Mi –imposible– quizá

Años más tarde supe que
mi “quizá” era imposible.

Sólo había un intento,
pero tuve frío y tuve miedo
del hueco que quedaba.
Lo cubrí con sueños,
cerré los ojos y
conté hasta mil.
Todo ello para no
pensar en nada más.

Mi quizá era imposible,
impensable,
el único y el último.

Se hundió sin hacer ruido,
pesaba demasiado.

Ahora ya no pesa,
ya no está,
ya ocurrió
y ni siquiera
lo recuerdo.

Pero duele todavía.

Mi laberinto

Todo estaba pensado
escrito y dibujado:
El más bello
de los laberintos
jamás construido.

Con una puerta cerrada
a la que llamar en vano,
una ventana abierta
por la que poder gritar
y unos ojos muy tristes
por si quería llorar.

Todo sigue su orden,
camino en el sentido
de las agujas del reloj.
Pero persigo mi sombra
sin poder alcanzarla:
a una esquina y media
y a una melodía
de distancia.

En el más perfecto
de mis laberintos,
diseñado y erguido
sobre un buen poema
bajo un mal sueño.

Mi trofeo

Huyendo de mi sombra
hacia ninguna parte
con mi sombrero de lluvia
de ala ancha
y perfil estrecho
junto a los 4 elementos
–mojado, enterrado
abrasado, disperso–

Recogí mi trofeo
–abollado, oxidado, polvoriento–
de boca ancha
de base estrecha
y lo mostré al cielo
–al viento, al agua, al frío–
justo antes de esconderlo

Hoy decido
sacarlo del cajón
y guardarlo en el armario

¿Quieres verlo?

4 estaciones. Invierno

CONGELA A ESOS IDIOTAS

Suelo estar en las alturas, por eso cuanto más te eleves más frío tendrás. Pero a veces la Madre Tierra, que está harta de vosotros, me da libertad para bajar a la superficie. “Congela a esos idiotas”, me dice enfadada con lágrimas en los ojos. Se me rompe el corazón cuando la veo llorar, así que cumplo su orden, enfadado yo también.

Entonces voy a por vosotros…

Tratáis de vencerme con calor artificial pero yo, que siempre estoy por encima, oculto el sol y os azoto con mi viento helador. Tengo más formas de molestaros; unas veces os cubro de nieve, paralizo las ciudades y borro los senderos de los bosques –para que os perdáis– otras veces me lanzo con rabia en forma de hielo para arruinar las cosechas y en ocasiones os empapo con lluvia fría para veros corretear y refugiaros bajo vuestros paraguas negros. Demuestro mi furia con rayos y truenos, hago que la noche oscura caiga pronto para que os encerréis en casa. Además odio la Navidad, por eso es cuando os castigo con mayor intensidad.

Ha llegado mi turno y ya estoy entre vosotros, escondeos, huid como cobardes, pero no podréis libraros de mí.

Desprendido

Desprendidas las hojas
de un libro ya leído

Desprendido el silencio
de las palabras escritas

Desprendidas las ramas
que murieron en Otoño

Desprendido el pelaje
que me abrigaba en Invierno

Desprendidas las horas
del día que terminaba

Desprendida la culpa
sobre mis hombros desnudos

Desprendida la vida
por mi reguero de ausencia

Desprendida la careta
aquella que sonreía

Desprendido desde entonces
desprendido incluso ahora

Desprendido… vivo, duermo, sueño
desprendido… hasta que muera

Niebla

Esperaba la niebla, contando hasta infinito con los ojos cerrados. Quería diluirme en ella y marchar juntos, muy lejos.

La niebla vino pero yo estaba dormido. Lloró sobre mi hombro y se fue sola.

Desperté con el hombro mojado, después de soñar con ella.
Seguí contando hasta infinito –con los ojos abiertos, para no dormirme–, esperando que volviera.

* * * * *

Hace tiempo que terminé de contar y la niebla nunca regresó.
Lo único que conservo de ella son las lágrimas que dejó sobre mi hombro.

Historias

Como las mentiras -y algunas verdades- hay historias que se cuentan y otras que no. Detrás del silencio que envuelve esas historias algunas veces hay dolor o vergüenza, pero en ocasiones se oculta una bonita añoranza. En ese caso las historias, como los muertos o como los sueños, hay que recordarlas de vez en cuando para que no acaben en terreno del olvido.
Mi historia, que en realidad era mi sueño, la callé, la olvidé y la enterré bajo la mentira -porque las verdades como puños siempre duelen si golpean la conciencia-. Pero entonces, cuando un viejo recuerdo llueve del cielo o cae de una estrella, es mejor cobijarse o apartarse porque si te alcanza, además de a la conciencia, el golpe va directo al corazón.

