12 meses. Abril

La ciudad callada

Tras las ventanas, la vida callada sucede más lejos de lo que alcanza nuestra mirada. Oculta entre las 4 paredes, no suena, no luce, no deja evidencia.
Allí donde no hay ventanas, Abril florece sin nosotros. Desatado, gritará su libertad y todo aquello que estábamos matando tendrá su momento y su lugar, su respiro y su oportunidad.
Abril habla y nos hace callar a todos. Encerrados y en silencio, oigamos qué tiene que decirnos.

De color negro

–Me pareció ver un lindo gatito. Un gatito negro.
–No es un gatito. Es una leona.
–¿Una leona de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen leonas de color negro.
–Sí que existen. En mi cabeza.
–Pues sal corriendo.
–No puedo, estamos encerradas ella y yo.
–¿Y esa ventana?
–Sólo está dibujada en la pared.
–Pues busca algo a lo que subirte. Un árbol, por ejemplo. Encuentra un árbol y trepa por él. La leona no podrá subir.
–Cuando lo hago la leona se convierte en leopardo. O en jaguar. Son muy buenos trepadores.
–¿También negros?
–Sí. También negros.
–Pues ahuyéntala. Haz fuego y ahuyenta a la leona.
–Entonces se convierte en oso polar. Todo se cubre de hielo, es imposible hacer fuego.
–Espera. ¿Un oso polar de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen osos polares de color negro.
–En mi cabeza sí. Mira. ¿No lo ves?
–Anda, es verdad.
–Está manchado de sangre.
–Sí, es mi sangre.
–¿Te ha mordido?
–No. Aunque me enseña los dientes nunca me muerde. Yo le ofrezco mi cuello pero no lo quiere. Sólo me acecha y me lanza zarpazos. Le gusta recrearse, está jugando con la comida.
–Mira, unas escaleras. ¿Qué habrá arriba? ¿Has mirado?
–Sí, he mirado. Hay un lobo.
–A ver si lo acierto, un lobo de color negro.
–Sí, de color negro.
–Y ¿ese también te acecha y te araña?
–No, ese sí que muerde. Y muy fuerte.
–¿Y qué quiere? ¿Tus huesos?
–No no, ojalá los quisiera. Ese solo muerde mis recuerdos. En sus fauces caben muchos.
–Oye, yo también estoy sangrando.
–Sí, es que te ha mordido.
–Pero ¿cuando? No me ha dolido.
–Cuando has venido. Y ya te dolerá.
–Entonces ¿ahora ya soy como tú?
–Sí. Has hecho muy mal acercándote a mí.
–¿Y qué vamos a hacer?
–No lo sé. Lo único que espero es que se cansen y se vayan.
–Pero mientras ¿qué haremos con todas estas heridas?
–Cuando cierren quedará una cicatriz.
–¿Una cicatriz de color negra?
–No. Esa será de color roja. Roja brillante, intensa. Será el único color además del negro.
–Oye ¿y por qué no gritamos?
–Porque no sirve de nada. Además, el primer zarpazo de la leona nos dejó sin voz.
–Entonces lloremos.
–No podemos. El segundo zarpazo nos dejó sin lágrimas.
–¿Y el tercero?
–Ese nos dejó sin sueños.
–Entonces tan sólo durmamos. Durmamos y olvidémonos de todo.
–Sí, pero sólo hasta que mañana todo vuelva a empezar.
–Oye… ¿por qué sonríes?
–Al menos ahora tengo alguien con quien hablar.

Ella y yo

Rueda, bajo mis pasos la ciudad
sus rincones y resquicios
un jamás entre la lluvia
un perdón ante tu llave
abrí la cerradura
de una puerta dibujada.

Rueda, vaivén oscilante
ella viene y yo me voy
marea, me busca
mi valiente odisea
huyo como siempre y
vuelve como nunca.

Rueda ella, ruedo yo
los días sin sentido
las noches recordadas
la nostalgia también calla
aunque sigas preguntando
si todavía vive en mí.

