Adolescencia muerta

Fui príncipe despintado
vestido de azul
sapo feo y gordo
en charca de ciudad

Jugamos al ahorcado
con tu melena rubia
y a las canicas con
mis ojitos de cordero

Planté flores detrás
de cada esquina
para que tú no las vieras
y perdí todas las noches
viéndolas crecer

Los miedos venían envueltos
en sábanas de fantasma
todos los días corría
con zapatillas de tacón

Fue bonito y horrible
ver la boca del lobo
con colmillos de cachorro

El tiempo libera y aprieta
sonríe y ahoga
te enseña la lección
llamándote idiota
y lo deja todo
perdido de arrugas

Desde los tejados
agarrado a las antenas
contemplo mi obra
y la lluvia caída
tras las esquinas
las flores muertas
que nadie recogió

Mi nueva afición

Necesito un hobby
para emplear mi tiempo
y distraer mi mente

Catador de venenos
aprendiz de fakir
equilibrista ebrio
domador de tiburones
pintor de casas encantadas
o ayudante de bruja medieval

Además de tus uñas en mi piel
quiero unas garras
hundiéndose en mi carne

Me cansé de mi oficio
y de mi don

Soñador de imposibles
dibujante de vuelos
pensador de laberintos
constructor de dudas

Me aburrí de otear infinitos
y vigilar estrellas fugaces

Vente conmigo
será divertido
saltemos juntos
al vacío existencial
y bailemos claqué
bajo el fuego cruzado

MANZANAS

1.- LA PRIMERA MANZANA

Qué día tan chulo que hace, aquí en el jardín del Edén… Ese sol, ese calorcito, ese cielo azul y despejado adornado por esas nubecitas tan delicadamente esparcidas al azar.
Pedazo de vista hay desde aquí: Ese pequeño lago, esas montañas lejanas, ese fulgor, ese verdor, esa frescura… ¡Qué pasada! Parece un paisaje pintado por un impresionista, Monet o Renoir.
Mirad los leones y los cervatillos.
Los tigres y los corzos.
Los cocodrilos y las cebras.
Qué tranquilos están.
En paz y armonía.
Todos durmiendo tranquilamente.
No hacen otra cosa en todo el puto día.
¡Qué aburrimiento! ¡Por Dios! Qué coñazo es esto a veces.
Lo más interesante que puede pasarme aquí es que la brisa, que a veces sopla, me balancee. Un poco, no os vayáis a creer.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, colgada de este árbol que parece la perfecta perfección. Incluso parece que irradia luz, el árbol y todo lo demás. Mires donde mires hay brillos, reflejos y destellos opalescentes… Aquí es que todo es tan puro, tan intenso y tan refinado que a veces agobia.
Pero ahora fíjate en mí, por ejemplo: Mi piel suave, con su brillante rojo intenso y las motitas blancas como el rocío del amanecer del primer día de primavera, y ese rabito tan fino y gracioso con el que me agarro al árbol…
¡Qué guapa que soy, por favor! ¿No te mueres de ganas por morderme y saborearme? ¿No darías lo que fuera por hacerlo? Pues ella no, o al menos, no lo parece.
Eva, creo que se llama. Viene siempre desnuda. Con su piel suave y su pelo largo y ondulado del color del Otoño, con sus pies pequeños y sus manos de pianista; sus ojitos azules y esos hoyuelos que se le marcan en su carita al sonreír… Y esos pechos pequeños con sus pezones oscuros y afilados que se mueven garbosos en cada paso. ¡Ufff, cómo me pone!
Viene todos los días con él, su marido, su novio o lo que sea. Peludo, grande, bruto y con todo colgando groseramente. ¡Qué mal me cae, el palurdo! A saber en qué gilipollez estará pensando… en fútbol o en cerveza, seguro.
En cambio ella, mírala, observando, meditando, con esa mirada lejana y melancólica. Seguro que por las noches lee a Stendhal o Pessoa y piensa en el movimiento planetario o en la importancia del Mindfulness.
Pues siempre vienen, me observan y después se van. Una vez ella estuvo a punto de hacerlo. Tocarme, cogerme. Casi pude oler su piel. Yo creo que huele dulce, a algodón de azúcar o a dulce de leche.
Algún día dejará al paleto con el que va y entonces me cogerá, me morderá y seré suya… y será mía.

* * * * * 

Otro día más, tan maravilloso y perfecto, tan luminoso y primaveral.
Exactamente igual que todos los demás.
Ni siquiera hay moscas, avispones o gusanos que horaden mis entrañas.
¡Esto es insoportable!, si no me ocurre algo pronto me volveré loca.
Evita, mi amor… ¿Dónde estás? Ven conmigo, por favor…
Tengo que hacer algo.

—¡Hola señora Serpiente!
—Sssssss!!!
—Aquí arriba, la manzana, las verdes no, la roja brillante, la de las motitas blancas.
—Sssssss!!! Sssssss!!!
—¿Quieres jugar a un juego conmigo?
—Sssssss!!!
—Es muy divertido, ya verás qué bien lo pasamos
—Sssssss!!! Sssssss!!! Sssssss!!!
—Mira, es muy sencillo, vamos a jugar a que tú eres muy lista, que sabes mucho de este lugar y no tiene secretos para ti.
—Sssssss!!! Sssssss!!!
—¡Perfecto! Yo seré un árbol prohibido y tú te llamarás, por ejemplo, Satanás. ¿Qué te parece?
—Sssssss!!! Sssssss!!! Sssssss!!!
—¡Muy bien, pues empezamos a jugar! ¿Ves a esa pareja que está ahí tumbada?
—Sssssss!!!
—Pues tienes que decirle a la chica exactamente lo siguiente…

2.- LA MANZANA ACELERADA

Llevo colgada de esta rama un montón de años, con una perspectiva inmejorable.
No me aburro lo más mínimo y me encanta lo que hago: observo, pienso y vuelvo a observar. Estudio alternativas, las comparo y memorizo la que creo correcta.
Concentrada me fijo en el vuelo de los pájaros, en cómo ascienden y cómo descienden, miro cómo cae la lluvia, como sube el humo…
Atenta veo a la gente jugar, bailar, saltar, caer, pelearse y llorar. He visto muchas lágrimas precipitarse contra el suelo.
Por las noches hago lo mismo, miro las estrellas, los planetas y la luna. Memorizo las órbitas y trato de anticiparme a ellas para predecir los eclipses… y nunca duermo, es una completa pérdida de tiempo. Prefiero observar, comparar y memorizar. Una a una, recito mentalmente mis teorías y ya tengo unas cuantas. Ojalá pudiera apuntarlas y hacer unos tratados. Pero es imposible, yo sólo soy una manzana.
Los de ahí abajo están bastante atrasados aún, lo sé. Llevo mucho tiempo observándoles también a ellos y creo que les falta… perspectiva e imaginación. Dan por supuesto muchas cosas y esto no funciona así.
Aunque hay un joven que viene por aquí cada pocos días, tiene los ojos oscuros, el rostro afilado y una cabellera grisácea. Siempre viene solo y se muestra pensativo. Hace lo mismo que yo: observa, piensa, reflexiona y después se marcha por donde ha venido. Pero él puede escribir y tiene mucha suerte de poder hacerlo. Me gusta ese joven, es diferente al resto. Me gustaría hacer algo por él, porque tengo la sensación de que busca algo y no acaba de encontrarlo.

* * * * *

He dejado de observar el mundo, las estrellas, los elementos. Las conclusiones a las que he llegado creo que son correctas: ya sé qué fuerza tira de mí hacia abajo y qué otras rigen todos los movimientos, comprobé, sólo con minuciosa observación, que todas ellas se pueden aplicar a todos los niveles, a las cosas pequeñas y cotidianas, pero también a las cosas grandes e incluso a escala planetaria.

Hace tiempo que me dedico a observar al joven que todos los días viene aquí.
Continúa meditabundo, sigue mirando y observando… me he fijado que mira las mismas cosas que yo y del mismo modo. Creo que está a punto de llegar a las mismas conclusiones a las que yo llegué en su día, pero no termina de hacerlo.
Mira, ahí está, acaba de llegar de nuevo. Se ha sentado a la sombra de mi árbol. Lo tengo justo debajo, en mi vertical.
Este joven necesita un golpe de suerte. Una evidencia. Y voy a dársela.

—¡¡¡ Banzaaaai !!!

 

3.- LA MANZANA ENVENENADA

Al pasar la barca…
Me dijo el barquero…
Las niñas bonitas…
No pagan dinero…

Yo soy muy bonita…
Y así quiero ser…
Me guardo el dinero…
Una y otra vez.