Mi enemigo el olvido

Cuando me cruzo con el olvido
vuelve la cara para no mirarme
cierro los ojos y los oídos
tuerce el gesto y aprieta los dientes

Contengo las ganas de girarme
porque sé que siempre marcha
altivo y orgulloso

Me crucé con el olvido un día más
sangraba lágrimas y yo también
los dos miramos hacia abajo
siguiendo el rastro que dejó el otro

Cuando no quedó ni rastro ni camino
ni pasos ni tropiezos
de nuevo volví a recordar

La ventana abierta

Se marchó por la ventana abierta, la que daba al mar. La vi alejarse rápido y pronto se convirtió en recuerdo. Brisa y rocío iban a ocupar su lugar pero a pocos metros se detuvieron, formaron una bella figura y quedaron congelados en el aire.
Todas las mañanas abro la ventana y contemplo la figura recortada en la claridad, sus trazos finos como brazos extendidos hacia mí pero sin llegar a alcanzarme. Respira, susurra y canta como una sirena enamorada. Yo la miro –también enamorado– y absorto la escucho, tan cerca de tocar su voz. A punto de sentir el abrazo de su aura plateada.

Un día abrí mi ventana, la que daba al mar.
No quedaba nada. Ni la brisa ni los trazos, ni la voz ni la canción. Todo era silencio. Vacío.

Un día no pude abrir la ventana.

Hoy, tan sólo puedo recordar.

Contrapunto

mi peor acierto, mi mejor error
raíces expuestas y flores enterradas
la voz callada, vibrante silencio
espejos opacos, reflejos en paredes

el viaje que nunca empezaba
todavía no ha acabado

salta hacia atrás, corre hacia abajo
cierra los ojos para mirar lejos
los oídos sordos para no gritar
una mentira más que sincera

ayer lloramos para no sentir
hoy reímos para no recordar

escribo en blanco, duermo pensando
en noches claras y luces oscuras
andar despacio, correr deprisa
volar parado, parar con prisas

una bola de billar
en un tablero de ajedrez

empieza la anti-partida

Despierta

Cortante y brillante
el aire congelado
Cuesta caminar
duele respirar
Abrir la puerta
caer despacio
Saber e ignorar
todo es empezar
La vuelta del revés
las voces que miraban
El cristal que cubre mi memoria
Todo es tan real como los sueños

Despierta

Mareas

Las mareas son los latidos del mundo, a su merced dejo mis pedazos. Lenta, mi cadencia y la canción de mi cabeza cuando dejó de sonar –o de soñar–. 

Me llama la marea, también es mi latido, mi sangre y las horas que me faltan para irme despacio, tras ella. 

No miraré atrás, que ya no queda nada.

Confundí las sombras con destellos. 

Me voy tras ellos.

Mi nuevo hogar

Coje mi maleta y tírala bien lejos, quiero ir sin equipaje a mi nuevo hogar. Los libros que leí, las frases que dijiste, todo lo que sé y todo lo que creo se quedará aquí. No llevaré nada, salvo algo de vacío con el que pueda envolverme como si fuera un regalo. También algo de tiempo para poder malgastar y mis juguetes rotos para bailar con ellos por si suena música triste.
Coge mi maleta y tírala bien lejos, que el tiempo se me acaba –no queda casi nada–.

Cuando vuelva, si es que vuelvo, no quieras consolarme y no preguntes nada, tan sólo coge mis pedazos y escribe en ellos la historia de mi vida. Cuando lo hayas hecho entierralos bien hondo y deja que la lluvia caiga sobre ellos…
Sólo entonces será cuando pueda sentirme libre.

Adolescencia muerta

Fui príncipe despintado
vestido de azul
sapo feo y gordo
en charca de ciudad

Jugamos al ahorcado
con tu melena rubia
y a las canicas con
mis ojitos de cordero

Planté flores detrás
de cada esquina
para que tú no las vieras
y perdí todas las noches
viéndolas crecer

Los miedos venían envueltos
en sábanas de fantasma
todos los días corría
con zapatillas de tacón

Fue bonito y horrible
ver la boca del lobo
con colmillos de cachorro

El tiempo libera y aprieta
sonríe y ahoga
te enseña la lección
llamándote idiota
y lo deja todo
perdido de arrugas

Desde los tejados
agarrado a las antenas
contemplo mi obra
y la lluvia caída
tras las esquinas
las flores muertas
que nadie recogió

Mi nueva afición

Necesito un hobby
para emplear mi tiempo
y distraer mi mente

Catador de venenos
aprendiz de fakir
equilibrista ebrio
domador de tiburones
pintor de casas encantadas
o ayudante de bruja medieval