Ruedan, las caras de la verdad
como perfectos engranajes
la mirada vergonzosa
y el rojo de la herida
es el rastro que seguí
para escapar de ella.

Tiempo

Los días son densos como una taza de chocolate caliente. Rezagadas las horas no puedo desecharlas y la memoria, desbordada, no lo soporta más. Entonces el tiempo cae y ya no se levanta, se queda en los rincones y debajo de la cama. Por las noches el aliento se enfría como cuando se materializan los fantasmas, y al hacerlo, sus bocas se mueven pero nunca dicen nada, por eso si me preguntan no sé qué contestar.
Mientras todos huís yo escribo espirales con demonios y dragones. Las manecillas del reloj siguen clavadas en mi carne y aunque el tiempo pase lento, al hacerlo me corta y me desangra.
Si esta noche –en lugar de los fantasmas– eres tú quien venga visitarme, seré yo el que te pregunte ¿cuánto tiempo me queda? Y tú tampoco sabrás qué contestarme.

Noches blancas

Cuando abren los museos de la memoria, los recuerdos pasean despacio y las horas desbordan debajo las sábanas.
Las noches ya no son negras, ahora son blancas y en ellas podrás ver mi sangre y mis huesos tratando de escapar hacia la mañana. Y cuando llegue, la mañana ya no será blanca, será negra y con ella cubriré mi rostro para que nadie pueda ver mi angustia.

12 meses. Marzo

LA PRIMAVERA

Los hastíos del invierno vuelven como vidas pasadas, como insomnios de muñecos rotos.
El tic tac de mi cabeza sólo es hielo derretido, que gotea –que golpea–, del mismo modo que la consecuencia de Marzo, su última voz –otra vez–, es la primavera:
Ve corriendo a contar las flores.
Yo me quedo, contando las estrellas.

Artículos imaginarios

EL FANTASMA PASEANTE

Hoy, el techo del bus en el que voy camino del trabajo tiene forma curva. Las luces LED transversales en su recorrido dan la sensación de que te adentres en una oscura bóveda de cañón con una bonita iluminación nocturna. Me ha gustado… Pero el paseo acabó rápido. Incluso los últimos asientos, que es donde yo me siento, están muy cerca.
Sí, esa fue la sensación al caminar por el pasillo del bus. Un –bonito– túnel abovedado que se acabó demasiado pronto. Pasearía más largo, más tiempo. Se me da bien pasear. Me gusta. Lo hago frecuentemente (y más aún teniendo dos peludos y una mujer a la que también le gusta pasear).
Cuando el mundo se acabe para mí yo seguiré paseando… Seré el fantasma paseante y la gente podrá fácilmente verme pasear por la ribera del Ebro. Pero no asustaré a nadie, seré un fantasma bueno… Los que me vean (niños, en su mayoría) dirán ¡he visto un fantasma! ¡Llevaba una guitarra a la espalda, y tarareaba una melodía triste! E Iker Jiménez hará un programa en exclusiva para mí… Y las grabaciones captarán un lamento lejano y una neblina difusa, yendo y viniendo, que a la gente le gustará atravesar por su sensación de frescor… pero la neblina huirá siempre de ellos, más largo, más tiempo…
No me hagáis caso. A veces yo también escribo por escribir del mismo modo que hay gente que habla por hablar.
En realidad, cuando todo esto se acabe, no querré ser un fantasma que va con su guitarra a la espalda tarareando canciones tristes. No sé si lo he dicho alguna vez, pero no necesito otra vida, ni otra dimensión, tengo suficiente con una, con estas. Por eso, cuando la fiesta termine, me bastará con ser un recuerdo, borroso y lejano –como un fantasma–, que un día escribió (por escribir) acerca de un bus con el pasillo abovedado iluminado, por el que un hombre con una pequeña mochila en lugar de guitarra, hizo un paseo que por lo bonito que fue le resultó demasiado corto.

