Tus sueños

Rara era la noche que no dormía tranquila y feliz. En esas horas de descanso reparador morían todas mis preocupaciones y mi cansancio y despertaba nueva, dispuesta a pelear contra un nuevo día lleno de retos y cosas que hacer.
Mis sueños eran pues, un infalible bálsamo para el alma. Y es que, podía controlarlos a voluntad. Podía crearlos y destruirlos… sabía cómo hacerlo. Añadir personajes y quitarlos. Cambiar escenarios, lugares… Sabía cómo volar en ellos, cómo transformarme en dragón o en águila, podía viajar hasta la estrella más lejana o hacerme pequeña como la cabeza de un alfiler. Podía dormir con Brad Pitt, matar yo solita a cien terroristas armados hasta los dientes o acabar con el mismísimo demonio, escapar de Alcatraz con los ojos vendados o humillar a Hulk con una mano atada a la espalda… Entre muchísimas otras cosas.

Mis sueños eran enteramente míos y podía hacer cualquier cosa que se me antojara… Cualquiera. Hasta la noche en que empezaste a aparecer en ellos. En ese momento comenzó un proceso en el que he terminado siendo una simple espectadora de mis sueños sin poder hacer en ellos poco más que ver, oír, callar… y sufrir.
Recuerdo la primera vez. Estaba visitando las ruinas de la antigua central nuclear de Chernobyl y la ciudad de Pripyat cuando me pareció ver una sombra. Como por casualidad, se deslizó por mi sueño unos pocos segundos. Ni siquiera me llamó la atención.
Después desapareció.
Algo más tarde, tras vacilar y trollear a unos narcotraficantes colombianos, una sombra (la misma sombra) me estuvo siguiendo durante un rato. Miré por todas partes pero no vi a nadie.
A partir de ese momento ya nada sería nunca como antes.
Porque a las pocas noches la sombra ya estaba en casi todas las escenas. Derramada por el suelo o plasmada en la pared. Estática. Oscura… Como tú.
Era la superficie sobre la que transcurría todo lo demás.
Porque a veces parecía un árbol, otras veces la cambiabas hasta convertirla en perro, o bicicleta, o en tumulto de gente, o en monumento. Pero siempre la dichosa sombra, allá donde mirase. Como si todos mis momentos estuvieran contenidos en un inmóvil trozo de oscuridad. Tuve que acostumbrarme a soñar sobre ella. Aunque al final es cierto que tampoco me resultó tan incómodo. Asumí que todas las cosas proyectan siempre una sombra que nada malo puede hacerte.
Luego empezaste a mostrarte. Primero de lejos, sin participar, seguro que sin pensar. Como si formaras parte del paisaje. Un caminante, un figurante, un observador casual que miraba siempre a otro lado, mientras se iba rápido de la escena, como si la cosa nunca fuera con él. Así durante varios días. Pero como siempre, yo estaba demasiado liada, descubriendo la cura contra el cáncer, o construyendo hospitales, colegios y comedores en Somalia y Sudán.
Pensé que no hacías nada malo. Qué puede hacer un paseante? De aspecto inofensivo y algo bobalicón, además. Te dejé hacer. Qué tonta fui.
Después te acercaste. Y, aunque no participaras en el sueño ni me afectara nada de lo que hicieras, empezaste a mirarme. De arriba a abajo. Mirabas todo lo que hacía… Y ponías caras. De burla o de reproche, la mayoría de las veces. Lo que ocurre es que por aquel entonces, estaba muy ocupada liberando rehenes en Irak, o charlando con alienígenas en Plutón…
Quizá si entonces hubiera sabido lo que después pasaría, hubiese sido capaz de eliminarte. Mi error fue dejarlo pasar, pensando que todo volvería a la normalidad con el tiempo. Y lo que ocurrió es que te hiciste grande. Muy grande. Acabaste por ocuparlo todo. Fui una inconsciente. Siempre estaba demasiado ocupada para calibrar las consecuencias y remediar la situación. Acabé descuidando el devenir de las cosas. Siempre de aquí para allá, siempre disfrutando con mis sueños perfectos y redondos. Ganando. Venciendo. Sueños de placer, algunos, sueños de justicia, otros.
Me sentía Morfeo. Era la mismísima Diosa de los sueños. Todos girando alrededor de mi. Exclusivamente para satisfacerme en todos los sentidos. ¿Quién iba a pensar que todo eso pudiera terminar de la manera que lo hizo?
¿Cómo pude pasar de ser el centro de todo, a convertirme en tu marioneta, tu monigote?
Recuerdo que ya en esos días, despertaba cansada, me costaba más tiempo tener conciencia de la realidad. Y al echarme a dormir, de igual manera, tardaba más tiempo en tomar consciencia del sueño y empezar a manejarlo.
