Fragmentos

Voy buscando trozos, reflejos, recuerdos… Están esparcidos y se ocultan entre los objetos. Algunos me ven y huyen. Otros se dejan coger y los observo atento. Si decido quedármelos se volverán negros, y ya no dejarán de preguntarme ¿por qué?
A veces tintinean como –tristes– cascabeles, como canciones mudas que sonarán cuando nadie escuche.
Estoy hecho de momentos unidos por una extraña magia. Y son tan pequeños que puedo deformarme para esconderme en las grietas que dejan los días…
Voy buscando lo que nunca tuve, lo que nunca vi, lo que yo mismo separé en retales afilados y cortantes. Quiero saber quién soy, o puede que sólo esté tratando de reconstruirme.

Karen Red Doll

1.

Se despertó muy despacio… Antes de poder pensar en cualquier cosa se quedó un rato más en ese estado en el que sueño y realidad se abrazan.

A los pocos minutos pudo ser consciente de sus sensaciones y reparó en que se encontraba terriblemente cansada, con el estómago revuelto y muy mareada, como si hubiese pasado toda la noche de fiesta, bebiendo sin control, soportando ahora una buena resaca.

Enfocó su mirada en el techo y se quedó pensativa. ¿Qué hizo por la noche? Por más que intentó hacer memoria no lo recordaba. Vaya noche movida tuvo que ser para no acordarse de lo que hizo. Pero ¿qué hizo por la tarde? ¿Y por la mañana? Tampoco se acordaba…

Esto ya le resultó demasiado raro; en su memoria parecía no haber absolutamente nada, tan sólo el vago trazo de un sueño extraño ocupaba un discreto segundo plano.

Se frotó los ojos, se incorporó en la cama y miró alrededor. Todo lo que vio le resultó desconocido, era un dormitorio grande, amueblado con un gusto exquisito. Los muebles de madera oscura, clásicos, contrastaban con el blanco inmaculado de las paredes. La cama estaba cubierta por unas sábanas de seda de una suavidad extraordinaria.

Por un ventanal enorme se colaba una suave claridad e iluminaba un gran espejo y una caja de cartón enorme que desentonaba con la belleza de la estancia.

Se levantó de manera aparatosa y anduvo por la habitación. Le costaba moverse y coordinar los movimientos; tenía la sensación de no ser dueña de su cuerpo, de estar moviendo torpemente unos miembros funcionales pero que no le pertenecían.

Todavía seguía estando algo mareada… Se sentó en un diván de terciopelo rojo. Sostuvo la cabeza entre las manos y se dio un breve masaje en las sienes para intentar despejarse. Mientras, le asaltó el recuerdo de ese extraño sueño. Ahora lo recordaba bien:

Estaba tumbada en una mesa de operaciones, totalmente consciente y desnuda. Hacía frío, quería vestirse y marcharse, pero no podía, estaba atada. Tenía la mirada fija en un punto porque tampoco podía mover los ojos. Había dos personas allí también. Actuaron con rapidez: abrieron su pecho y le colocaron en el lado izquierdo un pequeño dispositivo pulsátil para simular los latidos de un corazón. A cada lado del tórax, le pusieron unas bolsas planas unidas a una minúscula botella de aire comprimido para realizar el movimiento respiratorio, y en el cuello le instalaban otro diminuto mecanismo para simular pulso carotídeo; lo mismo que en ambas muñecas. Luego, apartando los párpados, le implantaban debajo de ellos unos motorcillos eléctricos, unidos a cada globo ocular. Por último, a través de uno de los orificios nasales, le introducían, ayudados por una varilla metálica, un un microprocesador de última generación, hasta alojarlo en mitad de la cabeza, justo donde debería estar la separación entre los hemisferios del cerebro. Cerraban las heridas con admirable destreza, y lo último que recordaba justo antes de despertar fue que los hombres la metían en una gran caja de cartón y la precintaban…

Un sueño muy curioso, sin duda. Y lo más curioso de todo era que la caja que había en el rincón de la habitación, era exactamente igual que la de su extraño sueño.