12 meses. Febrero

LA AUSENCIA

Esos días ausentes de Febrero son los ecos de Enero que alguien olvidará y al día siguiente echará de menos.
Sol de lluvia, frío de nieve, flor de niebla y de invierno terminarán, pero, como los buenos sueños, lo que viene después nunca es mejor.
Hay ausencias que no acaban, aunque tratemos de llenarlas con la primavera que vendrá.
Sueña si así lo deseas. Al despertar verás que lo que a Febrero le falta no puede cubrirse con nada.

En mis ratos libres

En mis ratos libres
con el disfraz por los tobillos
trazo una línea en el suelo
para estar detrás
con los ojos vueltos
y engullirme a mí mismo.

En mis ratos libres
si quieres búscame
pero no me encuentres
me tengo a mi merced
lejos de tu alcance
soy un péndulo en pendiente.

En mis ratos libres
sonriente soñador
varado entre cristales
no me olvides por si yo lo hago
deja que aprenda de
mis dragones y abismos.

En mis ratos libres
soy yo el que se muere
un poco cada noche
a pesar de todo
dibujando una ciudad
paseando entre su niebla.

Así planchaba, así así

Lunes antes de almorzar, una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que planchar: Así planchaba así así, así planchaba así así, así planchaba así así, así planchaba que yo la vi señor juez, tiene usted que hacer algo, no es normal que una niña tenga que hacer las tareas de la casa, y menos aún la plancha, que una cosa es colaborar y otra muy distinta es tener que lavar, fregar y planchar cuando tendría que estar estudiando o jugando con sus hermanos, ellos seguro que estaban dándole al balón o a play, mientras la niña tenía que hacer la casa, señor juez, por favor, haga usted algo porque esto es un caso claro de explotación infantil.

Los servicios sociales se hicieron cargo de la pequeña y al poco tiempo su padre viudo huía ahogado por las deudas de juego. Una familia la adoptó y tuvo una infancia muy feliz.

Por la raja de su falda yo tuve un piñazo con un Seat Panda, me volvía loco con su Chupa Chups, qué vicio, qué vicio tenía la chavala, la tuve que despedir porque se negó a compartir la habitación del hotel en nuestro primer viaje de negocios, no es no, me decía, estaba buena pero era una mojigata, señor juez, eso le contaba el baboso del director general a su asesor, presumiendo, orgulloso, ni siquiera se esperó a que yo terminara de limpiar y saliera por la puerta, ese hombre es un acosador, conmigo también trató de propasarse, señor juez..

Esa y otras denuncias por acoso hicieron que terminase destituido. Su mujer se divorció al poco tiempo, y aunque no llegó a entrar en la cárcel, sus antecedentes y lo mediático del caso arruinaron su vida.
“No es no” le seguía gritando la gente años después, cuando se lo cruzaban en cualquier momento, en cualquier lugar.

Que no la encuentre jamás o sé que la mataré… Por favor, sólo quiero matarla, a punta de navaja, besándola una vez más, eso iba cantando el malnacido señor juez, mientras entraba en su casa y daba un portazo. Llamé inmediatamente a la policía y se lo hice saber mientras aporreaba su puerta, cuando lo vi salir salpicado de sangre y con cara de loco me encerré y por la mirilla vi como se arrojaba por la barandilla de la escalera, entonces entré en su casa y ahí estaba, tirada en el suelo, intenté cortar la hemorragia taponándole la herida hasta que llegó la ambulancia y la policía. Todavía tengo pesadillas, señor juez.

A las poco rato fallecía en la mesa de operaciones; perdió demasiada sangre.

La sangre siempre es la sangre.
La olvidada, la antigua y la nueva, que aún hoy siguen siendo derramadas por el mismo motivo.
Mientras su hija adolescente, abatida y desolada la limpiaba del suelo, alguien al otro lado del globo, seguía cantando la canción:
“Así limpiaba, así así”.

12 meses. Enero

La verdad.