Aunque es cierto que por aquel entonces mis sueños seguían siendo aún enteramente míos. Esas noches yo solía estar en la biblioteca de Alejandría. Los “Heaven & Hell Sextet” actuaban sólo para mi. En tan particular escenario, Paco de Lucía, Jimmy Hendrix, Chopin, Vivaldi, Michael Jackson y Freddy Mercury, desplegaban todo su talento, y yo, extasiada, no le di importancia a que te sentaras a mi lado y me miraras a mí, fijamente y con un gesto burlón, en lugar de disfrutar de tan magno espectáculo. A partir de ahí, Empezaste a recrearte, a lucirte en mis escenas. En poco tiempo serías una molesta interferencia que no me dejaría disfrutar de mi sueño. Por ejemplo, cuando después de nadar junto a Tarzán en el Amazonas, destrozaste mi ropa haciéndola jirones. Estoy segura que fuiste tú. O la noche en la que gané al ajedrez a Bobby Fischer y a Bruce Lee a un combate a muerte en Bangkok, tú eras el juez que, con cierta reticencia me daba la victoria. Recuerdo que además al felicitarme en las dos ocasiones me miraste y sonreíste de una manera muy extraña. Te costó mucho soltar mi mano, apretaste demasiado… me hiciste daño y yo no pude zafarme del apretón hasta que no me soltaste. Y después no te ibas… Te quedaste por allí, pavoneándote y mancillando mi sueño. No me dejaste disfrutar de mis merecidas victorias. Nunca me había pasado algo parecido.
La noche en la que todo cambió, me costó mucho dormir. La realidad se desdibujó muy poco a poco, y en un momento muy concreto, cuando ya pensaba que iba a pasarme la noche despierta, todo se deslizó por una grieta… y yo también caí por ella, muy bruscamente, a mi mundo de sueños…
Una vez allí me sentía muy torpe, desganada y sin fuerza. Fui incapaz de ganar a Thor en lanzamiento de martillo. No pude, por poco, superar sus 3.081 metros cuando yo nunca bajaba de los 5.000. Y eso que lo lancé con todas mis ganas.
Tú estabas por allí, a él le aplaudiste efusivamente y a mi me abucheaste.
Me enfadé muchísimo.
Harta, llamé a Brad Pitt. Me apetecía follar con él en la habitación más lujosa del hotel de 7 estrellas de Abu Dhabi.
Y cuando estamos ya en la suite, desnudos y dispuestos, me dice que aún seguía enamorado de Angelina Jolie… y se fue sin más. Y mi cama se quedó vacía… Y entonces supe que algo muy grave había ocurrido, mientras, desde alguna parte, desde algún rincón, escondido, sentía tu mirada clavada en mí y tu sonrisa maliciosa inundándolo todo. Sentí frío bajo las sábanas y mi cuerpo indefenso y pequeño.
Todo se vino abajo.
Las sábanas de seda, la lujosa habitación, el hotel.
La ciudad. Mi sueño y mi falsa realidad.
Desde entonces, vago por mi sueño que ya no es el mío, es el tuyo. Yo, ya no soy yo. Soy tu personaje. Una pelele a la que manejas y puteas a voluntad.
A veces me quitas los zapatos y tengo que ir descalza entre la multitud que señala mis pies sucios y mis uñas largas.
A veces me dejas desnuda en medio de un restaurante lleno de gente, con mis necesidades hechas encima.
A veces me vistes de gallina en una ceremonia de los oscar.
A veces me dejas en mitad de un oleaje, ahogándome.
Otras veces soy devorada por una jauría de lobos. Después soy defecada por ellos.
Una vez vagué por el desierto muerta de hambre y sed. Cuando por fin llegué al oasis comprobé que tenía los labios cosidos.
A Brad Pitt le pusiste vagina. Un coño peludo que con frecuencia restriega por mi cara.
Y últimamente te gusta mucho ponerme enfrente de una horda de sucios neandertales… Huyo, pero al final siempre acaban alcanzándome y soy salvajemente penetrada.
Y tú siempre con tu risa perversa… disfrutando con mi sufrimiento.
Porque la gente que me ve desnuda, o haciendo el ridículo se ríe sin más, o me señala, pero luego lo olvidan… los hay que me ignoran… los hay que tratan de ayudarme… los hay que ni siquiera se dan cuenta. Pero tú disfrutas viéndome ridiculizada o viéndome sufrir. Siempre estás por allí, a unos metros de mí para que no pueda alcanzarte, regocijándote con mi angustia y mi desesperación… Te divierte verme incapaz de despertar. Porque cada vez que despierto, cada vez que salgo de una pesadilla, es para comprobar que estoy en otra pesadilla, aún peor que la anterior.
Al menos podrías tener el detalle de decirme quién eres. Y por qué lo haces. A veces pienso (sueño) que eres la conciencia de todos aquellos a los que vencí. A los que, en beneficio propio o en pos de la justicia, humillé. Eres la sorpresa y la venganza de los que se vieron derrotados y humillados por una mujer menuda y de aspecto frágil, que siempre hizo de su mundo de sueños su perfecta realidad.

 

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