Además de tus uñas en mi piel
quiero unas garras
hundiéndose en mi carne

Me cansé de mi oficio
y de mi don

Soñador de imposibles
dibujante de vuelos
pensador de laberintos
constructor de dudas

Me aburrí de otear infinitos
y vigilar estrellas fugaces

Vente conmigo
será divertido
saltemos juntos
al vacío existencial
y bailemos claqué
bajo el fuego cruzado

MANZANAS

1.- LA PRIMERA MANZANA

Qué día tan chulo que hace, aquí en el jardín del Edén… Ese sol, ese calorcito, ese cielo azul y despejado adornado por esas nubecitas tan delicadamente esparcidas al azar.
Pedazo de vista hay desde aquí: Ese pequeño lago, esas montañas lejanas, ese fulgor, ese verdor, esa frescura… ¡Qué pasada! Parece un paisaje pintado por un impresionista, Monet o Renoir.
Mirad los leones y los cervatillos.
Los tigres y los corzos.
Los cocodrilos y las cebras.
Qué tranquilos están.
En paz y armonía.
Todos durmiendo tranquilamente.
No hacen otra cosa en todo el puto día.
¡Qué aburrimiento! ¡Por Dios! Qué coñazo es esto a veces.
Lo más interesante que puede pasarme aquí es que la brisa, que a veces sopla, me balancee. Un poco, no os vayáis a creer.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, colgada de este árbol que parece la perfecta perfección. Incluso parece que irradia luz, el árbol y todo lo demás. Mires donde mires hay brillos, reflejos y destellos opalescentes… Aquí es que todo es tan puro, tan intenso y tan refinado que a veces agobia.
Pero ahora fíjate en mí, por ejemplo: Mi piel suave, con su brillante rojo intenso y las motitas blancas como el rocío del amanecer del primer día de primavera, y ese rabito tan fino y gracioso con el que me agarro al árbol…
¡Qué guapa que soy, por favor! ¿No te mueres de ganas por morderme y saborearme? ¿No darías lo que fuera por hacerlo? Pues ella no, o al menos, no lo parece.
Eva, creo que se llama. Viene siempre desnuda. Con su piel suave y su pelo largo y ondulado del color del Otoño, con sus pies pequeños y sus manos de pianista; sus ojitos azules y esos hoyuelos que se le marcan en su carita al sonreír… Y esos pechos pequeños con sus pezones oscuros y afilados que se mueven garbosos en cada paso. ¡Ufff, cómo me pone!
Viene todos los días con él, su marido, su novio o lo que sea. Peludo, grande, bruto y con todo colgando groseramente. ¡Qué mal me cae, el palurdo! A saber en qué gilipollez estará pensando… en fútbol o en cerveza, seguro.
En cambio ella, mírala, observando, meditando, con esa mirada lejana y melancólica. Seguro que por las noches lee a Stendhal o Pessoa y piensa en el movimiento planetario o en la importancia del Mindfulness.
Pues siempre vienen, me observan y después se van. Una vez ella estuvo a punto de hacerlo. Tocarme, cogerme. Casi pude oler su piel. Yo creo que huele dulce, a algodón de azúcar o a dulce de leche.
Algún día dejará al paleto con el que va y entonces me cogerá, me morderá y seré suya… y será mía.

* * * * * 

Otro día más, tan maravilloso y perfecto, tan luminoso y primaveral.
Exactamente igual que todos los demás.
Ni siquiera hay moscas, avispones o gusanos que horaden mis entrañas.
¡Esto es insoportable!, si no me ocurre algo pronto me volveré loca.
Evita, mi amor… ¿Dónde estás? Ven conmigo, por favor…
Tengo que hacer algo.

—¡Hola señora Serpiente!
—Sssssss!!!
—Aquí arriba, la manzana, las verdes no, la roja brillante, la de las motitas blancas.
—Sssssss!!! Sssssss!!!
—¿Quieres jugar a un juego conmigo?
—Sssssss!!!
—Es muy divertido, ya verás qué bien lo pasamos
—Sssssss!!! Sssssss!!! Sssssss!!!
—Mira, es muy sencillo, vamos a jugar a que tú eres muy lista, que sabes mucho de este lugar y no tiene secretos para ti.
—Sssssss!!! Sssssss!!!
—¡Perfecto! Yo seré un árbol prohibido y tú te llamarás, por ejemplo, Satanás. ¿Qué te parece?
—Sssssss!!! Sssssss!!! Sssssss!!!
—¡Muy bien, pues empezamos a jugar! ¿Ves a esa pareja que está ahí tumbada?
—Sssssss!!!
—Pues tienes que decirle a la chica exactamente lo siguiente…