Aunque troceemos la realidad en pedacitos de 30 días para poder entenderla mejor, a Enero le basta sólo un intento y en su llegada nos hace un sitio a modo de última oportunidad.
Nuestra versión de la verdad, elegida o impostada, quedará cubierta por el frío de Enero. Y sólo entonces sabremos que nada ha cambiado, que la venda sobre nuestros ojos sólo será un poco de escarcha volada por el viento gélido de Enero.

La vereda

Aún en el páramo pueden abrirse veredas, por las que entre ráfagas de viento discurra algo de poesía.
Aunque sea la última…
Parecerá que ya no hay nada, pero quedarán las ganas de todo, lo dejado de sentir, lo faltado por hablar.
Aunque sea lo único…
Donde los sonidos son lentos y al tiempo le falta un rato para llegar, donde tú y yo quedamos abrazados y enredado, tu pelo en mis promesas.
Aunque sean las de siempre…

12 meses. Diciembre

La huida.

Esto no es “…y se marchó y a su barco le llamó libertad y en el cielo dibujó gaviotas…”
Cuando el valor se marcha, no queda ni siquiera el atrevimiento de poner nombres estúpidos a barcos que se adentran en el mar para no volver.
Los días contados de Diciembre huyen. Ya no importa el tiempo que llevamos sino el tiempo que queda para que todos los relojes se paren a la vez. Pero hasta que suceda, Diciembre huye sin mirar atrás… Mientras lo hace, yo me quedo con los puños levantados y cara de idiota. Vacío, engañado, no hay guerrero más vencido que aquel que no tiene adversario.

12 meses. Noviembre

El final.

No todas las cosas empiezan en Enero ni terminan en Diciembre.
Noviembre llegó puntual pero lo hizo con los ojos en blanco… y no era un blanco de nieve.
No hablaré de las hojas del Otoño –que ya ni siquiera buscaré– tampoco del frío o de la lluvia; el final llegará como una amenaza a destiempo. Nadie lo creerá pero todos tendremos que asumir sus consecuencias porque no quedará otra opción.
En la nueva verdad, la genialidad reverenciará a la desolación y no tendrán tiempo de mirarse a los ojos –esos ojos en blanco que no eran de nieve–.
No llegaré. No llegaremos. Todo terminará en Noviembre, antes de que el frío regrese. Cuando no toca, cuando aún queda por caer, por sufrir, por morir.
No hace falta que lloréis, no nos dará tiempo. Yo no lo haré porque también soy nada. Ya, ahora. También. Además.
La tardía profecía del Otoño que nadie creyó. Por la que todo se arrastra, rodando hacia su fin, antes de que el Invierno llegue, con los ojos en blanco, esos ojos extraños que no eran de nieve.

La katana

De labios finos y ojos rasgados…
Su beso cortaría el aire y tu alma, si la pones a su alcance.
Te araña con cuidado y con cariño, a la vez que te desangras y te enamoras.
Por ella. De ella.
Sueño con tenerla en mis manos y que desangre mi alma a cambio de un beso, de una sonrisa brillante y curvada.
Por ella, con ella, mi katana, cortar el aire y abrir el cielo.

Si…

Si esta carta fuese de amor la firmaría con lluvia para echarte de menos.
Si estas líneas fueran un dibujo serían “El beso” de Gustav Klimt o un boceto de Dalí.
Si estas letras fuesen un deseo sería el tuyo, si fueran una pena sería la mía y si fuesen un privilegio sería el de tenerte.
Si este papel no fuera mudo sonaría un rock’n’roll y alguien gritaría ¡Oh yeah!
Si estas palabras fuesen valientes y no buscaran desesperadas un sitio donde esconderse estarían escritas con mi sangre.
Y si hoy no hubiera ayer ni mañana ni tampoco distancia… entonces le gritaría al mundo que te quiero… ¡Oh yeah!

