El agujero perfecto

Acaba de salir un agujero en la pared. Es del tamaño de una nuez pequeña y está perfectamente delimitado, como si alguien lo hubiera hecho con una máquina o herramienta especial. Juro que hace 5 minutos no estaba. Y mi marido tampoco está en casa, así que no sé como se ha podido hacer. Qué raro…
Con cierto reparo, meto el dedo. Nada, no se palpa nada, quizá se intuye algo de fresco al otro lado. Acerco el ojo y no se ve absolutamente nada. Meto la nariz y tampoco huele a nada especial… tal vez un poco a cerrado. Con la linterna del móvil lo alumbro… nada… todo negro. Esto es muy muy raro…
Le saco una foto para mandársela a mi marido por Whatsapp.
Dado que nuestra casa es la última de la urbanización y esa pared da a la calle, decido bajar a ver si veo algo. Pero no, nada, la pared está perfecta y todos los ladrillos de caravista se muestran intactos, sin tan siquiera una mínima grieta.

Cuando subo y vuelvo a comprobar el agujero, hay un ojo mirando a través de él… ¡Qué susto! Es un ojo grande y bien abierto, siguiéndome adónde quiera que me mueva. De color azul intenso y con las pestañas largas… la verdad es que es un ojo bien bonito. Pero… ¡qué coño!, esto es una violación flagrante de la intimidad… así que decido llamar a la policía.
Tras explicarlo brevemente, me dicen que ahora mismo están muy ocupados y no puede venir ningún agente a hacerse cargo. Me dice también que han tenido varios avisos como el mío a lo largo del día y lo que él recomienda es taparlo con algo. Me parece perfecto, ¡como no se me había ocurrido antes!
Cuando viene mi marido, y tras su lógica sorpresa inicial, nos ponemos a buscar algo para poner encima. Voy al desván y vuelvo con una foto bien bonita, una que nos hicimos en las últimas vacaciones, con un marquito de color hueso muy fino y muy mono, pero mi marido ya lo ha tapado con un viejo póster – calendario del año 1987. Además de no tener ni idea de donde lo ha sacado, no me gusta nada, se ve muy antiguo, tiene una chica desnuda apoyada en una pila de neumáticos. Típico, tópico y de cierto mal gusto para tener en mitad del salón. Pero él está encantado… sobre todo porque la chica ahora es la que nos sigue con la mirada, allí donde vayamos. Unas veces guiña un ojo y otras veces pone cara libidinosa… No me gusta, no me siento nada cómoda, pero mi marido no quiere oír hablar de quitarlo de ahí.

Acaba de salir un agujero en el techo. Es bastante grande, del tamaño de una bola de jugar a los bolos. Perfecto y delimitado como el de la pared, juro que hace 10 minutos no estaba allí.
Le hago una foto con el móvil y se la mando por Whatsapp a mi amiga Julia, que para mí es como una hermana, confío mucho en ella y en su criterio. Me dice que conoce a alguien que le pasó lo mismo y me sugiere que coloque un barreño debajo, por si llueve no se me vaya a mojar el parquet.
Decido hacerle caso y pongo un cubo grande justo debajo mientras siento la mirada de la chica del póster en mi nuca. Cuando la observo, disimula y hace como que no me miraba. La hija de puta.

Hace ya tiempo que tenemos el agujero en mitad del techo, el cubo en mitad del salón y el póster en mitad de la pared. Al final nos hemos acostumbrado. Lo bueno es que cuando hace buen día entra el solecito e ilumina la estancia con una luz cálida y difusa; recuerdo que una vez después de lloviznar entró un trocito de arco iris y fue todo un espectáculo.
Lo malo es que por las noches entra el frío y una oscuridad que no hay forma de iluminar. Ni poniendo todas las estufas. Ni encendiendo todas las luces.
Pero ahora que no es ni de noche ni de día, no entra ni sale nada por el agujero.
A lo que no me acostumbro es a la chica del póster. Ya ha cogido confianza y no se corta un pelo; es muy frecuente verla contoneándose, tocándose las tetas sin ningún pudor, mientras mi marido babea como un idiota. A mí me mira de reojo y cuando me fijo sobre-actúa como una bailarina haciendo la danza de los 7 velos.