2.- LA MANZANA ACELERADA

Llevo colgada de esta rama un montón de años, con una perspectiva inmejorable.
No me aburro lo más mínimo y me encanta lo que hago: observo, pienso y vuelvo a observar. Estudio alternativas, las comparo y memorizo la que creo correcta.
Concentrada me fijo en el vuelo de los pájaros, en cómo ascienden y cómo descienden, miro cómo cae la lluvia, como sube el humo…
Atenta veo a la gente jugar, bailar, saltar, caer, pelearse y llorar. He visto muchas lágrimas precipitarse contra el suelo.
Por las noches hago lo mismo, miro las estrellas, los planetas y la luna. Memorizo las órbitas y trato de anticiparme a ellas para predecir los eclipses… y nunca duermo, es una completa pérdida de tiempo. Prefiero observar, comparar y memorizar. Una a una, recito mentalmente mis teorías y ya tengo unas cuantas. Ojalá pudiera apuntarlas y hacer unos tratados. Pero es imposible, yo sólo soy una manzana.
Los de ahí abajo están bastante atrasados aún, lo sé. Llevo mucho tiempo observándoles también a ellos y creo que les falta… perspectiva e imaginación. Dan por supuesto muchas cosas y esto no funciona así.
Aunque hay un joven que viene por aquí cada pocos días, tiene los ojos oscuros, el rostro afilado y una cabellera grisácea. Siempre viene solo y se muestra pensativo. Hace lo mismo que yo: observa, piensa, reflexiona y después se marcha por donde ha venido. Pero él puede escribir y tiene mucha suerte de poder hacerlo. Me gusta ese joven, es diferente al resto. Me gustaría hacer algo por él, porque tengo la sensación de que busca algo y no acaba de encontrarlo.

* * * * *

He dejado de observar el mundo, las estrellas, los elementos. Las conclusiones a las que he llegado creo que son correctas: ya sé qué fuerza tira de mí hacia abajo y qué otras rigen todos los movimientos, comprobé, sólo con minuciosa observación, que todas ellas se pueden aplicar a todos los niveles, a las cosas pequeñas y cotidianas, pero también a las cosas grandes e incluso a escala planetaria.

Hace tiempo que me dedico a observar al joven que todos los días viene aquí.
Continúa meditabundo, sigue mirando y observando… me he fijado que mira las mismas cosas que yo y del mismo modo. Creo que está a punto de llegar a las mismas conclusiones a las que yo llegué en su día, pero no termina de hacerlo.
Mira, ahí está, acaba de llegar de nuevo. Se ha sentado a la sombra de mi árbol. Lo tengo justo debajo, en mi vertical.
Este joven necesita un golpe de suerte. Una evidencia. Y voy a dársela.

—¡¡¡ Banzaaaai !!!

 

3.- LA MANZANA ENVENENADA

Al pasar la barca…
Me dijo el barquero…
Las niñas bonitas…
No pagan dinero…

Yo soy muy bonita…
Y así quiero ser…
Me guardo el dinero…
Una y otra vez.

¿Os gusta la canción que he escrito? Seguro que sí.
Soy la manzana más bonita del reino, no hay otra como yo. Mirad mi piel, roja y brillante como un rubí recién pulido por las manos de un maestro joyero. Tersa, suave y sabrosa, como una joven princesa casadera que creció entre sábanas de la mejor seda. Y ¿qué me decís de esa hojita tan graciosa?
Todos se mueren de ganas por saborearme, pero en realidad no se atreven a mancillar este despliegue de belleza, que es un auténtico regalo para la vista de todos.
Ni siquiera ella se atreve: La Reina.
Todos los días se planta frente al espejo y le hace la misma pregunta: “Espejo, espejito, ¿quién es la más bella del reino?”.
El espejo no le responde, obvio, soy yo quien lo hace, poniendo mi voz más ronca y profunda le contesto: “Tú, Mi Reina, tú eres la más bella”, así se queda tranquila y contenta, se quita de en medio y… entonces yo puedo disfrutar de mi belleza, de mi maravilloso reflejo en el espejo.
Me encanta verme, estaría haciéndolo todo el día.
Mi reflejo y yo. La perfecta simetría. Prodigiosa conjunción.

* * * * *

Estoy muy preocupada ya que se dice por ahí que hay una joven muchacha que es muy guapa, Blancanieves, dicen que se llama. Esto no me gusta.
La reina también anda muy preocupada.
Pero lo peor de todo es que, para resarcirse, se pasa muchas horas frente al espejo y ¡yo no puedo verme en él!