Despedida

Trazadas mis palabras –que no escritas– con sextante y mapa estelar, ahora sólo ruedan, solas, y se alejan –se adentran– sin ningún deseo, sin preguntar ni siquiera por qué.
Sal conmigo a la ventana, juntos las despediremos, antes de que se marchen del todo.

Artículos imaginarios

UNA MEDUSA EN MI CABEZA

Nunca creí en los horóscopos y no sé si a estas alturas todavía ocupan sitio en las últimas páginas de los periódicos o revistas…
No es ese el debate, pues esta es sólo la introducción para decir que soy un signo de agua (Piscis), pero que a mí lo que me gustaría en realidad sería volar. Soñar, se me ocurre, es también una manera de volar, aunque un poco “light”, dicho sea de paso.
Metáforas y dualidades aparte (volar y soñar) tengo que admitir que en eso mi horóscopo sí que me define, porque al parecer los Piscis, por aquellas casualidades zodiacales, somos soñadores por naturaleza. Pero no es volar ni soñar lo que me ha traído a escribir estas líneas; lo que ocurre es que sin saber por qué me acordé de un grupo zaragozano (por desgracia disuelto hace ya muchos años) que se hacían llamar “Los Especialistas” y en mi opinión, eran talento en estado puro; un placer escucharles. Uno los últimos CDs de este grupo me lo regaló mi hermano y tenía por nombre “Un pez en mi maleta”… y pensando en tan original frase, he llegado al título de esta nuevo artículo del blog.
Porque, de la misma manera en que Los Especialistas presumían de tener un pez en su maleta (no especificaron nunca si era una sardinilla de unos pocos gramos o un siluro de 150 kilos), yo presumo de tener una medusa en mi cabeza. Es cierto que hace años era un bonito acuario tropical de aguas cálidas, lleno de pececillos de colores vivos y plantas de largas hojas que se movían mecidas por la suave corriente. Pero ahora, por esas rarezas que tiene la vida, los pececillos de colores dieron paso a una gran medusa solitaria de color azul luminoso. Posiblemente se comiera a todos los pececillos, incluidas las plantas de hojas largas. O quizá no, puede que tan sólo los sustituyera. Da igual. Ahora es ella la que flota en mi cabeza, sin pasado ni memoria, en completa y serena deriva.
No sé si siente o si padece, si sueña o si duerme, pero es hipnótico verla moverse despacio, con esos tentáculos que parecen abarcarlo todo mientras dibujan extrañas formas; enredándose, deshaciéndose, en conexión con sus pensamientos azulados que son los míos.
Ya no trato de comprenderla ni de comunicarme con ella, yo sólo la observo, a veces dominante, a veces sometida, pero siempre bella. Ajena. Inmune. Ausente… Con ese azul, inevitablemente mío, del que siempre seremos dueños.

No puedo terminar esta entrada sin dejar de mencionar a mi cuñada Mónica:
Ella también es Piscis, y en su brazo derecho tiene un precioso acuario tatuado, desde el hombro hasta la muñeca.
No sabría precisar lo que mi cuñada tendrá en la cabeza (puede ser un calamar, un pulpo, un delfín, un gato, un zorro, o todo ello a la vez) pero en el acuario de su brazo, sí que tiene una bonita y gran medusa, flotando, en perfecta calma y armonía junto a muchos otros elementos marinos.
Aún no lo había hecho, pero hoy le doy las gracias y le dedico esta entrada.

A veces, la serenidad azul de nuestras medusas logra comunicarse sin necesidad de hablar.

Mi burbuja

Palpita. Ausente, sufrida.
Sufriente. Dormida, me envuelve.

Aunque parezca hecho con lágrimas antiguas el cristal no se evapora como lo hicieron ellas.

En su caída, la línea era blanca pero al otro lado del prisma tú la viste de colores.

No podré salir ni tú entrar, por más que te acerques, la burbuja me mantiene lejos, a una vida y media vida de distancia.

Incluso cuando ésta acabe, todo lo que fui seguirá en su interior.

Palpitando, durmiente.
Mi envuelta ausencia.