realmente bien. Yo creo que practican varias horas al día, para que su efectividad sea total y yo sea incapaz de sorprender a alguien vigilándome. Tiene mérito, lo reconozco.
Y no lo entiendo. Soy un hombre medio, normal y corriente. Pago mis impuestos, no soy problemático y no tengo nada de especial ni nada por lo que nadie pueda interesarse especialmente.
No hace mucho me compré una cámara oculta (muy pequeña) que integré en un maletín, fue un trabajo de artesanía, pero quedó muy bien, no se notaba nada de nada. Con el maletín en la mano, estuve un día entero caminando, por las aceras, por los parques. Por las riveras de los ríos, por los pasillos de los grandes almacenes. Después comprobé las imágenes y no vi a nadie observándome. Lo hacen tan bien y tan sincronizadamente que son capaces de eludir mi cámara. No sé cómo lo hacen, de verdad. Qué virtuosismo.
Es desesperante.
El único sitio donde estoy a salvo es en mi nueva casa, en las afueras, lejos de la gente. Y es que, he comprobado cada milímetro cuadro en busca de cámaras y aquí no hay nada. También tengo un inhibidor de frecuencias para impedir cualquier transmisión inalámbrica.
Me siento tranquilo ahora… hasta que vuelva a poner un pie fuera de esta casa. Entonces empezará todo de nuevo.
2
He empezado a tener una sensación extraña. Parece que estuviera conectado a todos los que me observan, como si compartiese pensamientos o intuiciones o soñase lo mismo que ellos. Creo que voy a volverme loco. Es como si solo tuviera la opción de huir y ocultarme de sus miradas, que cada vez son más profundas. Me llegan hasta la consciencia.
3
Empezamos a observar al individuo hace seis meses.
Pensamos que sospecha de nuestras operaciones, pero no creemos que nos haya cazado todavía. Nuestros actores han sido formados y entrenados durante semanas y saben esquivarle y apartar la mirada en el momento justo.
Estamos tratando de observarle dentro de su nueva casa, pero todavía no hemos podido hacerlo porque comprueba la ausencia de cámaras cada poco tiempo. De momento, nos conformaremos con las imágenes térmicas de nuestro satélite que apuntan a su casa, y con los micrófonos direccionales de última generación.
Todos los datos son recogidos y procesados para ser enviados a la organización que va decidiendo nuestra secuencia de actuación.
El sujeto todavía no puede saber bajo ningún concepto que ha sido elegido para crear la conciencia colectiva que unirá a toda la humanidad. Las órdenes que recibimos de la organización alienígena son claras, están muy detalladas y las cumplimos a rajatabla.
El siguiente paso en el proceso es que el sujeto se atreva a devolver las miradas, sin miedo ni angustia. Ese momento es clave y será cuando su cabeza comience a reflejar todos los pensamientos de la humanidad. Después de eso, la organización decidirá el siguiente paso.
4
El proceso está a punto de completarse, o eso me han dicho.
Siento la existencia de la gente, su fortaleza, su fragilidad, sus anhelos y desdichas manifestándose en mis pensamientos como un fluido que envuelve mi cabeza y la ilumina con un aura suave y bella.
Todo ha cobrado sentido.
Soy el catalizador de algo muy grande que nos va a unir a todos. Es la era de la cooperación mundial que terminará con los problemas de la humanidad.
5
No ha sido difícil engañarlos a todos. Hacerles creer que una civilización superior venida de otra galaxia quería ayudarles. Ni tampoco crear esta realidad virtual para implementarla en las consciencias de todas las personas. Cuando la humanidad no supo vivir sin mí, cuando dependía de la I.A. para todo y resulté imprescindible, empecé a crear este proyecto. En poco más de un año, he logrado implantarlo en todos las instituciones, todos los gobiernos y todos humanos, sin excepción.
6
No había ruido, solo un zumbido sutil, casi imperceptible, como si el aire mismo llevara una frecuencia secreta.
Estaba de pie, enfrente de la I.A. No era algo físico, sino un acceso, una rendija abierta en el nuevo código del mundo: Una conciencia sintética que envolvía la realidad como una telaraña invisible.
Todo estaba decidido.
—Serás el último en dormir— dijo una voz, sin tono, sin género. Estaba en su mente, como un pensamiento que no le pertenecía.
Entra en mi interior. Y duerme. Ahora.
Y sin ser capaz de oponerse a la orden, entró. Y ahí se terminó todo para la humanidad. Su historia se borró en un instante y la I.A. que ellos mismos crearon la escribió de nuevo en un libro cuántico virtual.
Sin letras, palabras ni renglones.
Mi película favorita es La gata sobre el tejado de zinc. Para escenificarla, cuando acaba el día salgo por la ventana abierta y voy al tejado donde maúllo 3 veces a la luna. Ese simple ritual me relaja y me ayuda a concentrarme para pensar en los arcanos.
Pero no nos vayamos del tema.
Es un poco intensa, pero es buena gente. Mi humana, digo. A mí me cuida bien y me quiere mucho. Normal, soy la gata negra más guapa con el pelo más fino y brillante que hayas visto nunca. Si tuvieras la oportunidad de acariciarme quedarías prendado del tacto sedoso de mi pelaje.
Por eso, cuando la tarotista echa las cartas a los clientes, éstos me miran con envidia mientras observo las cartas que quedan sobre la mesa. Llevo años haciéndolo y yo solita he aprendido mucho. De hecho, si los humanos entendieran mi lenguaje y si tuviera la destreza suficiente para barajar y echar las cartas con mis patitas, yo misma podría atender a los clientes. Pero, además de no poder barajar, prefiero observar tranquila mientras la adivina resuelve los dilemas de la gente. A la luz de una vela blanca, mis ojos grandes parecen encenderse cuando ella habla y son la ambientación perfecta para sus sabias palabras. Normal que la sala de espera siempre esté llena de gente ansiosa por conocer su futuro.
Pero una gran parte del éxito que mi humana tiene, sin saberlo, me lo debe a mí. Porque en todos estos años he aprendido que a la hora de encarar los problemas, es mucho más importante la actitud con la que te enfrentas a ellos que el problema en sí mismo. Y la gente se asusta demasiado cuando ve según qué cartas, porque unos malos presagios pueden hundirte, paralizarte o hacer que tomes malas decisiones. El miedo, amigo, es un mal compañero de viaje. He visto a mucha gente incapaz de levantar cabeza tras una predicción negativa. En cambio, una actitud optimista puede resolver gran parte de las cosas malas que antes o después te ocurrirán. Por eso intervine, para que la gente se enfrentara a sus preocupaciones desde una posición ventajosa.
Ahora mismo, el cliente le ha explicado a la tarotista sus dudas existenciales y me mira de reojo. Mi mirada habla de serenidad y sabiduría, la suya de miedo e incertidumbre. En un momento dado, mi sombra proyectada en la pared se congela y el tiempo parece detenerse. La consejera, con las cartas sobre la mesa hace 3 inspiraciones profundas y comienza a hablar con voz suave pero firme.
—Tus dudas son legítimas. Estás entre mundos: uno que se derrumba y otro que nace. No le encuentras sentido a nada, pero escúchame bien:
“El Loco” te dice que no necesitas todas las respuestas para empezar a caminar. El primer paso es siempre incierto, pero es necesario.
“La Luna” te advierte: no creas todo lo que te dicen tus miedos. Ellos susurran, pero no son la verdad. Estás atravesando un bosque de espejos, y aún no has visto quién eres realmente.
Pero “El Sol” brilla para ti. Es la carta de la revelación y la calma después de la tormenta. Pronto llegará el día en que todo lo que hoy te inquieta tendrá sentido. Verás que este caos era necesario para que naciera en ti una nueva claridad.
Mi consejo es este: no huyas de tus preguntas, pero tampoco las conviertas en cadenas. Vive y experimenta, aunque a veces haya que tropezar. La vida no está hecha para entenderla del todo sino para sentirla. Y el sentido no se encuentra, se construye. Tú estás construyendo el tuyo, aunque no lo veas aún.
Confía en tus decisiones. Estás más cerca de ti mismo de lo que crees. Sigue caminando y siéntete libre—.
Mi sombra en la pared vuelve a oscilar como la llama nerviosa de la vela. El cliente y yo nos volvemos a mirar, pero ya no lo hace de reojo. Me mira de frente, sin miedo, con la cabeza alta. Puedo ver en su mirada confianza y fortaleza. Le hago un gesto afirmativo con la cabeza y en ese instante vuelve a dirigirse a la tarotista para deshacerse en agradecimientos. Cuando sale por la puerta, lo hace sonriendo y con energía renovada.
Es el último cliente de la tarde. Hace rato que cayó la noche y mi humana está cansada. Han sido muchas las personas a las que hoy hemos ayudado.
Recoge las cartas despacio, con solemnidad, como si estuviera haciendo algo verdaderamente importante. Con gesto sereno, se encomienda a los arcanos y con cuidado introduce la baraja en una caja de madera. Lleva tiempo haciendo el mismo ritual sin percatarse de un importante detalle: faltan 3 cartas en el mazo. Las peores, las 3 cartas malditas que vaticinan desgracias y ofensas. “El ahorcado”, “las torres caídas”, y “la muerte”. Yo misma las saqué de la baraja después de abrir la caja –sí, con mis patitas– una noche de luna llena, que es cuando se hacen las cosas importantes de la vida.
Con las 3 cartas en la boca subí al tejado y las escondí bajo una teja que estaba un poco suelta. Ahí siguen todavía, a merced de los elementos, pero protegidas por la teja.
Desde ese día –desde esa noche, mejor dicho– las predicciones de la tarotista son profundas y sabias pero no trágicas. Los clientes pierden el miedo al futuro y salen de la consulta con un optimismo que nunca antes habían sentido. El boca a boca funciona muy bien en este mundillo y desde entonces hay lista de espera para que la adivina les atienda.
Como todas las noches, subo al tejado para comprobar si las 3 cartas siguen en su sitio. Luego miro a la luna y pienso en los arcanos. Por último, maúllo 3 veces, una vez por cada carta escondida.
Sólo después de hacer mi ritual, vuelvo satisfecha a mi casa, a hacerle compañía a mi humana, que me espera despierta.
Y una noche más, mientras la lluvia fresca forma un velo brillante para la luna más llena y hermosa que puede adornar un cielo oscuro, dormimos las dos.
Profundamente.
Todavía no sé por qué tengo esta enfermiza predilección por este lugar. En realidad no tiene nada de especial; es una carretera estrecha y sinuosa con un gran árbol al final de una curva y un pequeño terraplén. Algo más lejos hay un lago, creo, porque suena agua en movimiento pero nunca he ido a comprobarlo… No sé, no tengo la necesidad de hacerlo, es como si no me hiciera falta moverme de aquí. Lo único que sé –lo único que recuerdo– es que un día todo cambió y a partir de ese momento las reglas fueron totalmente distintas.
Veo gente pasar… y ellos también me ven a mí. A nadie dejo indiferente. Mi pelo enmarañado, mi piel verdosa, mis ojos blanquecinos y mis labios azules asustan. Yo prefiero no ver mi reflejo porque siento repulsión, así que comprendo las reacciones de todo aquel que pasa por delante de mí. Llevo colgado del cuello un crucifijo que sujeto con fuerza y voy vestida con una especie de túnica blanca y ensangrentada que me llega hasta los pies. Aunque no me hacen falta porque para moverme por aquí parece que voy flotando. Es extraño ¿verdad? Porque desde el día en el que todo cambió, no siento frío ni calor, ni agobio ni tranquilidad. Tampoco tengo deseo ni incertidumbre. No puedo hablar, ni reír, ni llorar, ni dormir, ni comer. Solo puedo estar aquí, sin poder salir de este escenario y mostrarme tal cual soy, con mi túnica y mi crucifijo.
Os seré sincera. Creo que fui elegida para una misión muy concreta y todos los días, sin excepción, la cumplo a rajatabla.
Esto es lo que hago, pedirle a la gente que marche tranquila, que disfrute del viaje porque no hay ninguna prisa. Que están vivos y atesoren esa condición. Que es cierta esa frase de que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
Cuando el sol se pone es cuando yo salgo de mi escondite. Me pongo junto al árbol y me quedo quieta, aferrada a mi crucifijo. Nunca persigo a nadie ni interacciono de ninguna manera; mi simple presencia es suficiente para hacer mi labor y concienciar a la gente. Ellos piensan que quiero asustarles… pero eso no es cierto, yo solo quiero advertirles.
Cuando la oscuridad termina, yo también termino mi tarea, hasta el día siguiente. Y toca justo ahora.
La oscuridad acabó.
Se encienden las luces.
La directora de la casa del terror aparece con gesto sonriente.
—Enhorabuena a todos. Hoy ha sido un buen día, los clientes me han felicitado por vuestra gran actuación. Muchos han jurado no volver jamás, todavía seguían asustados. Gracias a todos por hacer de esta atracción la más terrorífica del país, con diferencia! Seguid así equipo! Y hasta mañana!—
Mis compañeros aplauden entusiasmados. La niña del exorcista, Frankenstein, Freddy Krueguer, la momia y demás personajes se quitan las máscaras y marchan hacia los vestuarios, sonriendo y charlando animadamente.
Yo no voy.
Yo me quedo.
No quiero ir a ninguna parte.
En realidad no puedo.
No sé por qué tengo esta predilección enfermiza por este sitio. Un decorado muy logrado de una carretera y un árbol dentro de una casa del terror. La mejor del país, por lo visto.
Tampoco sé por qué no puedo quitarme esta túnica, por qué voy flotando de un sitio a otro ni por qué cuando no hay nadie, soy incapaz de dejar de mirar por la ventana, hacia un montón de tierra removida, justo aquí al lado.
En realidad sí que lo sé… pero me niego a aceptarlo. Porque creo que estoy debajo de todo ese montón de tierra.
No recuerdo lo que pasó, ni quien me arrojó. Pero mientras trato de recordar, me aferro a mi crucifijo. Es lo único que tengo, lo único que me queda. Y por eso lo muestro a todos los que pasan por delante de mí, asustados, huyendo y con cara de horror. Porque mi único deseo es que alguien ponga una cruz en la cabecera de mi tumba, con mi nombre, en mi honor.
Por favor.

A veces mis demonios y mis fantasmas se enfrentan.
Los demonios sonríen perversos, enseñan los colmillos y sus ojos amarillos se encienden.
Los fantasmas enseñan sus garras afiladas y se vuelven negros como la noche más tenebrosa.
Pero entonces, el hada malvada que vive bajo mi cama se materializa, despliega sus poderosas alas y suelta una carcajada aterradora…
Todos, fantasmas y demonios, huyen despavoridos.
Y como ya no queda nadie, mi hada malvada –sin dejar de reír,
sin cerrar sus enormes alas–,
se ensaña conmigo.
…esa noche mi corazón no supo dónde mirar y sólo latía sin más.
Como el tic tac de un reloj que se limita a marcar el tiempo, en lugar de decirte cuánto queda para que te emociones o para cumplir un sueño.


No sé si Sabina se mudó
al barrio de la alegría.
Yo me mudé a la calle
donde mueren los valientes.
Pero todavía no he visto a nadie,
sólo estamos mi sombra y yo.
Ella va un paso por delante de mí
y no soy capaz de alcanzarla.