* * * * *

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Esto no puede ser!
Dicen ahora que Blancanieves es la más guapa del reino, mucho más que la reina.
Pero… ¿será más guapa que yo? No quiero ni pensarlo…
Voy a cantar mi canción, para olvidarme un poco de todo:
Pretty woman, walking down the street…
Pretty woman, the kind I’d like to me…

* * * * *

Esto es el final, se ha terminado todo: Estoy empezando a arrugarme.
Mi piel perfecta se está llenando de estrías, marcas y pliegues. Al principio eran casi imperceptibles, yo pensé que era el espejo que estaba sucio… Ahora, día a día, las imperfecciones se hacen cada vez más evidentes, incluso mi hojita está enrollándose y empieza a apuntar hacia abajo.
La reina está también desolada, es incapaz de olvidarse de Blancanieves. Habla de ella todo el día. La odia con toda su alma… Y yo también.
Seguro que mi desgracia es por su culpa, seguro que ha lanzado algún hechizo o maleficio contra la más guapa, que era yo.
Le hago sombra y lo sabe.
Quiere quitarme de en medio.
¿Cómo no se me había ocurrido antes? Tengo que darme prisa antes de que sea demasiado tarde.
Esta es mi oportunidad. La reina viene a “hablar” otra vez con el espejo.

 

4.- LA MANZANA ATRAVESADA

La Tierra es una manzana verde. Es muy grande, inmensa y yo soy una réplica exacta, pero a muy pequeña escala. Si pudierais verla desde la distancia, veríais que los continentes, los mares y las montañas están sobre su piel, pero lo que más os llamaría la atención es su color verde, que es precioso.
Y, por si no lo sabéis, rota sobre sí misma y también alrededor del sol, que no es otra cosa que una gigantesca y descomunal calabaza envuelta en llamas. Aunque, como está tan lejos parece a simple vista del tamaño de la luna que, en realidad, es una uva blanca, esférica y perfecta, bastante grande. La manzana tiene un rabito y una hojita que son del color del cielo y no pueden verse, pero son los responsables -especialmente la hojita- de que a veces la luna -la uva blanca- se muestre entera o por el contrario parezca que crece o mengua. Se trata de un efecto óptico curioso, dependiendo de si la hojita la tapa o no.
Os contaría más curiosidades pero ahora no tengo mucho tiempo. Estoy sobre la cabeza de un niño, ambos completamente inmóviles y apoyados en un árbol. Su padre, que es un arquero llamado Guillermo Tell, está apuntando exactamente hacia mi centro y en cualquier momento soltará la flecha.
Así que, vamos a volver a la gran manzana, que es La Tierra.
Lo que he querido decir con toda esta introducción es que La Tierra, al contrario de lo que piensan algunos, no es plana. ¡Es redonda! Y, aún en distancias como ésta, tiene una pequeña curvatura. Esto es importante y espero que Guillermo lo esté teniendo en cuenta, de no ser así, el tiro puede salirle alto.
Espero también que tenga en cuenta la brisa que sopla por la derecha, eso es más preocupante porque es imprevisible. La flecha pesa poco y es muy susceptible de ser desviada. Confío en la capacidad de Guillermo para acertar en mi centro sin rozar a su hijo. Lo que realmente me preocupa es la distancia a la que va a disparar, demasiado lejos como para tener garantías de nada, incluso para el mejor arquero del mundo.
El gobernador, que es un ser ruin y despreciable, es quien ha montado este tinglado. Ni me molestaré en hablaros de él, tan sólo comentar que es un miserable con el ego elevado a la enésima potencia. Al final, y por su culpa, la única opción de que todo salga bien es que la flecha me de a mí en la mitad y caiga al suelo partida en dos o atravesada y clavada al árbol que tenemos a nuestra espalda. Si falla el disparo y le da al niño… no quiero ni pensarlo. De igual forma, si el disparo es errado y la flecha pasa de largo o se queda corta, apresarán a Guillermo. ¡Y no deseo ninguna de esas dos cosas! No quiero que le ocurra nada malo a esta familia. Llevo varios días con ellos y me han cuidado muy bien. Me divierto mucho, sobre todo con el niño. A menudo me frota para sacarme brillo, me hace cosquillas y… ¡eso me encanta! Otras veces me impulso -pues tengo un ligero margen de movimiento- y salgo rodando por la mesa, él me coge cuando ya he caído por el borde, en el momento justo, antes de estrellarme contra el suelo. Es muy divertido… por ello hubiese querido terminar mis días alimentando a esta familia, para mostrarles mi agradecimiento… Pero no ha podido ser. La suerte está echada y sólo queda esperar.
Un momento.
Silencio.
Está a punto de disparar.
Lo sé porque ha empezado a aflojar los dedos que sujetan la cuerda tensada al máximo. Arquero, arco, cuerda y flecha van a dejar de ser un solo bloque en cualquier momento.
Ha soltado la cuerda… ¡la flecha sale disparada a gran velocidad!
Bien, va bien…
El tiro ha salido desviado a la derecha, lo ha hecho para compensar el viento que sigue soplando.
La flecha se acerca dibujando una curva muy abierta.
Bien, esto pinta bien.
Me dará justo en la mitad.
¡No, no, no!
¡El viento se acaba de parar!
¡Justo cuando faltaban unos metros!
¡Se está desviando!
¡Mierda! ¡Mierda!
¡El puto viento!
¡El tiro sólo rozará mi costado derecho!
¡Tengo que hacer algo!
¡Impulsarme a la derecha!
¡Para que la flecha me acierte en el centro!
¡Puedo hacerlo! Como cuando juego con el niño…
¡La flecha ya casi está aquí!
¡Sólo basta un impulso a la derecha!
Uno…
Dos…
Y…
¡Hasta siempre familia!