¿Os gusta la canción que he escrito? Seguro que sí.
Soy la manzana más bonita del reino, no hay otra como yo. Mirad mi piel, roja y brillante como un rubí recién pulido por las manos de un maestro joyero. Tersa, suave y sabrosa, como una joven princesa casadera que creció entre sábanas de la mejor seda. Y ¿qué me decís de esa hojita tan graciosa?
Todos se mueren de ganas por saborearme, pero en realidad no se atreven a mancillar este despliegue de belleza, que es un auténtico regalo para la vista de todos.
Ni siquiera ella se atreve: La Reina.
Todos los días se planta frente al espejo y le hace la misma pregunta: “Espejo, espejito, ¿quién es la más bella del reino?”.
El espejo no le responde, obvio, soy yo quien lo hace, poniendo mi voz más ronca y profunda le contesto: “Tú, Mi Reina, tú eres la más bella”, así se queda tranquila y contenta, se quita de en medio y… entonces yo puedo disfrutar de mi belleza, de mi maravilloso reflejo en el espejo.
Me encanta verme, estaría haciéndolo todo el día.
Mi reflejo y yo. La perfecta simetría. Prodigiosa conjunción.

* * * * *

Estoy muy preocupada ya que se dice por ahí que hay una joven muchacha que es muy guapa, Blancanieves, dicen que se llama. Esto no me gusta.
La reina también anda muy preocupada.
Pero lo peor de todo es que, para resarcirse, se pasa muchas horas frente al espejo y ¡yo no puedo verme en él!

* * * * *

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Esto no puede ser!
Dicen ahora que Blancanieves es la más guapa del reino, mucho más que la reina.
Pero… ¿será más guapa que yo? No quiero ni pensarlo…
Voy a cantar mi canción, para olvidarme un poco de todo:
Pretty woman, walking down the street…
Pretty woman, the kind I’d like to me…

* * * * *

Esto es el final, se ha terminado todo: Estoy empezando a arrugarme.
Mi piel perfecta se está llenando de estrías, marcas y pliegues. Al principio eran casi imperceptibles, yo pensé que era el espejo que estaba sucio… Ahora, día a día, las imperfecciones se hacen cada vez más evidentes, incluso mi hojita está enrollándose y empieza a apuntar hacia abajo.
La reina está también desolada, es incapaz de olvidarse de Blancanieves. Habla de ella todo el día. La odia con toda su alma… Y yo también.
Seguro que mi desgracia es por su culpa, seguro que ha lanzado algún hechizo o maleficio contra la más guapa, que era yo.
Le hago sombra y lo sabe.
Quiere quitarme de en medio.
¿Cómo no se me había ocurrido antes? Tengo que darme prisa antes de que sea demasiado tarde.
Esta es mi oportunidad. La reina viene a “hablar” otra vez con el espejo.

 

4.- LA MANZANA ATRAVESADA

La Tierra es una manzana verde. Es muy grande, inmensa y yo soy una réplica exacta, pero a muy pequeña escala. Si pudierais verla desde la distancia, veríais que los continentes, los mares y las montañas están sobre su piel, pero lo que más os llamaría la atención es su color verde, que es precioso.
Y, por si no lo sabéis, rota sobre sí misma y también alrededor del sol, que no es otra cosa que una gigantesca y descomunal calabaza envuelta en llamas. Aunque, como está tan lejos parece a simple vista del tamaño de la luna que, en realidad, es una uva blanca, esférica y perfecta, bastante grande. La manzana tiene un rabito y una hojita que son del color del cielo y no pueden verse, pero son los responsables -especialmente la hojita- de que a veces la luna -la uva blanca- se muestre entera o por el contrario parezca que crece o mengua. Se trata de un efecto óptico curioso, dependiendo de si la hojita la tapa o no.
Os contaría más curiosidades pero ahora no tengo mucho tiempo. Estoy sobre la cabeza de un niño, ambos completamente inmóviles y apoyados en un árbol. Su padre, que es un arquero llamado Guillermo Tell, está apuntando exactamente hacia mi centro y en cualquier momento soltará la flecha.
Así que, vamos a volver a la gran manzana, que es La Tierra.
Lo que he querido decir con toda esta introducción es que La Tierra, al contrario de lo que piensan algunos, no es plana. ¡Es redonda! Y, aún en distancias como ésta, tiene una pequeña curvatura. Esto es importante y espero que Guillermo lo esté teniendo en cuenta, de no ser así, el tiro puede salirle alto.
Espero también que tenga en cuenta la brisa que sopla por la derecha, eso es más preocupante porque es imprevisible. La flecha pesa poco y es muy susceptible de ser desviada. Confío en la capacidad de Guillermo para acertar en mi centro sin rozar a su hijo. Lo que realmente me preocupa es la distancia a la que va a disparar, demasiado lejos como para tener garantías de nada, incluso para el mejor arquero del mundo.
El gobernador, que es un ser ruin y despreciable, es quien ha montado este tinglado. Ni me molestaré en hablaros de él, tan sólo comentar que es un miserable con el ego elevado a la enésima potencia. Al final, y por su culpa, la única opción de que todo salga bien es que la flecha me de a mí en la mitad y caiga al suelo partida en dos o atravesada y clavada al árbol que tenemos a nuestra espalda. Si falla el disparo y le da al niño… no quiero ni pensarlo. De igual forma, si el disparo es errado y la flecha pasa de largo o se queda corta, apresarán a Guillermo. ¡Y no deseo ninguna de esas dos cosas! No quiero que le ocurra nada malo a esta familia. Llevo varios días con ellos y me han cuidado muy bien. Me divierto mucho, sobre todo con el niño. A menudo me frota para sacarme brillo, me hace cosquillas y… ¡eso me encanta! Otras veces me impulso -pues tengo un ligero margen de movimiento- y salgo rodando por la mesa, él me coge cuando ya he caído por el borde, en el momento justo, antes de estrellarme contra el suelo. Es muy divertido… por ello hubiese querido terminar mis días alimentando a esta familia, para mostrarles mi agradecimiento… Pero no ha podido ser. La suerte está echada y sólo queda esperar.
Un momento.
Silencio.
Está a punto de disparar.
Lo sé porque ha empezado a aflojar los dedos que sujetan la cuerda tensada al máximo. Arquero, arco, cuerda y flecha van a dejar de ser un solo bloque en cualquier momento.
Ha soltado la cuerda… ¡la flecha sale disparada a gran velocidad!
Bien, va bien…
El tiro ha salido desviado a la derecha, lo ha hecho para compensar el viento que sigue soplando.
La flecha se acerca dibujando una curva muy abierta.
Bien, esto pinta bien.
Me dará justo en la mitad.
¡No, no, no!
¡El viento se acaba de parar!
¡Justo cuando faltaban unos metros!
¡Se está desviando!
¡Mierda! ¡Mierda!
¡El puto viento!
¡El tiro sólo rozará mi costado derecho!
¡Tengo que hacer algo!
¡Impulsarme a la derecha!
¡Para que la flecha me acierte en el centro!
¡Puedo hacerlo! Como cuando juego con el niño…
¡La flecha ya casi está aquí!
¡Sólo basta un impulso a la derecha!
Uno…
Dos…
Y…
¡Hasta siempre familia!

5.- EL LOGO DE LA MANZANA MORDIDA

No tengo la culpa de ser una romántica.
Me hubiese gustado ser la manzana mordida de un bodegón, esas pinturas coloridas de fondo oscuro que transmiten serenidad o incluso erotismo. Porque, si me hubiera retratado Caravaggio o Zurbarán, te aseguro que morirías de ganas por morderme y me desearías casi tanto como a los labios rojos y carnosos de la mujer más voluptuosa.
En ese caso, y expuesta en una lujosa galería de arte, con mis colores y mis artísticos claroscuros, sería fotografiada, admirada y deseada durante cientos de años por varias generaciones. Porque, ¿a quien no le gustaría ser una obra de arte?
Pero no. Soy del tamaño de una uva pasa y ni siquiera tengo color. Tengo un brillo metálico, plano, frío y extraño, porque mi forma no se corresponde con la realidad de una auténtica manzana mordida.
Diseñada, supongo, por un imberbe y unos programas llamados “Autocad” y “Photoshop” (que no sé ni lo que son), fui serigrafiada de forma nada artesanal en la trasera de un pequeño objeto metálico.
Se dice que estos objetos son inteligentes, pero, por lo que he podido comprobar y comprender, sus dueños, con ellos en las manos, se comportan de forma irracional, estúpida, y olvidando el mundo real, concentran la mayor parte de su existencia en la pequeña superficie lisa y luminosa que absortos no dejan de toquetear.
Dicen que soy un logo (qué palabra tan tonta, por favor), muchos me admiran y desean pero no de la forma que se hace con una obra de arte auténtica. El arte perdura en el tiempo y se vuelve inmortal, mientras que estos cacharros tan sólo duran dos o tres años.
No tengo la culpa de ser una romántica, de tener Bluetooth en lugar de piel y 128 Gigas de RAM en lugar de sabor. Y sin embargo, sueño cada noche (sólo cuando mi dueño me deja en paz) que soy la manzana más bonita y realista del más bello bodegón, que el más grande de los artistas tardó años en pintar.