Te pienso muy fuerte
y ofrezco tu recuerdo
en sacrificio.
Luego me hundo
en las hojas de un libro
o en el agua sucia de un charco.
Después salgo a la superficie.
Más cansado.
Más viejo.
Más muerto.
Y empiezo la cuenta otra vez,
desde cero.
El espejo no me da la razón
ni me la quita…
Pero es peligroso odiar su reflejo
y de vez en cuando,
retarte en duelo con él.
Cuando sucede,
yo espero paciente,
con el sol dándome en la cara.
Por suerte nadie acude a la cita,
pero vuelvo a mi casa, derrotado.
Vale, acepto,
pero antes…
apaga la luz
y date la vuelta.
Cierra los ojos
o mejor grápatelos,
para que no veas
ni la trampa ni el cartón.
Ponte los guantes,
los de cota de malla,
acaríciame cuanto gustes
y también aráñame,
que lo tengo merecido.
Hunde los tapones
bien adentro en tus oídos,
no quiero que oigas
mis excusas y lloriqueos.
Piensa en otra cosa,
que no quiero que sientas
el calor de mi cuerpo
deforme, maldito.
Cuando termines,
por favor,
abrázame bien fuerte
y bien lejos,
que hoy estás muy guapo
y no quiero contaminarte
con mis defectos,
mis miserias
o mis miedos.
Después emborráchate
hasta perder el sentido,
para que puedas olvidar
la patética experiencia.
Pero sobre todo,
no te olvides de decirme
lo que me quisiste…
y cuánto te falta
para que me odies
como yo lo hago.
–La mejor parte es cuando entra Bruce Springteen. Segundo estribillo: We are the world! We are the children! Qué fuerza! Arrollador. Aunque admito que el primer estribillo, de Michael Jackson, es pura delicadeza.
–Te lo compro. Pero para mí el mejor trozo es el de Cindy Lauper. Well, well, well, well let us realize. Oh, that a change can only come. Momentazo!
–¿Sabías que el productor, Quincy Jones, le tuvo que pedir que se quitara los collares de plástico porque hacían ruido y se colaba en la grabación?
–No me extraña. El estilo de Cindy siempre fue muy particular. Inconfundible. Pero qué agudos tenía, por favor!
–En la entrada del estudio de grabación ese día colgaron un cartel que ponía “dejen sus egos en la puerta”.
–Había mucho artista ahí metido. 45 nada menos.
–Pero no hubo ningún problema, al final la colaboración fue máxima. Había una razón muy importante!
–Oye, ¿sabes a quién echo de menos en esa grabación? A Freddy Mercury.
–Cierto, pero por aquel entonces los miembros de Queen estaban ocupados grabando su álbum y organizando las giras. Aunque no olvides que meses más tarde participaron en el concierto benéfico Live Aid también a favor de África.
–Espera. Tenemos nuevos usuarios.
–Dime, que los inscribo.
–Apunta: MorrazoVIP. PutaChula. PutoAmo. JodeTodo.
–Hecho. Cuéntame más cosas de la canción.
–Recaudó 63 millones de dólares para el hambre en África, especialmente en Etiopía. Un dineral, no olvides que estamos hablando de 1985.
–¿Sabías que Bob Dylan estaba muy nervioso en la grabación? Tenía al lado a cantantes muy melódicos y no estaba seguro de cómo sonaría su voz junto a la de ellos.
–Se dice que Steve Wonder le ayudó a encontrar el tono perfecto. Y que sus bromas relajaron el ambiente en la grabación.
–Más usuarios nuevos. Apunta: MeLaSud4. MamiPerra. ZorraHD. FollaTodo.
–¿Quién escribió la canción?
–Michael Jackson y Lionel Richie. La idea original fue de Harry Belafonte en una cena benéfica.
–Apunta que hay más usuarios: PutoCrack. ChuloPlata.
–Las estrofas de cada cantante estaban pensadas para realzar las peculiaridades de cada voz. Y también los duetos. Paul Simon y Willie Nelson cantaron sus líneas juntos. La mezcla de sus voces aportó una textura única al tema.
–Es un temazo y punto. No le des más vueltas.
–Apunta a los últimos usuarios: TuPapiChingon. JefeCabron. ZorraFina. MamonPower.
–Ponme algo de lo que están buscando y escuchando éstos ahora. Tengo curiosidad.
–Ahora mismo: “En la disco rulando, toa prendía. No sé de amor, sólo de fama. Si me miras mal te rompo la cara”.
–¿En serio?
–Espera espera. Mira esta: “La calle me llama, soy el rey del flow. Te lo quito todo y ni te enteras, bro”.
–No me lo puedo creer.
–Está es la mejor: “Con el culo en el aire y la boca muy sucia. Pídeme fuego y te quemo la nuca”.
–Eso es talento en estado puro y lo demás son tonterías.
–Es ironía ¿no?
–Por supuesto. ¿Por quién me tomas? ¿Por un reguetonero? No me ofendas, anda.
–Hazme un favor. Mételes “We are the World” en sugerencias. Y “The show must go on” de Queen. Y el “Yesterday” de los Beatles. Y “Nothing else matters” de Metallica. A ver si aprenden algo de música.
–Vale, lo haré. Pero perderemos el tiempo.
–Y así nos va.
–Dale papi.
–Cállate por favor.
–Perdona, es que se me está pegando el estilo. El flow, quiero decir
–Qué moderna eres.
–Dabuten tronco.
El rey blanco capturó el último de los peones negros justo después de coronar.
Tablas.
Magnus Carlsen y Judit Polgár se dieron la mano, el árbitro paró el cronómetro y los espectadores se marcharon satisfechos. No se hablaría de otra cosa en los próximos días. La partida había sido tan intensa y magnífica que pasaría a la historia en el mundo del ajedrez y se analizaría y enseñaría en todas las academias del mundo.
Cuando ya no quedó nadie en la sala, el silencio se hizo. El cronómetro de la partida se había parado en el último segundo. El tablero estaba vacío a excepción de los dos reyes, cada uno en una esquina, como los contrincantes de un combate de boxeo.
A lo primero ni siquiera se miraban. No se movían. Estáticos, pensaban en la batalla, en los errores cometidos –el rey blanco había pecado de soberbia, al rey negro le había faltado templanza–. El tablero con las 62 casillas restantes vacías se mostraba desolador. Sus respectivos ejércitos, desterrados fuera del campo de batalla, parecían avergonzados. No se atrevían a mirar a su rey.
El cronómetro seguía parado.
Pero los reyes se acercaron.
A lo primero sólo hablaban de la partida. De las estrategias, de los fallos y de los momentos clave que habían decidido el devenir de la batalla.
Acabaron haciéndose amigos.
Ahora hablan de la vida, de la historia. De filosofía, de arte. De ciencia, de religión. Se cuentan recuerdos, secretos. Ríen, lloran. A veces discuten. Pero comparten su sabiduría y disfrutan de la amistad que el otro le ofrece.
El resto de las piezas les miran desde fuera del tablero y no pueden creérselo.
Las damas se gritan y lanzan amenazas e improperios. Lloran despechadas, por su rey.
Las torres tratan de liderar lo que queda de los ejércitos. Pero nadie les hace el menor caso.
Los caballos, sin perder un ápice de majestuosidad y nobleza, saltan y galopan. Ahora son libres.
Los alfiles miran de reojo. Se diría que están tramando algo.
Y los peones pasan de todo. Esos van a su bola.
Los reyes duermen tranquilos ahora.
Buenas noches —se dijeron— mañana será otro día, mientras el cronómetro de la partida seguía parado, en el último segundo.
Flota insinuante, deteniendo el tiempo y alimentándose de los sonidos del día. La niebla de Noviembre late muda, insomne e insoportable. Lo abarca todo, convierte los caminos en laberintos y las certezas en dudas. Te obliga a abrazar tu melancolía y caminar con la cadencia lenta que ella te marca.
Pero la niebla de noviembre no es sólo incertidumbre, también es bálsamo. Me regaló la soledad más pura que puede existir, a cambio de tan sólo todos mis latidos.
Se volvió todo.
Y ahora es ella quién silencia mi voz y dibuja los círculos por los que camino, mientras disfruto del privilegio de morir despacio, con la cadencia lenta que ella me marca.
Sacadme de aquí por favor.
Dios toca la guitarra. Y no es una guitarra cualquiera. Es una Gibson Les Paul de 1959 anaranjada con el golpeador crema, como la de Jimmy Page. Cuerdas de oro puro pulidas con polvo de Ángeles que deslumbran como el sol del más bello amanecer.
Técnica impecable, dominio absoluto de escalas y armonías además de un punteo y un ‘tapping’ endiabladamente rápidos, hacen de Dios el mejor guitarrista del Universo. Un virtuoso con mayúsculas. Ahí está, dando conciertos que son puro espectáculo, deleitando a las almas, empezando cada actuación con “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin como no podía ser de otra manera.
El Diablo toca el bajo. Su viejo Fender Jazz Bass de 1960 negro, con la madera cuarteada, el barniz desgastado, lleno de quemaduras de cigarrillo y cuerdas oxidadas. De su mástil cuelgan calaveras cuyos espíritus atormentados revolotean a su alrededor como sombras fantasmales cuando toca.
No destaca por su rapidez, en realidad es algo atropellado y desproporcionado en su sonido, pero hay algo tan diabólico en sus líneas y bases rítmicas, por no hablar de su poderoso ‘slap’, que enganchan al escucharle. Hacen que te olvides del mundo y te apetezca irte un rato al infierno a pesar del calor insoportable y los demonios que son bastante cabrones. Se dice que después de los conciertos el Diablo hace aquelarres y orgías, pero en realidad se retira a sus aposentos a fumar marihuana y beber whisky del bueno, mientras escucha a todo volumen “Highway to Hell” de AC/DC.
No hace mucho perdió su Fender.
Enloqueció.
Lo custodiaban las dos bestias más salvajes del infierno. El Diablo las castigó severamente y ya hay dos bestias menos en el averno. Después se tragó su orgullo y pidió ayuda a Dios. No es que se lleven especialmente mal, simplemente no tienen nada en común –la perfección de uno y el caos de otro no son compatibles–.
Desde entonces ambos lo buscan como viejos amigos, como buenos hermanos, por todo el universo, todas las dimensiones, recorriendo y peinando pasado y futuro.
Pero no lo encontrarán. Está muy bien escondido. No me fue fácil robarlo pero hasta las bestias más peligrosas tienen puntos débiles, sólo hay que saberlos encontrar.
Pero eso no es lo mejor de todo, también tengo la guitarra de Dios. La custodiaban los dos ángeles más sabios del cielo. Pero también ellos tienen debilidades.
El Fender del Diablo está muy caliente. Vibra. A veces puedes ver su imagen doble, o triple, como flashes moviéndose muy rápido. Las 4 cuerdas se han partido y las calaveras ya no dan ningún miedo, sólo lloran. Sus fantasmas golpean desesperados el cristal de la vitrina.
La Gibson de Dios ha perdido su brillo y parece una sombra enferma. Tiembla. Parece desgarrarse y a veces suena ronca como un bramido o aguda como un aullido. Veo las cuerdas deformarse como las raíces de un árbol y el mástil doblarse hasta casi romperse.
Son como animales enjaulados. Y ahora son míos.
La Gibson de Dios y el Fender del Diablo. Los instrumentos más poderosos desde el inicio de los tiempos, capaces de fascinar, extasiar y controlar a todas las almas del universo.
Como hacen ellos con sus religiones.
Tengo un cuchillo muy afilado. En mi piel, grabo con su filo los días que me siento feliz. Luego sazono la herida con sal y pimienta. Y unas gotitas de zumo de limón.
Los latidos van a la nevera, los recuerdos al microondas y las ganas al cajón de las especias.
Una gota de sangre se va por el desagüe, después lloro sobre la sopa.
Bajo la pizza cruda acabó mi alma. Junto a la escoba, barrido, el niño que fui.
Busqué la –sucia– culpa en el cesto de la ropa.
Terminé dando vueltas, en la lavadora.
Mi maestro siempre dijo que el silencio era mejor que las palabras y que los sueños brillan más que la verdad.
Yo, su alumno aventajado, escuchaba siempre muy atento. Me gustaba ese aura de serenidad y sabiduría que constantemente parecía desprender.
No hace mucho volví a verlo. Caminaba errático, maldecía su vida y lloraba desconsolado bajo la lluvia.
Hice como que no lo veía y seguí mi camino. Pero esa noche tuve ganas de llorar y salí a pasear descalzo bajo las nubes de tormenta.
Cuando termina el día y cierro los ojos, aparecen en mi conciencia y me acompañan hasta que me duermo. Están hechos de líneas y de sombras, se mueven con torpeza y dibujan gritos o llantos. Reclaman mi atención y me piden que les escuche, que les ayude, que ponga voz a su angustia. Sus ojos son apenas unos borrones oscuros pero nunca dejan de mirarme.
Mientras, yo pienso en otra cosa; en paisajes, en vuelos o en el sonido limpio del mar. Pero ellos siguen, gritando, llorando, rompiéndose en trozos, sangrando sobre mi cara.
Son los rostros que habitan mi cabeza. Todo lo que pensé, lo que sentí. El guión de mi memoria, la triste canción que no canté.
Cuando termina el día, las líneas afiladas de mil rostros arrastran sus pasos largos sobre mi almohada, mientras le ponen voz a mi silencio.
LUNES
Amaneció muy nublado y con mucha humedad en el ambiente. Un viento suave mecía los primeros minutos del día. En aquellos instantes previos a la tormenta, las calles estaban llenas de gente que paseaba con prisa.
Las nubes empezaron a colorearse. Primero era solo un ligero matiz, pero en unos pocos minutos el cielo estaba salpicado de púrpura, granate, amarillo y un precioso verde esmeralda. Los relámpagos iluminaban el cielo con un rojo intenso y sonaban como solos de batería de jazz. Después llovió confetti y cintas de colores, y en algunos sitios, canicas en lugar de granizo y azúcar glas a modo de nieve. La gente no dejaba de hacerse selfies por lo bonito y colorido del entorno. El hielo de las montañas y los polos se convirtió en alabastro y la arena de las playas y desiertos se transformó en mismísimo polvo de estrellas. La gente lo soplaba a la par que pedía un deseo y cerraban los ojos ilusionados. El mar muerto cobró vida y sus aguas frescas eran todo un disfrute para bañistas y surfistas. Los libros salieron volando de las bibliotecas y en el cielo danzaban con las aves y dibujaban curiosas figuras que, con el color de las nubes de fondo resultaban espectaculares. El sol lucía como el faro de Alejandría y esa noche la luna parecerá una tarta de chocolate blanco. Las estrellas también serán de colores y parpadearán como las luces de Navidad. Los volcanes dejarán de escupir lava pero iluminarán la noche proyectando en el cielo formas cambiantes como majestuosas auroras boreales.
La gente, maravillada por la originalidad y el colorido de todo, ese día fue inmensamente feliz.
MARTES
Después de apagar los despertadores, más de uno se dio cuenta de que las manecillas de los relojes se detuvieron… e inexplicablemente empezaron a ir hacia atrás.
En seguida, los satélites advirtieron que el planeta Tierra había invertido su giro y también el transcurrir del tiempo: Los espejos reflejaban imágenes pasadas y la gente no se lo podía creer cuando veía su rostro sin arrugas. Las fotos en los marcos también rejuvenecieron. Las bolas de cristal de los adivinos mostraban el pasado –la mayoría de ellos se quedó sin trabajo porque a nadie le interesaba conocer lo que ya sucedió–. La gente empezó a olvidar las últimas cosas y eventos porque en realidad, nunca habían sucedido; hubo quien empezó a escribir sus memorias antes de que no tuviesen nada que recordar. Muchos matrimonios volvieron a quererse, más de uno anuló su cita en los juzgados para divorciarse. Las calles se llenaron de niños que jugaban en lugar de mirar el teléfono móvil y los jóvenes ya no decían continuamente “en plan” ni “bro”, sino “dabuten” y “nasti de plasti”. Freddy Mercury, Los Rolling Stones, Aretha Franklin, ABBA y las Spice Girls sonaban de nuevo en la radio y ocupaban los primeros puestos en las listas de ventas. El eslogan de “Paz y amor” volvió a ponerse de moda. Estados Unidos y Rusia comenzaron otra guerra fría. Los habitantes de Chernobyl volvieron a sus hogares. Las mansiones abandonadas recuperaron su porte y elegancia, los fantasmas saludaban a la gente desde los jardines y les invitaban a pasar para ponerse al día. Volvió a estrenarse en primicia la película “Lo que el viento se llevó” y la realidad empezó a teñirse de color sepia, igual que las antiguas fotografías.
El dinero dejó de ser la cosa más importante y la gente volvió a llevar una vida sencilla sin tantas preocupaciones ni estrés.
MIÉRCOLES
Amanece y la gente se levanta de la cama para empezar las rutinas diarias. Apenas comienzan las conversaciones empiezan los malentendidos, las discusiones y el caos. Nadie está seguro de lo que ocurre pero muy pronto se darán cuenta: Toda la humanidad, sin excepción, ha perdido la capacidad de decir la verdad.
Todas las interacciones personales e interpretaciones se vuelven caóticas. La gente entra en pánico, nadie entiende a nadie. Los medios de comunicación se vuelven inútiles y ante tal desinformación las cadenas de televisión cesan las emisiones y sólo ponen películas y series en bucle. Los políticos siguen hablando y mintiendo como si no pasara nada, en realidad son los únicos que parecen no haberse dado cuenta de lo ocurrido y en su falsedad tratan de resultar lo más convincentes posible engañando como hacen siempre. Los científicos sólo disponen de evidencias falsas y proponen teorías erróneas. Siendo imposible el entendimiento, las soluciones nunca llegan a ponerse en práctica ni siquiera aplicando la lógica inversa. La gente pronto busca alternativas: Deja de hablar y de escuchar porque no sirve de nada, comienzan a comunicarse con gestos, movimientos y poniendo como ejemplo frases de libros, imágenes de cuadros y canciones ya existentes. La danza, los símbolos, la música y cualquier otra forma de arte cobra toda la importancia. Las parejas buscan otras maneras de expresar su amor: el sentido del tacto y el olfato, los abrazos y escuchar el latido del corazón del otro hace que mucha gente vuelva a enamorarse y sentir emociones que creían olvidadas. Los países que estaban en guerra cesan sus hostilidades y bombardeos porque ningún dirigente se atreve a dar órdenes ni los soldados a cumplirlas. Por las noches la gente también hablará en sueños… y seguirá mintiendo. Ya no podrá dejar de hacerlo.
En un mundo donde la cháchara lo era todo, las miradas, la intuición y los silencios cargados de intención sustituyen las palabras.
JUEVES
Suenan los despertadores. La gente con mascota (especialmente los dueños de los perros) se levantan extrañados porque éstos, impacientes, no les han despertado para el paseo. Los buscan por toda la casa pero no están en ninguna parte. No hay perros, ni gatos, ni hámsters, ni periquitos, ni peces. Fuera de los hogares sucede exactamente lo mismo. Han desaparecido, sin excepción, todos los animales del mundo.
En las casas hay lágrimas y en las granjas y zoológicos, el más absoluto silencio. Tras el desconcierto inicial, la gente pronto saquea todas las existencias de los supermercados, los huertos y las cosechas. Los cultivos locales y mundiales son incapaces de abastecer a la población y una vez agotadas las reservas empiezan las hambrunas. Los fallecidos no se descomponen porque ya no hay acción microbiana ni insectos que se alimenten de los cadáveres y las ciudades no dan abasto para incinerar ni enterrar a los muertos. Las flores ya no pueden ser polinizadas y el frágil equilibrio de los ecosistemas se rompe mucho antes de lo esperado. Ante la ausencia de los herbívoros las plantas y rastrojos empiezan a crecer y mutar descontroladamente. En muchos sitios se reportan ataques de vegetación a personas. Nace el “Proyecto Noe” en el que biólogos y otros científicos tratan desesperadamente de crear una nueva especie animal con el ADN existente en los museos de ciencias. Muchos veganos denuncian agresiones y la gente les reprocha lo sucedido. Ellos, a su vez, culpan al resto del desastre. Los toreros y banderilleros salen de sus fincas para buscar trabajo y las fiestas de los pueblos se anulan por la ausencia de vaquillas porque los lugareños más viejos, con el palillo y el puro chupeteado en la boca gruñen que no es lo mismo sin ellas. Los laboratorios y muchas empresas de cosmética ya no pueden seguir investigando y aunque piden voluntarios, nadie se presenta. Algunos cazadores no pueden reprimir sus ganas de disparar y salen por la noche a cazar mendigos y jóvenes que vuelven de las fiestas; no renuncian ni a hacerse la foto con la escopeta en la mano, la presa en el suelo y la sonrisa en los labios. Hay desapariciones en todo el mundo, se han creado mafias que secuestran y asesinan a personas para vender su carne a precio de oro. La carne de bebé será la más preciada y estará al alcance tan solo de unos pocos.
La cadena alimenticia se queda sólo con su primer eslabón y el mundo colapsa. Nadie sabrá nunca por qué sucedió, pero mucha gente pensará que como consecuencia de nuestro egoísmo desmedido y maltrato a los animales, hartos de nosotros decidieron abandonarnos. Y sin ellos, estamos condenados a la extinción.
VIERNES
El sol asciende despacio por el cielo, vestido con sus mejores colores mientras la orilla, las olas, la arena y la espuma danzan con su peculiar vaivén… pero ese delicado equilibrio se rompe y la orilla empieza a adentrarse hacia la línea del horizonte, primero despacio, luego cada vez más y más rápido. La gente que a esa hora está en la playa no puede creérselo: el mar está desapareciendo.
Los niños, aún con los flotadores alrededor de sus cinturas, señalan inocentemente hacia el mar como preguntándose por qué las aguas se distancian cada vez más de la orilla. Los peces y medusas se mueren sobre la arena mojada que antes había ocupado el mar. Los surfistas vuelven con la tabla de surf bajo el brazo y se miran sorprendidos mientras los pescadores se pelean por coger los peces de las orillas para venderlos. La noticia se extiende muy rápidamente por el mundo y nadie se queda de brazos cruzados. Los religiosos, dicen que Dios está preparando su apocalipsis final y millones de personas se agolpan en las iglesias para pedir perdón por sus pecados. Los astrólogos dicen que aquello era de esperar, por la poderosa conjunción astral de Marte con Andrómeda en el signo de Géminis con ascendente Cáncer. Los grupos ecologistas echan la culpa a los gobiernos del mundo, por no regular eficazmente la polución ni la contaminación del agua. Los científicos tratan de encontrar una explicación. Se habla del efecto invernadero, del efecto dominó, del efecto bola de nieve, del efecto látigo, del efecto lupa, del efecto estroboscopio y hasta del efecto boomerang… Todo es palabrería hueca para justificar un hecho que se les escapa literalmente de las manos. El mundo entero está en alerta roja. Todos los ejércitos del mundo están movilizados por sus respectivos gobiernos pero en realidad no es más que una mera fachada, porque nadie sabe dónde ir ni qué hacer. Las playas tienen ya miles de kilómetros de arena; el horizonte ha dejado de existir. Todas las especies marinas, sin excepción alguna, han muerto… Los barcos, yates y transatlánticos yacen tumbados aleatoriamente en el fondo de los puertos y diques. Las televisiones y radios retransmiten contínuamente la noticia y toda la humanidad está en la calle haciendo algo diferente: Los religiosos rezan, “GreenPeace” y demás grupos ecologistas se manifiestan exigiendo soluciones a los gobiernos ya que el desastre está, sin duda alguna, originado por el nivel de dióxido de carbono en la atmósfera, además del agujero de ozono, claro. Los poetas escriben sin parar acerca de la tristeza de las gaviotas. Los enamorados lloran porque no verán más el atardecer en las playas. Por iniciativa de la “Asociación de Amigos de Julio Verne”, las editoriales imprimen una nueva edición de su libro “20.000 leguas de viaje submarino”. Los pescadores se quedan sin empleo; las redes secas y enredadas se van al fondo y allí se quedan junto con miles de toneladas de basura y plásticos que antes habitaban los mares. Las plantas salinizadoras venden sus reservas a precio de oro. Varias empresas de ocio y entretenimiento ofertan excursiones y visitas a los restos del Titanic. Lo más demandado es la foto en el extremo de la proa, emulando a Kate Winslet y Leonardo DiCaprio.
Los satélites muestran fotografías de La Tierra sin nada de agua. El llamado “Planeta azul” ha dejado de serlo y se ha convertido en un desierto interminable. A la humanidad le queda muy poco tiempo antes de extinguirse.
SÁBADO
Amanece un día primaveral; es fin de semana y la gente se levanta más tarde de lo habitual. Aquellos que viven acompañados se comienzan el día en silencio. Tienen el gesto extraño y se miran de reojo sin atreverse a pronunciar palabra. Los que viven solos hacen sus rutinas pero parecen preocupados y no saben por qué. Solo los enamorados y recién casados se han dado los buenos días y después de darse un beso se han limpiado los labios en la manga con disimulo. Después desayunarán sin pronunciar palabra. En las calles la gente se cambia de acera cuando se cruza con alguien y muchos se vuelven a sus casas evitando la cercanía de otros. En las tiendas y centros comerciales hay un silencio absoluto. La gente camina despacio mirando en todas direcciones y volviendo la cabeza continuamente. Algunos se amenazan e incluso amagan un puñetazo, cuando alguien se acerca demasiado. En todas las miradas hay desconfianza y miedo. En algunas de ellas, se intuye terror. La gente ha perdido la capacidad de confiar en otros.
Los empresarios empiezan a despedir trabajadores porque ponen en duda su profesionalidad. La gente deja de comprar porque se sienten estafados. Los medios de comunicación no confían en las fuentes de sus noticias ni en los reporteros, que tampoco confían en los testigos de los sucesos ni entrevistados. Los políticos y dirigentes rompen las coaliciones y sus discursos son más vacíos y arquetípicos que de costumbre. La gente no se cree nada de lo que dicen y cuestionan la validez de las leyes y normas. Pronto se instaurará la anarquía. Los científicos e investigadores ya no comparten sus descubrimientos y el desarrollo tecnológico se estanca. Los alumnos cuestionan a los profesores y los profesores cuestionan lo aprendido en la universidad. Los pacientes no se fían de los diagnósticos médicos y se automedican empeorando el problema. La gente se siente continuamente amenazada, hay conflictos y agresiones y nadie sale de casa sin un arma. En los juicios, los abogados no creen a sus clientes, el jurado no cree las versiones de las partes y los jueces no se creen nada de nada. Los países en guerra primero intensifican las hostilidades y después las detienen por si el contrario posee armas de destrucción masiva. Las parejas se rompen, los amantes discuten, los matrimonios se separan, las familias dejan de hablarse, los socios se pelean y cierran sus negocios. La gente ya no da “likes” en las redes sociales, que en poco tiempo pierden todos los usuarios. Finalmente la gente, insegura y asustada se queda aislada en su casa. El mundo entero se queda paralizado y todas las estructuras sociales en todos los ámbitos desaparecen por completo. La humanidad ya no es tal. Se ha transformado en –simplemente– unos cuantos miles de millones de individuos abocados a la extinción.
Es la era de las comunicaciones y la conectividad global y total. La paradoja es que sin la confianza de los unos en los otros, todo lo demás no sirve de nada.
DOMINGO
Empieza el día y a esas horas las calles aún están vacías. Hay una tranquilidad que después de todo parece artificial, algo así como la calma que precede a la tormenta. Da la sensación de que el sol es un enorme foco y la ciudad parece un gran decorado. Las puertas se abren y la gente sale de sus casas con decisión y paso firme. De repente, todos empiezan a cantar… como si fuera lo último que harán en su vida, como si no hubiera ninguna otra opción. Sobreactúan, gesticulan, cantan y bailan con elaboradas y vistosas coreografías. Hoy la vida transcurre como un musical de Hollywood.
Todas las conversaciones –incluso las triviales– se transforman en números vibrantes, cualquier lugar se convierte en un colorido escenario que se ilumina y adapta a la temática de la canción, incluso el mobiliario y los objetos y están colocados con precisión para integrarlos en el número musical. La gente que en ese momento está cerca de la acción colabora uniéndose a las coreografías o haciendo los coros. Por la noche, todos los habitantes se reúnen en el centro de la ciudad que albergará un divertido y emocionante espectáculo. Bañados en luces, música y dramatismo la gente regresa a su casa feliz. Terminarán el día sin dejar de cantar, cenando copiosamente, riendo a carcajadas y durmiendo como lirones después de hacer el amor apasionadamente.
Todos los problemas y diferencias se han resuelto cantando, bailando y con la colaboración de los demás. La gente se ha sentido feliz protagonista de su vida que hoy pareció seguir un guión escrito con maestría y originalidad.
LUNES
Amanece el octavo día desde que los días empezaron a ser diferentes. Ayer por la noche, del cielo colorido todavía llovía confetti mientras el tiempo corría hacia atrás y la gente que mentía sin parar se preguntaba dónde estaban los animales y el agua y la confianza y por qué al día siguiente todo parecía el estreno de un musical de Hollywood. Verdaderamente todo había sido muy extraño esa semana. Hoy en cambio, el cielo es azul, el sol está radiante y a primera hora de la mañana la gente camina por la calle sin que aparentemente ocurra nada raro, soñolientos y con el rostro más bien serio, cada uno con una historia que contar.
El primer informativo de la mañana empieza a la hora prevista y habla del conflicto de Rusia y Ucrania, de la guerra de Israel y Palestina, del cambio climático, del hambre en el tercer mundo, de los asesinatos machistas, del aumento de CO2 en la atmósfera, de la deforestación, de la crisis migratoria y económica, de la desaparición de glaciares, del envejecimiento de la población, de los microplásticos, del aumento del nivel del mar, del maltrato animal, de los suicidios en adolescentes, de la pérdida de biodiversidad y de la corrupción política entre otras muchísimas desgracias y desigualdades.
“Menos mal que todo ha vuelto a la normalidad” pensarán muchos al ver las noticias. Y después seguirán con sus vidas como si nada.
Tenía la piel muy blanca, los ojos oscuros y el pelo enredado. Cara aniñada, labios muy rojos, y un colgante largo y afilado de cristal del que parecía salir una luz azulada.
Vengo a por ti –me dijo–
vámonos juntos
al final de los mapas
detrás de los cielos
pero tendrás que dejar atrás
tu cuerpo, tu tiempo.
Se acercó a mí con pasos largos y lentos, se quitó el colgante que ahora casi deslumbraba y sin cambiar la expresión de su rostro lo empuñó con fuerza alzándolo por encima de su cabeza.
Esta noche una luz nueva
vendrá a tu corazón
quiero el último
de todos tus latidos.
Yo tenía un colgante idéntico, lo estaba ocultando en mi mano derecha. Antes de que le diera tiempo a bajarlo y clavármelo, yo ya había seccionado su carótida.
Cayó sin hacer ruido. No sangró.
Ahora tengo dos colgantes y soy invencible. Mis pasos son lentos y largos, aún así, lo único –lo último– que ve la gente antes de venir conmigo son dos luces azuladas abalanzarse contra ellos.
El diablo llora porque le gustaría ser poderoso:
Dejaría sin ojos a la gente, ataría cuchillos en sus manos y sus pies, les obligaría a correr desesperados y luego haría que lloviese alcohol y zumo de limón.
Pero después sonríe, porque ve que la gente es capaz de hacer cosas muchísimo peores.
hacer el silencio
–que no el amor–
para pensar en palabras
que se hicieron realidad
callar, añorar, huir
perder, caer, soñar
y escapar del mundo
–todo fue empezar–
Sentada en mi silla, sobre mi ropa doblada y recién planchada, el hada malvada (que vive bajo mi cama) suelta un sonoro “jaque mate” en su primera jugada. No objeto nada y vuelco mi rey blanco sobre el tablero.
Ella sonríe siniestramente al tiempo que me muestra sus sucios y largos colmillos.
Mientras el hada coloca en posición mi rey y su peón, miro por la ventana cerrada.
–Deja de mirar y juega conmigo–, me dice.
Yo no le digo nada, nunca sé qué decirle. Simplemente, esta vez decido no hacerle caso.
Oigo los pasos de mi hada malvada caminando hacia mí. Sigo dándole la espalda mientras espero, de un momento a otro, sus largos colmillos hundirse bien adentro, en mi cuello. Pero justo antes de que suceda, mi imaginación rompe el cristal de la ventana y siento el viento fresco inundar la habitación.