Sigue leyendo

New York, New York

Despierto, confuso.
La luz se cuela entre las lamas de la persiana y me molesta. Hoy, no sé por qué, puedo ver a través de mis párpados cerrados.
La voz de mi conciencia me da los buenos días y se pone a cantar una de Sinatra. New York, New York, concretamente. No lo hace mal, además. Pero me desconcierta. Normalmente la voz de mi conciencia se limita a decirme (más bien a repetirme) las cosas que hago mal. Y las que hago medio-mal también. Además nunca, nunca jamás me da los buenos días y no estoy acostumbrado a su saludo ni a que, en un alarde de auto afirmación, incluso egocentrismo, cambie su rutina y se ponga a emular a “La Voz”.
Desde que he despertado, veo también dos manos saliendo de la pared. Una a cada lado del cabecero de la cama. Las dos son masculinas, una de hombre mayor, con manchitas, y la otra jóven, muy cuidada, grande y fuerte.
No es la primera vez que las veo, la diferencia es que normalmente ambas manos me hacían una bonita peineta cada una, pero hoy se han puesto a chasquear los dedos, a ritmo de la canción. Cuando llega el estribillo, hacen un trémolo curioso. Algo así como chas-chas, chaca-chaca-chás. Admirable. Buen swim tienen mis nuevas amigas.
La canción se acaba y me dan ganas de aplaudir, pero ante mi desconcierto no lo hago y me limito a pronunciar un tímido “hola” con cierto matiz de interrogación, como queriendo preguntar en realidad, qué leches está pasando.
Ya sé que es raro que un par de manos (de diferentes personas además) oigan, pero deben haberlo hecho, porque acto seguido se ponen a saludar efusivamente. Me pregunto si saludan o si en realidad se despiden.
Me incorporo. Realizo ese ejercicio mental que a todos nos ha tocado hacer más de una vez, para determinar si estamos soñando o no. Tras el auto chequeo de mis sentidos y sus sensaciones determino que estoy despierto y bien despierto.
Quizá estoy imaginando demasiado fuerte.
O estoy escuchando demasiado hondo.
O mirando demasiado lejos.
O a lo mejor, enloqueciendo demasiado pronto.
O todo ello a la vez.
Y mientras, sigo reparando en que, la luz me molesta cada vez más aunque cierre los ojos.

Sigue leyendo

Mi ángel de la guarda

Dijo que era mi ángel de la guarda
pero tenía garras, colmillos
y mirada de loco.
Por las noches afila sus uñas,
por el día me dice al oído
“vente conmigo bonito”.
Yo trato de vencerle
con una guitarra vieja,
con mis piezas de ajedrez
y mi bote de Prozac,
pero sabe arañar y morder
siempre donde más duele.

Justo antes de dormir me sienta en su regazo, me desea tristes pesadillas y entona una nana siniestra. Acompaño su canción con mi guitarra de cuerdas oxidadas y lo miro de reojo… no sé si le tengo miedo o si le odio, pero mientras él me cante cada noche yo seguiré tocando y sentiré sus colmillos alimentarse de mi carne.

Sólo cuando ya no tenga nada que quitarme, me arrepentiré de no haberle estampado la guitarra en la cabeza, al hijo de puta.

La primera flor del almendro

Nací antes de tiempo, tenía prisa por salir. Otras flores me siguieron pero yo fui la primera en llegar a estos días inusualmente cálidos.
Justo enfrente de tu ventana, mi solitaria rama cabecea con el viento y durante unas pocas mañanas he contemplado tu mirada lanzada al infinito y el vuelo de tu pelo al aire fresco del Norte.
Vivo mecida y colgante, contando las horas del tiempo que me queda, porque esta noche el frío del invierno volverá y congelará mis hojas pequeñas. Cuando mañana abras de nuevo tu ventana el rocío brillando sobre mí será lo único que pueda dedicarte… Y mi vida fugaz en un fragmento de primavera.

Para Ana

12 meses. Mayo

LAS FLORES

Mayo comienza deshojando los días del calendario con la ilusión de un enamorado, pero al terminar sólo quedarán tallos rotos y pétalos salpicados de sangre.
Nunca sabremos si sus flores fueron una declaración de amor o de perdón, una bienvenida o una despedida.