FIN

A cambio de nada

Los tiempos han cambiado mucho. En los últimos siglos, tan solo hacía falta pronunciar mi nombre y la gente se asustaba, incluso huían despavoridos. Había una corte de exorcistas e inquisidores, la propia iglesia parecía dedicada en exclusiva tan solo a contrarrestar mi poder y ensalzar a Dios. Recuerdo las pequeñas aldeas presas del miedo y la superstición, los aquelarres de brujas donde yo me manifestaba para que unos me adorasen y otros me temieran.
Recuerdo también los rituales y los pactos que los más valientes hacían conmigo para venderme su alma a cambio de riquezas, amores o poder.
En aquellos buenos tiempos, mi trabajo era muy sencillo de realizar. Pero ahora la gente se las sabe todas y está de vuelta de todo. Las brujas, por ejemplo, salen en la tele o en Youtube y son admiradas, no temidas. ¿Dónde se ha visto eso? Son las consecuencias de la vida moderna, los avances, el conocimiento –desconocimiento diría yo–, la comunicación, la conectividad y todas esas cosas. Además ahora todo el mundo va por ahí con una cámara en el móvil y si yo apareciese con mi aspecto natural, la gente en lugar de huir me grabaría y al día siguiente habría cientos de memes y chistes con mi cara circulando por la red. Y eso no puede ser. Un poco de seriedad por favor, soy el Ángel Caído, el Señor Supremo del Mal y merezco grandeza, alabanza y también temor, no la frivolidad de estos tiempos en los que cada uno va a la suya.
Así que no tuve otro remedio que adaptarme a esta vida tan moderna. Y, mal que me pese, admito que me vino bien este cambio de estrategia porque la forma antigua al final me aburría un poco.
Decidí bajar la Tierra con apariencia humana. Primero pensé en ocupar las altas esferas, alguna presidencia de algún país importante, no hubiera sido difícil, pero en el fondo sigo siendo un artesano y para conseguir las almas de la gente es mejor tratar de tú a tú; la dirección del mundo se la dejo a Dios, que es lo que a él le gusta. Yo prefiero malmeter y pervertir a pequeña escala, ser un cáncer en la obra de Dios en lugar de corromperla demasiado porque un mundo en el que sólo reina el mal al final se auto destruye.
Así que en una ciudad muy importante monté un gran negocio de compraventa de artículos usados. El consumismo de la gente hace que compran y vendan continuamente. Cada día pasan por mi negocio cientos de personas deseosas de otro producto mejor dejando el suyo que otros comprarán sin pensar, porque todo lo que importa es cambiar lo que tienen para seguir consumiendo. Pobres idiotas, tan sólo quieren estar a la última sin importarles nada más… El sistema de sostiene sólo, yo no he tenido que hacer nada. Mi única aportación está en el contrato que tienen que firmar, en el que manifiestan que los artículos que venden no son robados. La letra pequeña de ese contrato –que nadie se molesta en leer– es un pacto que les obliga a entregarme su alma. Pobres ignorantes, salen de mi tienda sin sospechar que han dejado su alma en el mostrador. En su lugar yo la cambio por una de plástico recio y aparatoso. Y sin darse cuenta del trueque seguirán su vida con su nueva alma. Un alma de plástico. Vacía, inservible y ruidosa. Y así, alimentarán su ego con más consumismo y superficialidad, dejarán de lado los libros y la cultura, cambiándola por pantallas, redes sociales, cotilleos y reguetón. Ellos encantados. Y yo también, porque además cuando toda esa gente muera su alma de plástico irá a parar al mar. Y ahí se quedará cientos de años, ensuciando, mancillando la magnífica obra de Dios; todas las almas de la gente estúpida que las entregó, a cambio de nada.

Los buenos recuerdos

Recuerdo los trazos inconexos. La gente bailando y el humo blanco manchando el aire.

Recuerdo el papel mojado diluyendo las historias. Las horas que dolían y los años que pasaban.

Recuerdo los sábados iguales. Los paseos largos que eran como huidas. Las manos vacías o llenas de dudas.

Recuerdo que caí hacia adelante con los labios cerrados. Y esperé, paciente a que la fría nieve me cubriese… Pero fue la lluvia quien lo hizo.

25 centímetros

25 centímetros mediría, más o menos, la mujer que vivía boca abajo, en el techo del salón de mi nueva casa.
Aún no había terminado de ordenar mi ropa en el armario del dormitorio cuando oí ruidos. No le di mucha importancia, pero cuando terminé de colocarlo todo y fui a tumbarme un rato en el sofá para descansar un poco de la mudanza, ahí estaba ella, con su pequeña escoba barriendo mi techo –que a la vez era su suelo– mientras tarareaba una canción de moda. Estoy segura de que me vio, pero no me prestó ninguna atención. No quise incomodarla mucho, así que me contuve y evité dar rienda suelta a mi curiosidad, que era mucha. Era guapísima y me recordaba a Nerea, mi ex, que me dejó con la palabra en la boca y el corazón roto hacía bien poco:
Discutimos y me echó de casa, sin más. Me dijo que yo era muy pragmática, muy directa y que ella necesitaba algo más dulce, más abstracto. ¿Cómo fue lo que me dijo? que desde que estaba conmigo confundía el resplandor de la luna en las paredes con fantasmas amenazantes. ¿Qué coño quiso decir con eso? Nerea era así, yo ya estaba acostumbrada. En un alarde de creatividad –quería que viera que yo también sé decir cosas trascendentales– le dije que ella era como un imperdible, que una vez cerrado no pincha pero no te lo puedes quitar de encima. Se echó a llorar y me echó de su casa.

–No me cuentes tus mierdas, que bastante tengo yo con las mías–, me cortó tajante la mujer del techo. Me callé, decepcionada; me hubiera venido bien desahogarme un poco, en ese momento lo necesitaba. Lástima. Yo pensé que nos llevaríamos bien y que seríamos amigas.

–Dime al menos cómo te llamas–, pregunté, o rogué, no estoy segura, pero ella se limitó a no contestar.

Su “casa” era una réplica exacta de la mía, a escala, ocupando unos pocos metros cuadrados. Sólo el cuarto de baño estaba cubierto, y tenía la costumbre de entrar y salir de él dando un portazo; no había noche que no me despertara. No salía mucho de casa, pero si lo hacía, podía permanecer fuera varias horas. Vencí la tentación de revolver sus cajones y armarios, además de que mi escalera no era muy alta, tampoco era cuestión de vulnerar su intimidad. Sólo hubiera faltado que en ese momento entrase y me pillara haciéndolo, no quiero ni pensar la bronca que me hubiera echado.

Sus ojos grandes y oscuros parecían de personaje de manga y siempre estaban pendientes de todo (excepto de mí). Yo la miraba siempre que tenía oportunidad, tenía un cuerpazo, hacía pilates y yoga varias veces por semana con la entrega de una entrenadora personal. No era nada sedentaria, siempre estaba haciendo cosas en casa, la tenía más recogida y mejor puesta que la mía, que al poco tiempo sólo parecía una mala copia de la suya, siempre impecable. No sé de dónde sacaba tiempo para todo.
Tocaba la guitarra también, mucho mejor que yo. Por más que lo intenté fui incapaz de seguir sus rápidas progresiones de jazz. Demasiado para mí que apenas podía tocar con soltura un blues o un rock ligero. Pero es cierto que no me ayudaba para nada, muy al contrario, parecía que disfrutaba rompiéndome los planes musicales –y todos los demás–, mostrando a cada momento su independencia y superioridad. Y yo, que era un puto desastre en todos los sentidos, acabé rindiéndome, a sus pies. Todavía no sé en qué momento me enamoré de ella como una quinceañera. De su elegancia, de su altivez y de esa forma de mirarme con sus pequeños ojos grandes, incluso en esas circunstancias, siempre por encima del hombro.

Incapaz de llamar su atención, estaba obsesionada y desesperada a partes iguales. Mis días se convirtieron en una suma extraña de horas que una tras otra sucedían bajo su condición eficaz y silenciosa. A esas alturas –no sólo mi casa–, toda yo era una copia barata de ella.
Tenía que hacer algo. Por mi salud mental y porque amaba a esa mujer con toda mi alma.