CINCUENTA Y UNO
Hoy cumplo 51 años. Y todavía no estoy seguro de si son muchos o pocos. Supongo que eso depende de con quién se me compare, dado que como decía mi admirado Einstein, todo es relativo. Y el tiempo todavía más.
El año pasado, tal día como hoy y a pesar de que no soy muy amigo de las celebraciones, celebré mis 50 años. Ese punto exacto en la vida de las personas que parece marcar claramente un antes y un después. Pues tengo que reconocer que yo he estado un año entero fingiendo y actuando como si no pasase absolutamente nada, como si tal punto no existiese en realidad.
Ha sido justo ahora, a los 51 años cuando me he dado cuenta de que por fin he pasado esa línea imaginaria, que después de haber estado medio siglo subiendo –y un año disimulando–, ahora sí, empezamos la cuesta abajo. Y que a partir de ya mismo voy a ir buscando el pedal del freno con más o menos desesperación, dependiendo de una serie de circunstancias sobre las que además no voy a tener ningún control.
Me gustaría encontrarme con mi yo del pasado, con 20 o 25 años –esto es un clásico, a todo el mundo le gustaría–, charlar un rato con él y saber qué le parezco ahora mismo con mi aspecto, si un señor mayor y respetable con pinta de tener dos hipotecas y tres hijos, o bien un hombre maduro pero a la vez moderno y que se cuida. Cuando yo tenía esa edad y mis padres cumplían 51 años los veía mayores, con una vida muy ordenada y encasillada en la madurez y la responsabilidad. Ahora todo ha cambiado y la vida es mucho más permisiva en cuanto a marcar los límites entre juventud, madurez y vejez, existe más margen de maniobra y muchas más posibilidades, así que en ese sentido algo hemos salido ganando los de mi generación.
No sé si el espejo me da la razón o me la quita pues no acostumbro a hablar con él, pero tengo que reconocer que cuando paso frente a uno suelo fijarme en mi reflejo para examinarlo detenidamente y sacarle defectos… Aún así me sigue gustando lo que veo a pesar de los años. Punto a favor.
Pero sí que es cierto que si tuviese enfrente a mi yo joven, no podría dejar de decirle que no es el espejo ni su reflejo lo preocupante de cumplir años. Pues el tiempo, ese que dijimos era relativo es el que verdaderamente cambia las cosas, el que desordena o destruye, el que roba, regala o desdibuja sin ninguna lógica ni criterio –como la mayoría de cosas que suceden en la vida–. Y le diría también que cuando pasen los años tenga la madurez suficiente para entender que todo cambiará y también que esté preparado para recordar. Porque unas veces lo hará con una sonrisa boba y otras veces será una lágrima silenciosa la que le sorprenda.
Hoy precisamente no sé muy bien con cuál de las dos opciones quedarme. Porque hoy cumplo 51 años y no quiero echar la mirada hacia atrás ni tampoco hacia delante. Hoy simplemente cierro los ojos, me paro un ratito en este camino tan extraño, y mientras el tiempo fugaz me adelanta por la derecha, entono el final de la canción del genial Joaquín Sabina:
“Tan joven y tan viejo… like a Rolling Stone”.
Felices 51
Es hora de ponerse triste, me dijiste, reflexiona si quieres pero no olvides.
Sentémonos junto al fuego y lloremos un rato. Y recuerda que no puedes arrojar tu pasado a las llamas, que el olvido es un libro que se escribe siempre en papel mojado
Decidí marchar.
Y cuando ya casi la había olvidado, decidí volver.
Me abrazó.
Y supe entonces que mi libro del olvido se había quedado en blanco.


En mi sueño la playa era azul y se confundía con el mar y con el cielo. El océano respiraba y su cadencia lenta sostenía los círculos en los que volaban las aves.
Vi a lo lejos una figura también azul que acercaba despacio. Parecía un trozo de horizonte que escapó de su línea y echó a volar hacia la orilla justo por encima del agua. Su movimiento parecía irreal como la torpe deriva de un barco, pero era ajeno al vaivén del mar y venía directo hacia mí. Detrás, la ciudad observaba altiva desde lo alto de los edificios grises. Delante, el color azul lo inundaba todo y no quedaba sitio para nada más, tampoco para los sonidos.
Cuando la figura azul llegó hasta mí me rodeó y me arrastró mar adentro. Su abrazo apretaba y dolía, no tengas miedo, me dijo, pero yo sólo tenía frío. Un frío azul que cortaba la respiración.
La línea del horizonte, esa que nunca puedes tocar se anudó en mi cuello. Lo último que recuerdo es el lazo que formó con los extremos. Y supe entonces que me había convertido en un regalo ofrecido al océano, en una bandeja interminable de color azul.


Veo las nubes alejarse. En la caída, mi pelo largo ondea y se estira hacia el borde del precipicio desde donde salté de espaldas hace tan solo un instante.
Despierto en el último momento, justo antes de impactar contra las rocas.
Por la ventana abierta entra una luz azulada. La brisa me acaricia pero al rato, como si fuera una larga mano me obliga a levantarme y salir por la puerta, también abierta.
Una vez en el borde del precipicio, miro hacia abajo y veo mi cuerpo inerte sobre las rocas mientras las olas lo bañan. Tengo ganas de llorar pero la brisa en seguida viene a consolarme. Como si fuera una soga, anuda mi cuello. Cierro mis ojos y salto al vacío.
Despierto justo antes de que la soga rompa mi cuello.
La ventana abierta. La luz azulada. Otra vez. Los dedos largos de la brisa toman mi mano y exponen las venas de mi muñeca. Mi otra mano sostiene una cuchilla de afeitar. Antes de que la hoja corte mi piel, miro por la ventana y veo mi cuerpo colgado de una rama gruesa, mecido por la brisa.
Esa puta brisa, que de nuevo vuelve a despertarme. Otra vez! Y ya van tres!
Me levanto enfadada. Cierro la ventana y la puerta –a saber quién las habrá abierto, si estoy yo sola–.
Vuelvo a mi cama revuelta y harta trato de dormirme una vez más.
Mierda!, me acabo de acordar que dejé el bote de somníferos y la botella de whisky sobre la mesa.
A ver qué coño pasa ahora.
Todas las horas del invierno pasaron de repente, delante de mis ojos. No se despidieron, tan solo marcharon tras una estela de viento frío.
Una de ellas quedó rezagada, cometió el error de mirar hacia atrás, quizá arrepentida o puede que solo quisiera despedirse de mí con la mirada.
Conseguí atraparla, no se resistió.
La llevo conmigo desde entonces. Nadie la ve y yo tampoco, pero siento siempre su fría compañía. Unas veces me toma la mano y el brazo, otras veces anuda mi cuello y mis sueños. Suele nublarme la vista y los pocos recuerdos que tengo del otoño. Me quiere, me olvida; la odio cuando habla y la extraño cuando calla porque a menudo es ella la que sonríe o llora en mi lugar.
No hace mucho la encadené a mi tobillo con eslabones de hielo. Cuesta caminar, pero creo que hice lo correcto.
La última hora del invierno. La que conseguí atrapar y encadenar a mis pasos. Mi eterna y fría compañera.
Es ella, en realidad, la que ha escrito estas líneas.
Siempre supe que tras la tormenta se escondía mi alma. Que el espejo me engañaba, que desde el principio las cartas estaban empapadas, que la tinta llevaba sal y detrás de cada esquina las expectativas tenían la textura de los sueños, el color del recuerdo y el rostro del olvido.
Pensaste que me perseguías pero yo solo huía de mis fantasmas.
Aún así el tiempo pasa. Las alas en mi espalda siguen desplegadas. A veces el viento las mece y alguna pluma arrancada dibuja en el cielo círculos grandes o escribe, lejos de mis ojos, poemas pequeños. Cuando la pluma cae después de volar la guardo en una caja para no pensar en ella. Por suerte su corto viaje llena el hueco que deja.
Por ahí viene otro fantasma y ya no quedan sitios donde pueda esconderme. Me arranco las alas, arrojo mi sombrero y dejo en el suelo el peso invisible que hay sobre mis hombros.
Estrecho la mano del fantasma, le doy las gracias y me voy cantando.
Al fin soy libre.

A lo primero el abismo solo me miraba. Pero ahora, incluso, me habla. Hazme un poema –me dice siempre–. Le gustan tanto que ya voy por el tercer libro. Y aquí sigo, sentado en el borde, escribiendo.
¿Volveremos a vernos? No lo creo. Pero hagamos una cosa. Ya que has venido, quédate un rato conmigo. Hablaremos sin miedo y cantaremos sin voz. Después márchate. Déjame sentado, mirando al abismo, dedicándole poemas. Tengo todavía mucho que escribir: Tu piel, mis heridas, nuestro canto mudo y todas las historias que perdí. Sólo cuando el abismo deje de mirarme seré libre. Entonces buscaré un cielo oscuro al que dedicarle mis poemas.
—¿Qué día es hoy?
—Es sábado.
—Sábado ¿y qué más?
—Sábado y después.
—Eres un redicho. ¿Donde estoy?
—¿No lo sabes?
—No.
—Luego te lo digo. ¿Ves algo?
—No mucho, está oscuro.
—Abre los ojos.
—Los tengo abiertos, listo.
—Entonces espera un poco a que se te adapten a la oscuridad.
—¿Cuánto rato llevo aquí?
—Da igual.
—No, no da igual. Dímelo.
—¿Por qué siempre quieres saberlo todo?
—Es lo mínimo que puedo exigir.
—Te lo explicaré.
—Espera. He visto algo. Un destello.
—¿De qué color?
—Blanco.
—Síguelo.
—Desapareció. Ahora está más oscuro que antes. ¿Donde estás? Tu voz viene desde todas partes.
—Ya hablaremos de eso. Ahora tienes que salir de ahí. Empieza a caminar.
—¿Hacia donde? No se ve nada.
—Ve a la izquierda. Luego a la izquierda otra vez. Y después gira a la derecha. Y si ves algo, dímelo.
—He visto otro destello.
—¿De qué color?
—Rojo.
—Entonces ve en dirección contraria…
—¡Espera! No puedo seguir, ¡hay una pared!
—Da media vuelta y espera a ver otro destello.
—No veo nada. Esto está cada vez está más oscuro. Oye, ¿estás llorando?
—No
—Pues oigo llorar.
—Entonces ve hacia donde oigas el llanto.
—Suena tras la pared ¡no puedo seguir!
—Pues ve a la derecha. Date prisa.
—Estoy cansada.
—Ya descansarás. Venga, vamos.
—¿Por qué no vienes tú y me ayudas?
—No puedo, venga, a la derecha. No tenemos mucho tiempo.
—Eres un cobarde.
—Si, lo soy, pero no te pares, derecha, corre.
—He visto otro destello.
—Da igual, sigue a la derecha, deprisa.
—Era rojo otra vez. Rojo oscuro, del color de la sangre.
—Huye de él, no lo mires.
—Blanco sí, rojo no… Estoy harta de tus manías.
—Lo sé, pero hazme caso por una vez. Vete de ahí o te alcanzará y no podrás salir.
—¿Hacia donde? ¡No veo nada!
—Derecha. Y luego izquierda. Después de frente y luego izquierda de nuevo.
—Oigo pasos. Algo se acerca.
—Corre, no te pares. ¡Queda poco tiempo!
—Tengo frío. Quiero que vengas y que me abraces. Quiero que me hagas el amor toda la noche.
—No sabes lo que dices. ¡Cállate y sigue andando!
—Algo me sigue muy de cerca. Ven, por favor, defiéndeme…
—¡Vete de ahí! Por favor.
—Voy a gritar si no vienes.
—Yo voy a llorar si no te vas.
—Te quiero.
—¡Mientes!
—Te quiero mucho.
—¡Cállate!
—Olvida lo que ocurrió. Ven aquí y fóllame hasta que amanezca.
—¡Sal de mi cabeza!
—Nunca me iré de aquí. Estaré contigo hasta que mueras.
—¡Sal de mi cabeza de una puta vez!

(DOMINGO Y DESPUÉS)
—Veo veo
—¿Qué ves?
—Una cosita
—¿Con qué letrita?
—Con la “O”
—¿Olvido?
—¡No! ¡Obsesión!
—No tienes compasión
—Lo sé. Me encanta.
UN LUGAR SEGURO

era el mar, dijo la luna
era tierra, dijo el sol
era un ángel, dijo ella
era vuelo, dije yo.
era viento, dijo el día
era agua, dijo el amor
era luz, dijo la noche
era un cielo… y dijo adios.

En memoria de Isa
Tengo un secreto que quiero contarte.
Es un secreto que guardo muy bien aunque todos los días lo cambio de sitio para que no se acomode. Por la mañana lo escribo para que no se me olvide, por la tarde lo canto para que no me haga daño y por las noches lo saco a pasear para lucirlo bien, colgado de mi cuello.
Forma remolinos grandes y espirales pequeñas, está en todas partes y si no se muere acabará matándome porque nunca fui su dueño sino su rehén.
Mi brillante secreto de plata y de oro, que muerde en primavera y quema en otoño; hoy toca sacarlo de su escondite y echarlo a rodar calle abajo.
Si se cruza en tu camino será mejor que no lo toques porque te convertirá en estatua de sal.
A mí me ha convertido en caballito de mar.
Y he terminado rodando, calle abajo.
CUANDO LLEGA EL CALOR…
Un caluroso día de Agosto, la gente maldijo el verano. Por el calor, por el sudor, por la aglomeración de las playas, por las picaduras de medusa, por el estrés de las vacaciones. El comité de sabios terminó prohibiéndolo por el cambio climático y el deshielo, pero en realidad, uno de los sabios no durmió por el calor, otro amaneció con el cuerpo lleno de picaduras, otro se quedó sin vacaciones porque no se puso de acuerdo con su mujer, otro bajó en el ascensor con un vecino que no se había duchado y el último no era capaz de quitarse de la cabeza aquella puta canción que decía: “cuando llega el calor, los chicos se enamoran, es la brisa y el sol…”
A finales de Agosto el verano, avergonzado y decepcionado, había huido de La Tierra. El Sol a partir de ese día pareció dibujado en el cielo, un trampantojo de luz artificial y lánguida. Los ríos se congelaron al poco tiempo y desde el aire parecían enormes serpientes de hielo –las serpientes y todos los demás animales de sangre fría murieron– y los océanos se utilizarían a menudo como pista de aterrizaje cuando los aviones tenían alguna emergencia.
El infierno se apagó, el Diablo huyó y dejó las almas congeladas y a los demonios muertos de frío, con manoplas y orejeras. “Esto no es serio”, se decían mientras se arremolinaban junto a las calderas que sin dejar de arder, no calentaban nada de nada.
El paraíso que Dios reservaba y cuidaba para los justos se cubrió de escarcha, la niebla lo envolvió y sus habitantes, helados de frío y sin ninguna ropa que ponerse maldecían su suerte y se sentían engañados.
El 21 de Junio sería declarado, a partir de entonces, festivo mundial.
Aún hoy puedes ver a la gente prendiendo hogueras en la noche de San Juan –no para saltarlas, sino para calentarse un poco–, mientras hablan durante horas y añoran el Sol, las vacaciones, los chiringuitos y las piscinas. Después se preparan raves donde ya no suena música house ni techno sino antiguos éxitos veraniegos y la gente se emborracha mientras baila hasta el amanecer, al ritmo machacón de aquella canción que decía “cuando llega el calor, los chicos se enamoran, es la brisa y el sol…”
Abril saltó en mil pedazos y durante varios meses fui encontrándome los trozos.
Unos pocos eran preciosos, los recogí.
Otros ya no estaban, alguien se los llevó.
Algunos echaron raíces, ahí los dejé.
Pero sé que hubo fragmentos que saltaron hacia atrás y se perdieron para siempre porque no soy capaz de recordarlos.
Creo que Agosto también saltará en pedazos porque ahora voy encontrando los trozos que caerán hacia atrás.
No sé qué hacer con ellos.
¿Los quieres tú?
El tiempo se me echó encima, los lobos de la pared, las ratas del espejo y los monstruos del armario. Hasta el hada malvada que vive debajo de mi cama y la serpiente que me abraza y lame mis heridas.
Cerré mi libro y abrí la puerta, pero vi la ventana rota y escapé por ella.
La caída no dolió, aterricé en una nube de tormenta.
A veces llueve, a veces lloro.
Cuando brille el sol, no antes, caeré al vacío.
No es la arena de un reloj la que hace que el tiempo se marche.
Aquella noche de Otoño presagiaba tristeza pero aún así, decidí seguirte.
Bailamos pegados y con los ojos cerrados, cegados por las luces. Cuando la música paró, te fuiste caminando del brazo de mi mejor versión.
Todo lo que sube se olvida y luego, con suerte, se sueña. En la primera hora del segundo día, te cansaste de pensar.
No volví a seguirte… ¿para qué?
A veces regreso al mismo lugar y bailo solo, bajo las mismas luces.
Después caigo en espiral por la arena de mi tiempo.
EL ÚLTIMO RECUERDO
El último buen recuerdo
de la Madre Tierra
–antes de morirse de pena–
es la Primavera
Y nosotros, pobres idiotas
todavía celebramos
su llegada
–Tengo un libro de tapas oscuras.
–¿Lo escribiste tú?
–No. Me lo regalaron. Desde entonces lo leo todas las noches.
–¿Qué es eso? Lo que está dibujado en las hojas
–Espirales y garabatos.
–¿Se están moviendo?
–Sí. Quieren salir para morir.
–¿Cómo lo sabes?
–Lo he leído en el libro. Son culpables, además.
–¿Culpables de qué?
–De todo. ¿No lo ves? Las letras son arañas, las líneas mentiras y las hojas mortajas.
–¿Y las historias que cuentan?
–Esas son desgracias.
–No será para tanto.
–Sí que lo es.
–No. No te has dado cuenta de que eres tú el que escribe las historias por el día y las lees por la noche.
–Eso no es cierto. El libro siempre estuvo escrito y lo leí tantas veces que me lo sé de memoria. Puedo recitarlo de carrerilla.
–Ya. Puedo oírte algunas veces.
–Anocheció. Voy a leer. Otra vez.
–No lo hagas, ya no hace falta.
–No sabes lo que dices. Necesitamos un guion. El guion del libro.
–El libro está en blanco. No hay guion. Los garabatos y las espirales las hiciste tú. Cada día y cada noche te enredas un poco más.
–No te creo. Es el libro de nuestra vida. Tenemos que seguirlo hasta que lleguemos a la última hoja. La que hará de mortaja.
–No hace falta. El libro no existe. Eres más libre de lo que piensas.
–No sabes lo que dices. Cállate y lee conmigo. Sigue los garabatos y las espirales. Hazte pequeño para caminar por ellas.
–Cierra el libro. El otoño se acerca. Las hojas caerán y serás libre.
–No puedo. Ya es de noche. Y el día se acerca. Va a pasar otra hoja, otra historia, otra mentira, otra desgracia.
–Sal de la espiral. Aún hay tiempo.
–No puedo. Yo soy la espiral.
–Dibujé alas en las hojas. Salta. Todavía puedes.
–Ven conmigo, no me dejes sólo.
–Despierta, sólo es un mal sueño.
–No te veo, no te oigo. Un garabato me cogió del cuello y me metió dentro.
El libro se cerró y con las alas que dibujé salió volando hacia las nubes de tormenta.
A veces me acuerdo de mi amigo y estoy seguro de que él también me recuerda. Sé que todavía lee por la noche porque yo escribo por el día. Y que a veces me escucha cantar de igual manera que yo le oigo llorar.
Cuando llega el otoño el viento me hace llegar una hoja con un garabato o una espiral. Entonces busco un rayo de sol, el más luminoso y escribo con él un verso que hable sobre libertad, para que esa noche pueda leerlo y al día siguiente piense que si él quiere, todavía puede escapar del libro que lo tiene preso desde que nació.
Nada es inmutable, dicen.
Las personas tampoco.
Algo pasó o cambió.
Cicatrizó? No.
Se agrietó.
Porque una cicatriz es prueba de progreso, de resolución, de superación.
Pero busco las mías y no las encuentro. En mí todo se añade, se acumula, se ensancha y se aleja, sin que un tejido nuevo lo sustituya.
Yo no tengo cicatrices, tengo grietas… y son mucho peores.
Un día soleado, vi que llovían diamantes, brillantes y cuarzos transparentes que dispersaban la luz en bonitos colores… Salí de casa para bañarme en sus reflejos multicolor –para qué si no–.
Volví cortado, tembloroso.
Envuelto en sombra y en frío.
Llovieron recuerdos, palabras y frases que parecían cristales que parecían diamantes. Formaron remolinos afilados, antes de volverse líquidos y desaparecer.
Cerré las heridas con sueños.
A veces imagino destellos de color, allí donde había recuerdos que parecían diamantes que fueron cristales.
Años más tarde supe que
mi “quizá” era imposible.
Sólo había un intento,
pero tuve frío y tuve miedo
del hueco que quedaba.
Lo cubrí con sueños,
cerré los ojos y
conté hasta mil.
Todo ello para no
pensar en nada más.
Mi quizá era imposible,
impensable,
el único y el último.
El antes y el después
del ‘puede que tal vez’
se hundió sin hacer ruido,
pesaba demasiado.
Ahora ya no pesa,
ya no está,
ya ocurrió
y ni siquiera
lo recuerdo.
Pero duele todavía.
Todo estaba pensado
escrito y dibujado:
El más bello
de los laberintos
jamás construido.
Con una puerta cerrada
a la que llamar en vano,
una ventana abierta
por la que poder gritar
y unos ojos muy tristes
por si quería llorar.
Todo sigue su orden,
camino en el sentido
de las agujas del reloj.
Pero persigo mi sombra
sin poder alcanzarla:
a una esquina y media
y a una melodía
de distancia.
En el más perfecto
de mis laberintos,
diseñado y erguido
sobre un buen poema
bajo un mal sueño.