5.- EL LOGO DE LA MANZANA MORDIDA

No tengo la culpa de ser una romántica.
Me hubiese gustado ser la manzana mordida de un bodegón, esas pinturas coloridas de fondo oscuro que transmiten serenidad o incluso erotismo. Porque, si me hubiera retratado Caravaggio o Zurbarán, te aseguro que morirías de ganas por morderme y me desearías casi tanto como a los labios rojos y carnosos de la mujer más voluptuosa.
En ese caso, y expuesta en una lujosa galería de arte, con mis colores y mis artísticos claroscuros, sería fotografiada, admirada y deseada durante cientos de años por varias generaciones. Porque, ¿a quien no le gustaría ser una obra de arte?
Pero no. Soy del tamaño de una uva pasa y ni siquiera tengo color. Tengo un brillo metálico, plano, frío y extraño, porque mi forma no se corresponde con la realidad de una auténtica manzana mordida.
Diseñada, supongo, por un imberbe y unos programas llamados “Autocad” y “Photoshop” (que no sé ni lo que son), fui serigrafiada de forma nada artesanal en la trasera de un pequeño objeto metálico.
Se dice que estos objetos son inteligentes, pero, por lo que he podido comprobar y comprender, sus dueños, con ellos en las manos, se comportan de forma irracional, estúpida, y olvidando el mundo real, concentran la mayor parte de su existencia en la pequeña superficie lisa y luminosa que absortos no dejan de toquetear.
Dicen que soy un logo (qué palabra tan tonta, por favor), muchos me admiran y desean pero no de la forma que se hace con una obra de arte auténtica. El arte perdura en el tiempo y se vuelve inmortal, mientras que estos cacharros tan sólo duran dos o tres años.
No tengo la culpa de ser una romántica, de tener Bluetooth en lugar de piel y 128 Gigas de RAM en lugar de sabor. Y sin embargo, sueño cada noche (sólo cuando mi dueño me deja en paz) que soy la manzana más bonita y realista del más bello bodegón, que el más grande de los artistas tardó años en pintar.