Cuando salió –vete tú a saber a dónde– llamé a Nerea. Le dije que los fantasmas nunca lloran mientras miran la luna, pero que yo sí cuando pensaba en ella. Le supliqué una noche más, por los viejos tiempos. Una frase estúpida, pero funcionó. Nerea era así, capaz de derretirse –apiadarse– con una frase pomposa, aunque tuviese un significado incierto y absurdo. Me dijo que venía para acá.

No me fue difícil bajar y guardar todos los pequeños muebles para que no los viera y pensara que estaba loca. Ni calcular el tiempo para que la mujer del techo me pillara en la cama con Nerea. –Se morirá de celos, la pequeña diosa–, me repetía yo, acurrucada entre las piernas de Nerea.
Pero cuando entró por la pequeña puerta y vi su cara… y la de Nerea… esa forma tan dulce y especial en que se miraron, una diosa y una soñadora sintiendo un flechazo de manual, en toda regla… comprendí, de golpe, que todo estaba perdido y acabado. Así fue. Nerea se llevó a Julia –a ella sí le dijo su nombre– en su bolso. Antes de salir por la puerta de mi casa, Julia me dijo que me podía quedar con sus cosas. Ni siquiera se despidieron de mí. Embobadas, encoñadas, no dejaban de mirarse ni de hacerse arrumacos. Qué asco me dieron. Desnuda, y aún con el sabor de Nerea en mi boca, me acosté odiándolas. Y me dormí llorando.

25 centímetros mediría, más o menos, el hombre que me encontré boca abajo, en el techo del salón, ocupando el lugar de Julia.
Es un patán sin modales, peludo y grosero, que se pasa el día en calzoncillos, tumbado a la bartola y haciendo posturitas frente al espejo. Nunca cierra la puerta del baño cuando hace sus cosas, y por las noches me despiertan sus ronquidos. A menudo me pide cerveza y no deja de preguntarme –o rogarme– que le diga mi nombre. Pero yo me limito a no contestar y a mirarle, continuamente, por encima del hombro.

Nos unieron las nubes

Eran nubes grises, de tormenta, y en un momento cubrieron la ciudad.
Cobijado, el azar observó cómo ella me cogió de la mano. Yo fui incapaz de huir: la música triste me confundió y ya nunca dejaría de sonar.
Su abrazo tiene el color de aquella tarde. Aprieta.

Aún hoy seguimos quietos, empapados y unidos por las nubes.
Sus nubes y mi tormenta.
Y esa música triste que suena todavía.

Olvido

Me sirvieron el tratamiento para el olvido en una bandeja de aperitivo sobre una mesa de IKEA.
–Esto no es serio–, le dije al tipo que tenía pinta de corredor de seguros o de apuestas, no estaba seguro.
–Beba y calle. Bueno, beba y olvide–, me dijo con gesto muy serio. Bebí sin rechistar ni pestañear.
Salió corriendo en cuanto le di el dinero. Al final, resultó ser un vulgar corredor de ciudad. Un runner normal y corriente.
Me fui satisfecho y contento, necesitaba olvidar. Pero la alegría me duró poco, pues comprobé que seguía recordándola, sobre todo aquella manera tan especial que tenía de mirarme, por encima del hombro unas veces y por debajo del sobaco otras. Ella sí que sabía hacerme feliz…
Resignado, y antes de acudir al trabajo saldé mis cuentas con el matón del barrio. Me dio las gracias antes de salir corriendo también, como el otro. Jodidos runners, no da tiempo ni a despedirse en condiciones. Me quedé con las ganas de estrecharle la mano.
Fui paseando tranquilamente hasta mi consulta. La sala de espera estaba abarrotada de pacientes impacientes…
Como suelo hacer normalmente, receté a cada uno de ellos el medicamento que precisaba el anterior. Curiosamente la mayoría de ellos no vuelven más, será porque se curan. No está nada mal, considerando que tengo mi consulta en una peluquería.
Despaché a todos los pacientes en un cuarto de hora. Al más grave tuve que dejarlo ingresado en la trastienda.
La última paciente entró con uniforme de trabajo. Me dijo una serie de frases que no entendí y además no coincidían con ninguna patología.
–Qué mujer tan extraña. Ésta debe ser también runner–, pensé, pero resultó que no, más tarde me dirían que era policía.
Ahora, mis compañeros de celda me ruegan que les recete algo… pero… ¡qué más quisiera yo! Justamente ahora es cuando me ha hecho efecto el tratamiento para olvidar…

Mi reflejo

Él me amenaza,
yo le ignoro.
Se lanza contra el cristal que nos separa.

Un matrimonio convenido,
convencido.
Convertido en mentira y en odio.

Le humillo,
me desprecia.
Le saco de sus casillas.

A menudo grita y llora.
Yo le miro de reojo, compasivo,
y preparo mi venganza.

Me iré muy lejos,
muy pronto.
Morirá, sin un reflejo del que burlarse.

El final de la espiral

Mi espiral sigue curvándose hacia su centro, como el surco de un viejo vinilo. Me pregunto qué hay al final (un espejo, tal vez, un candado, no lo creo, un sonido dulce entre destellos rosados, ojalá).
Los ruidos del mundo quedaron atrás y también las miradas de la gente, incapaces de seguir los giros en los que un día me perdí.
Ya es tarde para arrepentirme y para que oigas alejarse mis pasos –que son como latidos–, todo lo que queda está delante, una vuelta tras otra y mi figura haciéndose cada vez más diminuta para seguir caminando por esta espiral inacabable.

Los últimos días de Dios

—Jaque Mate.
La Dama cruzó el tablero de lado a lado y capturó la torre con la que Satanás protegía su Rey que no tenía escapatoria hacia ninguna casilla.
Dios miraba a su adversario con una mezcla de satisfacción y compasión.
—¿Cómo vamos en el total? —Satanás le preguntó tendiendo su mano roja.
—Te acabo de empatar —respondió mientras la estrechaba.
—No puedes superarme y lo sabes —sonreía Satanás mientras le guiñaba un ojo.
—Lo mismo te digo, hermano —Dios también sonrió, chasqueando los dedos a la vez que las piezas se ponían ellas solas en su lugar—. Fuiste tú!
—No sé a qué te refieres.
—Confiésalo. Tu juego me recuerda mucho al del ordenador “Deep Blue” cuando ganó a Kasparov en 1997. Fuiste tú quien realmente jugó aquel campeonato en lugar de la máquina con una suerte de movimientos arriesgados y perfectos. Combinación insuperable.
—¿Quién? ¿Yo? Yo nunca hubiera hecho eso —y sonriendo, el Diablo mentía sin tratar de ocultar su sonrisa pícara y burlona.
—En aquel tiempo los algoritmos informáticos no estaban tan avanzados. Hasta a mí me extrañó que el campeón perdiese con un programa. ¿Cómo no lo vi en su momento?
—Admite que hice un gran trabajo.
—Eres un abusón.
Los dos sabían que la siguiente partida quedaría en tablas, o a lo sumo, con la ventaja de sólo una partida ganada en el cómputo total. Así había sido desde el inicio de los tiempos.