Huyendo de mi sombra
hacia ninguna parte
con mi sombrero de lluvia
de ala ancha
y perfil estrecho
junto a los 4 elementos
–mojado, enterrado
abrasado, disperso–
Recogí mi trofeo
–abollado, oxidado, polvoriento–
de boca ancha
de base estrecha
y lo mostré al cielo
–al viento, al agua, al frío–
justo antes de esconderlo
Hoy decido
sacarlo del cajón
y guardarlo en el armario
¿Quieres verlo?

CONGELA A ESOS IDIOTAS
Suelo estar en las alturas, por eso cuanto más te eleves más frío tendrás. Pero a veces la Madre Tierra, que está harta de vosotros, me da libertad para bajar a la superficie. “Congela a esos idiotas”, me dice enfadada con lágrimas en los ojos. Se me rompe el corazón cuando la veo llorar, así que cumplo su orden, enfadado yo también.
Entonces voy a por vosotros…
Tratáis de vencerme con calor artificial pero yo, que siempre estoy por encima, oculto el sol y os azoto con mi viento helador. Tengo más formas de molestaros; unas veces os cubro de nieve, paralizo las ciudades y borro los senderos de los bosques –para que os perdáis– otras veces me lanzo con rabia en forma de hielo para arruinar las cosechas y en ocasiones os empapo con lluvia fría para veros corretear y refugiaros bajo vuestros paraguas negros. Demuestro mi furia con rayos y truenos, hago que la noche oscura caiga pronto para que os encerréis en casa. Además odio la Navidad, por eso es cuando os castigo con mayor intensidad.
Ha llegado mi turno y ya estoy entre vosotros, escondeos, huid como cobardes, pero no podréis libraros de mí.
Desprendidas las hojas
de un libro ya leído
Desprendido el silencio
de las palabras escritas
Desprendidas las ramas
que murieron en Otoño
Desprendido el pelaje
que me abrigaba en Invierno
Desprendidas las horas
del día que terminaba
Desprendida la culpa
sobre mis hombros desnudos
Desprendida la vida
por mi reguero de ausencia
Desprendida la careta
aquella que sonreía
Desprendido desde entonces
desprendido incluso ahora
Desprendido… vivo, duermo, sueño
desprendido… hasta que muera
Esperaba la niebla, contando hasta infinito con los ojos cerrados. Quería diluirme en ella y marchar juntos, muy lejos.
La niebla vino pero yo estaba dormido. Lloró sobre mi hombro y se fue sola.
Desperté con el hombro mojado, después de soñar con ella.
Seguí contando hasta infinito –con los ojos abiertos, para no dormirme–, esperando que volviera.
* * * * *
Hace tiempo que terminé de contar y la niebla nunca regresó.
Lo único que conservo de ella son las lágrimas que dejó sobre mi hombro.
Como las mentiras -y algunas verdades- hay historias que se cuentan y otras que no. Detrás del silencio que envuelve esas historias algunas veces hay dolor o vergüenza, pero en ocasiones se oculta una bonita añoranza. En ese caso las historias, como los muertos o como los sueños, hay que recordarlas de vez en cuando para que no acaben en terreno del olvido.
Mi historia, que en realidad era mi sueño, la callé, la olvidé y la enterré bajo la mentira -porque las verdades como puños siempre duelen si golpean la conciencia-. Pero entonces, cuando un viejo recuerdo llueve del cielo o cae de una estrella, es mejor cobijarse o apartarse porque si te alcanza, además de a la conciencia, el golpe va directo al corazón.
Cuando me cruzo con el olvido
vuelve la cara para no mirarme
cierro los ojos y los oídos
tuerce el gesto y aprieta los dientes
Contengo las ganas de girarme
porque sé que siempre marcha
altivo y orgulloso
Me crucé con el olvido un día más
sangraba lágrimas y yo también
los dos miramos hacia abajo
siguiendo el rastro que dejó el otro
Cuando no quedó ni rastro ni camino
ni pasos ni tropiezos
de nuevo volví a recordar

Se marchó por la ventana abierta, la que daba al mar. La vi alejarse rápido y pronto se convirtió en recuerdo. Brisa y rocío iban a ocupar su lugar pero a pocos metros se detuvieron, formaron una bella figura y quedaron congelados en el aire.
Todas las mañanas abro la ventana y contemplo la figura recortada en la claridad, sus trazos finos como brazos extendidos hacia mí pero sin llegar a alcanzarme. Respira, susurra y canta como una sirena enamorada. Yo la miro –también enamorado– y absorto la escucho, tan cerca de tocar su voz. A punto de sentir el abrazo de su aura plateada.
Un día abrí mi ventana, la que daba al mar.
No quedaba nada. Ni la brisa ni los trazos, ni la voz ni la canción. Todo era silencio. Vacío.
Un día no pude abrir la ventana.
Hoy, tan sólo puedo recordar.
mi peor acierto, mi mejor error
raíces expuestas y flores enterradas
la voz callada, vibrante silencio
espejos opacos, reflejos en paredes
el viaje que nunca empezaba
todavía no ha acabado
salta hacia atrás, corre hacia abajo
cierra los ojos para mirar lejos
los oídos sordos para no gritar
una mentira más que sincera
ayer lloramos para no sentir
hoy reímos para no recordar
escribo en blanco, duermo pensando
en noches claras y luces oscuras
andar despacio, correr deprisa
volar parado, parar con prisas
una bola de billar
en un tablero de ajedrez
empieza la anti-partida
Cortante y brillante
el aire congelado
Cuesta caminar
duele respirar
Abrir la puerta
caer despacio
Saber e ignorar
todo es empezar
La vuelta del revés
las voces que miraban
El cristal que cubre mi memoria
Todo es tan real como los sueños
Despierta

Las mareas son los latidos del mundo, a su merced dejo mis pedazos. Lenta, mi cadencia y la canción de mi cabeza cuando dejó de sonar –o de soñar–.
Me llama la marea, también es mi latido, mi sangre y las horas que me faltan para irme despacio, tras ella.
No miraré atrás, que ya no queda nada.
Confundí las sombras con destellos.
Me voy tras ellos.


Coje mi maleta y tírala bien lejos, quiero ir sin equipaje a mi nuevo hogar. Los libros que leí, las frases que dijiste, todo lo que sé y todo lo que creo se quedará aquí. No llevaré nada, salvo algo de vacío con el que pueda envolverme como si fuera un regalo. También algo de tiempo para poder malgastar y mis juguetes rotos para bailar con ellos por si suena música triste.
Coge mi maleta y tírala bien lejos, que el tiempo se me acaba –no queda casi nada–.
Cuando vuelva, si es que vuelvo, no quieras consolarme y no preguntes nada, tan sólo coge mis pedazos y escribe en ellos la historia de mi vida. Cuando lo hayas hecho entierralos bien hondo y deja que la lluvia caiga sobre ellos…
Sólo entonces será cuando pueda sentirme libre.
Fui príncipe despintado
vestido de azul
sapo feo y gordo
en charca de ciudad
Jugamos al ahorcado
con tu melena rubia
y a las canicas con
mis ojitos de cordero
Planté flores detrás
de cada esquina
para que tú no las vieras
y perdí todas las noches
viéndolas crecer
Los miedos venían envueltos
en sábanas de fantasma
todos los días corría
con zapatillas de tacón
Fue bonito y horrible
ver la boca del lobo
con colmillos de cachorro
El tiempo libera y aprieta
sonríe y ahoga
te enseña la lección
llamándote idiota
y lo deja todo
perdido de arrugas
Desde los tejados
agarrado a las antenas
contemplo mi obra
y la lluvia caída
tras las esquinas
las flores muertas
que nadie recogió
Ayúdame a buscar
un antídoto
contra mí mismo,
un pasadizo
para huir de mi cabeza,
un doble filo
que libere mis mitades…
Y parecer por fuera
lo que soy por dentro.
Necesito un hobby
para emplear mi tiempo
y distraer mi mente
Catador de venenos
aprendiz de fakir
equilibrista ebrio
domador de tiburones
pintor de casas encantadas
o ayudante de bruja medieval
Además de tus uñas en mi piel
quiero unas garras
hundiéndose en mi carne
Me cansé de mi oficio
y de mi don
Soñador de imposibles
dibujante de vuelos
pensador de laberintos
constructor de dudas
Me aburrí de otear infinitos
y vigilar estrellas fugaces
Vente conmigo
será divertido
saltemos juntos
al vacío existencial
y bailemos claqué
bajo el fuego cruzado