FIN

A cambio de nada

Los tiempos han cambiado mucho. En los últimos siglos, tan solo hacía falta pronunciar mi nombre y la gente se asustaba, incluso huían despavoridos. Había una corte de exorcistas e inquisidores, la propia iglesia parecía dedicada en exclusiva tan solo a contrarrestar mi poder y ensalzar a Dios. Recuerdo las pequeñas aldeas presas del miedo y la superstición, los aquelarres de brujas donde yo me manifestaba para que unos me adorasen y otros me temieran.
Recuerdo también los rituales y los pactos que los más valientes hacían conmigo para venderme su alma a cambio de riquezas, amores o poder.
En aquellos buenos tiempos, mi trabajo era muy sencillo de realizar. Pero ahora la gente se las sabe todas y está de vuelta de todo. Las brujas, por ejemplo, salen en la tele o en Youtube y son admiradas, no temidas. ¿Dónde se ha visto eso? Son las consecuencias de la vida moderna, los avances, el conocimiento –desconocimiento diría yo–, la comunicación, la conectividad y todas esas cosas. Además ahora todo el mundo va por ahí con una cámara en el móvil y si yo apareciese con mi aspecto natural, la gente en lugar de huir me grabaría y al día siguiente habría cientos de memes y chistes con mi cara circulando por la red. Y eso no puede ser. Un poco de seriedad por favor, soy el Ángel Caído, el Señor Supremo del Mal y merezco grandeza, alabanza y también temor, no la frivolidad de estos tiempos en los que cada uno va a la suya.
Así que no tuve otro remedio que adaptarme a esta vida tan moderna. Y, mal que me pese, admito que me vino bien este cambio de estrategia porque la forma antigua al final me aburría un poco.
Decidí bajar la Tierra con apariencia humana. Primero pensé en ocupar las altas esferas, alguna presidencia de algún país importante, no hubiera sido difícil, pero en el fondo sigo siendo un artesano y para conseguir las almas de la gente es mejor tratar de tú a tú; la dirección del mundo se la dejo a Dios, que es lo que a él le gusta. Yo prefiero malmeter y pervertir a pequeña escala, ser un cáncer en la obra de Dios en lugar de corromperla demasiado porque un mundo en el que sólo reina el mal al final se auto destruye.
Así que en una ciudad muy importante monté un gran negocio de compraventa de artículos usados. El consumismo de la gente hace que compran y vendan continuamente. Cada día pasan por mi negocio cientos de personas deseosas de otro producto mejor dejando el suyo que otros comprarán sin pensar, porque todo lo que importa es cambiar lo que tienen para seguir consumiendo. Pobres idiotas, tan sólo quieren estar a la última sin importarles nada más… El sistema de sostiene sólo, yo no he tenido que hacer nada. Mi única aportación está en el contrato que tienen que firmar, en el que manifiestan que los artículos que venden no son robados. La letra pequeña de ese contrato –que nadie se molesta en leer– es un pacto que les obliga a entregarme su alma. Pobres ignorantes, salen de mi tienda sin sospechar que han dejado su alma en el mostrador. En su lugar yo la cambio por una de plástico recio y aparatoso. Y sin darse cuenta del trueque seguirán su vida con su nueva alma. Un alma de plástico. Vacía, inservible y ruidosa. Y así, alimentarán su ego con más consumismo y superficialidad, dejarán de lado los libros y la cultura, cambiándola por pantallas, redes sociales, cotilleos y reguetón. Ellos encantados. Y yo también, porque además cuando toda esa gente muera su alma de plástico irá a parar al mar. Y ahí se quedará cientos de años, ensuciando, mancillando la magnífica obra de Dios; todas las almas de la gente estúpida que las entregó, a cambio de nada.

Los buenos recuerdos

Recuerdo los trazos inconexos. La gente bailando y el humo blanco manchando el aire.

Recuerdo el papel mojado diluyendo las historias. Las horas que dolían y los años que pasaban.

Recuerdo los sábados iguales. Los paseos largos que eran como huidas. Las manos vacías o llenas de dudas.

Recuerdo que caí hacia adelante con los labios cerrados. Y esperé, paciente a que la fría nieve me cubriese… Pero fue la lluvia quien lo hizo.

25 centímetros

25 centímetros mediría, más o menos, la mujer que vivía boca abajo, en el techo del salón de mi nueva casa.
Aún no había terminado de ordenar mi ropa en el armario del dormitorio cuando oí ruidos. No le di mucha importancia, pero cuando terminé de colocarlo todo y fui a tumbarme un rato en el sofá para descansar un poco de la mudanza, ahí estaba ella, con su pequeña escoba barriendo mi techo –que a la vez era su suelo– mientras tarareaba una canción de moda. Estoy segura de que me vio, pero no me prestó ninguna atención. No quise incomodarla mucho, así que me contuve y evité dar rienda suelta a mi curiosidad, que era mucha. Era guapísima y me recordaba a Nerea, mi ex, que me dejó con la palabra en la boca y el corazón roto hacía bien poco:
Discutimos y me echó de casa, sin más. Me dijo que yo era muy pragmática, muy directa y que ella necesitaba algo más dulce, más abstracto. ¿Cómo fue lo que me dijo? que desde que estaba conmigo confundía el resplandor de la luna en las paredes con fantasmas amenazantes. ¿Qué coño quiso decir con eso? Nerea era así, yo ya estaba acostumbrada. En un alarde de creatividad –quería que viera que yo también sé decir cosas trascendentales– le dije que ella era como un imperdible, que una vez cerrado no pincha pero no te lo puedes quitar de encima. Se echó a llorar y me echó de su casa.

–No me cuentes tus mierdas, que bastante tengo yo con las mías–, me cortó tajante la mujer del techo. Me callé, decepcionada; me hubiera venido bien desahogarme un poco, en ese momento lo necesitaba. Lástima. Yo pensé que nos llevaríamos bien y que seríamos amigas.

–Dime al menos cómo te llamas–, pregunté, o rogué, no estoy segura, pero ella se limitó a no contestar.