IMG_5572

La casa del terror

—Sé bienvenido a la casa del terror… Puedes seguirme. Eso sí, si lo haces no habrá vuelta atrás—. Eso dijo el nota, disfrazado y maquillado como Igor, con voz impuesta y pomposa, justo antes de desaparecer por la gran puerta de madera de aquel casoplón que parecía a punto de empezar a caerse a pedazos.
Me adentré despacio, tranquilo, tras él.
La entrada daba al hall principal que estaba en ligera penumbra, pero se podía ver medianamente bien.
Igor se metió sin mediar palabra por una de las varias puertas que había en el hall. Le seguí. Daba a un pasillo muy largo y oscuro, con varias ventanas de las que salía luz y una puerta cerrada al fondo. No vi a Igor por ninguna parte.
—A ver qué pasa ahora—, pensé. Supongo que lo de siempre. Más de lo mismo. A ver monstruitos.

La primera ventana daba al exterior. Fuera, Frankenstein cargaba un fardo enorme, con ramas caídas de los árboles. Las dejó en el suelo y Leatherface, de “La matanza de Texas” con su motosierra las cortaba en trozos pequeños, ayudado por Jason Vorhees de ”Viernes 13” y su gran machete. Así estuvieron un rato, sin hacer nada más.

Yo flipé.

En la siguiente ventana, Freddy Kruegger de “Pesadilla en Elm Street” cortaba vegetales con su guante de cuchillos que después iba añadiendo a un caldero que hervía al fuego mientras canturreaba con su voz ronca una melodía pegadiza. Me miró y me guiñó un ojo.

Seguí flipando. En colores.

En la tercera ventana, la niña del exorcista estaba en la cama, con pinta de tener un gripazo terrible. Drácula, sentado en una pequeña silla a su lado dejó en la mesilla un libro de cuentos infantiles y empezó a darle cucharadas de un plato de caldo humeante.

Te cagas, pensé.

Y en la siguiente, la muerta de la curva tomaba y acariciaba la mano de una anciana con la mirada perdida. “No te preocupes por nada, yo estoy contigo”, le decía suavemente sin dejar de mirarla con dulzura.

—Esto es el colmo—, me dije. ¡Que me devuelvan el dinero!

Seguí andando por el largo pasillo. Muy enfadado. —¡Menuda mierda de casa del terror. En cuanto pille al encargado de esto le voy a montar un buen pollo. Estafadores!—, grité.

Pero aún quedaban unas pocas ventanas por las que había que pasar, antes de poder salir de allí.

La siguiente ventana daba de nuevo al exterior. Al mar. No entendía nada. Estaba a cientos de kilómetros de la costa, pero era el mar de verdad.
A lo lejos, divisé una patera inmensa, llena de inmigrantes, sobrecargada. Por sus caras, debían de llevar días navegando. El mar estaba embravecido y una ola hizo volcar a la patera. Las olas que después la azotaron la hicieron pedazos. La gente gritaba en mitad del océano. En unos minutos, unos se ahogaron y otros, agarrados a los trozos que aún flotaban, quedaron a merced de las olas que no dejaban de barrer el mar.
Un poco más lejos, un trasatlántico lleno de turistas pasaba de largo, como si no hubiese ocurrido nada. Muchos de ellos hacían fotos desde la cubierta. Algunos, incluso se hacían selfies con la tragedia de fondo.

Seguí caminando por el pasillo, desconcertado.

La siguiente ventana daba a una selva impresionante. No sé cuál sería, la Amazónica tal vez, o la del Congo. A la vez que por un lado unos hombres talaban árboles, otros construían carreteras, y otros, al volante de máquinas pesadas penetraban en la selva destruyendo todo a su paso. Miles de animales huían despavoridos… —¿Dónde irán ahora?—, me pregunté apenado.

La última ventana daba a una habitación con una pantalla inmensa en la pared. 4K, Ultra-High-Definition, ponía en un cartelito. Un niño sentado en el suelo la miraba absorto. En la pantalla las imágenes cambiaban cada pocos segundos: Un asesinato, una violación, un torturador y su torturado ensangrentado, un avión bombardeando una ciudad, cientos de peces muertos tras una marea negra, un linchamiento, una ejecución, un cazador, un incendio provocado, la lluvia ácida tras una explosión nuclear, unos niños cubiertos de polvo extrayendo minerales de una mina, otros niños muriéndose de hambre… Todo ello sin pausa y en bucle.
El niño giró su cabeza y me miró riéndose. Me disparó con una pistola imaginaria. —¡Pum! estás muerto—, me gritó sin dejar de reír.
Mi pecho empezó a mancharse con algo caliente, muy parecido a la sangre. Parecía de verdad. Puse mi mano en la herida imaginaria y en la mancha que cada vez era más grande y me eché a llorar.