Qué día tan chulo que hace, aquí en el jardín del Edén… Ese sol, ese calorcito, ese cielo azul y despejado adornado por esas nubecitas tan delicadamente esparcidas al azar.
Pedazo de vista hay desde aquí: Ese pequeño lago, esas montañas lejanas, ese fulgor, ese verdor, esa frescura… ¡Qué pasada! Parece un paisaje pintado por un impresionista, Monet o Renoir.
Mirad los leones y los cervatillos.
Los tigres y los corzos.
Los cocodrilos y las cebras.
Qué tranquilos están.
En paz y armonía.
Todos durmiendo tranquilamente.
No hacen otra cosa en todo el puto día.
¡Qué aburrimiento! ¡Por Dios! Qué coñazo es esto a veces.
Lo más interesante que puede pasarme aquí es que la brisa, que a veces sopla, me balancee. Un poco, no os vayáis a creer.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, colgada de este árbol que parece la perfecta perfección. Incluso parece que irradia luz, el árbol y todo lo demás. Mires donde mires hay brillos, reflejos y destellos opalescentes… Aquí es que todo es tan puro, tan intenso y tan refinado que a veces agobia.
Pero ahora fíjate en mí, por ejemplo: Mi piel suave, con su brillante rojo intenso y las motitas blancas como el rocío del amanecer del primer día de primavera, y ese rabito tan fino y gracioso con el que me agarro al árbol…
¡Qué guapa que soy, por favor! ¿No te mueres de ganas por morderme y saborearme? ¿No darías lo que fuera por hacerlo? Pues ella no, o al menos, no lo parece.
Eva, creo que se llama. Viene siempre desnuda. Con su piel suave y su pelo largo y ondulado del color del Otoño, con sus pies pequeños y sus manos de pianista; sus ojitos azules y esos hoyuelos que se le marcan en su carita al sonreír… Y esos pechos pequeños con sus pezones oscuros y afilados que se mueven garbosos en cada paso. ¡Ufff, cómo me pone!
Viene todos los días con él, su marido, su novio o lo que sea. Peludo, grande, bruto y con todo colgando groseramente. ¡Qué mal me cae, el palurdo! A saber en qué gilipollez estará pensando… en fútbol o en cerveza, seguro.
En cambio ella, mírala, observando, meditando, con esa mirada lejana y melancólica. Seguro que por las noches lee a Stendhal o Pessoa y piensa en el movimiento planetario o en la importancia del Mindfulness.
Pues siempre vienen, me observan y después se van. Una vez ella estuvo a punto de hacerlo. Tocarme, cogerme. Casi pude oler su piel. Yo creo que huele dulce, a algodón de azúcar o a dulce de leche.
Algún día dejará al paleto con el que va y entonces me cogerá, me morderá y seré suya… y será mía.
* * * * *
Otro día más, tan maravilloso y perfecto, tan luminoso y primaveral.
Exactamente igual que todos los demás.
Ni siquiera hay moscas, avispones o gusanos que horaden mis entrañas.
¡Esto es insoportable!, si no me ocurre algo pronto me volveré loca.
Evita, mi amor… ¿Dónde estás? Ven conmigo, por favor…
Tengo que hacer algo.
—¡Hola señora Serpiente!
—Sssssss!!!
—Aquí arriba, la manzana, las verdes no, la roja brillante, la de las motitas blancas.
—Sssssss!!! Sssssss!!!
—¿Quieres jugar a un juego conmigo?
—Sssssss!!!
—Es muy divertido, ya verás qué bien lo pasamos
—Sssssss!!! Sssssss!!! Sssssss!!!
—Mira, es muy sencillo, vamos a jugar a que tú eres muy lista, que sabes mucho de este lugar y no tiene secretos para ti.
—Sssssss!!! Sssssss!!!
—¡Perfecto! Yo seré un árbol prohibido y tú te llamarás, por ejemplo, Satanás. ¿Qué te parece?
—Sssssss!!! Sssssss!!! Sssssss!!!
—¡Muy bien, pues empezamos a jugar! ¿Ves a esa pareja que está ahí tumbada?
—Sssssss!!!
—Pues tienes que decirle a la chica exactamente lo siguiente…
Llevo colgada de esta rama un montón de años, con una perspectiva inmejorable.
No me aburro lo más mínimo y me encanta lo que hago: observo, pienso y vuelvo a observar. Estudio alternativas, las comparo y memorizo la que creo correcta.
Concentrada me fijo en el vuelo de los pájaros, en cómo ascienden y cómo descienden, miro cómo cae la lluvia, como sube el humo…
Atenta veo a la gente jugar, bailar, saltar, caer, pelearse y llorar. He visto muchas lágrimas precipitarse contra el suelo.
Por las noches hago lo mismo, miro las estrellas, los planetas y la luna. Memorizo las órbitas y trato de anticiparme a ellas para predecir los eclipses… y nunca duermo, es una completa pérdida de tiempo. Prefiero observar, comparar y memorizar. Una a una, recito mentalmente mis teorías y ya tengo unas cuantas. Ojalá pudiera apuntarlas y hacer unos tratados. Pero es imposible, yo sólo soy una manzana.
Los de ahí abajo están bastante atrasados aún, lo sé. Llevo mucho tiempo observándoles también a ellos y creo que les falta… perspectiva e imaginación. Dan por supuesto muchas cosas y esto no funciona así.
Aunque hay un joven que viene por aquí cada pocos días, tiene los ojos oscuros, el rostro afilado y una cabellera grisácea. Siempre viene solo y se muestra pensativo. Hace lo mismo que yo: observa, piensa, reflexiona y después se marcha por donde ha venido. Pero él puede escribir y tiene mucha suerte de poder hacerlo. Me gusta ese joven, es diferente al resto. Me gustaría hacer algo por él, porque tengo la sensación de que busca algo y no acaba de encontrarlo.
* * * * *
He dejado de observar el mundo, las estrellas, los elementos. Las conclusiones a las que he llegado creo que son correctas: ya sé qué fuerza tira de mí hacia abajo y qué otras rigen todos los movimientos, comprobé, sólo con minuciosa observación, que todas ellas se pueden aplicar a todos los niveles, a las cosas pequeñas y cotidianas, pero también a las cosas grandes e incluso a escala planetaria.
Hace tiempo que me dedico a observar al joven que todos los días viene aquí.
Continúa meditabundo, sigue mirando y observando… me he fijado que mira las mismas cosas que yo y del mismo modo. Creo que está a punto de llegar a las mismas conclusiones a las que yo llegué en su día, pero no termina de hacerlo.
Mira, ahí está, acaba de llegar de nuevo. Se ha sentado a la sombra de mi árbol. Lo tengo justo debajo, en mi vertical.
Este joven necesita un golpe de suerte. Una evidencia. Y voy a dársela.
—¡¡¡ Banzaaaai !!!
Al pasar la barca…
Me dijo el barquero…
Las niñas bonitas…
No pagan dinero…
Yo soy muy bonita…
Y así quiero ser…
Me guardo el dinero…
Una y otra vez.
¿Os gusta la canción que he escrito? Seguro que sí.
Soy la manzana más bonita del reino, no hay otra como yo. Mirad mi piel, roja y brillante como un rubí recién pulido por las manos de un maestro joyero. Tersa, suave y sabrosa, como una joven princesa casadera que creció entre sábanas de la mejor seda. Y ¿qué me decís de esa hojita tan graciosa?
Todos se mueren de ganas por saborearme, pero en realidad no se atreven a mancillar este despliegue de belleza, que es un auténtico regalo para la vista de todos.
Ni siquiera ella se atreve: La Reina.
Todos los días se planta frente al espejo y le hace la misma pregunta: “Espejo, espejito, ¿quién es la más bella del reino?”.
El espejo no le responde, obvio, soy yo quien lo hace, poniendo mi voz más ronca y profunda le contesto: “Tú, Mi Reina, tú eres la más bella”, así se queda tranquila y contenta, se quita de en medio y… entonces yo puedo disfrutar de mi belleza, de mi maravilloso reflejo en el espejo.
Me encanta verme, estaría haciéndolo todo el día.
Mi reflejo y yo. La perfecta simetría. Prodigiosa conjunción.
* * * * *
Estoy muy preocupada ya que se dice por ahí que hay una joven muchacha que es muy guapa, Blancanieves, dicen que se llama. Esto no me gusta.
La reina también anda muy preocupada.
Pero lo peor de todo es que, para resarcirse, se pasa muchas horas frente al espejo y ¡yo no puedo verme en él!
* * * * *
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Esto no puede ser!
Dicen ahora que Blancanieves es la más guapa del reino, mucho más que la reina.
Pero… ¿será más guapa que yo? No quiero ni pensarlo…
Voy a cantar mi canción, para olvidarme un poco de todo:
Pretty woman, walking down the street…
Pretty woman, the kind I’d like to me…
* * * * *
Esto es el final, se ha terminado todo: Estoy empezando a arrugarme.
Mi piel perfecta se está llenando de estrías, marcas y pliegues. Al principio eran casi imperceptibles, yo pensé que era el espejo que estaba sucio… Ahora, día a día, las imperfecciones se hacen cada vez más evidentes, incluso mi hojita está enrollándose y empieza a apuntar hacia abajo.
La reina está también desolada, es incapaz de olvidarse de Blancanieves. Habla de ella todo el día. La odia con toda su alma… Y yo también.
Seguro que mi desgracia es por su culpa, seguro que ha lanzado algún hechizo o maleficio contra la más guapa, que era yo.
Le hago sombra y lo sabe.
Quiere quitarme de en medio.
¿Cómo no se me había ocurrido antes? Tengo que darme prisa antes de que sea demasiado tarde.
Esta es mi oportunidad. La reina viene a “hablar” otra vez con el espejo.
La Tierra es una manzana verde. Es muy grande, inmensa y yo soy una réplica exacta, pero a muy pequeña escala. Si pudierais verla desde la distancia, veríais que los continentes, los mares y las montañas están sobre su piel, pero lo que más os llamaría la atención es su color verde, que es precioso.
Y, por si no lo sabéis, rota sobre sí misma y también alrededor del sol, que no es otra cosa que una gigantesca y descomunal calabaza envuelta en llamas. Aunque, como está tan lejos parece a simple vista del tamaño de la luna que, en realidad, es una uva blanca, esférica y perfecta, bastante grande. La manzana tiene un rabito y una hojita que son del color del cielo y no pueden verse, pero son los responsables -especialmente la hojita- de que a veces la luna -la uva blanca- se muestre entera o por el contrario parezca que crece o mengua. Se trata de un efecto óptico curioso, dependiendo de si la hojita la tapa o no.
Os contaría más curiosidades pero ahora no tengo mucho tiempo. Estoy sobre la cabeza de un niño, ambos completamente inmóviles y apoyados en un árbol. Su padre, que es un arquero llamado Guillermo Tell, está apuntando exactamente hacia mi centro y en cualquier momento soltará la flecha.
Así que, vamos a volver a la gran manzana, que es La Tierra.
Lo que he querido decir con toda esta introducción es que La Tierra, al contrario de lo que piensan algunos, no es plana. ¡Es redonda! Y, aún en distancias como ésta, tiene una pequeña curvatura. Esto es importante y espero que Guillermo lo esté teniendo en cuenta, de no ser así, el tiro puede salirle alto.
Espero también que tenga en cuenta la brisa que sopla por la derecha, eso es más preocupante porque es imprevisible. La flecha pesa poco y es muy susceptible de ser desviada. Confío en la capacidad de Guillermo para acertar en mi centro sin rozar a su hijo. Lo que realmente me preocupa es la distancia a la que va a disparar, demasiado lejos como para tener garantías de nada, incluso para el mejor arquero del mundo.
El gobernador, que es un ser ruin y despreciable, es quien ha montado este tinglado. Ni me molestaré en hablaros de él, tan sólo comentar que es un miserable con el ego elevado a la enésima potencia. Al final, y por su culpa, la única opción de que todo salga bien es que la flecha me de a mí en la mitad y caiga al suelo partida en dos o atravesada y clavada al árbol que tenemos a nuestra espalda. Si falla el disparo y le da al niño… no quiero ni pensarlo. De igual forma, si el disparo es errado y la flecha pasa de largo o se queda corta, apresarán a Guillermo. ¡Y no deseo ninguna de esas dos cosas! No quiero que le ocurra nada malo a esta familia. Llevo varios días con ellos y me han cuidado muy bien. Me divierto mucho, sobre todo con el niño. A menudo me frota para sacarme brillo, me hace cosquillas y… ¡eso me encanta! Otras veces me impulso -pues tengo un ligero margen de movimiento- y salgo rodando por la mesa, él me coge cuando ya he caído por el borde, en el momento justo, antes de estrellarme contra el suelo. Es muy divertido… por ello hubiese querido terminar mis días alimentando a esta familia, para mostrarles mi agradecimiento… Pero no ha podido ser. La suerte está echada y sólo queda esperar.
Un momento.
Silencio.
Está a punto de disparar.
Lo sé porque ha empezado a aflojar los dedos que sujetan la cuerda tensada al máximo. Arquero, arco, cuerda y flecha van a dejar de ser un solo bloque en cualquier momento.
Ha soltado la cuerda… ¡la flecha sale disparada a gran velocidad!
Bien, va bien…
El tiro ha salido desviado a la derecha, lo ha hecho para compensar el viento que sigue soplando.
La flecha se acerca dibujando una curva muy abierta.
Bien, esto pinta bien.
Me dará justo en la mitad.
¡No, no, no!
¡El viento se acaba de parar!
¡Justo cuando faltaban unos metros!
¡Se está desviando!
¡Mierda! ¡Mierda!
¡El puto viento!
¡El tiro sólo rozará mi costado derecho!
¡Tengo que hacer algo!
¡Impulsarme a la derecha!
¡Para que la flecha me acierte en el centro!
¡Puedo hacerlo! Como cuando juego con el niño…
¡La flecha ya casi está aquí!
¡Sólo basta un impulso a la derecha!
Uno…
Dos…
Y…
¡Hasta siempre familia!
No tengo la culpa de ser una romántica.
Me hubiese gustado ser la manzana mordida de un bodegón, esas pinturas coloridas de fondo oscuro que transmiten serenidad o incluso erotismo. Porque, si me hubiera retratado Caravaggio o Zurbarán, te aseguro que morirías de ganas por morderme y me desearías casi tanto como a los labios rojos y carnosos de la mujer más voluptuosa.
En ese caso, y expuesta en una lujosa galería de arte, con mis colores y mis artísticos claroscuros, sería fotografiada, admirada y deseada durante cientos de años por varias generaciones. Porque, ¿a quien no le gustaría ser una obra de arte?
Pero no. Soy del tamaño de una uva pasa y ni siquiera tengo color. Tengo un brillo metálico, plano, frío y extraño, porque mi forma no se corresponde con la realidad de una auténtica manzana mordida.
Diseñada, supongo, por un imberbe y unos programas llamados “Autocad” y “Photoshop” (que no sé ni lo que son), fui serigrafiada de forma nada artesanal en la trasera de un pequeño objeto metálico.
Se dice que estos objetos son inteligentes, pero, por lo que he podido comprobar y comprender, sus dueños, con ellos en las manos, se comportan de forma irracional, estúpida, y olvidando el mundo real, concentran la mayor parte de su existencia en la pequeña superficie lisa y luminosa que absortos no dejan de toquetear.
Dicen que soy un logo (qué palabra tan tonta, por favor), muchos me admiran y desean pero no de la forma que se hace con una obra de arte auténtica. El arte perdura en el tiempo y se vuelve inmortal, mientras que estos cacharros tan sólo duran dos o tres años.
No tengo la culpa de ser una romántica, de tener Bluetooth en lugar de piel y 128 Gigas de RAM en lugar de sabor. Y sin embargo, sueño cada noche (sólo cuando mi dueño me deja en paz) que soy la manzana más bonita y realista del más bello bodegón, que el más grande de los artistas tardó años en pintar.
Los tiempos han cambiado mucho. En los últimos siglos, tan solo hacía falta pronunciar mi nombre y la gente se asustaba, incluso huían despavoridos. Había una corte de exorcistas e inquisidores, la propia iglesia parecía dedicada en exclusiva tan solo a contrarrestar mi poder y ensalzar a Dios. Recuerdo las pequeñas aldeas presas del miedo y la superstición, los aquelarres de brujas donde yo me manifestaba para que unos me adorasen y otros me temieran.
Recuerdo también los rituales y los pactos que los más valientes hacían conmigo para venderme su alma a cambio de riquezas, amores o poder.
En aquellos buenos tiempos, mi trabajo era muy sencillo de realizar. Pero ahora la gente se las sabe todas y está de vuelta de todo. Las brujas, por ejemplo, salen en la tele o en Youtube y son admiradas, no temidas. ¿Dónde se ha visto eso? Son las consecuencias de la vida moderna, los avances, el conocimiento –desconocimiento diría yo–, la comunicación, la conectividad y todas esas cosas. Además ahora todo el mundo va por ahí con una cámara en el móvil y si yo apareciese con mi aspecto natural, la gente en lugar de huir me grabaría y al día siguiente habría cientos de memes y chistes con mi cara circulando por la red. Y eso no puede ser. Un poco de seriedad por favor, soy el Ángel Caído, el Señor Supremo del Mal y merezco grandeza, alabanza y también temor, no la frivolidad de estos tiempos en los que cada uno va a la suya.
Así que no tuve otro remedio que adaptarme a esta vida tan moderna. Y, mal que me pese, admito que me vino bien este cambio de estrategia porque la forma antigua al final me aburría un poco.
Decidí bajar la Tierra con apariencia humana. Primero pensé en ocupar las altas esferas, alguna presidencia de algún país importante, no hubiera sido difícil, pero en el fondo sigo siendo un artesano y para conseguir las almas de la gente es mejor tratar de tú a tú; la dirección del mundo se la dejo a Dios, que es lo que a él le gusta. Yo prefiero malmeter y pervertir a pequeña escala, ser un cáncer en la obra de Dios en lugar de corromperla demasiado porque un mundo en el que sólo reina el mal al final se auto destruye.
Así que en una ciudad muy importante monté un gran negocio de compraventa de artículos usados. El consumismo de la gente hace que compran y vendan continuamente. Cada día pasan por mi negocio cientos de personas deseosas de otro producto mejor dejando el suyo que otros comprarán sin pensar, porque todo lo que importa es cambiar lo que tienen para seguir consumiendo. Pobres idiotas, tan sólo quieren estar a la última sin importarles nada más… El sistema de sostiene sólo, yo no he tenido que hacer nada. Mi única aportación está en el contrato que tienen que firmar, en el que manifiestan que los artículos que venden no son robados. La letra pequeña de ese contrato –que nadie se molesta en leer– es un pacto que les obliga a entregarme su alma. Pobres ignorantes, salen de mi tienda sin sospechar que han dejado su alma en el mostrador. En su lugar yo la cambio por una de plástico recio y aparatoso. Y sin darse cuenta del trueque seguirán su vida con su nueva alma. Un alma de plástico. Vacía, inservible y ruidosa. Y así, alimentarán su ego con más consumismo y superficialidad, dejarán de lado los libros y la cultura, cambiándola por pantallas, redes sociales, cotilleos y reguetón. Ellos encantados. Y yo también, porque además cuando toda esa gente muera su alma de plástico irá a parar al mar. Y ahí se quedará cientos de años, ensuciando, mancillando la magnífica obra de Dios; todas las almas de la gente estúpida que las entregó, a cambio de nada.
Recuerdo los trazos inconexos. La gente bailando y el humo blanco manchando el aire.
Recuerdo el papel mojado diluyendo las historias. Las horas que dolían y los años que pasaban.
Recuerdo los sábados iguales. Los paseos largos que eran como huidas. Las manos vacías o llenas de dudas.
Recuerdo que caí hacia adelante con los labios cerrados. Y esperé, paciente a que la fría nieve me cubriese… Pero fue la lluvia quien lo hizo.
25 centímetros mediría, más o menos, la mujer que vivía boca abajo, en el techo del salón de mi nueva casa.
Aún no había terminado de ordenar mi ropa en el armario del dormitorio cuando oí ruidos. No le di mucha importancia, pero cuando terminé de colocarlo todo y fui a tumbarme un rato en el sofá para descansar un poco de la mudanza, ahí estaba ella, con su pequeña escoba barriendo mi techo –que a la vez era su suelo– mientras tarareaba una canción de moda. Estoy segura de que me vio, pero no me prestó ninguna atención. No quise incomodarla mucho, así que me contuve y evité dar rienda suelta a mi curiosidad, que era mucha. Era guapísima y me recordaba a Nerea, mi ex, que me dejó con la palabra en la boca y el corazón roto hacía bien poco:
Discutimos y me echó de casa, sin más. Me dijo que yo era muy pragmática, muy directa y que ella necesitaba algo más dulce, más abstracto. ¿Cómo fue lo que me dijo? que desde que estaba conmigo confundía el resplandor de la luna en las paredes con fantasmas amenazantes. ¿Qué coño quiso decir con eso? Nerea era así, yo ya estaba acostumbrada. En un alarde de creatividad –quería que viera que yo también sé decir cosas trascendentales– le dije que ella era como un imperdible, que una vez cerrado no pincha pero no te lo puedes quitar de encima. Se echó a llorar y me echó de su casa.
–No me cuentes tus mierdas, que bastante tengo yo con las mías–, me cortó tajante la mujer del techo. Me callé, decepcionada; me hubiera venido bien desahogarme un poco, en ese momento lo necesitaba. Lástima. Yo pensé que nos llevaríamos bien y que seríamos amigas.
–Dime al menos cómo te llamas–, pregunté, o rogué, no estoy segura, pero ella se limitó a no contestar.
Su “casa” era una réplica exacta de la mía, a escala, ocupando unos pocos metros cuadrados. Sólo el cuarto de baño estaba cubierto, y tenía la costumbre de entrar y salir de él dando un portazo; no había noche que no me despertara. No salía mucho de casa, pero si lo hacía, podía permanecer fuera varias horas. Vencí la tentación de revolver sus cajones y armarios, además de que mi escalera no era muy alta, tampoco era cuestión de vulnerar su intimidad. Sólo hubiera faltado que en ese momento entrase y me pillara haciéndolo, no quiero ni pensar la bronca que me hubiera echado.
Sus ojos grandes y oscuros parecían de personaje de manga y siempre estaban pendientes de todo (excepto de mí). Yo la miraba siempre que tenía oportunidad, tenía un cuerpazo, hacía pilates y yoga varias veces por semana con la entrega de una entrenadora personal. No era nada sedentaria, siempre estaba haciendo cosas en casa, la tenía más recogida y mejor puesta que la mía, que al poco tiempo sólo parecía una mala copia de la suya, siempre impecable. No sé de dónde sacaba tiempo para todo.
Tocaba la guitarra también, mucho mejor que yo. Por más que lo intenté fui incapaz de seguir sus rápidas progresiones de jazz. Demasiado para mí que apenas podía tocar con soltura un blues o un rock ligero. Pero es cierto que no me ayudaba para nada, muy al contrario, parecía que disfrutaba rompiéndome los planes musicales –y todos los demás–, mostrando a cada momento su independencia y superioridad. Y yo, que era un puto desastre en todos los sentidos, acabé rindiéndome, a sus pies. Todavía no sé en qué momento me enamoré de ella como una quinceañera. De su elegancia, de su altivez y de esa forma de mirarme con sus pequeños ojos grandes, incluso en esas circunstancias, siempre por encima del hombro.
Incapaz de llamar su atención, estaba obsesionada y desesperada a partes iguales. Mis días se convirtieron en una suma extraña de horas que una tras otra sucedían bajo su condición eficaz y silenciosa. A esas alturas –no sólo mi casa–, toda yo era una copia barata de ella.
Tenía que hacer algo. Por mi salud mental y porque amaba a esa mujer con toda mi alma.
Cuando salió –vete tú a saber a dónde– llamé a Nerea. Le dije que los fantasmas nunca lloran mientras miran la luna, pero que yo sí cuando pensaba en ella. Le supliqué una noche más, por los viejos tiempos. Una frase estúpida, pero funcionó. Nerea era así, capaz de derretirse –apiadarse– con una frase pomposa, aunque tuviese un significado incierto y absurdo. Me dijo que venía para acá.
No me fue difícil bajar y guardar todos los pequeños muebles para que no los viera y pensara que estaba loca. Ni calcular el tiempo para que la mujer del techo me pillara en la cama con Nerea. –Se morirá de celos, la pequeña diosa–, me repetía yo, acurrucada entre las piernas de Nerea.
Pero cuando entró por la pequeña puerta y vi su cara… y la de Nerea… esa forma tan dulce y especial en que se miraron, una diosa y una soñadora sintiendo un flechazo de manual, en toda regla… comprendí, de golpe, que todo estaba perdido y acabado. Así fue. Nerea se llevó a Julia –a ella sí le dijo su nombre– en su bolso. Antes de salir por la puerta de mi casa, Julia me dijo que me podía quedar con sus cosas. Ni siquiera se despidieron de mí. Embobadas, encoñadas, no dejaban de mirarse ni de hacerse arrumacos. Qué asco me dieron. Desnuda, y aún con el sabor de Nerea en mi boca, me acosté odiándolas. Y me dormí llorando.
25 centímetros mediría, más o menos, el hombre que me encontré boca abajo, en el techo del salón, ocupando el lugar de Julia.
Es un patán sin modales, peludo y grosero, que se pasa el día en calzoncillos, tumbado a la bartola y haciendo posturitas frente al espejo. Nunca cierra la puerta del baño cuando hace sus cosas, y por las noches me despiertan sus ronquidos. A menudo me pide cerveza y no deja de preguntarme –o rogarme– que le diga mi nombre. Pero yo me limito a no contestar y a mirarle, continuamente, por encima del hombro.
Eran nubes grises, de tormenta, y en un momento cubrieron la ciudad.
Cobijado, el azar observó cómo ella me cogió de la mano. Yo fui incapaz de huir: la música triste me confundió y ya nunca dejaría de sonar.
Su abrazo tiene el color de aquella tarde. Aprieta.
Aún hoy seguimos quietos, empapados y unidos por las nubes.
Sus nubes y mi tormenta.
Y esa música triste que suena todavía.
Me sirvieron el tratamiento para el olvido en una bandeja de aperitivo sobre una mesa de IKEA.
–Esto no es serio–, le dije al tipo que tenía pinta de corredor de seguros o de apuestas, no estaba seguro.
–Beba y calle. Bueno, beba y olvide–, me dijo con gesto muy serio. Bebí sin rechistar ni pestañear.
Salió corriendo en cuanto le di el dinero. Al final, resultó ser un vulgar corredor de ciudad. Un runner normal y corriente.
Me fui satisfecho y contento, necesitaba olvidar. Pero la alegría me duró poco, pues comprobé que seguía recordándola, sobre todo aquella manera tan especial que tenía de mirarme, por encima del hombro unas veces y por debajo del sobaco otras. Ella sí que sabía hacerme feliz…
Resignado, y antes de acudir al trabajo saldé mis cuentas con el matón del barrio. Me dio las gracias antes de salir corriendo también, como el otro. Jodidos runners, no da tiempo ni a despedirse en condiciones. Me quedé con las ganas de estrecharle la mano.
Fui paseando tranquilamente hasta mi consulta. La sala de espera estaba abarrotada de pacientes impacientes…
Como suelo hacer normalmente, receté a cada uno de ellos el medicamento que precisaba el anterior. Curiosamente la mayoría de ellos no vuelven más, será porque se curan. No está nada mal, considerando que tengo mi consulta en una peluquería.
Despaché a todos los pacientes en un cuarto de hora. Al más grave tuve que dejarlo ingresado en la trastienda.
La última paciente entró con uniforme de trabajo. Me dijo una serie de frases que no entendí y además no coincidían con ninguna patología.
–Qué mujer tan extraña. Ésta debe ser también runner–, pensé, pero resultó que no, más tarde me dirían que era policía.
Ahora, mis compañeros de celda me ruegan que les recete algo… pero… ¡qué más quisiera yo! Justamente ahora es cuando me ha hecho efecto el tratamiento para olvidar…

Él me amenaza,
yo le ignoro.
Se lanza contra el cristal que nos separa.
Un matrimonio convenido,
convencido.
Convertido en mentira y en odio.
Le humillo,
me desprecia.
Le saco de sus casillas.
A menudo grita y llora.
Yo le miro de reojo, compasivo,
y preparo mi venganza.
Me iré muy lejos,
muy pronto.
Morirá, sin un reflejo del que burlarse.

