El caramelo (en la puerta de un colegio)

No recordaba cómo había llegado hasta allí… Lo único que podía afirmar era que la noche había sido muy larga y confusa. Movimiento, agobio y desenfreno… Después una caída y un golpe. Y por último, las luces de la mañana reflejadas en su envoltorio brillante.
Eso es lo único que era capaz de recordar. Nada más.
Miró a su alrededor y cuando vio donde estaba sintió una oleada de terror. Puesto que, de los posibles escenarios en los que poder aparecer, sin duda ese era el peor de todos.
La puerta de un colegio.

A ver, de algo hay que morir, se dijo, pero los niños… son palabras mayores. Todos lo saben: Los niños son unos seres malvados, sin conocimiento ni criterio. Maleducados, mocosos, egoístas, ruidosos y sin ningún miramiento.
Distinguió que aquello era un instituto de enseñanza secundaria… pues aún peor. Adolescentes: Hormonados, frívolos, presumidos… torpes aprendices inconscientes, despojados de la poca inocencia que un día tuvieron.
Lo verían, seguro. Llamaba la atención. Estaba diseñado para ello: Ligeramente alargado (en proporción áurea), con ese envoltorio de celofán brillante como un espejo y una sabrosa fresa dibujada, con las palabras “Sugar free”, que incitaban a saborearlo y deleitarse despacio, como el manjar de dioses que era… Y sobre todo, esas dos terminaciones a los lados, tan graciosas, como coletas de plata que te están pidiendo a gritos que las estires para que ruede el envoltorio y empiece el espectáculo…
El sonido de un timbre, estridente y prolongado sonó en el interior del edificio y le sacó de sus pensamientos con un golpe de realidad. Sabía lo que significaba aquello. Tenía los minutos contados.
Hasta aquí hemos llegado, se dijo.
Y se limitó a esperar…
La puerta se abrió.
Pudo imaginar por un momento a los adolescentes saliendo atropelladamente, a gritos y empujones, y a uno de ellos abriéndolo impaciente y devorándolo sin piedad ninguna.
Por favor… que sea rápido… se decía resignado.
Los adolescentes salieron tranquilos, despacio, casi ordenados, sin hablar. Cada uno mirando su teléfono móvil, absortos en ese universo virtual con forma rectangular y plana.
Entre selfies, “likes” y postureo, desaparecieron sin que ninguno reparase en su pequeña presencia brillante.
Cuando las puertas se cerraron, una urraca lo atrapó con su pico afilado y se lo llevó volando.
Menos mal, se dijo. Me libré por los pelos.

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