Una puerta al final del pasillo se abrió y el resplandor del día lo iluminó todo. Salí corriendo de allí y no paré hasta caer exhausto. No fui capaz de mirar hacia atrás.

Todavía tengo pesadillas.

12 campanadas y un grito

Nada más fácil –dijo la pitonisa– simplemente tienes que ponerte a medianoche delante de un espejo con los ojos cerrados, tú sola y a la luz de una vela. Justo después de que suene la última campanada –y entonces se puso muy seria– abre los ojos y verás en el espejo al hombre con el que te casarás, a tu lado.

Decidió hacerlo esa misma noche.
No tenía miedo pero estaba muy nerviosa por la emoción. Comenzaron a sonar las campanadas y ella empezó a preguntarse; ¿será guapo? ¿será apuesto? ¿tendrá elegancia y don de gentes? ¿será bueno? ¿me tratará como a una reina? ¿tendrá los brazos fuertes y las manos grandes? ¿tendrá los ojos claros o el pelo oscuro?
Las campanadas dejaron de sonar.
Ella abrió los ojos muy despacio…

Gritó con todas sus fuerzas, absolutamente aterrada.

En el espejo sólo estaba ella. Nadie más.
La posibilidad de no casarse y tener que estar sola el resto de su vida le pareció espeluznante.

Agradecimientos:
Marisa y Bea

El espectáculo debe continuar

A causa de los imparables contagios, el estado de alarma se prolongó primero dos semanas, luego 6 meses y después 20 años.
Aún recuerda la noche del estreno, sus compañeros de función huyeron como ratas por la cuarentena pero él decidió quedarse y actuar. “El espectáculo debe continuar”, sigue repitiéndose cada noche, justo antes de salir y darlo todo frente a su público imaginario.

Donde todo comenzó

1

Ya en la orilla y después de varios días de terrible travesía, Nabila, exhausta y con su hijo en brazos saltó de la barcaza clavando las rodillas en la arena. Antes de desplomarse y cerrar sus ojos para siempre pudo ver cómo Hakim abría los suyos.

20 años después Hakim sigue paseando cada día por la playa donde todo comenzó. Tras las olas rompientes aún le parece distinguir la voz dulce de su madre. Y piensa que en la espuma blanca bañada por el sol, su alma continúa visitándole.

2

EN DEUDA CON EL MAR

La vida de Hakim siempre estuvo ligada al mar. Vivía por él, se alimentaba de él, se sentía en deuda con él. Incansable, podía nadar, bucear o surfear durante horas. Es quien mejor me entiende, solía decir.

Un día, con su tabla de surf debajo del brazo, lanzó su mirada más allá del horizonte y decidió saldar su deuda con el mar. Moriré acariciándolo, le dijo a una anciana en la playa a modo de despedida. Y se adentró en sus aguas con la sensación de que éstas se abrían a su paso.

12 meses. Abril

LA CIUDAD CALLADA

Tras las ventanas, la vida callada sucede más lejos de lo que alcanza nuestra mirada. Oculta entre las 4 paredes, no suena, no luce, no deja evidencia.
Allí donde no hay ventanas, Abril florece sin nosotros. Desatado, gritará su libertad y todo aquello que estábamos matando tendrá su momento y su lugar, su respiro y su oportunidad.
Abril habla y nos hace callar a todos. Encerrados y en silencio, oigamos qué tiene que decirnos.