Mi espiral sigue curvándose hacia su centro, como el surco de un viejo vinilo. Me pregunto qué hay al final (un espejo, tal vez, un candado, no lo creo, un sonido dulce entre destellos rosados, ojalá).
Los ruidos del mundo quedaron atrás y también las miradas de la gente, incapaces de seguir los giros en los que un día me perdí.
Ya es tarde para arrepentirme y para que oigas alejarse mis pasos –que son como latidos–, todo lo que queda está delante, una vuelta tras otra y mi figura haciéndose cada vez más diminuta para seguir caminando por esta espiral inacabable.
—Jaque Mate.
La Dama cruzó el tablero de lado a lado y capturó la torre con la que Satanás protegía su Rey que no tenía escapatoria hacia ninguna casilla.
Dios miraba a su adversario con una mezcla de satisfacción y compasión.
—¿Cómo vamos en el total? —Satanás le preguntó tendiendo su mano roja.
—Te acabo de empatar —respondió mientras la estrechaba.
—No puedes superarme y lo sabes —sonreía Satanás mientras le guiñaba un ojo.
—Lo mismo te digo, hermano —Dios también sonrió, chasqueando los dedos a la vez que las piezas se ponían ellas solas en su lugar—. Fuiste tú!
—No sé a qué te refieres.
—Confiésalo. Tu juego me recuerda mucho al del ordenador “Deep Blue” cuando ganó a Kasparov en 1997. Fuiste tú quien realmente jugó aquel campeonato en lugar de la máquina con una suerte de movimientos arriesgados y perfectos. Combinación insuperable.
—¿Quién? ¿Yo? Yo nunca hubiera hecho eso —y sonriendo, el Diablo mentía sin tratar de ocultar su sonrisa pícara y burlona.
—En aquel tiempo los algoritmos informáticos no estaban tan avanzados. Hasta a mí me extrañó que el campeón perdiese con un programa. ¿Cómo no lo vi en su momento?
—Admite que hice un gran trabajo.
—Eres un abusón.
Los dos sabían que la siguiente partida quedaría en tablas, o a lo sumo, con la ventaja de sólo una partida ganada en el cómputo total. Así había sido desde el inicio de los tiempos.
La mañana era tranquila y soleada en el Edén. Bajo el cielo despejado la brisa acariciaba los elementos como una fina cortina de seda.
—Tengo que contarte mi sueño —Dios alejó un peón una casilla de su alfil derecho.
El Diablo pensó que esa apertura era tan osada como inconsciente, y respondió moviendo su peón de rey una casilla, dejando vía libre a su dama hacia el lado que Dios había hecho su apertura.
—Yo también he soñado algo curioso.
—Tú primero —Dios le miró intrigado.
—Zrod.
—Nuestro guía.
—El mío no. El tuyo. El vuestro —Satanás paladeó las sílabas.
—También es el tuyo aunque no lo creas.
—Ya, sí, lo que tú digas. Pues yo también he soñado con él.
—¿No te parece una casualidad?
—No. Muchas veces soñamos con él. La casualidad al final no deja de ser pura estadística.
—No, hermano —Dios movió la cabeza de lado a lado—. La casualidad y el destino a veces van tan unidos que son en realidad un círculo cerrado.
—No empieces otra vez con lo de siempre —Lucifer protestó chasqueando la lengua.
—No empieces tú.
—Ya sabes que soy ateo y no necesito Dioses que me guíen. Bastantes estamos ya por aquí… Y yo sólo creo en lo que veo. No como vosotros que sois una panda de místicos.
—¿Qué has soñado? —la voz de Dios sonó ahora apaciguadora aunque le molestó la apreciación.
—Que nos citaba a todos en el Lago Redondo.
—¿Para cuándo? ¿Para mañana al alba?
—Sí.
—Yo he soñado exactamente lo mismo. Tenemos que hablar con los demás —el gesto de Dios mostraba verdadera preocupación.
—¿Por qué?
—A las evidencias me remito.
—¿Cuántas veces soñamos con el Lago Redondo? Día sí y día no. Pues ve tú si así lo deseas, hermano. Todo esto me da una pereza terrible.
—¿No tienes al menos curiosidad?
—La más mínima.
Para Dios (y los demás) Zrod era una idea abstracta pero real. Era la referencia. Un abrazo que sentir, una compañía invisible, algo que siempre había estado ahí y que ahí seguiría. El creador de los elementos y del Edén, el origen y el final. A pesar de no haberlo visto nunca jamás, eran capaces de sentirlo. Esa era la diferencia: Ellos lo sentían. Para Satanás era diferente, la idea de Zrod era pura superstición, algo inventado y forzado. Los escritos sagrados que hacían referencia carecían de rigor. Para él era todo simple folclore.
Dios no pudo ocultar su decepción… realmente pensó que podría convencerle.
Y, adelantando dos casillas el peón del caballo derecho, dió por terminada la conversación. Se levantó de su silla de mármol y se fue. Satanás se quedó en su silla de metal incandescente, mirando con los ojos encendidos el tablero que sólo tenía tres peones avanzados.
Le dieron ganas de tirarlo todo de un manotazo al suelo. Estaba realmente enfadado.
Hablar de Zrod le ponía nervioso. Muy nervioso. Porque cada vez lo tenían todos más presente y él se estaba volviendo día a día más práctico.
No comprendía los rituales, los rezos, los miramientos, el miedo, incluso, que los demás sentían. Como si todo estuviera lleno de ojos, llenos de dedos acusadores. Un juicio constante y eterno de “algo” que no estaba en ninguna parte y que sin embargo, condicionaba sus vidas, las de todos y cada uno de ellos. Y no eran pocos los que estaban allí.
Jesús, María y el Espíritu Santo compartían espacio, bien cerca de Dios y el Diablo. Alá, Mahoma y sus 72 huríes hacían lo propio en otro lugar. Al igual que Horus, Amón Ra, Isis y Osiris. Y también Zeus, Hera, Afrodita, Apolo y Hares. Y Krishna, Visnú, Shiva y Brahma, y también Jahvé, Marduk, Jehová, Júpiter, Odín… y así hasta varias docenas de ellos. Algunos, como Thor, Eolo, Neptuno o Selene, parecían no saber muy bien qué estaban haciendo allí. Pero ahí estaban todos ellos, cada grupo (o grupúsculo) separado del resto e interactuando más bien poco, aunque viviendo en armonía.
Satanás decidió salir de su templo y airearse un poco. Lo necesitaba.
El Edén era un lugar realmente impresionante. Si no fuera porque era imposiblemente perfecto, parecería diseñado y fabricado por un Creador con gusto exquisito; la pureza hecha realidad sin límites en ningún sentido. Además de los lógicos parajes (a cada cual más bonito) y ornamentos naturales, los cuatro elementos confluían de manera bella y equilibrada: Fuego, tierra, aire y agua, cada uno en su lugar y en el momento en que correspondía, porque el tiempo también era un elemento igual que el resto. A veces transcurría y a veces no. Podías estirarlo o comprimirlo. A veces incluso te veías a ti mismo en otro instante en el mismo lugar.
El centro del Edén era el Gran Lago Redondo. De aguas tranquilas y azules, estaba rodeado por un césped tan fino como el terciopelo, que invitaba a tumbarse y a disfrutar.
El Lago Redondo era la conexión común del Edén con el resto de escenas, y absolutamente todo llevaba hasta allí. Todos los caminos, hileras de árboles, ríos, corrientes de brisa (y también de lava), flores, copos de nieve y gotas de lluvia (cuando caían) apuntaban a ese lugar. De hecho, aunque quisieras irte en dirección contraria, finalmente terminabas llegando ahí.
Los dioses lo visitaban con frecuencia, aunque evitaban coincidir con los otros porque cada uno tenía sus costumbres, muy diferentes a las del resto. Unos dioses se arrodillaban, otros apoyaban la frente en el suelo, otros hacían ofrendas, otros cantaban, otros hacían desfiles, otros escribían mandamientos y legados, otros hacían extraños rituales como si fueran brujos… Sólo Satanás iba allí a tumbarse y relajarse. Los demás cuando estaban allí, se sentían obligados a hacer algo, lo que fuera, a favor de Zrod.
Las aguas del lago eran algo extraordinario. Si las mirabas a ras de suelo, podías ver a Zrod reflejado en ellas. Y si mirabas hacia el fondo, detrás del agua y su ligero vaivén, como una extraña ventana abierta a otra dimensión, veías a la humanidad, sus logros, sus miserias, sus ocurrencias y sus tonterías. Eran una especie singular. Capaces de hacer lo mejor y lo peor, lo necesario, lo importante, lo absurdo, lo imposible. Les resultaba llamativo comprobar que una gran parte hacía exactamente las mismas rutinas y costumbres que ellos.
Ninguno de los dioses sabían de dónde habían salido. Simplemente estaban ahí sin darle mucha más importancia. Suponían que los habría creado Zrod, como a ellos.
Satanás se tumbó frente al lago, como muchas otras veces.
No le apetecía mirar hacia abajo y ver a los hombres y a las mujeres. Después de tantos milenios observándolos, los conocía bien. Eran muy previsibles y al final todas las civilizaciones seguían las mismas pautas y cometían los mismos errores, tanto individualmente como a nivel global. Intuía que a ésta no le quedaba mucho para sucumbir. Se lo estaban ganando a pulso además. Pobres ignorantes, tan avanzados y al mismo tiempo, tan estúpidos. En el fondo, le aburrían.
Miró una vez más al ras del agua y vio reflejadas las nubes y las montañas lejanas, igual que siempre. Nada más. Ni rastro de Zrod.
Así, completamente relajado y sin pensar en nada, se durmió.
Los dioses empezaron a llegar un poco antes del alba, puntuales a su cita. El murmullo de sus pasos y sus almas llegó hasta el Lago Redondo mucho antes que ellos.
Satanás se marchó antes de que llegaran todos. No le apetecía nada verlos ni participar en aquello que iba a tener lugar, fuese lo que fuese. No estaba para tonterías.
Los 175 dioses se dispusieron alrededor del Lago, cada uno acompañados de los suyos. Sólo Dios echaba de menos a su hermano. Era el único que faltaba. —Me ha tenido que tocar el único ateo —murmuró, como muchas otras veces hiciera.
Las caras de los dioses reflejaban sorpresa, nerviosismo, desconcierto y también la esperanza de que Zrod se manifestase por fin, de algún modo. En milenios era la primera vez que todos a la vez soñaban con él, con una cita concreta, un día concreto.
Todos miraban al centro del Lago. La humanidad, abajo, seguía con sus vidas anónimas, y los dioses arriba… no sabían qué iba a pasar. Ninguno de ellos.
Una niebla empezó a formarse en la superficie del Lago, al tiempo que el débil movimiento del agua quedaba paralizado y todo lo demás oscurecía…
El tiempo, como la dimensión variable que era, quedó detenido.
La bruma tomó consistencia, se elevó varios metros girando sobre sí misma dibujando espirales. Cuando se disipó, apareció Zrod, mientras todos los demás no daban crédito a lo que veían.
Zrod lo era todo en ese momento. Irradiaba luz y parecía estar mostrando el frente a todos por igual. Era bello, andrógino por momentos, a veces parecía más un hombre, a veces una mujer, a veces un niño, a veces una anciana y a veces otra cosa completamente diferente. Proyectaba cuatro sombras: una estática, otra nerviosa, otra de colores y otra luminosa…
Un instante después, el tiempo volvió a transcurrir y cada uno de los dioses hizo algo diferente. Unos rezaron, otros se arrodillaron, otros se echaron al suelo, otros alzaron las manos, otros cantaron, otros se sintieron indignos, y alguno que otro, paralizado, no supo lo que hacer.
—Por favor, silencio —se oyó claramente sin que sus labios se movieran lo más mínimo.
Todos se callaron.
—Poneos en pie y atendedme —Siguió sin mover los labios—. Su voz sonó serena y profunda, doble, quizá triple; una grave, otra aguda, otra ni grave ni aguda.
Los demás obedecieron, sin atreverse, casi a respirar.
Nadie allí era capaz de abrir más los ojos y los oídos…
—He decidido mostrarme, por primera y última vez, dada la gravedad de la situación —manifestó con un gesto parecido a la tristeza—. Lo que os voy a decir va a cambiar las cosas radicalmente —prosiguió, ahora sí, moviendo los labios tras los cuales se escapaba un vaho fantasmal que después caía, suavemente y en forma de cristales, al Gran Lago.
¿Sois conscientes del nivel tecnológico que está alcanzando la humanidad? —hizo una pausa—. Pues están tan avanzados, que están obteniendo respuestas. Las respuestas. Todas las respuestas y en todos los ámbitos. Especialmente en cosmología, geología, biología y física cuántica.
Todos miraban sin comprender. Sin saber ver más allá de sus palabras.
Nadie había parpadeado todavía.
Zrod emitió un pequeño chasquido con la lengua.
—A ver, hijos… ¿vosotros sabéis quienes sois?
Alguien dijo, temeroso, que eran dioses. Los dioses.
—Y ahora decidme… ¿sabéis en realidad quién soy yo?
Dios respondió que era El Guía. El Maestro, el Eterno e Inmortal Creador de todo.
—Siento deciros que estáis muy equivocados —Zrod le interrumpió—. Os lo explicaré: ¿Sabéis el poder que tienen varios miles de millones de personas pensando y creyendo lo mismo? Ese inmenso número mentes inteligentes, de voluntades pensando, creyendo que en realidad existís… al final ellos mismos sin quererlo, han acabado creándoos a todos vosotros. Ellos han sido los que os han dado el poder. Porque os creen poderosos. No ha sido por otra cosa. Y vosotros sois los que me habéis creado a mí. 175 dioses pensando, creyendo, convencidos de que son poderosos… pero sin comprender de dónde habían salido ni por qué estaban aquí. Habéis acabado haciendo lo mismo que los humanos. Creer en algo superior —y mientras lo contaba, no pudo ocultar una expresión de rencor—. Los humanos os crean. Vosotros me creáis. Yo, incluso pensé durante un tiempo que alguien me había creado a mí también.
Hizo una pausa larga y pesada.
—Pero observo a los humanos todos los días —prosiguió— y estoy al tanto de sus últimas investigaciones. Y las últimas han sido muy reveladoras. En un laboratorio hace pocos días consiguieron con unos cuantos elementos de la tabla periódica, crear algo muy parecido a la vida. Una célula, con todas sus funciones, su ADN y capacidad para reproducirse. Días más tarde, han encontrado vida bacteriana en Marte y también en Encélado, un satélite de Saturno. Las últimas observaciones del telescopio James Webb y el Radiotelescopio ALMA, revelan que el universo, dentro y fuera de la Vía Láctea está repleto señales de vida. Unas básicas, otras avanzadas, y otras inteligentes.
Y lo más importante, ayer mismo en el acelerador de partículas CERN de Suiza, lograron comprender y reproducir el desfase cuántico que dio lugar al Big Bang. Han creado un mini-universo en un laboratorio. Con sus 3 dimensiones, sus leyes de la física, su inflación y todo lo necesario para mantenerse.
Señores, —y su voz resonó mucho más profunda y grave— la humanidad acaba de comprender que en el origen del universo y de la vida no intervino ningún Creador. Ahora sí, después de tantos siglos de evolución, la ciencia es capaz de explicarlo todo.
Zrod calló, mientras los demás trataban de asimilar.
—Entonces, ¿qué va a pasar ahora? —Jehová preguntó con voz trémula.
—En breve todo esto se desmoronará. En cuanto la noticia se extienda y la humanidad asimile y comprenda que ya no somos necesarios… Vosotros desapareceréis y yo también. Tenemos los días contados aquí. Por no decir las horas.
Los dioses no se atrevieron a decir nada… paralizados por una noticia tan devastadora.
—Ha sido un placer compartir este escenario con vosotros. Os ruego que viváis vuestros últimos momentos en paz y libertad. No me invoquéis, no me recéis, no me preguntéis ni me dediquéis nada… no imagináis lo agobiante que puede llegar a resultar.
Inmediatamente después, desapareció entre brumas y espirales.
El alba siguió su curso con normalidad y también el ligero movimiento del agua del Lago que engulló los cristales que Zrod había exhalado al hablar.
Algunos dioses menores desaparecieron allí mismo.
Los demás se miraron entre ellos.
Hubo palabras de agradecimiento y despedida. Hubo abrazos y lágrimas también. Hubo buenos deseos. Pero sobre todo, resignación y tristeza.
Cada uno se marchó a su lugar, a su escenario. Algunos no llegaron y desaparecieron por el camino. Otros lo harían poco después.
Dios voló desesperado buscando a su hermano. Tenía que contarle todo y despedirse de él.
Lo encontró sentado frente al tablero de ajedrez. Justo antes de poder decir nada desapareció sin más.
Satanás lo vio volatilizarse y comprendió lo ocurrido al instante. Después de tantos milenios observando a los humanos, hacía tiempo que dedujo que era tan sólo una cuestión de tiempo. Porque siempre era igual. Ya había pasado varias veces. Nacer al inicio de cada civilización y morir cuando la civilización comprendía los mecanismos del universo.
El Diablo movió su dama en diagonal hacia el rey expuesto e indefenso de Dios.
—Jaque mate, mi amado hermano.
Y justo antes de desaparecer, amargamente lloró.
—Papá… ¿me cuentas otra vez el cuento? —mi niño me preguntó con la misma ilusión de todas las noches.
—Claro, hijo, pero después te dormirás que ya es tarde —y arropándole me froté un poco los ojos. Había sido un día duro y tenía algo de sueño.
—Escucha bien, hijo mío, no te pierdas detalle de esta historia tan aterradora.
—¡Espera! —me interrumpió— ¿Cómo se titula el cuento? Y me miró con sus ojitos abiertos como platos.
—Se titula… ¡El moooonstruo del armaaaario! —y mientras lo pronuncié, puse mi voz más profunda y tenebrosa.
—¡Qué bien, qué ilu! —exclamó dando unas palmaditas rápidas.
Hice memoria y empecé a contar tal y como recordaba todo:
“Cuando le pedí a mi padre que mirase en el armario por si había un monstruo… así lo hizo. Abrió la puerta convencido… y después de que su rostro mostrase una expresión de horror, volvió a cerrarla y dijo con la voz temblorosa que allí no había nadie y que no me preocupara. No me dio el beso de buenas noches. Salió deprisa de la habitación y desde ese día nunca más lo volví a ver.
Al final, a todo se acostumbra uno. A vivir sin padre, y también a compartir habitación con un monstruo que vive en el armario.
Sé por qué lo hizo. Por qué se fue mi padre, digo. El monstruo del armario daba bastante miedo. Aunque no era muy mayor (tendría mi edad, más o menos) era de color oscuro, tenía colmillos largos, los ojos amarillos y las orejas puntiagudas. De piernas y brazos fuertes, pero con dedos largos y uñas afiladas, aseguraba no saber de dónde había salido ni qué hacía allí. A mí me dio pena porque parecía desamparado. Por eso le acogí en mi cuarto y en mi armario. Además, el armario era enorme. Había sitio para mi ropa, mis cosas y para él. Y al ser hijo único siempre había echado de menos un hermano con quien jugar.
Desde el primer día mi prioridad fue ocultárselo a mi madre; no quería que hiciera lo mismo que mi padre. No fue difícil, desde que él se marchó, mi madre trabajaba todo el día y tenía poco tiempo que dedicar a la casa, a mi cuarto y a mí.
Una tarde, como el monstruo no tenía nombre decidimos uno. Yo le hubiera llamado Robin, Luke o Irwin pero él eligió Vampoo. Vaya nombre raro, pensé.
Le di permiso para utilizar mi ropa. A excepción de la ropa interior, claro. Como no íbamos muy bien de dinero y mi paga semanal no daba para mucho, la robaba de los tendederos de los vecinos.
La comida no era problema, no le hacía falta comer ni beber. Tampoco necesitaba ir al baño, lo cual era una gran ventaja porque eso hacía más fácil mantenerlo oculto y tampoco sudaba ni olía, por eso no le hacía falta cambiarse mucho de ropa ni bañarse.
Por aquel entonces yo no tenía muchos amigos en el colegio. A Vampoo no le gustaba la gente y me quería solo para él. Aún así… ¡tampoco me daba tiempo! Después de clase tenía que volver a casa para hacer los deberes y estudiar, hacer la compra, limpiar y también jugar y hacerle compañía a Vampoo. Entiendo que bastante aburrido tenía que ser pasar solo toda la mañana.
Como no hablaba ni me relacionaba mucho, mis compañeros me pusieron un mote. A la gente le gusta mucho poner motes. El chapas, el chino, el granos… Y yo fui el raro. Reconozco que podría haber sido peor pero… habría que haberlos visto a ellos, sin padre ni hermanos, llevando una casa y compartiendo habitación con un monstruo de verdad, como los que salen en las películas de miedo.
Por las tardes Vampoo me ayudaba con los deberes e iba aprendiendo a la par que yo, aunque a él no le gustaba estudiar. Pero era mi condición imprescindible para poder ser amigos. Que me ayudara, con los deberes y también con las tareas de la casa. Sólo después de terminar era cuando nos poníamos a jugar hasta que mi madre llegaba, entonces se escondía en nuestro cuarto mientras ella y yo cenábamos y nos contábamos nuestras cosas.
Mi madre nunca se enteró de que Vampoo vivía conmigo. Tenía el oído muy fino y si ella se acercaba se escondía debajo de la cama. Era muy rápido. También muy fuerte, para su corta edad y su escasa estatura.
Alguna vez nos peleábamos… como todos los niños, con sus hermanas o hermanos. A mi no me gustaba que se enfadase, sus ojos amarillos se ponían rojos y su cara se volvía tenebrosa y daba verdadero miedo… así que le pedía perdón y hacíamos las paces.
En alguna ocasión me ayudó, cuando alguien se metió conmigo en el recreo y me pegó, no tuve más que decírselo a Vampoo. Por la noche le hizo una visita y asunto arreglado, no volvió a molestarme.
Cuando oscurecía también me era muy útil. No tenía miedo a que alguien me hiciera daño. Él me protegía.
Y así pasaron los años.
Mi madre y yo.
Vampoo y yo.
Cuando me tocó elegir Universidad, elegí una cercana a la ciudad. Le dije a Vampoo que no podría venir conmigo, que tendría que quedarse en casa y yo iría a visitarlo cuando me fuera posible…
Ese día se puso como una fiera y rompió varias cosas de nuestro cuarto. Logré calmarlo, pero se quedó enfadado unos días. A mí me cayó una buena bronca porque tuve que decirle a mi madre que había sido yo.
Aún quedaba todo el verano para estar juntos. Aún así, ya nunca volvió a ser como antes.
A lo largo de ese verano crecí (curiosamente, él no lo hizo ni lo haría nunca) y empecé a pensar de manera diferente.
Había muchas cosas que ver más allá de ese armario y esas cuatro paredes que se me caían encima cada día un poco más. Me estaba perdiendo muchas vivencias, quería conocer gente y cambiar de aires.
Yo le ocultaba a Vampoo esos pensamientos, sabía que no le gustaría saberlo. Él estaba encantado con nuestro armario, nuestro cuarto y conmigo. No necesitaba más pero yo sí.
Cada día, la presencia de Vampoo me resultaba más asfixiante. Nuestra diferencia de edad cada vez era mayor; él quería jugar siempre más, quería que hablásemos más, me reclamaba continuamente, quería que le contara todo lo que hacía y también mis cosas y mis secretos. Nunca estaba satisfecho, todo era poco. Tenía mil proyectos y en ellos sólo estábamos él y yo. Yo estaba harto y le daba la razón como a los tontos. Mejor dicho, le daba la razón como a los monstruos. Como a los monstruos pequeños. Porque nunca dejó de ser un monstruo de unos pocos años.
Cuando me fui a la Universidad me dio mucha pena. Aunque yo ya estaba muy distanciado de él estuve tentado a decirle que viniera conmigo. Pero no podía ser porque no tendría un cuarto para mí solo y el campus no era lugar para él.
No se despidió. Se quedó dentro del armario.
Y yo empecé mi nueva vida con un nudo en el estómago y otro en la garganta… Pero habiéndome quitado un peso de encima y con una innegable sensación de libertad y futuro.
Cuando en el campus me asignaron habitación y compañero fue una bocanada de aire fresco. Lo necesitaba.
Mi compañero Noé era muy buena persona. Enseguida congeniamos y nos hicimos amigos. Era completamente diferente a Vampoo. Me daba libertad. Sin agobios, sin presiones ni miedos. Además de habitación, compartíamos sueños… la vida por delante abría sus puertas y ambos la mirábamos expectantes, con deseo y ambición.
Hablábamos mucho, sobre todo cuando acababa el día y en poco tiempo sabíamos casi todo del otro. Le encantaban las historias de miedo. Antes de dormirnos, solíamos contarnos (o inventarnos) alguna. Nunca mencioné a Vampoo, pero estoy seguro de que me hubiese creído y hubiera querido conocerlo.
Noé dormía con su machete bajo la almohada por si había un apocalipsis zombi. Él era así. Decía que lo de la invasión zombi era cuestión de tiempo y quería estar preparado.
“Algún día te harás daño, te sería más útil una pistola” le advertí varias veces y él siempre decía que aún no tenía edad, pero que todo se andaría.
El sábado fui a visitar a mi madre… y también a Vampoo.
Llegué antes que ella y lo busqué por todas partes pero no lo vi. La casa estaba limpia y ordenada. Demasiado, para el tiempo libre que tenía mi madre.
Pasé allí el fin de semana. Me echaba de menos, pero la vi contenta. Nunca temí por ella. Sabía que a Vampoo sólo le interesaba yo. Aunque agradecí que desde la sombra ayudase a mi madre con la casa.
Volví al campus desconcertado por no haber visto a Vampoo en ningún momento.
A partir de ese día, comenzaron los rumores. Los estudiantes empezaron a decir que a veces veían una sombra pequeña moverse increíblemente rápido y unos ojos amarillos que observaban desde la distancia. No tenía duda de quién era.
Yo trataba de comportarme con normalidad pero estaba muy intranquilo. En cambio Noé estaba emocionado. Varias veces salió por los pasillos del campus, cuando era noche cerrada y todos dormían. Yo solía acompañarle, no quería que se encontrase con Vampoo él solo, sabía que nadie corría peligro si yo estaba delante.
Una noche me acosté pronto porque tenía mucho sueño y justo antes de dormirme vi que Noé salía de la habitación.
Dormí toda la noche.
Cuando desperté por la mañana, Noé no contestó a mi “buenos días” y tiré de su manta…
Estaba muerto sobre una gran mancha de sangre, con su machete de matar zombis clavado en el cuello.
Días más tarde, los forenses, dirían que se había clavado el cuchillo mientras dormía en un movimiento involuntario. Noé se movía mucho por las noches… pero de ahí a seccionarse la yugular…
En la autopsia dirían también que el cadáver apareció con los dedos índice y medio de cada mano estirados y separados, como haciendo el símbolo de la victoria. Dirían que en el momento de la muerte estaba soñando. Pero yo sabía que no era un símbolo. No era la “V” de victoria. Era una firma. Era la “V” de Vampoo.
Esa misma tarde fui a casa, antes de que mi madre llegara.
Roto y fuera de mis casillas me puse a gritar, a llorar, a insultar a Vampoo.
Le grité que de acuerdo, que él ganaba. Con los ojos llenos de lágrimas, le pedí que me dejara terminar la universidad y que después viviríamos juntos el resto de nuestros días. Pero a cambio, él no mataría ni haría daño a nadie nunca jamás.
Salió de su escondite y me dijo que de acuerdo.
Con una de sus uñas me hizo un corte en la palma de la mano y después hizo lo mismo en la suya.
Nos dimos la mano y así sellamos nuestro pacto.
Ninguno de los dos rompería jamás el juramento de sangre”.
—Papá, qué historia tan aterradora, ¡la has contado genial! —mi niño me miraba emocionado.
Siempre me pregunté cómo le gustaban tanto las historias de miedo. “Las de caballeros y princesas son un rollo” solía decir.
—Ahora tienes que dormirte —y me puse serio para no dejar opción.
—Antes de irte… ¿Puedes mirar en el armario por si dentro hay un monstruo? —y sus ojitos me miraron con inquietud.
—Claro —abrí las puertas del armario y me aparté para que mirase.
—Gracias papá —ahora su voz sonó tranquila mientras cerraba los ojitos.
—Espera papá, dame un beso de buenas noches…
Y entonces abrió sus ojos amarillos, y extendió hacia mí sus manos largas y sus uñas, una de ellas manchada todavía, con nuestra sangre.
Y con todo el asco y el odio del mundo, le di un beso a Vampoo.