Su “casa” era una réplica exacta de la mía, a escala, ocupando unos pocos metros cuadrados. Sólo el cuarto de baño estaba cubierto, y tenía la costumbre de entrar y salir de él dando un portazo; no había noche que no me despertara. No salía mucho de casa, pero si lo hacía, podía permanecer fuera varias horas. Vencí la tentación de revolver sus cajones y armarios, además de que mi escalera no era muy alta, tampoco era cuestión de vulnerar su intimidad. Sólo hubiera faltado que en ese momento entrase y me pillara haciéndolo, no quiero ni pensar la bronca que me hubiera echado.

Sus ojos grandes y oscuros parecían de personaje de manga y siempre estaban pendientes de todo (excepto de mí). Yo la miraba siempre que tenía oportunidad, tenía un cuerpazo, hacía pilates y yoga varias veces por semana con la entrega de una entrenadora personal. No era nada sedentaria, siempre estaba haciendo cosas en casa, la tenía más recogida y mejor puesta que la mía, que al poco tiempo sólo parecía una mala copia de la suya, siempre impecable. No sé de dónde sacaba tiempo para todo.
Tocaba la guitarra también, mucho mejor que yo. Por más que lo intenté fui incapaz de seguir sus rápidas progresiones de jazz. Demasiado para mí que apenas podía tocar con soltura un blues o un rock ligero. Pero es cierto que no me ayudaba para nada, muy al contrario, parecía que disfrutaba rompiéndome los planes musicales –y todos los demás–, mostrando a cada momento su independencia y superioridad. Y yo, que era un puto desastre en todos los sentidos, acabé rindiéndome, a sus pies. Todavía no sé en qué momento me enamoré de ella como una quinceañera. De su elegancia, de su altivez y de esa forma de mirarme con sus pequeños ojos grandes, incluso en esas circunstancias, siempre por encima del hombro.

Incapaz de llamar su atención, estaba obsesionada y desesperada a partes iguales. Mis días se convirtieron en una suma extraña de horas que una tras otra sucedían bajo su condición eficaz y silenciosa. A esas alturas –no sólo mi casa–, toda yo era una copia barata de ella.
Tenía que hacer algo. Por mi salud mental y porque amaba a esa mujer con toda mi alma.

Cuando salió –vete tú a saber a dónde– llamé a Nerea. Le dije que los fantasmas nunca lloran mientras miran la luna, pero que yo sí cuando pensaba en ella. Le supliqué una noche más, por los viejos tiempos. Una frase estúpida, pero funcionó. Nerea era así, capaz de derretirse –apiadarse– con una frase pomposa, aunque tuviese un significado incierto y absurdo. Me dijo que venía para acá.

No me fue difícil bajar y guardar todos los pequeños muebles para que no los viera y pensara que estaba loca. Ni calcular el tiempo para que la mujer del techo me pillara en la cama con Nerea. –Se morirá de celos, la pequeña diosa–, me repetía yo, acurrucada entre las piernas de Nerea.
Pero cuando entró por la pequeña puerta y vi su cara… y la de Nerea… esa forma tan dulce y especial en que se miraron, una diosa y una soñadora sintiendo un flechazo de manual, en toda regla… comprendí, de golpe, que todo estaba perdido y acabado. Así fue. Nerea se llevó a Julia –a ella sí le dijo su nombre– en su bolso. Antes de salir por la puerta de mi casa, Julia me dijo que me podía quedar con sus cosas. Ni siquiera se despidieron de mí. Embobadas, encoñadas, no dejaban de mirarse ni de hacerse arrumacos. Qué asco me dieron. Desnuda, y aún con el sabor de Nerea en mi boca, me acosté odiándolas. Y me dormí llorando.

25 centímetros mediría, más o menos, el hombre que me encontré boca abajo, en el techo del salón, ocupando el lugar de Julia.
Es un patán sin modales, peludo y grosero, que se pasa el día en calzoncillos, tumbado a la bartola y haciendo posturitas frente al espejo. Nunca cierra la puerta del baño cuando hace sus cosas, y por las noches me despiertan sus ronquidos. A menudo me pide cerveza y no deja de preguntarme –o rogarme– que le diga mi nombre. Pero yo me limito a no contestar y a mirarle, continuamente, por encima del hombro.

Nos unieron las nubes

Eran nubes grises, de tormenta, y en un momento cubrieron la ciudad.
Cobijado, el azar observó cómo ella me cogió de la mano. Yo fui incapaz de huir: la música triste me confundió y ya nunca dejaría de sonar.
Su abrazo tiene el color de aquella tarde. Aprieta.

Aún hoy seguimos quietos, empapados y unidos por las nubes.
Sus nubes y mi tormenta.
Y esa música triste que suena todavía.