De color negro

–Me pareció ver un lindo gatito. Un gatito negro.
–No es un gatito. Es una leona.
–¿Una leona de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen leonas de color negro.
–Sí que existen. En mi cabeza.
–Pues sal corriendo.
–No puedo, estamos encerradas ella y yo.
–¿Y esa ventana?
–Sólo está dibujada en la pared.
–Pues busca algo a lo que subirte. Un árbol, por ejemplo. Encuentra un árbol y trepa por él. La leona no podrá subir.
–Cuando lo hago la leona se convierte en leopardo. O en jaguar. Son muy buenos trepadores.
–¿También negros?
–Sí. También negros.
–Pues ahuyéntala. Haz fuego y ahuyenta a la leona.
–Entonces se convierte en oso polar. Todo se cubre de hielo, es imposible hacer fuego.
–Espera. ¿Un oso polar de color negro?
–Sí. De color negro.
–No existen osos polares de color negro.
–En mi cabeza sí. Mira. ¿No lo ves?
–Anda, es verdad.
–Está manchado de sangre.
–Sí, es mi sangre.
–¿Te ha mordido?
–No. Aunque me enseña los dientes nunca me muerde. Yo le ofrezco mi cuello pero no lo quiere. Sólo me acecha y me lanza zarpazos. Le gusta recrearse, está jugando con la comida.
–Mira, unas escaleras. ¿Qué habrá arriba? ¿Has mirado?
–Sí, he mirado. Hay un lobo.
–A ver si lo acierto, un lobo de color negro.
–Sí, de color negro.
–Y ¿ese también te acecha y te araña?
–No, ese sí que muerde. Y muy fuerte.
–¿Y qué quiere? ¿Tus huesos?
–No no, ojalá los quisiera. Ese solo muerde mis recuerdos. En sus fauces caben muchos.
–Oye, yo también estoy sangrando.
–Sí, es que te ha mordido.
–Pero ¿cuando? No me ha dolido.
–Cuando has venido. Y ya te dolerá.
–Entonces ¿ahora ya soy como tú?
–Sí. Has hecho muy mal acercándote a mí.
–¿Y qué vamos a hacer?
–No lo sé. Lo único que espero es que se cansen y se vayan.
–Pero mientras ¿qué haremos con todas estas heridas?
–Cuando cierren quedará una cicatriz.
–¿Una cicatriz de color negra?
–No. Esa será de color roja. Roja brillante, intensa. Será el único color además del negro.
–Oye ¿y por qué no gritamos?
–Porque no sirve de nada. Además, el primer zarpazo de la leona nos dejó sin voz.
–Entonces lloremos.
–No podemos. El segundo zarpazo nos dejó sin lágrimas.
–¿Y el tercero?
–Ese nos dejó sin sueños.
–Entonces tan sólo durmamos. Durmamos y olvidémonos de todo.
–Sí, pero sólo hasta que mañana todo vuelva a empezar.
–Oye… ¿por qué sonríes?
–Al menos ahora tengo alguien con quien hablar.

Ella y yo

Rueda, bajo mis pasos la ciudad
sus rincones y resquicios
un jamás entre la lluvia
un perdón ante tu llave
abrí la cerradura
de una puerta dibujada.

Rueda, vaivén oscilante
ella viene y yo me voy
marea, me busca
mi valiente odisea
huyo como siempre y
vuelve como nunca.

Rueda ella, ruedo yo
los días sin sentido
las noches recordadas
la nostalgia también calla
aunque sigas preguntando
si todavía vive en mí.

Ruedan, las caras de la verdad
como perfectos engranajes
la mirada vergonzosa
y el rojo de la herida
es el rastro que seguí
para escapar de ella.

Tiempo

Los días son densos como una taza de chocolate caliente. Rezagadas las horas no puedo desecharlas y la memoria, desbordada, no lo soporta más. Entonces el tiempo cae y ya no se levanta, se queda en los rincones y debajo de la cama. Por las noches el aliento se enfría como cuando se materializan los fantasmas, y al hacerlo, sus bocas se mueven pero nunca dicen nada, por eso si me preguntan no sé qué contestar.
Mientras todos huís yo escribo espirales con demonios y dragones. Las manecillas del reloj siguen clavadas en mi carne y aunque el tiempo pase lento, al hacerlo me corta y me desangra.
Si esta noche –en lugar de los fantasmas– eres tú quien venga visitarme, seré yo el que te pregunte ¿cuánto tiempo me queda? Y tú tampoco sabrás qué contestarme.