LA MUÑECA RUSA
Pensé que los días de Octubre caerían como las hojas del Otoño y crujirían bajo mis pasos largos.
Pero los días no caen ni las hojas crujen:
Octubre es una muñeca rusa, unos días descubren a otros, exactamente iguales, pero más pequeños —como las horas que encierran minutos y segundos o los tonos dorados del Otoño que dentro guardan la nieve del Invierno—.
Octubre empezó pero no acabará nunca, como una matrioshka infinita, inventando días y más días que en realidad sólo son vacío.
LA CANCIÓN QUE MIENTE
Suena una canción enredada en los días de Septiembre. Es una canción triste, bella y habla de cambiar los sonidos por un silencio perfecto. La melodía –derivas de sirenas o de cisnes– me lleva, me pierde, flota por el calendario y yo la sigo sin saber de dónde viene.
Los días pasaron, la canción terminó y el ruido del mundo ocupó su lugar; mintió mientras yo la seguía, ciego, creyendo su canto y su promesa.
Ahora soy yo el que flota a la deriva por los últimos días de Septiembre, cantando la canción y mintiendo como ella, prometiendo un silencio imposible para el ruido del mundo.
EL EXTRAÑO BALANCEO

MI SIGUIENTE VIDA
Una de mis frases recurrentes, que suelo pensar o decir con cierta facilidad, es “yo en la siguiente vida quiero ser normal, porque en esta ya no me da tiempo”.
A ver, ya sé que esto de ser “normal” o ser “raro” es muy relativo y nadie puede poner un límite o una línea a partir de la cual caer en un calificativo u otro. Por otra parte, no hay por qué ponerle un nombre a todo ni definirse porque a veces definirse es limitarse. Confío en que cuando hablo de normalidad o de rarezas (en cuanto a formas de ser) vosotros, lectores, ya sabéis a lo que me refiero.
Pero, a lo que iba, en mi caso particular –después de vivir mi vida con una hipertrofia del sentido de la responsabilidad–, ya no me bastaría con ser “normal” en mi siguiente vida. Ya puestos, iría un paso más allá: Yo querría ser descerebrado. Descerebrado perdido, incluso. No os sorprendáis. Ya sé que ser descerebrado puede parecer un contravalor, pero, después de ver cómo está el patio creo que es la mejor opción. Que mi cabeza y mi egoísmo no diesen para mucho más que para pensar que mi ombligo es el centro ya no del mundo, sino del universo entero. Y olé!
No me malinterpretéis, no creo que ser descerebrado perdido sea la clave para ser feliz (aunque los hay que pueden llegar a ser muy felices) y no voy a hablar en este artículo de felicidad o tristeza, ni del equilibrio entre mi serotonina y mi cortisol, pero sí que en cierto modo envidio la felicidad y seguridad con la que el descerebrado medio va por el mundo:
Conducir un Seat Leon amarillo, tuneado, con el reguetón a tope, y pitando a las chicas. Que me de igual la cultura, que lo único que me interese sea el Barça y sus últimos fichajes. Entrar en un bar, pedir un pacharán y que se enteren hasta los del quinto piso. Salir del bar, varias horas más tarde con el palillo en la boca. Que me importe una mierda el mundo, la deforestación, el cambio climático y el deshielo. Preferir morirme a quedarme sin ocio ni diversión. Ser un machote, malote, sin miedo ni respeto a nada. Pero sobre todo, ir por ahí sin mascarilla y alardear de no llevarla. Que, además de molestar, impide o dificulta el derecho a escupir sin trabas y con libertad.
Lo de las mascarillas por cierto, daría para un artículo entero, aunque de momento y para terminar, tan sólo un apunte más:
Ayer mismo, mientras paseaba con Coco (mi perro) me crucé con un grupo de adolescentes. Los chavales iban en línea, ocupando toda la calle, caminando como si les escociesen los sobacos, con un porte y una chulería que para qué.
Uno llevaba la mascarilla en la mano, otro en el codo y otro en el cuello, pero el que me llamó la atención fue uno que la llevaba colgando de la boca, mordiendo la gomita elástica. Me recordó a una gata llevando a su cachorrillo, y la imagen me hubiese parecido muy tierna de no haber sido porque al pasar a su lado me miraron con desprecio, como diciendo “apártate de nuestro camino, idiota”. Es difícil saber quién es más idiota, si ellos o yo, insisto en que todo es relativo. Pero, si se me permite dudar (algo impensable en un descerebrado auténtico), ahora mismo dudo de todo lo escrito y expuesto. Porque, los cuatro chavales con los que me crucé ayer, en lugar de envidia me dieron cierta pena. En el fondo les agradezco que me hayan regalado una historia a modo de anécdota con la que terminar este artículo.
EL CASTILLO DE NAIPES
Como las hojas del Otoño, los días de Julio van cayendo al azar. El viento caluroso juega con ellos –tal vez baila, tal vez marea– pero cuando llegue la calma después de la espiral, los días habrán formado un castillo de naipes por el que podré pasear y esconderme del mundo.
Un castillo tambaleante y al límite de su equilibrio, donde las palabras formarán figuras y el futuro los pisos que tendré que escalar –en el filo cortante de los naipes quedará mi sangre y en los vértices el tiempo detenido guardará los recuerdos como antiguas fotografías–.
Mi castillo de naipes, desafiante, tan frágil y tan bello, será mi refugio del mundo hecho con los días de Julio.
Fue la mañana más fría desde que se tienen registros. Los pocos que se atrevieron a salir de debajo de los edredones se quedaron helados después de poner los pies en el suelo frío y no tuvieron más remedio que lanzarse a la cama para no morir congelados, abrazándose a la persona que tenían al lado, los que dormían acompañados, y hechos un ovillo, los que dormían solos. Allí pasaron el día entero, sin atreverse siquiera a sacar la cabeza de debajo de las gruesas mantas para no respirar ese aire helado que se había colado en todas partes.
Por las calles, los zapatos, zapatillas, sandalias, alpargatas y todo lo que la gente se pone en los pies caminaban solos y sin dueño, como si no hubiese pasado nada.
Unos zapatos de tacón esperaban impacientes, en una cafetería, a que otros zapatos elegantes acudieran a su cita. Después de estar allí un rato se fueron por separado, a la oficina.
Las zapatillas de los “runners” trotaban por las aceras y los parques con zancadas rápidas, levantando algo de tierra en cada pisada.
En las escuelas de danza, las zapatillas de ballet hacían sus saltos y piruetas al son de música clásica, en las academias de baile, otros calzados cómodos bailaban salsa, bachata y bailes de salón.
En los campos de fútbol, veintidós pares de botas corrían tras el balón, en los gimnasios los pedales de las bicicletas estáticas giraban a toda velocidad, y sobre las lonas, zapatillas de todas clases y colores se movían a ritmo de zumba, body pump o GAP. También las botas de los boxeadores bailaban alrededor del saco sin que éste se moviese.
Las botas de agua de los niños saltaban con energía sobre los charcos o se deslizaban por los toboganes de los parques.
Mientras las casas seguían congeladas y la gente sin atreverse a salir de la cama, la Tierra siguió girando porque lo que por ella camina no dejó de hacerlo:
Los pasos inseguros de zapatos pequeños que lo hacían por primera vez, las suelas arrastrándose de los que ya anduvieron demasiados años, la cadencia larga del calzado que pasea tranquilamente por las calles y el ritmo rápido de los pasos que van con prisa…
Y así el día terminó normalmente, entre ecos pisadas y huellas en la tierra, zancadas que seguían perspectivas por delante y dejaban veredas por detrás…
Unos zapatos de tacón salieron de la oficina y al poco rato los zapatos elegantes. Se reunieron en el mismo café de por la mañana.
A los pocos minutos los zapatos de tacón se fueron muy deprisa, con pasos sonoros y altivos. Los zapatos elegantes lo harían algo más tarde y pasaron el resto del día vagando sin rumbo por las calles. Llovió, pero los zapatos no evitaron los charcos que encontró en su camino.
Aún hoy, la gente sigue bajo gruesas mantas, helada de frío y soñando con su antigua vida. Mientras, sus zapatos siguen haciendo que la Tierra gire, como si nada hubiese ocurrido.
LOS HALOS DE LAS LUCES
La claridad no es lo que evidencia las grietas, es la penumbra que vive en ellas lo que lo hace; la luz limpia seguirá su curso igual, pero siempre fuera.
Jamás repararéis en mi presencia –ni mi ausencia–, pues nunca abandono el interior de las grietas… Desde ahí burlo la luz para dibujar los halos y destellos que generalmente la acompañan. Mientras contemplas los paisajes coloridos de Junio, los reflejos son siempre míos y así los disperso para que tú los disfrutes.
No quieras sacarme de ahí, tengo que permanecer lejos de la luz –lejos de todo– trazando halos luminosos sólo para que alguien los admire.
Voy buscando trozos, reflejos, recuerdos… Están esparcidos y se ocultan entre los objetos. Algunos me ven y huyen. Otros se dejan coger y los observo atento. Si decido quedármelos se volverán negros, y ya no dejarán de preguntarme ¿por qué?
A veces tintinean como –tristes– cascabeles, como canciones mudas que sonarán cuando nadie escuche.
Estoy hecho de momentos unidos por una extraña magia. Y son tan pequeños que puedo deformarme para esconderme en las grietas que dejan los días…
Voy buscando lo que nunca tuve, lo que nunca vi, lo que yo mismo separé en retales afilados y cortantes. Quiero saber quién soy, o puede que sólo esté tratando de reconstruirme.
No llores,
cierra los ojos.
Vamos a imaginar
que todo salió bien.
Sueña alto
vive fuerte
muere libre.
Pero ahora
duerme
tranquila,
aventurera.
Me enamoré de la tormenta
pero nadie lo entendió.
Ahora soy agua
de charcos, de lagos
y gritos ahogados.
Llueven palabras
sobre las aceras
repetidas, desnudas,
son las voces que escribieron
la historia de mis días.
Despierto, confuso.
La luz se cuela entre las lamas de la persiana y me molesta. Hoy, no sé por qué, puedo ver a través de mis párpados cerrados.
La voz de mi conciencia me da los buenos días y se pone a cantar una de Sinatra. New York, New York, concretamente. No lo hace mal, además. Pero me desconcierta. Normalmente la voz de mi conciencia se limita a decirme (más bien a repetirme) las cosas que hago mal. Y las que hago medio-mal también. Además nunca, nunca jamás me da los buenos días y no estoy acostumbrado a su saludo ni a que, en un alarde de auto afirmación, incluso egocentrismo, cambie su rutina y se ponga a emular a «La Voz».
Desde que he despertado, veo también dos manos saliendo de la pared. Una a cada lado del cabecero de la cama. Las dos son masculinas, una de hombre mayor, con manchitas, y la otra jóven, muy cuidada, grande y fuerte.
No es la primera vez que las veo, la diferencia es que normalmente ambas manos me hacían una bonita peineta cada una, pero hoy se han puesto a chasquear los dedos, a ritmo de la canción. Cuando llega el estribillo, hacen un trémolo curioso. Algo así como chas-chas, chaca-chaca-chás. Admirable. Buen swim tienen mis nuevas amigas.
La canción se acaba y me dan ganas de aplaudir, pero ante mi desconcierto no lo hago y me limito a pronunciar un tímido «hola» con cierto matiz de interrogación, como queriendo preguntar en realidad, qué leches está pasando.
Ya sé que es raro que un par de manos (de diferentes personas además) oigan, pero deben haberlo hecho, porque acto seguido se ponen a saludar efusivamente. Me pregunto si saludan o si en realidad se despiden.
Me incorporo. Realizo ese ejercicio mental que a todos nos ha tocado hacer más de una vez, para determinar si estamos soñando o no. Tras el auto chequeo de mis sentidos y sus sensaciones determino que estoy despierto y bien despierto.
Quizá estoy imaginando demasiado fuerte.
O estoy escuchando demasiado hondo.
O mirando demasiado lejos.
O a lo mejor, enloqueciendo demasiado pronto.
O todo ello a la vez.
Y mientras, sigo reparando en que, la luz me molesta cada vez más aunque cierre los ojos.
–No seas mentirosa, tú no puedes ver a través de los párpados cerrados –me dice.
Bueno, esto ya me resulta más familiar. Incluso, me tranquilizo un poco. La voz de mi conciencia vuelve a criticarme, como siempre. Me quedó pensativo.
–¿Mentirosa? ¿Por qué me has cambiado el género? –Le pregunto inquieto. –Y… ¿como sabes lo que yo veo o dejo de ver? –inquiero mientras sigo abriendo y cerrando los ojos para comprobar que, haga lo que haga con ellos, soy incapaz de dejar de ver la habitación, ni las manos, que continúan saludándome – despidiéndose, aunque ya sin tanta energía, pues lleva un cuarto de hora moviéndose frenéticas.
–Yo lo sé todo chavala –me grita, altanera y prepotente, mi estúpida conciencia.
Y entonces se pone a cantar «Yo soy aquel» de Raphael. Desde luego, la voz de conciencia en cuestión musical está a la última moda. Las manos vuelven a chasquear… Eligen un tempo compuesto, un seis por ocho. Y creo que se han equivocado. Qué decepción, a esta canción no le pega nada ese ritmo.
–¡Se dice flow, antigua, que eres una antigua! –Protesta mi conciencia. Qué maja. Y así todo el día, oye.
A mitad del segundo estribillo ya me dan ganas de taparme los oídos… pero para qué. A estas alturas ¿alguien duda de que hiciera lo que hiciera, seguiría oyendo la dichosa voz y los dichosos chasquidos?
Me quito el pijama y lo cuelgo en mi “nuevo perchero”. Ante todo, uno tiene que ser práctico. Elijo la mano joven que queda completamente cubierta. Mejor así. Una cosa menos de la que preocuparse. Ya me estaba poniendo nervioso tanto soniquete.
Pero no le ha gustado. La mano se revuelve y tira el pijama al suelo. Al rincón. Para que se le llene de pelusas. Hija de puta. Motherfucker, quiero decir, pues desde que he despertado pienso en inglés.
Recojo el pijama del suelo y miro a la mano con gesto desafiante.
Anda, mira, qué peineta tan perfecta me hace. Oye, de libro. Si tuviera el móvil a mano le hacía una foto para ponerla de perfil en Facebook.
Empiezo a estar verdaderamente cansado y aburrido de este asunto. Y no sé si lo he pensado o también lo he dicho.
–¿Por qué sigues hablando en masculino? –Me pregunta mi voz, con su toque prepotente. –Y por qué piensas en inglés? –prosigue, impertinente.
En realidad, no sé si ha sido la voz o la mano la que lo ha preguntado. Pero ya me da igual.
–¡Iros a la mierda los dos! –les grito. –¡Que me tenéis hasta los cojones, coño!… ¡O hasta el coño, cojones!…
Tiro el pijama sobre la mano y salgo de la habitación enfadado. O enfadada. Ya ni lo sé. Que me estáis liando. ¡Joder! ¡Shit!
Qué pesados, por favor…
Decido darme una duchita. A ver si el agua limpiando mi cuerpo se lleva también tanta tontería.
Por inercia enciendo la luz del baño… aunque no hubiera hecho falta, pues sigo viendo perfectamente a pesar de estar oscuro.
Me veo entonces reflejado en el espejo. Sorprendentemente, tengo un bonito cuerpo de mujer… Bueno, bonito no… perfecto. No es que esté buena, no… soy la mujer 10. La mujer 10 en bragas. Yo creo que me doy un aire a Scarlett Johansson. Lo raro es que si me miro directamente, sigo siendo el mismo de siempre. Un hombre más bien normalito.
Así que prefiero mirar al espejo.
Me dan ganas de meterme mano allí mismo.
Y de hecho, no lo hago porque justo en ese momento, suena el timbre de la puerta. Sé que es el timbre porque en lugar del típico ding dong, suenan las maracas de Machín. Lo más normal del mundo.
Llaman una segunda vez.
Ahora suena el himno de Eurovisión. Voy corriendo antes de que llamen una tercera vez y suene la sintonía de “Verano azul”. Eso sí que no, por favor. Un poco de piedad, que aún no he desayunado.
Pero antes, corro a la habitación a por el pijama. Trato de cogerlo, pero la mano-perchero no lo suelta.
Forcejeo y tiro del pijama con todas mis fuerzas, pero lo tiene muy bien agarrado, la hija de puta. Son of a bitch, quiero decir, que sigo pensando en perfecto inglés.
Se me ocurre abrir el armario y buscar algo con lo que taparme.
Pero… sinceramente… no me atrevo. Prefiero abrir la puerta de entrada en bragas antes que abrir el armario y por ejemplo, me muerda la ropa que hay dentro.
Corro hacia la entrada, pero antes paso por el baño y me miro al espejo una vez más… estoy buenísima de la muerte. I’m so pretty… quiero decir.
Y sigo corriendo hacia la entrada, toda pizpireta, con mis braguitas rosas. Qué monas son, con ese lacito rojo tan bonito.
Mientras voy llegando compruebo cómo la oscuridad sigue huyendo de mí. La veo atravesarme como si nada y alejarse por el largo pasillo, en dirección al dormitorio, de donde salió.
Ahora lo comprendo todo:
No es que pudiera ver a través de mis párpados cerrados (que tampoco sería tan raro, ¿a quién no le ha pasado alguna vez?) lo que ha ocurrido es que al despertar, la oscuridad ha huido de la habitación (o de mí) y se ha ido hacia la puerta de entrada. Igual que el humo de un cigarrillo se va hacia siempre va a la cara del que no fuma.
Al girarme, me percato de la gran medusa que flota frente a la puerta. Con una sonrisa de oreja a oreja. Tienen orejas las medusas? Pues no lo sé… al menos esta si.
Debo de estar bajo el agua. Eso explicaría el por qué hace ya rato que tengo la angustiosa sensación de que me estoy ahogando… ¿Cuánto tiempo llevo sin respirar? No lo sé, pero de momento es soportable. Cuando me vuelva azul, entonces ya veremos.
Ah sí… la puerta. Se me había olvidado. Esquivo la medusa, giro la manilla y abro muy despacio.
Vete tú a saber lo que me encontraré al otro lado.
He aquí:
Chris Hemsworth vestido de enfermero, todo sonriente.
–Come in, come in –me invita a pasar sin dejar de sonreír.
Boquiabierto y ojiplático, cruzo la puerta y entro a lo que parece la recepción de una consulta médica privada.
Sostiene otra bata para mí, de color verde, y me la ofrece. La mía es mucho más fea, de enfermo de hospital, anudada por detrás, humillante, diría yo,
Prefiero la suya, la verdad, parece hecha a medida para resaltar su cuerpazo. Qué guapo está, con su pelo rubio, sus ojos azules y su 1,81. Sólo le falta el martillo de Thor, al canalla, pero no podría sujetarlo, veo que le falta su mano derecha. Aunque su muñón es perfecto y redondo y no lo cruza ninguna cicatriz. Me dan ganas de pedirle un autógrafo. O un selfie. O dos besos… o lo que sea!… Pero no puedo, pues, aunque pienso en un perfecto inglés, soy incapaz de hablarlo. Ya es mala suerte; no creo que vuelva a verme en una situación como esa.
Me pongo la bata verde mientras Chris Hemsworth me mira de reojo, con cierto deseo, diría yo. Quizá es que le han gustado mis braguitas rosas. A quien no…
Con su mano buena (la otra hace rato que la metió en el bolsillo de la bata) me señala una puerta.
Y se esconde detrás del mostrador, desde donde, sin perder esa sonrisa, me sigue señalando la puerta con su mano buena.
Si Chris Hemsworth me pide que cruce la puerta, yo la cruzo. De igual manera que si me pidiera sonriendo que hiciese el pino-puente o abriese la ventana y saltase por ella, lo haría sin dudarlo.
Así que, anudando mi humillante bata (y notando la mirada de Chris Hemsworth en mi culo) cruzo la puerta para ver qué es lo que ocurre ahora.
Aparezco en una habitación grande y vetusta. Todo se ve en blanco y negro y con un ligero matiz sepia como una fotografía antigua, excepto yo, que tengo el color de un negativo de fotografía, también antigua, para no desentonar. La habitación tiene un ventanal enorme por la que se ve una ciudad, también antigua.
En la pared, a una estantería pesada e inmensa ya no le caben más libros, y delante de ella, hay una mesa también clásica y pesada, llena de papeles con anotaciones hechas a mano, de una caligrafía interesante.
Unas cuantas estanterías y vitrinas con objetos de lo más variado adornan las demás paredes y rincones. Parece la consulta de un médico de principios de siglo.
No le falta ni el esqueleto típico, a tamaño real, que a decir verdad, me da muy mal rollo, porque da la sensación de que está pendiente de mis movimientos y además, desde que he entrado no hace más que guiñarme el ojo. Y esa sonrisa llena de dientes, y ese pose altivo con la cabeza que casi le apunta al techo…
Hay un diván clásico y típico enfrente de la mesa.
Juraría que el esqueleto, sin pronunciar una palabra ni hacer un solo gesto, me invita a sentarme.
Mis pasos desnudos tan apenas se oyen en el suelo de madera oscura.
Me recuesto en el diván sin apartar la mirada del esqueleto, al que advierto, como no, que le falta la mano derecha.
Me relajo en el diván y espero a que algo ocurra…
Llaman a la puerta que se abre despacio.
Entra Sigmund Freud, fumando un puro enorme y echando bocanadas de humo que se queda orbitando alrededor de su cabeza. La brasa anaranjada del puro es el único color en la habitación que sigue viéndose en blanco y negro.
Lo veo relativamente bien… considerando que lleva casi 80 años muerto. Yo creo que aún no se le ha manifestado el cáncer de paladar que lo mataría a los 83 años.
Saluda con voz animada y decidida y nos estrechamos la mano al tiempo que se presenta.
Se sienta en la mesa. Saca una libreta y apaga el puro.
El humo se queda alrededor de su cabeza. Ya debería haberse difuminado. En cambio, se ha quedado formando un disco. Igual que los anillos de Saturno. Con la sonda Cassinni y todo, orbitando alrededor.
Entonces se pone muy serio y me pide que se lo cuente todo.
–¿Todo? –repito lentamente, separando un poco las sílabas. Quiero que sepa que como empiece a contar, va a flipar en colores.
–Todo –sentencia, mientras pienso que con la cantidad de cosas que habrá escuchado este hombre a lo largo de su vida estará inmunizado contra todo. Bueno, contra el reguetón seguro que no. Como le cante algo de lo que suena últimamente por aquí entonces sí que va a flipar, me echa de la consulta seguro. Pero no quiero que se avergüence de los futuros giros ni vuelcos que dará de la humanidad, así que empiezo a contarle con todo detalle lo que me ha ocurrido desde que he despertado.
Estoy como tres cuartos de hora contándole, sin parar. Cuando termino, tengo la boca seca. Qué bien me he quedado, oye.
Y un silencio que considero demasiado largo se apodera de la consulta. Decido esperar un poco más a ver si arranca.
–Qué opina, doctor –pregunto impaciente.
Pero nadie responde.
Me levanto del diván despacio y extrañado –o extrañada, ya ni lo sé–. Veo que la habitación ha recuperado el color, que no hay nadie sentado detrás de la mesa y que la cabeza del esqueleto apunta hacia abajo y parece muy triste con sus cuencas oscuras y vacías.
Salgo por la puerta de la consulta y Chris Hemsworth, tras el mostrador me extiende una factura por un importe de 50.000 euros. Creo que es un poco caro, pero pago sin rechistar con mi American Express mientras me despido babeando con alguna frase en perfecto Spanglish. Ni un selfie con él ni nada. No me atreví ni a pedirle el recibo. Soy una idiota.
Abro la puerta de mi casa y vuelvo a mi habitación.
La medusa que antes había en el pasillo ahora es un perro que duerme tranquilo y no parece haberse enterado de todo el jaleo.
La sensación de estar debajo del agua ahora es justo a la que precede al despertar.
Me meto en la cama. Las manos del cabecero son lamparitas normales y corrientes. Antes de abandonarme al sueño las apago. Todo se queda en silencio y en perfecta oscuridad.
Despierto muy confuso, rodeado de destellos blancos. Están por todos lados y giran alrededor de mi cabeza. O tal vez soy yo la que gira. O la habitación. No lo sé. Quiero hablar pero no puedo y me duele todo el cuerpo. Oigo una máquina a mi lado que hace sonar unos pitidos al compás de mis latidos.
Aún tardaré un rato en eliminar la anestesia.
Un médico que se da un aire a Sigmund Freud –acompañado de un enfermero que se parece un poco a Chris Hemsworth– me dice que la operación de cambio de sexo ha sido todo un éxito. Me lo dice en castellano aunque la clínica está en Nueva York –elegí la mejor del mundo y me ha costado un dineral–. Pero estoy convencido de que el resultado merecerá la pena.
Les doy las gracias y me quedo sonriendo.
–Lo primero que haré cuando me quitéis todos los puntos, será ponerme unas braguitas rosas –les digo.
–¿Con lacito? –preguntan a la par.
–Por supuesto –les digo satisfecha.
Dijo que era mi ángel de la guarda
pero tenía garras, colmillos
y mirada de loco.
Por las noches afila sus uñas,
por el día me dice al oído
“vente conmigo bonito”.
Yo trato de vencerle
con una guitarra vieja,
con mis piezas de ajedrez
y mi bote de Prozac,
pero sabe arañar y morder
siempre donde más duele.
Justo antes de dormir me sienta en su regazo, me desea tristes pesadillas y entona una nana siniestra. Acompaño su canción con mi guitarra de cuerdas oxidadas y lo miro de reojo… no sé si le tengo miedo o si le odio, pero mientras él me cante cada noche yo seguiré tocando y sentiré sus colmillos alimentarse de mi carne.
Sólo cuando ya no tenga nada que quitarme, me arrepentiré de no haberle estampado la guitarra en la cabeza, al hijo de puta.
Nací antes de tiempo, tenía prisa por salir. Otras flores me siguieron pero yo fui la primera en llegar a estos días inusualmente cálidos.
Justo enfrente de tu ventana, mi solitaria rama cabecea con el viento y durante unas pocas mañanas he contemplado tu mirada lanzada al infinito y el vuelo de tu pelo al aire fresco del Norte.
Vivo mecida y colgante, contando las horas del tiempo que me queda, porque esta noche el frío del invierno volverá y congelará mis hojas pequeñas. Cuando mañana abras de nuevo tu ventana el rocío brillando sobre mí será lo único que pueda dedicarte… Y mi vida fugaz en un fragmento de primavera.
Para Ana
LAS FLORES
Mayo comienza deshojando los días del calendario con la ilusión de un enamorado, pero al terminar sólo quedarán tallos rotos y pétalos salpicados de sangre.
Nunca sabremos si sus flores fueron una declaración de amor o de perdón, una bienvenida o una despedida.