La mañana era tranquila y soleada en el Edén. Bajo el cielo despejado la brisa acariciaba los elementos como una fina cortina de seda.
—Tengo que contarte mi sueño —Dios alejó un peón una casilla de su alfil derecho.
El Diablo pensó que esa apertura era tan osada como inconsciente, y respondió moviendo su peón de rey una casilla, dejando vía libre a su dama hacia el lado que Dios había hecho su apertura.
—Yo también he soñado algo curioso.
—Tú primero —Dios le miró intrigado.
—Zrod.
—Nuestro guía.
—El mío no. El tuyo. El vuestro —Satanás paladeó las sílabas.
—También es el tuyo aunque no lo creas.
—Ya, sí, lo que tú digas. Pues yo también he soñado con él.
—¿No te parece una casualidad?
—No. Muchas veces soñamos con él. La casualidad al final no deja de ser pura estadística.
—No, hermano —Dios movió la cabeza de lado a lado—. La casualidad y el destino a veces van tan unidos que son en realidad un círculo cerrado.
—No empieces otra vez con lo de siempre —Lucifer protestó chasqueando la lengua.
—No empieces tú.
—Ya sabes que soy ateo y no necesito Dioses que me guíen. Bastantes estamos ya por aquí… Y yo sólo creo en lo que veo. No como vosotros que sois una panda de místicos.
—¿Qué has soñado? —la voz de Dios sonó ahora apaciguadora aunque le molestó la apreciación.
—Que nos citaba a todos en el Lago Redondo.
—¿Para cuándo? ¿Para mañana al alba?
—Sí.
—Yo he soñado exactamente lo mismo. Tenemos que hablar con los demás —el gesto de Dios mostraba verdadera preocupación.
—¿Por qué?
—A las evidencias me remito.
—¿Cuántas veces soñamos con el Lago Redondo? Día sí y día no. Pues ve tú si así lo deseas, hermano. Todo esto me da una pereza terrible.
—¿No tienes al menos curiosidad?
—La más mínima.
Para Dios (y los demás) Zrod era una idea abstracta pero real. Era la referencia. Un abrazo que sentir, una compañía invisible, algo que siempre había estado ahí y que ahí seguiría. El creador de los elementos y del Edén, el origen y el final. A pesar de no haberlo visto nunca jamás, eran capaces de sentirlo. Esa era la diferencia: Ellos lo sentían. Para Satanás era diferente, la idea de Zrod era pura superstición, algo inventado y forzado. Los escritos sagrados que hacían referencia carecían de rigor. Para él era todo simple folclore.
Dios no pudo ocultar su decepción… realmente pensó que podría convencerle.
Y, adelantando dos casillas el peón del caballo derecho, dió por terminada la conversación. Se levantó de su silla de mármol y se fue. Satanás se quedó en su silla de metal incandescente, mirando con los ojos encendidos el tablero que sólo tenía tres peones avanzados.
Le dieron ganas de tirarlo todo de un manotazo al suelo. Estaba realmente enfadado.
Hablar de Zrod le ponía nervioso. Muy nervioso. Porque cada vez lo tenían todos más presente y él se estaba volviendo día a día más práctico.
No comprendía los rituales, los rezos, los miramientos, el miedo, incluso, que los demás sentían. Como si todo estuviera lleno de ojos, llenos de dedos acusadores. Un juicio constante y eterno de “algo” que no estaba en ninguna parte y que sin embargo, condicionaba sus vidas, las de todos y cada uno de ellos. Y no eran pocos los que estaban allí.
Jesús, María y el Espíritu Santo compartían espacio, bien cerca de Dios y el Diablo. Alá, Mahoma y sus 72 huríes hacían lo propio en otro lugar. Al igual que Horus, Amón Ra, Isis y Osiris. Y también Zeus, Hera, Afrodita, Apolo y Hares. Y Krishna, Visnú, Shiva y Brahma, y también Jahvé, Marduk, Jehová, Júpiter, Odín… y así hasta varias docenas de ellos. Algunos, como Thor, Eolo, Neptuno o Selene, parecían no saber muy bien qué estaban haciendo allí. Pero ahí estaban todos ellos, cada grupo (o grupúsculo) separado del resto e interactuando más bien poco, aunque viviendo en armonía.

Satanás decidió salir de su templo y airearse un poco. Lo necesitaba.

El Edén era un lugar realmente impresionante. Si no fuera porque era imposiblemente perfecto, parecería diseñado y fabricado por un Creador con gusto exquisito; la pureza hecha realidad sin límites en ningún sentido. Además de los lógicos parajes (a cada cual más bonito) y ornamentos naturales, los cuatro elementos confluían de manera bella y equilibrada: Fuego, tierra, aire y agua, cada uno en su lugar y en el momento en que correspondía, porque el tiempo también era un elemento igual que el resto. A veces transcurría y a veces no. Podías estirarlo o comprimirlo. A veces incluso te veías a ti mismo en otro instante en el mismo lugar.
El centro del Edén era el Gran Lago Redondo. De aguas tranquilas y azules, estaba rodeado por un césped tan fino como el terciopelo, que invitaba a tumbarse y a disfrutar.
El Lago Redondo era la conexión común del Edén con el resto de escenas, y absolutamente todo llevaba hasta allí. Todos los caminos, hileras de árboles, ríos, corrientes de brisa (y también de lava), flores, copos de nieve y gotas de lluvia (cuando caían) apuntaban a ese lugar. De hecho, aunque quisieras irte en dirección contraria, finalmente terminabas llegando ahí.
Los dioses lo visitaban con frecuencia, aunque evitaban coincidir con los otros porque cada uno tenía sus costumbres, muy diferentes a las del resto. Unos dioses se arrodillaban, otros apoyaban la frente en el suelo, otros hacían ofrendas, otros cantaban, otros hacían desfiles, otros escribían mandamientos y legados, otros hacían extraños rituales como si fueran brujos… Sólo Satanás iba allí a tumbarse y relajarse. Los demás cuando estaban allí, se sentían obligados a hacer algo, lo que fuera, a favor de Zrod.
Las aguas del lago eran algo extraordinario. Si las mirabas a ras de suelo, podías ver a Zrod reflejado en ellas. Y si mirabas hacia el fondo, detrás del agua y su ligero vaivén, como una extraña ventana abierta a otra dimensión, veías a la humanidad, sus logros, sus miserias, sus ocurrencias y sus tonterías. Eran una especie singular. Capaces de hacer lo mejor y lo peor, lo necesario, lo importante, lo absurdo, lo imposible. Les resultaba llamativo comprobar que una gran parte hacía exactamente las mismas rutinas y costumbres que ellos.
Ninguno de los dioses sabían de dónde habían salido. Simplemente estaban ahí sin darle mucha más importancia. Suponían que los habría creado Zrod, como a ellos.

Satanás se tumbó frente al lago, como muchas otras veces.
No le apetecía mirar hacia abajo y ver a los hombres y a las mujeres. Después de tantos milenios observándolos, los conocía bien. Eran muy previsibles y al final todas las civilizaciones seguían las mismas pautas y cometían los mismos errores, tanto individualmente como a nivel global. Intuía que a ésta no le quedaba mucho para sucumbir. Se lo estaban ganando a pulso además. Pobres ignorantes, tan avanzados y al mismo tiempo, tan estúpidos. En el fondo, le aburrían.
Miró una vez más al ras del agua y vio reflejadas las nubes y las montañas lejanas, igual que siempre. Nada más. Ni rastro de Zrod.

Así, completamente relajado y sin pensar en nada, se durmió.

Los dioses empezaron a llegar un poco antes del alba, puntuales a su cita. El murmullo de sus pasos y sus almas llegó hasta el Lago Redondo mucho antes que ellos.
Satanás se marchó antes de que llegaran todos. No le apetecía nada verlos ni participar en aquello que iba a tener lugar, fuese lo que fuese. No estaba para tonterías.
Los 175 dioses se dispusieron alrededor del Lago, cada uno acompañados de los suyos. Sólo Dios echaba de menos a su hermano. Era el único que faltaba. —Me ha tenido que tocar el único ateo —murmuró, como muchas otras veces hiciera.
Las caras de los dioses reflejaban sorpresa, nerviosismo, desconcierto y también la esperanza de que Zrod se manifestase por fin, de algún modo. En milenios era la primera vez que todos a la vez soñaban con él, con una cita concreta, un día concreto.
Todos miraban al centro del Lago. La humanidad, abajo, seguía con sus vidas anónimas, y los dioses arriba… no sabían qué iba a pasar. Ninguno de ellos.