Noches blancas

Cuando abren los museos de la memoria, los recuerdos pasean despacio y las horas desbordan debajo las sábanas.
Las noches ya no son negras, ahora son blancas y en ellas podrás ver mi sangre y mis huesos tratando de escapar hacia la mañana. Y cuando llegue, la mañana ya no será blanca, será negra y con ella cubriré mi rostro para que nadie pueda ver mi angustia.

12 meses. Marzo

LA PRIMAVERA

Los hastíos del invierno vuelven como vidas pasadas, como insomnios de muñecos rotos.
El tic tac de mi cabeza sólo es hielo derretido, que gotea –que golpea–, del mismo modo que la consecuencia de Marzo, su última voz –otra vez–, es la primavera:
Ve corriendo a contar las flores.
Yo me quedo, contando las estrellas.

Artículos imaginarios

EL FANTASMA PASEANTE

Hoy, el techo del bus en el que voy camino del trabajo tiene forma curva. Las luces LED transversales en su recorrido dan la sensación de que te adentres en una oscura bóveda de cañón con una bonita iluminación nocturna. Me ha gustado… Pero el paseo acabó rápido. Incluso los últimos asientos, que es donde yo me siento, están muy cerca.
Sí, esa fue la sensación al caminar por el pasillo del bus. Un –bonito– túnel abovedado que se acabó demasiado pronto. Pasearía más largo, más tiempo. Se me da bien pasear. Me gusta. Lo hago frecuentemente (y más aún teniendo dos peludos y una mujer a la que también le gusta pasear).
Cuando el mundo se acabe para mí yo seguiré paseando… Seré el fantasma paseante y la gente podrá fácilmente verme pasear por la ribera del Ebro. Pero no asustaré a nadie, seré un fantasma bueno… Los que me vean (niños, en su mayoría) dirán ¡he visto un fantasma! ¡Llevaba una guitarra a la espalda, y tarareaba una melodía triste! E Iker Jiménez hará un programa en exclusiva para mí… Y las grabaciones captarán un lamento lejano y una neblina difusa, yendo y viniendo, que a la gente le gustará atravesar por su sensación de frescor… pero la neblina huirá siempre de ellos, más largo, más tiempo…
No me hagáis caso. A veces yo también escribo por escribir del mismo modo que hay gente que habla por hablar.
En realidad, cuando todo esto se acabe, no querré ser un fantasma que va con su guitarra a la espalda tarareando canciones tristes. No sé si lo he dicho alguna vez, pero no necesito otra vida, ni otra dimensión, tengo suficiente con una, con estas. Por eso, cuando la fiesta termine, me bastará con ser un recuerdo, borroso y lejano –como un fantasma–, que un día escribió (por escribir) acerca de un bus con el pasillo abovedado iluminado, por el que un hombre con una pequeña mochila en lugar de guitarra, hizo un paseo que por lo bonito que fue le resultó demasiado corto.

12 meses. Febrero

LA AUSENCIA

Esos días ausentes de Febrero son los ecos de Enero que alguien olvidará y al día siguiente echará de menos.
Sol de lluvia, frío de nieve, flor de niebla y de invierno terminarán, pero, como los buenos sueños, lo que viene después nunca es mejor.
Hay ausencias que no acaban, aunque tratemos de llenarlas con la primavera que vendrá.
Sueña si así lo deseas. Al despertar verás que lo que a Febrero le falta no puede cubrirse con nada.

En mis ratos libres

En mis ratos libres
con el disfraz por los tobillos
trazo una línea en el suelo
para estar detrás
con los ojos vueltos
y engullirme a mí mismo.

En mis ratos libres
si quieres búscame
pero no me encuentres
me tengo a mi merced
lejos de tu alcance
soy un péndulo en pendiente.

En mis ratos libres
sonriente soñador
varado entre cristales
no me olvides por si yo lo hago
deja que aprenda de
mis dragones y abismos.

En mis ratos libres
soy yo el que se muere
un poco cada noche
a pesar de todo
dibujando una ciudad
paseando entre su niebla.