Acaba de salir un agujero en el espejo. Lo tenemos en una pared lateral del salón. Es grande, con filigranas doradas en las esquinas. Precioso. Pues en la mitad del espejo hay ahora un agujero enorme, del tamaño de un balón de baloncesto. Quizá más grande, incluso. Esto sí que es un fastidio… estaba encantada con mi gran espejo. Era ideal para mirarse una de cuerpo entero y hacer posturitas. Mi marido está demasiado ocupado, ensimismado frente a la chica del póster, así que le hago una foto y se la mando por Whatsapp a mi hermana Sandra, que sabe lo que hay que hacer en todo momento y en toda circunstancia. Me dice que no me ponga delante de él y que no se me ocurra romperlo, por lo de los 7 años de mala suerte. Me recomienda también taparlo con una sábana blanca, como hace unas pocas generaciones, cuando se tapaban los espejos si alguien en una casa fallecía. Antes de ir corriendo a por una sábana, puedo ver cómo a través del agujero se van colando los objetos. Primero las cosas pequeñas, como figuritas de porcelana o el paquete de tabaco de mi marido, después cosas más grandes como sillas y el televisor. Después van la mesa y el mueble. Luego el gran ventanal y el solárium.

Acaba de salir un agujero en el colchón. Es perfectamente redondo y muy grande y ocupa como tres cuartas partes de la cama. O más. Mi marido ya no está, así que se debe de haber caído por él. Iría a hacerle una foto para mandarla por Whatsapp al grupo de amigas del gimnasio que tienen siempre una solución para todo, pero el móvil fue una de las primeras cosas que se coló por el agujero del espejo. Asomo la cabeza y no se ve absolutamente nada. Tras dudar unos instantes, voy corriendo al salón y arranco el póster de la pared. Debajo sigue estando el ojo, mirando, ahora parece que le molesta la luz. Me llevo el póster al dormitorio y veo como la chica me mira horrorizada. Lo tiro por el agujero con toda mi mala leche… por fín… qué ganas tenía de hacerlo. ¡Muérete, pedazo de zorra!, me da tiempo a gritarle.
Despues, pongo sábanas nuevas para taparlo todo. Tendré que tener mucho cuidado en las próximas noches, no sea que me caiga yo también.
Vuelvo al salón para tapar el agujero de la pared porque el ojo me sigue dando muy mal rollo y lo único que tengo a mano es una réplica de “Saturno devorando a su hijo” de Goya. Sé que no es buena idea pero lo pongo igualmente. Tras ponerlo, la imagen termina de comerse al niño, y me dice que yo soy la siguiente. Ya lo que me faltaba. ¡No me jodas que no estoy para bromas!, le grito, y enfurruñada le ignoro sin hacerle el menor caso.

En el salón ya no queda nada, todo se ha ido por el agujero del espejo. Sólo queda lo que ocasionalmente entra por el agujero del techo, las flores de almendro en primavera, el sol aplastante del verano, las hojas marchitas del otoño y los copos fríos del invierno. Pero ahora que no es ni primavera ni verano ni otoño ni invierno ya no entra ni queda absolutamente nada.

Acaba de salir un agujero en mi diario. Parece una gran mancha de tinta, perfecta y redonda. Ocupa prácticamente la totalidad de la página y casi no me deja sitio para escribir. Esto sí que es una verdadera faena, porque es muy importante para mí escribir todos los días: el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado y el domingo y contar las cosas que me han pasado en el día. Lo peor de todo es que están empezando a caer en él todo lo que he escrito. Primero han sido los acentos, eso tampoco es muy importante porque hay mucha gente que no los pone nunca y no pasa nada. Después empezaron a caer los signos de puntuación, tampoco es que me importe demasiado, si te fijas en el contexto de la frase no es tan difícil intuir el sentido, pero es que ahora están empezando a caer las letras, las palabras, las frases, todo… hasta mi pluma se ha colado, una Montblanc chulísima que mi marido me regaló en el quinto aniversario… El diario se ha quedado en blanco… todas las páginas. Y hoy que no es ni lunes ni martes ni miércoles ni jueves ni viernes ni sábado ni domingo… ya no puedo escribir nada más. Me quedo absorta mirando mi diario en blanco y el agujero negro que cada vez se hace más grande.

Al poco rato viene una enfermera que me trae unas pastillas en un botecito, me pide mi diario y lo deja sobre la mesilla. Me desea buenas noches y continúa su ronda por los pasillos del psiquiátrico. Antes de caer dormida, le digo que tenga cuidado, no sea que se caiga por el gran agujero que acaba de salir en el suelo. Un agujero redondo y perfecto, del tamaño de un balón de playa.

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