Una niebla empezó a formarse en la superficie del Lago, al tiempo que el débil movimiento del agua quedaba paralizado y todo lo demás oscurecía…
El tiempo, como la dimensión variable que era, quedó detenido.
La bruma tomó consistencia, se elevó varios metros girando sobre sí misma dibujando espirales. Cuando se disipó, apareció Zrod, mientras todos los demás no daban crédito a lo que veían.
Zrod lo era todo en ese momento. Irradiaba luz y parecía estar mostrando el frente a todos por igual. Era bello, andrógino por momentos, a veces parecía más un hombre, a veces una mujer, a veces un niño, a veces una anciana y a veces otra cosa completamente diferente. Proyectaba cuatro sombras: una estática, otra nerviosa, otra de colores y otra luminosa…
Un instante después, el tiempo volvió a transcurrir y cada uno de los dioses hizo algo diferente. Unos rezaron, otros se arrodillaron, otros se echaron al suelo, otros alzaron las manos, otros cantaron, otros se sintieron indignos, y alguno que otro, paralizado, no supo lo que hacer.
—Por favor, silencio —se oyó claramente sin que sus labios se movieran lo más mínimo.
Todos se callaron.
—Poneos en pie y atendedme —Siguió sin mover los labios—. Su voz sonó serena y profunda, doble, quizá triple; una grave, otra aguda, otra ni grave ni aguda.
Los demás obedecieron, sin atreverse, casi a respirar.
Nadie allí era capaz de abrir más los ojos y los oídos…
—He decidido mostrarme, por primera y última vez, dada la gravedad de la situación —manifestó con un gesto parecido a la tristeza—. Lo que os voy a decir va a cambiar las cosas radicalmente —prosiguió, ahora sí, moviendo los labios tras los cuales se escapaba un vaho fantasmal que después caía, suavemente y en forma de cristales, al Gran Lago.
¿Sois conscientes del nivel tecnológico que está alcanzando la humanidad? —hizo una pausa—. Pues están tan avanzados, que están obteniendo respuestas. Las respuestas. Todas las respuestas y en todos los ámbitos. Especialmente en cosmología, geología, biología y física cuántica.
Todos miraban sin comprender. Sin saber ver más allá de sus palabras.
Nadie había parpadeado todavía.
Zrod emitió un pequeño chasquido con la lengua.
—A ver, hijos… ¿vosotros sabéis quienes sois?
Alguien dijo, temeroso, que eran dioses. Los dioses.
—Y ahora decidme… ¿sabéis en realidad quién soy yo?
Dios respondió que era El Guía. El Maestro, el Eterno e Inmortal Creador de todo.
—Siento deciros que estáis muy equivocados —Zrod le interrumpió—. Os lo explicaré: ¿Sabéis el poder que tienen varios miles de millones de personas pensando y creyendo lo mismo? Ese inmenso número mentes inteligentes, de voluntades pensando, creyendo que en realidad existís… al final ellos mismos sin quererlo, han acabado creándoos a todos vosotros. Ellos han sido los que os han dado el poder. Porque os creen poderosos. No ha sido por otra cosa. Y vosotros sois los que me habéis creado a mí. 175 dioses pensando, creyendo, convencidos de que son poderosos… pero sin comprender de dónde habían salido ni por qué estaban aquí. Habéis acabado haciendo lo mismo que los humanos. Creer en algo superior —y mientras lo contaba, no pudo ocultar una expresión de rencor—. Los humanos os crean. Vosotros me creáis. Yo, incluso pensé durante un tiempo que alguien me había creado a mí también.
Hizo una pausa larga y pesada.
—Pero observo a los humanos todos los días —prosiguió— y estoy al tanto de sus últimas investigaciones. Y las últimas han sido muy reveladoras. En un laboratorio hace pocos días consiguieron con unos cuantos elementos de la tabla periódica, crear algo muy parecido a la vida. Una célula, con todas sus funciones, su ADN y capacidad para reproducirse. Días más tarde, han encontrado vida bacteriana en Marte y también en Encélado, un satélite de Saturno. Las últimas observaciones del telescopio James Webb y el Radiotelescopio ALMA, revelan que el universo, dentro y fuera de la Vía Láctea está repleto señales de vida. Unas básicas, otras avanzadas, y otras inteligentes.
Y lo más importante, ayer mismo en el acelerador de partículas CERN de Suiza, lograron comprender y reproducir el desfase cuántico que dio lugar al Big Bang. Han creado un mini-universo en un laboratorio. Con sus 3 dimensiones, sus leyes de la física, su inflación y todo lo necesario para mantenerse.
Señores, —y su voz resonó mucho más profunda y grave— la humanidad acaba de comprender que en el origen del universo y de la vida no intervino ningún Creador. Ahora sí, después de tantos siglos de evolución, la ciencia es capaz de explicarlo todo.
Zrod calló, mientras los demás trataban de asimilar.
—Entonces, ¿qué va a pasar ahora? —Jehová preguntó con voz trémula.
—En breve todo esto se desmoronará. En cuanto la noticia se extienda y la humanidad asimile y comprenda que ya no somos necesarios… Vosotros desapareceréis y yo también. Tenemos los días contados aquí. Por no decir las horas.
Los dioses no se atrevieron a decir nada… paralizados por una noticia tan devastadora.
—Ha sido un placer compartir este escenario con vosotros. Os ruego que viváis vuestros últimos momentos en paz y libertad. No me invoquéis, no me recéis, no me preguntéis ni me dediquéis nada… no imagináis lo agobiante que puede llegar a resultar.
Inmediatamente después, desapareció entre brumas y espirales.

El alba siguió su curso con normalidad y también el ligero movimiento del agua del Lago que engulló los cristales que Zrod había exhalado al hablar.

Algunos dioses menores desaparecieron allí mismo.
Los demás se miraron entre ellos.
Hubo palabras de agradecimiento y despedida. Hubo abrazos y lágrimas también. Hubo buenos deseos. Pero sobre todo, resignación y tristeza.
Cada uno se marchó a su lugar, a su escenario. Algunos no llegaron y desaparecieron por el camino. Otros lo harían poco después.
Dios voló desesperado buscando a su hermano. Tenía que contarle todo y despedirse de él.
Lo encontró sentado frente al tablero de ajedrez. Justo antes de poder decir nada desapareció sin más.
Satanás lo vio volatilizarse y comprendió lo ocurrido al instante. Después de tantos milenios observando a los humanos, hacía tiempo que dedujo que era tan sólo una cuestión de tiempo. Porque siempre era igual. Ya había pasado varias veces. Nacer al inicio de cada civilización y morir cuando la civilización comprendía los mecanismos del universo.
El Diablo movió su dama en diagonal hacia el rey expuesto e indefenso de Dios.
—Jaque mate, mi amado hermano.
Y justo antes de desaparecer, amargamente lloró.

El monstruo del armario

—Papá… ¿me cuentas otra vez el cuento? —mi niño me preguntó con la misma ilusión de todas las noches.
—Claro, hijo, pero después te dormirás que ya es tarde —y arropándole me froté un poco los ojos. Había sido un día duro y tenía algo de sueño.
—Escucha bien, hijo mío, no te pierdas detalle de esta historia tan aterradora.
—¡Espera! —me interrumpió— ¿Cómo se titula el cuento? Y me miró con sus ojitos abiertos como platos.
—Se titula… ¡El moooonstruo del armaaaario! —y mientras lo pronuncié, puse mi voz más profunda y tenebrosa.
—¡Qué bien, qué ilu! —exclamó dando unas palmaditas rápidas.
Hice memoria y empecé a contar tal y como recordaba todo:

“Cuando le pedí a mi padre que mirase en el armario por si había un monstruo… así lo hizo. Abrió la puerta convencido… y después de que su rostro mostrase una expresión de horror, volvió a cerrarla y dijo con la voz temblorosa que allí no había nadie y que no me preocupara. No me dio el beso de buenas noches. Salió deprisa de la habitación y desde ese día nunca más lo volví a ver.
Al final, a todo se acostumbra uno. A vivir sin padre, y también a compartir habitación con un monstruo que vive en el armario.
Sé por qué lo hizo. Por qué se fue mi padre, digo. El monstruo del armario daba bastante miedo. Aunque no era muy mayor (tendría mi edad, más o menos) era de color oscuro, tenía colmillos largos, los ojos amarillos y las orejas puntiagudas. De piernas y brazos fuertes, pero con dedos largos y uñas afiladas, aseguraba no saber de dónde había salido ni qué hacía allí. A mí me dio pena porque parecía desamparado. Por eso le acogí en mi cuarto y en mi armario. Además, el armario era enorme. Había sitio para mi ropa, mis cosas y para él. Y al ser hijo único siempre había echado de menos un hermano con quien jugar.

Desde el primer día mi prioridad fue ocultárselo a mi madre; no quería que hiciera lo mismo que mi padre. No fue difícil, desde que él se marchó, mi madre trabajaba todo el día y tenía poco tiempo que dedicar a la casa, a mi cuarto y a mí.
Una tarde, como el monstruo no tenía nombre decidimos uno. Yo le hubiera llamado Robin, Luke o Irwin pero él eligió Vampoo. Vaya nombre raro, pensé.
Le di permiso para utilizar mi ropa. A excepción de la ropa interior, claro. Como no íbamos muy bien de dinero y mi paga semanal no daba para mucho, la robaba de los tendederos de los vecinos.
La comida no era problema, no le hacía falta comer ni beber. Tampoco necesitaba ir al baño, lo cual era una gran ventaja porque eso hacía más fácil mantenerlo oculto y tampoco sudaba ni olía, por eso no le hacía falta cambiarse mucho de ropa ni bañarse.
Por aquel entonces yo no tenía muchos amigos en el colegio. A Vampoo no le gustaba la gente y me quería solo para él. Aún así… ¡tampoco me daba tiempo! Después de clase tenía que volver a casa para hacer los deberes y estudiar, hacer la compra, limpiar y también jugar y hacerle compañía a Vampoo. Entiendo que bastante aburrido tenía que ser pasar solo toda la mañana.
Como no hablaba ni me relacionaba mucho, mis compañeros me pusieron un mote. A la gente le gusta mucho poner motes. El chapas, el chino, el granos… Y yo fui el raro. Reconozco que podría haber sido peor pero… habría que haberlos visto a ellos, sin padre ni hermanos, llevando una casa y compartiendo habitación con un monstruo de verdad, como los que salen en las películas de miedo.
Por las tardes Vampoo me ayudaba con los deberes e iba aprendiendo a la par que yo, aunque a él no le gustaba estudiar. Pero era mi condición imprescindible para poder ser amigos. Que me ayudara, con los deberes y también con las tareas de la casa. Sólo después de terminar era cuando nos poníamos a jugar hasta que mi madre llegaba, entonces se escondía en nuestro cuarto mientras ella y yo cenábamos y nos contábamos nuestras cosas.
Mi madre nunca se enteró de que Vampoo vivía conmigo. Tenía el oído muy fino y si ella se acercaba se escondía debajo de la cama. Era muy rápido. También muy fuerte, para su corta edad y su escasa estatura.
Alguna vez nos peleábamos… como todos los niños, con sus hermanas o hermanos. A mi no me gustaba que se enfadase, sus ojos amarillos se ponían rojos y su cara se volvía tenebrosa y daba verdadero miedo… así que le pedía perdón y hacíamos las paces.
En alguna ocasión me ayudó, cuando alguien se metió conmigo en el recreo y me pegó, no tuve más que decírselo a Vampoo. Por la noche le hizo una visita y asunto arreglado, no volvió a molestarme.
Cuando oscurecía también me era muy útil. No tenía miedo a que alguien me hiciera daño. Él me protegía.