Así planchaba, así así

Lunes antes de almorzar, una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que planchar: Así planchaba así así, así planchaba así así, así planchaba así así, así planchaba que yo la vi señor juez, tiene usted que hacer algo, no es normal que una niña tenga que hacer las tareas de la casa, y menos aún la plancha, que una cosa es colaborar y otra muy distinta es tener que lavar, fregar y planchar cuando tendría que estar estudiando o jugando con sus hermanos, ellos seguro que estaban dándole al balón o a play, mientras la niña tenía que hacer la casa, señor juez, por favor, haga usted algo porque esto es un caso claro de explotación infantil.

Los servicios sociales se hicieron cargo de la pequeña y al poco tiempo su padre viudo huía ahogado por las deudas de juego. Una familia la adoptó y tuvo una infancia muy feliz.

Por la raja de su falda yo tuve un piñazo con un Seat Panda, me volvía loco con su Chupa Chups, qué vicio, qué vicio tenía la chavala, la tuve que despedir porque se negó a compartir la habitación del hotel en nuestro primer viaje de negocios, no es no, me decía, estaba buena pero era una mojigata, señor juez, eso le contaba el baboso del director general a su asesor, presumiendo, orgulloso, ni siquiera se esperó a que yo terminara de limpiar y saliera por la puerta, ese hombre es un acosador, conmigo también trató de propasarse, señor juez..

Esa y otras denuncias por acoso hicieron que terminase destituido. Su mujer se divorció al poco tiempo, y aunque no llegó a entrar en la cárcel, sus antecedentes y lo mediático del caso arruinaron su vida.
“No es no” le seguía gritando la gente años después, cuando se lo cruzaban en cualquier momento, en cualquier lugar.

Que no la encuentre jamás o sé que la mataré… Por favor, sólo quiero matarla, a punta de navaja, besándola una vez más, eso iba cantando el malnacido señor juez, mientras entraba en su casa y daba un portazo. Llamé inmediatamente a la policía y se lo hice saber mientras aporreaba su puerta, cuando lo vi salir salpicado de sangre y con cara de loco me encerré y por la mirilla vi como se arrojaba por la barandilla de la escalera, entonces entré en su casa y ahí estaba, tirada en el suelo, intenté cortar la hemorragia taponándole la herida hasta que llegó la ambulancia y la policía. Todavía tengo pesadillas, señor juez.

A las poco rato fallecía en la mesa de operaciones; perdió demasiada sangre.

La sangre siempre es la sangre.
La olvidada, la antigua y la nueva, que aún hoy siguen siendo derramadas por el mismo motivo.
Mientras su hija adolescente, abatida y desolada la limpiaba del suelo, alguien al otro lado del globo, seguía cantando la canción:
“Así limpiaba, así así”.

12 meses. Enero

LA VERDAD

Aunque troceemos la realidad en pedacitos de 30 días para poder entenderla mejor, a Enero le basta sólo un intento y en su llegada nos hace un sitio a modo de última oportunidad.
Nuestra versión de la verdad, elegida o impostada, quedará cubierta por el frío de Enero. Y sólo entonces sabremos que nada ha cambiado, que la venda sobre nuestros ojos sólo será un poco de escarcha volada por el viento gélido de Enero.

La vereda

Aún en el páramo pueden abrirse veredas, por las que entre ráfagas de viento discurra algo de poesía.
Aunque sea la última…
Parecerá que ya no hay nada, pero quedarán las ganas de todo, lo dejado de sentir, lo faltado por hablar.
Aunque sea lo único…
Donde los sonidos son lentos y al tiempo le falta un rato para llegar, donde tú y yo quedamos abrazados y enredado, tu pelo en mis promesas.
Aunque sean las de siempre…

12 meses. Diciembre

LA HUIDA

Esto no es “…y se marchó y a su barco le llamó libertad y en el cielo dibujó gaviotas…”
Cuando el valor se marcha, no queda ni siquiera el atrevimiento de poner nombres estúpidos a barcos que se adentran en el mar para no volver.
Los días contados de Diciembre huyen. Ya no importa el tiempo que llevamos sino el tiempo que queda para que todos los relojes se paren a la vez. Pero hasta que suceda, Diciembre huye sin mirar atrás… Mientras lo hace, yo me quedo con los puños levantados y cara de idiota. Vacío, engañado, no hay guerrero más vencido que aquel que no tiene adversario.