A cambio de nada

Los tiempos han cambiado mucho. En los últimos siglos, tan solo hacía falta pronunciar mi nombre y la gente se asustaba, incluso huían despavoridos. Había una corte de exorcistas e inquisidores, la propia iglesia parecía dedicada en exclusiva tan solo a contrarrestar mi poder y ensalzar a Dios. Recuerdo las pequeñas aldeas presas del miedo y la superstición, los aquelarres de brujas donde yo me manifestaba para que unos me adorasen y otros me temieran.
Recuerdo también los rituales y los pactos que los más valientes hacían conmigo para venderme su alma a cambio de riquezas, amores o poder.
En aquellos buenos tiempos, mi trabajo era muy sencillo de realizar. Pero ahora la gente se las sabe todas y está de vuelta de todo. Las brujas, por ejemplo, salen en la tele o en Youtube y son admiradas, no temidas. ¿Dónde se ha visto eso? Son las consecuencias de la vida moderna, los avances, el conocimiento –desconocimiento diría yo–, la comunicación, la conectividad y todas esas cosas. Además ahora todo el mundo va por ahí con una cámara en el móvil y si yo apareciese con mi aspecto natural, la gente en lugar de huir me grabaría y al día siguiente habría cientos de memes y chistes con mi cara circulando por la red. Y eso no puede ser. Un poco de seriedad por favor, soy el Ángel Caído, el Señor Supremo del Mal y merezco grandeza, alabanza y también temor, no la frivolidad de estos tiempos en los que cada uno va a la suya.
Así que no tuve otro remedio que adaptarme a esta vida tan moderna. Y, mal que me pese, admito que me vino bien este cambio de estrategia porque la forma antigua al final me aburría un poco.
Decidí bajar la Tierra con apariencia humana. Primero pensé en ocupar las altas esferas, alguna presidencia de algún país importante, no hubiera sido difícil, pero en el fondo sigo siendo un artesano y para conseguir las almas de la gente es mejor tratar de tú a tú; la dirección del mundo se la dejo a Dios, que es lo que a él le gusta. Yo prefiero malmeter y pervertir a pequeña escala, ser un cáncer en la obra de Dios en lugar de corromperla demasiado porque un mundo en el que sólo reina el mal al final se auto destruye.
Así que en una ciudad muy importante monté un gran negocio de compraventa de artículos usados. El consumismo de la gente hace que compran y vendan continuamente. Cada día pasan por mi negocio cientos de personas deseosas de otro producto mejor dejando el suyo que otros comprarán sin pensar, porque todo lo que importa es cambiar lo que tienen para seguir consumiendo. Pobres idiotas, tan sólo quieren estar a la última sin importarles nada más… El sistema de sostiene sólo, yo no he tenido que hacer nada. Mi única aportación está en el contrato que tienen que firmar, en el que manifiestan que los artículos que venden no son robados. La letra pequeña de ese contrato –que nadie se molesta en leer– es un pacto que les obliga a entregarme su alma. Pobres ignorantes, salen de mi tienda sin sospechar que han dejado su alma en el mostrador. En su lugar yo la cambio por una de plástico recio y aparatoso. Y sin darse cuenta del trueque seguirán su vida con su nueva alma. Un alma de plástico. Vacía, inservible y ruidosa. Y así, alimentarán su ego con más consumismo y superficialidad, dejarán de lado los libros y la cultura, cambiándola por pantallas, redes sociales, cotilleos y reguetón. Ellos encantados. Y yo también, porque además cuando toda esa gente muera su alma de plástico irá a parar al mar. Y ahí se quedará cientos de años, ensuciando, mancillando la magnífica obra de Dios; todas las almas de la gente estúpida que las entregó, a cambio de nada.

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