El óvulo valiente

Era la única célula del cuerpo visible a simple vista. Llevaba en su interior 23 cromosomas heredados de su dueña, genéticamente, una copia fiel y exacta.
Un óvulo, la célula más grande del cuerpo humano. Y, sin ninguna duda la más importante.
Le habían dicho que lo único que tenía que hacer era esperar.
Posar, con glamour y sensualidad, y estar muy atenta. Nada más. Después vendrán, le decían, en manada, a por ti, se pegarán por ti, se matarán por entrar dentro de ti y hacerte suya. Te harán sentir especial. Tú espera, nada más, ni siquiera tienes que elegir. Es muy sencillo, te elegirá a ti el más fuerte, que a veces también es el más guapo, le insistían. No es ideal? Qué más se puede pedir?
Pero aquello no le convencía.
Esperar yo? A que me elijan? Y por qué? Eso son estupideces! Que esperen ellos. Y que elijan a su puta madre!… Yo me piro de aquí. No necesito a nadie para sentirme especial. Yo soy especial. Soy un óvulo, la célula más grande e importante! Soy el origen de la vida!, se dijo convencida… Y se fue. Sin ningún glamour ni sensualidad. Por llevar la contraria. Con paso firme y aire chulesco, tarareando “Honky tonk women” de los Rolling Stones.
En su descenso por las trompas de falopio se los encontró. Nadando atropelladamente, empujándose, pisándose los unos a los otros.
Yo primero, yo primero! Repetían sin parar.
Parecían una torpe y ruidosa panda de descerebrados…. Pasó de ellos y continuó su camino.
Algunos se dieron cuenta y la miraban incrédulos.
Donde va esta? Preguntaban unos.
Tú sigue nadando y no preguntes! Respondían otros.
Ya volverá, sólo se está haciendo la interesante, se oía por ahí.
Machorra, vete a hacer la tijera!, insultaban por allá.
Porque, volverá no? Musitaban los últimos…
Y ahora qué hacemos?, se cuestionaban derrotados, los primeros.
Pero el óvulo prosiguió su descenso, los dejó atrás a todos mientras versionaba, muy acertadamente “It’s raining men” de The weather girls.

Ella disfrutaba su bisexualidad de forma sana y libre. Aun así, a lo largo de sus últimos años había tenido que oír demasiadas cosas. La gente está llena de prejuicios. Una mujer puede hacer y disfrutar de su cuerpo sin que por ello tenga que ser una guarra. Cómo convencerlos? A veces no se puede, es una batalla perdida. Pero no importa. Que piensen y que digan lo que quieran. Que se queden con sus prejuicios y sus tópicos aprisionando sus mentes y sus vidas estrechas. Sólo se vive una vez. Y hay que disfrutar.
Y disfrutó. 2 veces en unas pocas horas. Primero con un chico que conocía de vista. Y horas después con una chica que hacía tiempo le gustaba.
La misma chica que mientras le daba placer, notó cierto sabor metálico en la boca. La misma chica que se llevó el óvulo, adherido a la humedad de la comisura de sus labios.

Durmieron extasiadas, desnudas y abrazadas una larga siesta.
Cuando despertaron, decidieron irse a cenar. No era el mejor restaurante de la cuidad, ni se pidieron el vino más caro de la carta. Pero daba igual. La cena fue para ellas la más especial del mundo. Y también lo fue el vino y el brindis.
Y tras él, las copas quedaron con la marca de los labios.

Al terminar la cena, la camarera recogió las copas, los platos y los cubiertos y los dejó en la cocina.
Cuando una compañera agarró la última copa del último servicio del día para meterla en el lavavajillas, no pudo evitar rozar el borde con sus dedos.

Su jornada laboral había acabado y se marchó a casa. Llegó cansada, muy cansada. Pero aún le dio tiempo a ver a su pequeña antes de que se durmiera.
Le deseó buenas noches, le dio un beso, y le acarició el pelo. Sólo por eso, sólo por ella, sólo por esa mirada tan tierna y esa caricia tan dulce merecían la pena las horas interminables en la cocina de ese restaurante.
La niña durmió plácidamente. Quizá porque desde uno de los rizos de su pelo, el óvulo se pasó casi toda la noche velando su sueño y cantándole nanas.

Tuvo turno de noche en el hospital y llegó a primera hora de la mañana. Antes de acostarse, lo primero que hizo fue entrar a la habitación de la niña para darle un beso mientras aún dormía. Ella también le acarició el pelo con suavidad, sabía que le encantaba.
A esa misma hora, su novia se levantaba para ir de nuevo al restaurante. Se abrazaron, se besaron y se desearon buen día… Y mientras una se tomaba un café para despejarse, a la otra le hacía efecto la infusión relajante.

Horas más tarde, se despertó… hubiera jurado oír a alguien muy cerca de ella cantando aquella canción de Wham!, “Wake me up before you go go”.
Lo primero que haría sería darse una ducha. Pero antes tenía que envolver el regalo que tenía listo para su hermana por su cumpleaños. Era fotógrafa de National Geographic y mañana mismo empezaría un largo viaje… la revista le había encargado reportajes en varios lugares del mundo.
Su regalo para ella era una cámara réflex último modelo. Y un teleobjetivo. Sólo le quedaba enroscarlo en el cuerpo de la cámara y envolverlo todo. Al hacerlo, dejaba sin querer sus huellas en la tapa protectora del teleobjetivo.

Semanas más tarde, cuando la dirección de la revista National Geographic viera las fotografías, se reuniría con ella para felicitarla por su extraordinario trabajo y ascenderla a fotógrafa jefe.

Salió del despacho sonriendo y recordando. Sonriendo por el merecido ascenso, y recordando aquel curioso viaje en el que decenas de canciones le venían a la cabeza mientras hacía su trabajo. A veces, le daba la sensación de que, inexplicablemente, alguien las cantaba muy cerca, sólo para ella.

Así pues, en Guiza (mientras esperaba la posición del sol idónea para fotografiar las pirámides), cantó “Walk like an egipcian”, de The Bangles.
En la cordillera de Alaska (a los pies de la montaña más alta mientras tiritaba de frío esperando a que nevara para lograr un efecto único con la luz y los copos), Let’s snow” de Doris Day.
En el nacimiento del Mississippi, (subida a una roca para lograr el ángulo perfecto), “Your love like a river” de Third day.
Una noche que fotografiaba la luna llena, (tuvo que esperar despierta varias horas a que fuese realmente llena), “Fly me to the moon” de Frank Sinatra.
Y en el Serengueti (fotografiando a unos cachorros de leona lo más cerca posible, desde el jeep), “Wild women do” de Natalie Cole.

Se fue de fiesta con sus amigas, para celebrarlo.
Entre muchas otras canciones, cantaron “Who run the world? (girls)” de Beyoncé, “Pretty woman” de Roy Orbison… y por supuesto, “Las chicas son guerreras”.

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