Y así pasaron los años.
Mi madre y yo.
Vampoo y yo.

Cuando me tocó elegir Universidad, elegí una cercana a la ciudad. Le dije a Vampoo que no podría venir conmigo, que tendría que quedarse en casa y yo iría a visitarlo cuando me fuera posible…
Ese día se puso como una fiera y rompió varias cosas de nuestro cuarto. Logré calmarlo, pero se quedó enfadado unos días. A mí me cayó una buena bronca porque tuve que decirle a mi madre que había sido yo.
Aún quedaba todo el verano para estar juntos. Aún así, ya nunca volvió a ser como antes.
A lo largo de ese verano crecí (curiosamente, él no lo hizo ni lo haría nunca) y empecé a pensar de manera diferente.
Había muchas cosas que ver más allá de ese armario y esas cuatro paredes que se me caían encima cada día un poco más. Me estaba perdiendo muchas vivencias, quería conocer gente y cambiar de aires.
Yo le ocultaba a Vampoo esos pensamientos, sabía que no le gustaría saberlo. Él estaba encantado con nuestro armario, nuestro cuarto y conmigo. No necesitaba más pero yo sí.
Cada día, la presencia de Vampoo me resultaba más asfixiante. Nuestra diferencia de edad cada vez era mayor; él quería jugar siempre más, quería que hablásemos más, me reclamaba continuamente, quería que le contara todo lo que hacía y también mis cosas y mis secretos. Nunca estaba satisfecho, todo era poco. Tenía mil proyectos y en ellos sólo estábamos él y yo. Yo estaba harto y le daba la razón como a los tontos. Mejor dicho, le daba la razón como a los monstruos. Como a los monstruos pequeños. Porque nunca dejó de ser un monstruo de unos pocos años.

Cuando me fui a la Universidad me dio mucha pena. Aunque yo ya estaba muy distanciado de él estuve tentado a decirle que viniera conmigo. Pero no podía ser porque no tendría un cuarto para mí solo y el campus no era lugar para él.
No se despidió. Se quedó dentro del armario.
Y yo empecé mi nueva vida con un nudo en el estómago y otro en la garganta… Pero habiéndome quitado un peso de encima y con una innegable sensación de libertad y futuro.

Cuando en el campus me asignaron habitación y compañero fue una bocanada de aire fresco. Lo necesitaba.
Mi compañero Noé era muy buena persona. Enseguida congeniamos y nos hicimos amigos. Era completamente diferente a Vampoo. Me daba libertad. Sin agobios, sin presiones ni miedos. Además de habitación, compartíamos sueños… la vida por delante abría sus puertas y ambos la mirábamos expectantes, con deseo y ambición.
Hablábamos mucho, sobre todo cuando acababa el día y en poco tiempo sabíamos casi todo del otro. Le encantaban las historias de miedo. Antes de dormirnos, solíamos contarnos (o inventarnos) alguna. Nunca mencioné a Vampoo, pero estoy seguro de que me hubiese creído y hubiera querido conocerlo.
Noé dormía con su machete bajo la almohada por si había un apocalipsis zombi. Él era así. Decía que lo de la invasión zombi era cuestión de tiempo y quería estar preparado.
“Algún día te harás daño, te sería más útil una pistola” le advertí varias veces y él siempre decía que aún no tenía edad, pero que todo se andaría.

El sábado fui a visitar a mi madre… y también a Vampoo.
Llegué antes que ella y lo busqué por todas partes pero no lo vi. La casa estaba limpia y ordenada. Demasiado, para el tiempo libre que tenía mi madre.
Pasé allí el fin de semana. Me echaba de menos, pero la vi contenta. Nunca temí por ella. Sabía que a Vampoo sólo le interesaba yo. Aunque agradecí que desde la sombra ayudase a mi madre con la casa.
Volví al campus desconcertado por no haber visto a Vampoo en ningún momento.

A partir de ese día, comenzaron los rumores. Los estudiantes empezaron a decir que a veces veían una sombra pequeña moverse increíblemente rápido y unos ojos amarillos que observaban desde la distancia. No tenía duda de quién era.
Yo trataba de comportarme con normalidad pero estaba muy intranquilo. En cambio Noé estaba emocionado. Varias veces salió por los pasillos del campus, cuando era noche cerrada y todos dormían. Yo solía acompañarle, no quería que se encontrase con Vampoo él solo, sabía que nadie corría peligro si yo estaba delante.
Una noche me acosté pronto porque tenía mucho sueño y justo antes de dormirme vi que Noé salía de la habitación.
Dormí toda la noche.
Cuando desperté por la mañana, Noé no contestó a mi “buenos días” y tiré de su manta…
Estaba muerto sobre una gran mancha de sangre, con su machete de matar zombis clavado en el cuello.
Días más tarde, los forenses, dirían que se había clavado el cuchillo mientras dormía en un movimiento involuntario. Noé se movía mucho por las noches… pero de ahí a seccionarse la yugular…
En la autopsia dirían también que el cadáver apareció con los dedos índice y medio de cada mano estirados y separados, como haciendo el símbolo de la victoria. Dirían que en el momento de la muerte estaba soñando. Pero yo sabía que no era un símbolo. No era la “V” de victoria. Era una firma. Era la “V” de Vampoo.

Esa misma tarde fui a casa, antes de que mi madre llegara.
Roto y fuera de mis casillas me puse a gritar, a llorar, a insultar a Vampoo.
Le grité que de acuerdo, que él ganaba. Con los ojos llenos de lágrimas, le pedí que me dejara terminar la universidad y que después viviríamos juntos el resto de nuestros días. Pero a cambio, él no mataría ni haría daño a nadie nunca jamás.
Salió de su escondite y me dijo que de acuerdo.
Con una de sus uñas me hizo un corte en la palma de la mano y después hizo lo mismo en la suya.
Nos dimos la mano y así sellamos nuestro pacto.
Ninguno de los dos rompería jamás el juramento de sangre”.

—Papá, qué historia tan aterradora, ¡la has contado genial! —mi niño me miraba emocionado.
Siempre me pregunté cómo le gustaban tanto las historias de miedo. “Las de caballeros y princesas son un rollo” solía decir.
—Ahora tienes que dormirte —y me puse serio para no dejar opción.
—Antes de irte… ¿Puedes mirar en el armario por si dentro hay un monstruo? —y sus ojitos me miraron con inquietud.
—Claro —abrí las puertas del armario y me aparté para que mirase.
—Gracias papá —ahora su voz sonó tranquila mientras cerraba los ojitos.
—Espera papá, dame un beso de buenas noches…

Y entonces abrió sus ojos amarillos, y extendió hacia mí sus manos largas y sus uñas, una de ellas manchada todavía, con nuestra sangre.
Y con todo el asco y el odio del mundo, le di un beso a Vampoo.

12 meses. Octubre

LA MUÑECA RUSA

Pensé que los días de Octubre caerían como las hojas del Otoño y crujirían bajo mis pasos largos.
Pero los días no caen ni las hojas crujen:
Octubre es una muñeca rusa, unos días descubren a otros, exactamente iguales, pero más pequeños —como las horas que encierran minutos y segundos o los tonos dorados del Otoño que dentro guardan la nieve del Invierno—.
Octubre empezó pero no acabará nunca, como una matrioshka infinita, inventando días y más días que en realidad sólo son vacío.

12 meses. Septiembre

LA CANCIÓN QUE MIENTE

Suena una canción enredada en los días de Septiembre. Es una canción triste, bella y habla de cambiar los sonidos por un silencio perfecto. La melodía –derivas de sirenas o de cisnes– me lleva, me pierde, flota por el calendario y yo la sigo sin saber de dónde viene.