—Sé bienvenido a la casa del terror… Puedes seguirme. Eso sí, si lo haces no habrá vuelta atrás—. Eso dijo el nota, disfrazado y maquillado como Igor, con voz impuesta y pomposa, justo antes de desaparecer por la gran puerta de madera de aquel casoplón que parecía a punto de empezar a caerse a pedazos.
Me adentré despacio, tranquilo, tras él.
La entrada daba al hall principal que estaba en ligera penumbra, pero se podía ver medianamente bien.
Igor se metió sin mediar palabra por una de las varias puertas que había en el hall. Le seguí. Daba a un pasillo muy largo y oscuro, con varias ventanas de las que salía luz y una puerta cerrada al fondo. No vi a Igor por ninguna parte.
—A ver qué pasa ahora—, pensé. Supongo que lo de siempre. Más de lo mismo. A ver monstruitos.
La primera ventana daba al exterior. Fuera, Frankenstein cargaba un fardo enorme, con ramas caídas de los árboles. Las dejó en el suelo y Leatherface, de “La matanza de Texas” con su motosierra las cortaba en trozos pequeños, ayudado por Jason Vorhees de ”Viernes 13” y su gran machete. Así estuvieron un rato, sin hacer nada más.
Yo flipé.
En la siguiente ventana, Freddy Kruegger de “Pesadilla en Elm Street” cortaba vegetales con su guante de cuchillos que después iba añadiendo a un caldero que hervía al fuego mientras canturreaba con su voz ronca una melodía pegadiza. Me miró y me guiñó un ojo.
Seguí flipando. En colores.
En la tercera ventana, la niña del exorcista estaba en la cama, con pinta de tener un gripazo terrible. Drácula, sentado en una pequeña silla a su lado dejó en la mesilla un libro de cuentos infantiles y empezó a darle cucharadas de un plato de caldo humeante.
Te cagas, pensé.
Y en la siguiente, la muerta de la curva tomaba y acariciaba la mano de una anciana con la mirada perdida. “No te preocupes por nada, yo estoy contigo”, le decía suavemente sin dejar de mirarla con dulzura.
—Esto es el colmo—, me dije. ¡Que me devuelvan el dinero!
Seguí andando por el largo pasillo. Muy enfadado. —¡Menuda mierda de casa del terror. En cuanto pille al encargado de esto le voy a montar un buen pollo. Estafadores!—, grité.
Pero aún quedaban unas pocas ventanas por las que había que pasar, antes de poder salir de allí.
La siguiente ventana daba de nuevo al exterior. Al mar. No entendía nada. Estaba a cientos de kilómetros de la costa, pero era el mar de verdad.
A lo lejos, divisé una patera inmensa, llena de inmigrantes, sobrecargada. Por sus caras, debían de llevar días navegando. El mar estaba embravecido y una ola hizo volcar a la patera. Las olas que después la azotaron la hicieron pedazos. La gente gritaba en mitad del océano. En unos minutos, unos se ahogaron y otros, agarrados a los trozos que aún flotaban, quedaron a merced de las olas que no dejaban de barrer el mar.
Un poco más lejos, un trasatlántico lleno de turistas pasaba de largo, como si no hubiese ocurrido nada. Muchos de ellos hacían fotos desde la cubierta. Algunos, incluso se hacían selfies con la tragedia de fondo.
Seguí caminando por el pasillo, desconcertado.
La siguiente ventana daba a una selva impresionante. No sé cuál sería, la Amazónica tal vez, o la del Congo. A la vez que por un lado unos hombres talaban árboles, otros construían carreteras, y otros, al volante de máquinas pesadas penetraban en la selva destruyendo todo a su paso. Miles de animales huían despavoridos… —¿Dónde irán ahora?—, me pregunté apenado.
La última ventana daba a una habitación con una pantalla inmensa en la pared. 4K, Ultra-High-Definition, ponía en un cartelito. Un niño sentado en el suelo la miraba absorto. En la pantalla las imágenes cambiaban cada pocos segundos: Un asesinato, una violación, un torturador y su torturado ensangrentado, un avión bombardeando una ciudad, cientos de peces muertos tras una marea negra, un linchamiento, una ejecución, un cazador, un incendio provocado, la lluvia ácida tras una explosión nuclear, unos niños cubiertos de polvo extrayendo minerales de una mina, otros niños muriéndose de hambre… Todo ello sin pausa y en bucle.
El niño giró su cabeza y me miró riéndose. Me disparó con una pistola imaginaria. —¡Pum! estás muerto—, me gritó sin dejar de reír.
Mi pecho empezó a mancharse con algo caliente, muy parecido a la sangre. Parecía de verdad. Puse mi mano en la herida imaginaria y en la mancha que cada vez era más grande y me eché a llorar.
Una puerta al final del pasillo se abrió y el resplandor del día lo iluminó todo. Salí corriendo de allí y no paré hasta caer exhausto. No fui capaz de mirar hacia atrás.
Todavía tengo pesadillas.
Nada más fácil –dijo la pitonisa– simplemente tienes que ponerte a medianoche delante de un espejo con los ojos cerrados, tú sola y a la luz de una vela. Justo después de que suene la última campanada –y entonces se puso muy seria– abre los ojos y verás en el espejo al hombre con el que te casarás, a tu lado.
Decidió hacerlo esa misma noche.
No tenía miedo pero estaba muy nerviosa por la emoción. Comenzaron a sonar las campanadas y ella empezó a preguntarse; ¿será guapo? ¿será apuesto? ¿tendrá elegancia y don de gentes? ¿será bueno? ¿me tratará como a una reina? ¿tendrá los brazos fuertes y las manos grandes? ¿tendrá los ojos claros o el pelo oscuro?
Las campanadas dejaron de sonar.
Ella abrió los ojos muy despacio…
Gritó con todas sus fuerzas, absolutamente aterrada.
En el espejo sólo estaba ella. Nadie más.
La posibilidad de no casarse y tener que estar sola el resto de su vida le pareció espeluznante.
Agradecimientos:
Marisa y Bea
A causa de los imparables contagios, el estado de alarma se prolongó primero dos semanas, luego 6 meses y después 20 años.
Aún recuerda la noche del estreno, sus compañeros de función huyeron como ratas por la cuarentena pero él decidió quedarse y actuar. “El espectáculo debe continuar”, sigue repitiéndose cada noche, justo antes de salir y darlo todo frente a su público imaginario.

1
Ya en la orilla y después de varios días de terrible travesía, Nabila, exhausta y con su hijo en brazos saltó de la barcaza clavando las rodillas en la arena. Antes de desplomarse y cerrar sus ojos para siempre pudo ver cómo Hakim abría los suyos.
20 años después Hakim sigue paseando cada día por la playa donde todo comenzó. Tras las olas rompientes aún le parece distinguir la voz dulce de su madre. Y piensa que en la espuma blanca bañada por el sol, su alma continúa visitándole.
2
EN DEUDA CON EL MAR
La vida de Hakim siempre estuvo ligada al mar. Vivía por él, se alimentaba de él, se sentía en deuda con él. Incansable, podía nadar, bucear o surfear durante horas. Es quien mejor me entiende, solía decir.
Un día, con su tabla de surf debajo del brazo, lanzó su mirada más allá del horizonte y decidió saldar su deuda con el mar. Moriré acariciándolo, le dijo a una anciana en la playa a modo de despedida. Y se adentró en sus aguas con la sensación de que éstas se abrían a su paso.
LA CIUDAD CALLADA
Tras las ventanas, la vida callada sucede más lejos de lo que alcanza nuestra mirada. Oculta entre las 4 paredes, no suena, no luce, no deja evidencia.
Allí donde no hay ventanas, Abril florece sin nosotros. Desatado, gritará su libertad y todo aquello que estábamos matando tendrá su momento y su lugar, su respiro y su oportunidad.
Abril habla y nos hace callar a todos. Encerrados y en silencio, oigamos qué tiene que decirnos.

–Me pareció ver un lindo gatito. Un gatito negro.
–No es un gatito. Es una leona.
–¿Una leona de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen leonas de color negro.
–Sí que existen. En mi cabeza.
–Pues sal corriendo.
–No puedo, estamos encerradas ella y yo.
–¿Y esa ventana?
–Sólo está dibujada en la pared.
–Pues busca algo a lo que subirte. Un árbol, por ejemplo. Encuentra un árbol y trepa por él. La leona no podrá subir.
–Cuando lo hago la leona se convierte en leopardo. O en jaguar. Son muy buenos trepadores.
–¿También negros?
–Sí. También negros.
–Pues ahuyéntala. Haz fuego y ahuyenta a la leona.
–Entonces se convierte en oso polar. Todo se cubre de hielo, es imposible hacer fuego.
–Espera. ¿Un oso polar de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen osos polares de color negro.
–En mi cabeza sí. Mira. ¿No lo ves?
–Anda, es verdad.
–Está manchado de sangre.
–Sí, es mi sangre.
–¿Te ha mordido?
–No. Aunque me enseña los dientes nunca me muerde. Yo le ofrezco mi cuello pero no lo quiere. Sólo me acecha y me lanza zarpazos. Le gusta recrearse, está jugando con la comida.
–Mira, unas escaleras. ¿Qué habrá arriba? ¿Has mirado?
–Sí, he mirado. Hay un lobo.
–A ver si lo acierto, un lobo de color negro.
–Sí, de color negro.
–Y ¿ese también te acecha y te araña?
–No, ese sí que muerde. Y muy fuerte.
–¿Y qué quiere? ¿Tus huesos?
–No no, ojalá los quisiera. Ese solo muerde mis recuerdos. En sus fauces caben muchos.
–Oye, yo también estoy sangrando.
–Sí, es que te ha mordido.
–Pero ¿cuando? No me ha dolido.
–Cuando has venido. Y ya te dolerá.
–Entonces ¿ahora ya soy como tú?
–Sí. Has hecho muy mal acercándote a mí.
–¿Y qué vamos a hacer?
–No lo sé. Lo único que espero es que se cansen y se vayan.
–Pero mientras ¿qué haremos con todas estas heridas?
–Cuando cierren quedará una cicatriz.
–¿Una cicatriz de color negra?
–No. Esa será de color roja. Roja brillante, intensa. Será el único color además del negro.
–Oye ¿y por qué no gritamos?
–Porque no sirve de nada. Además, el primer zarpazo de la leona nos dejó sin voz.
–Entonces lloremos.
–No podemos. El segundo zarpazo nos dejó sin lágrimas.
–¿Y el tercero?
–Ese nos dejó sin sueños.
–Entonces tan sólo durmamos. Durmamos y olvidémonos de todo.
–Sí, pero sólo hasta que mañana todo vuelva a empezar.
–Oye… ¿por qué sonríes?
–Al menos ahora tengo alguien con quien hablar.
Rueda, bajo mis pasos la ciudad
sus rincones y resquicios
un jamás entre la lluvia
un perdón ante tu llave
abrí la cerradura
de una puerta dibujada.
Rueda, vaivén oscilante
ella viene y yo me voy
marea, me busca
mi valiente odisea
huyo como siempre y
vuelve como nunca.
Rueda ella, ruedo yo
los días sin sentido
las noches recordadas
la nostalgia también calla
aunque sigas preguntando
si todavía vive en mí.
Ruedan, las caras de la verdad
como perfectos engranajes
la mirada vergonzosa
y el rojo de la herida
es el rastro que seguí
para escapar de ella.
Los días son densos como una taza de chocolate caliente. Rezagadas las horas no puedo desecharlas y la memoria, desbordada, no lo soporta más. Entonces el tiempo cae y ya no se levanta, se queda en los rincones y debajo de la cama. Por las noches el aliento se enfría como cuando se materializan los fantasmas, y al hacerlo, sus bocas se mueven pero nunca dicen nada, por eso si me preguntan no sé qué contestar.
Mientras todos huís yo escribo espirales con demonios y dragones. Las manecillas del reloj siguen clavadas en mi carne y aunque el tiempo pase lento, al hacerlo me corta y me desangra.
Si esta noche –en lugar de los fantasmas– eres tú quien venga visitarme, seré yo el que te pregunte ¿cuánto tiempo me queda? Y tú tampoco sabrás qué contestarme.
Cuando abren los museos de la memoria, los recuerdos pasean despacio y las horas desbordan debajo las sábanas.
Las noches ya no son negras, ahora son blancas y en ellas podrás ver mi sangre y mis huesos tratando de escapar hacia la mañana. Y cuando llegue, la mañana ya no será blanca, será negra y con ella cubriré mi rostro para que nadie pueda ver mi angustia.
LA PRIMAVERA
Los hastíos del invierno vuelven como vidas pasadas, como insomnios de muñecos rotos.
El tic tac de mi cabeza sólo es hielo derretido, que gotea –que golpea–, del mismo modo que la consecuencia de Marzo, su última voz –otra vez–, es la primavera:
Ve corriendo a contar las flores.
Yo me quedo, contando las estrellas.
EL FANTASMA PASEANTE
Hoy, el techo del bus en el que voy camino del trabajo tiene forma curva. Las luces LED transversales en su recorrido dan la sensación de que te adentres en una oscura bóveda de cañón con una bonita iluminación nocturna. Me ha gustado… Pero el paseo acabó rápido. Incluso los últimos asientos, que es donde yo me siento, están muy cerca.
Sí, esa fue la sensación al caminar por el pasillo del bus. Un –bonito– túnel abovedado que se acabó demasiado pronto. Pasearía más largo, más tiempo. Se me da bien pasear. Me gusta. Lo hago frecuentemente (y más aún teniendo dos peludos y una mujer a la que también le gusta pasear).
Cuando el mundo se acabe para mí yo seguiré paseando… Seré el fantasma paseante y la gente podrá fácilmente verme pasear por la ribera del Ebro. Pero no asustaré a nadie, seré un fantasma bueno… Los que me vean (niños, en su mayoría) dirán ¡he visto un fantasma! ¡Llevaba una guitarra a la espalda, y tarareaba una melodía triste! E Iker Jiménez hará un programa en exclusiva para mí… Y las grabaciones captarán un lamento lejano y una neblina difusa, yendo y viniendo, que a la gente le gustará atravesar por su sensación de frescor… pero la neblina huirá siempre de ellos, más largo, más tiempo…
No me hagáis caso. A veces yo también escribo por escribir del mismo modo que hay gente que habla por hablar.
En realidad, cuando todo esto se acabe, no querré ser un fantasma que va con su guitarra a la espalda tarareando canciones tristes. No sé si lo he dicho alguna vez, pero no necesito otra vida, ni otra dimensión, tengo suficiente con una, con estas. Por eso, cuando la fiesta termine, me bastará con ser un recuerdo, borroso y lejano –como un fantasma–, que un día escribió (por escribir) acerca de un bus con el pasillo abovedado iluminado, por el que un hombre con una pequeña mochila en lugar de guitarra, hizo un paseo que por lo bonito que fue le resultó demasiado corto.
LA AUSENCIA
Esos días ausentes de Febrero son los ecos de Enero que alguien olvidará y al día siguiente echará de menos.
Sol de lluvia, frío de nieve, flor de niebla y de invierno terminarán, pero, como los buenos sueños, lo que viene después nunca es mejor.
Hay ausencias que no acaban, aunque tratemos de llenarlas con la primavera que vendrá.
Sueña si así lo deseas. Al despertar verás que lo que a Febrero le falta no puede cubrirse con nada.
En mis ratos libres
con el disfraz por los tobillos
trazo una línea en el suelo
para estar detrás
con los ojos vueltos
y engullirme a mí mismo.
En mis ratos libres
si quieres búscame
pero no me encuentres
me tengo a mi merced
lejos de tu alcance
soy un péndulo en pendiente.
En mis ratos libres
sonriente soñador
varado entre cristales
no me olvides por si yo lo hago
deja que aprenda de
mis dragones y abismos.
En mis ratos libres
soy yo el que se muere
un poco cada noche
a pesar de todo
dibujando una ciudad
paseando entre su niebla.

Lunes antes de almorzar, una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que planchar: Así planchaba así así, así planchaba así así, así planchaba así así, así planchaba que yo la vi señor juez, tiene usted que hacer algo, no es normal que una niña tenga que hacer las tareas de la casa, y menos aún la plancha, que una cosa es colaborar y otra muy distinta es tener que lavar, fregar y planchar cuando tendría que estar estudiando o jugando con sus hermanos, ellos seguro que estaban dándole al balón o a play, mientras la niña tenía que hacer la casa, señor juez, por favor, haga usted algo porque esto es un caso claro de explotación infantil.
Los servicios sociales se hicieron cargo de la pequeña y al poco tiempo su padre viudo huía ahogado por las deudas de juego. Una familia la adoptó y tuvo una infancia muy feliz.
Por la raja de su falda yo tuve un piñazo con un Seat Panda, me volvía loco con su Chupa Chups, qué vicio, qué vicio tenía la chavala, la tuve que despedir porque se negó a compartir la habitación del hotel en nuestro primer viaje de negocios, no es no, me decía, estaba buena pero era una mojigata, señor juez, eso le contaba el baboso del director general a su asesor, presumiendo, orgulloso, ni siquiera se esperó a que yo terminara de limpiar y saliera por la puerta, ese hombre es un acosador, conmigo también trató de propasarse, señor juez..
Esa y otras denuncias por acoso hicieron que terminase destituido. Su mujer se divorció al poco tiempo, y aunque no llegó a entrar en la cárcel, sus antecedentes y lo mediático del caso arruinaron su vida.
“No es no” le seguía gritando la gente años después, cuando se lo cruzaban en cualquier momento, en cualquier lugar.
Que no la encuentre jamás o sé que la mataré… Por favor, sólo quiero matarla, a punta de navaja, besándola una vez más, eso iba cantando el malnacido señor juez, mientras entraba en su casa y daba un portazo. Llamé inmediatamente a la policía y se lo hice saber mientras aporreaba su puerta, cuando lo vi salir salpicado de sangre y con cara de loco me encerré y por la mirilla vi como se arrojaba por la barandilla de la escalera, entonces entré en su casa y ahí estaba, tirada en el suelo, intenté cortar la hemorragia taponándole la herida hasta que llegó la ambulancia y la policía. Todavía tengo pesadillas, señor juez.
A las poco rato fallecía en la mesa de operaciones; perdió demasiada sangre.
La sangre siempre es la sangre.
La olvidada, la antigua y la nueva, que aún hoy siguen siendo derramadas por el mismo motivo.
Mientras su hija adolescente, abatida y desolada la limpiaba del suelo, alguien al otro lado del globo, seguía cantando la canción:
“Así limpiaba, así así”.
LA VERDAD
Aunque troceemos la realidad en pedacitos de 30 días para poder entenderla mejor, a Enero le basta sólo un intento y en su llegada nos hace un sitio a modo de última oportunidad.
Nuestra versión de la verdad, elegida o impostada, quedará cubierta por el frío de Enero. Y sólo entonces sabremos que nada ha cambiado, que la venda sobre nuestros ojos sólo será un poco de escarcha volada por el viento gélido de Enero.