Los días pasaron, la canción terminó y el ruido del mundo ocupó su lugar; mintió mientras yo la seguía, ciego, creyendo su canto y su promesa.

Ahora soy yo el que flota a la deriva por los últimos días de Septiembre, cantando la canción y mintiendo como ella, prometiendo un silencio imposible para el ruido del mundo.

Artículos imaginarios

MI SIGUIENTE VIDA

Una de mis frases recurrentes, que suelo pensar o decir con cierta facilidad, es “yo en la siguiente vida quiero ser normal, porque en esta ya no me da tiempo”.

A ver, ya sé que esto de ser “normal” o ser “raro” es muy relativo y nadie puede poner un límite o una línea a partir de la cual caer en un calificativo u otro. Por otra parte, no hay por qué ponerle un nombre a todo ni definirse porque a veces definirse es limitarse. Confío en que cuando hablo de normalidad o de rarezas (en cuanto a formas de ser) vosotros, lectores, ya sabéis a lo que me refiero.
Pero, a lo que iba, en mi caso particular –después de vivir mi vida con una hipertrofia del sentido de la responsabilidad–, ya no me bastaría con ser “normal” en mi siguiente vida. Ya puestos, iría un paso más allá: Yo querría ser descerebrado. Descerebrado perdido, incluso. No os sorprendáis. Ya sé que ser descerebrado puede parecer un contravalor, pero, después de ver cómo está el patio creo que es la mejor opción. Que mi cabeza y mi egoísmo no diesen para mucho más que para pensar que mi ombligo es el centro ya no del mundo, sino del universo entero. Y olé!

No me malinterpretéis, no creo que ser descerebrado perdido sea la clave para ser feliz (aunque los hay que pueden llegar a ser muy felices) y no voy a hablar en este artículo de felicidad o tristeza, ni del equilibrio entre mi serotonina y mi cortisol, pero sí que en cierto modo envidio la felicidad y seguridad con la que el descerebrado medio va por el mundo:
Conducir un Seat Leon amarillo, tuneado, con el reguetón a tope, y pitando a las chicas. Que me de igual la cultura, que lo único que me interese sea el Barça y sus últimos fichajes. Entrar en un bar, pedir un pacharán y que se enteren hasta los del quinto piso. Salir del bar, varias horas más tarde con el palillo en la boca. Que me importe una mierda el mundo, la deforestación, el cambio climático y el deshielo. Preferir morirme a quedarme sin ocio ni diversión. Ser un machote, malote, sin miedo ni respeto a nada. Pero sobre todo, ir por ahí sin mascarilla y alardear de no llevarla. Que, además de molestar, impide o dificulta el derecho a escupir sin trabas y con libertad.

Lo de las mascarillas por cierto, daría para un artículo entero, aunque de momento y para terminar, tan sólo un apunte más:
Ayer mismo, mientras paseaba con Coco (mi perro) me crucé con un grupo de adolescentes. Los chavales iban en línea, ocupando toda la calle, caminando como si les escociesen los sobacos, con un porte y una chulería que para qué.
Uno llevaba la mascarilla en la mano, otro en el codo y otro en el cuello, pero el que me llamó la atención fue uno que la llevaba colgando de la boca, mordiendo la gomita elástica. Me recordó a una gata llevando a su cachorrillo, y la imagen me hubiese parecido muy tierna de no haber sido porque al pasar a su lado me miraron con desprecio, como diciendo “apártate de nuestro camino, idiota”. Es difícil saber quién es más idiota, si ellos o yo, insisto en que todo es relativo. Pero, si se me permite dudar (algo impensable en un descerebrado auténtico), ahora mismo dudo de todo lo escrito y expuesto. Porque, los cuatro chavales con los que me crucé ayer, en lugar de envidia me dieron cierta pena. En el fondo les agradezco que me hayan regalado una historia a modo de anécdota con la que terminar este artículo.

12 meses. Julio

EL CASTILLO DE NAIPES

Como las hojas del Otoño, los días de Julio van cayendo al azar. El viento caluroso juega con ellos –tal vez baila, tal vez marea– pero cuando llegue la calma después de la espiral, los días habrán formado un castillo de naipes por el que podré pasear y esconderme del mundo.
Un castillo tambaleante y al límite de su equilibrio, donde las palabras formarán figuras y el futuro los pisos que tendré que escalar –en el filo cortante de los naipes quedará mi sangre y en los vértices el tiempo detenido guardará los recuerdos como antiguas fotografías–.
Mi castillo de naipes, desafiante, tan frágil y tan bello, será mi refugio del mundo hecho con los días de Julio.

Los zapatos de tacón de aguja

Fue la mañana más fría desde que se tienen registros. Los pocos que se atrevieron a salir de debajo de los edredones se quedaron helados después de poner los pies en el suelo frío y no tuvieron más remedio que lanzarse a la cama para no morir congelados, abrazándose a la persona que tenían al lado, los que dormían acompañados, y hechos un ovillo, los que dormían solos. Allí pasaron el día entero, sin atreverse siquiera a sacar la cabeza de debajo de las gruesas mantas para no respirar ese aire helado que se había colado en todas partes.

Por las calles, los zapatos, zapatillas, sandalias, alpargatas y todo lo que la gente se pone en los pies caminaban solos y sin dueño, como si no hubiese pasado nada.

Unos zapatos de tacón esperaban impacientes, en una cafetería, a que otros zapatos elegantes acudieran a su cita. Después de estar allí un rato se fueron por separado, a la oficina.

Las zapatillas de los “runners” trotaban por las aceras y los parques con zancadas rápidas, levantando algo de tierra en cada pisada.

En las escuelas de danza, las zapatillas de ballet hacían sus saltos y piruetas al son de música clásica, en las academias de baile, otros calzados cómodos bailaban salsa, bachata y bailes de salón.

En los campos de fútbol, veintidós pares de botas corrían tras el balón, en los gimnasios los pedales de las bicicletas estáticas giraban a toda velocidad, y sobre las lonas, zapatillas de todas clases y colores se movían a ritmo de zumba, body pump o GAP. También las botas de los boxeadores bailaban alrededor del saco sin que éste se moviese.

Las botas de agua de los niños saltaban con energía sobre los charcos o se deslizaban por los toboganes de los parques.

Mientras las casas seguían congeladas y la gente sin atreverse a salir de la cama, la Tierra siguió girando porque lo que por ella camina no dejó de hacerlo:
Los pasos inseguros de zapatos pequeños que lo hacían por primera vez, las suelas arrastrándose de los que ya anduvieron demasiados años, la cadencia larga del calzado que pasea tranquilamente por las calles y el ritmo rápido de los pasos que van con prisa…

Y así el día terminó normalmente, entre ecos pisadas y huellas en la tierra, zancadas que seguían perspectivas por delante y dejaban veredas por detrás…

Unos zapatos de tacón salieron de la oficina y al poco rato los zapatos elegantes. Se reunieron en el mismo café de por la mañana.
A los pocos minutos los zapatos de tacón se fueron muy deprisa, con pasos sonoros y altivos. Los zapatos elegantes lo harían algo más tarde y pasaron el resto del día vagando sin rumbo por las calles. Llovió, pero los zapatos no evitaron los charcos que encontró en su camino.

Aún hoy, la gente sigue bajo gruesas mantas, helada de frío y soñando con su antigua vida. Mientras, sus zapatos siguen haciendo que la Tierra gire, como si nada hubiese ocurrido.

12 meses. Junio

LOS HALOS DE LAS LUCES

La claridad no es lo que evidencia las grietas, es la penumbra que vive en ellas lo que lo hace; la luz limpia seguirá su curso igual, pero siempre fuera.
Jamás repararéis en mi presencia –ni mi ausencia–, pues nunca abandono el interior de las grietas… Desde ahí burlo la luz para dibujar los halos y destellos que generalmente la acompañan. Mientras contemplas los paisajes coloridos de Junio, los reflejos son siempre míos y así los disperso para que tú los disfrutes.
No quieras sacarme de ahí, tengo que permanecer lejos de la luz –lejos de todo– trazando halos luminosos sólo para que alguien los admire.

Fragmentos

Voy buscando trozos, reflejos, recuerdos… Están esparcidos y se ocultan entre los objetos. Algunos me ven y huyen. Otros se dejan coger y los observo atento. Si decido quedármelos se volverán negros, y ya no dejarán de preguntarme ¿por qué?
A veces tintinean como –tristes– cascabeles, como canciones mudas que sonarán cuando nadie escuche.
Estoy hecho de momentos unidos por una extraña magia. Y son tan pequeños que puedo deformarme para esconderme en las grietas que dejan los días…
Voy buscando lo que nunca tuve, lo que nunca vi, lo que yo mismo separé en retales afilados y cortantes. Quiero saber quién soy, o puede que sólo esté tratando de reconstruirme.