El periódico lo era todo para ella. La radio, todo para él.
Aquel verano, los gemelos recorrían el barrio con un cuaderno de tapas azules y una pequeña grabadora. Llamaban a los timbres, preguntaban por anécdotas, anotaban los nombres. Entrevistaron al panadero que madrugaba todos los días, a la mujer del tercero que hablaba con sus plantas, al jubilado que aseguraba haber visto nevar en agosto.
Mientras sus amigos no apartaban la vista de móviles, tablets y consolas, ellos llenaban páginas y cintas con voces y con vivencias.
El último día de vacaciones anunciaron su gran programa en directo desde la plaza mayor.
Pero el cielo se cerró en un momento.
La tormenta cayó de golpe.
El agua arrastró cables imaginarios y papeles empapados. En la huida, la grabadora desapareció entre el barro.
La buscaron sin éxito hasta que anocheció.
Muchos años después, en una excavación, apareció intacta bajo la tierra. El operario que la descubrió se la llevó a su hija.
Al principio creyeron que no funcionaba.
Pero algunas noches, cuando el silencio llenaba su cuarto, la grabadora despertaba.
Entonces volvían las voces y las historias de aquel verano.
Antes de dormirse, la niña escuchaba muy atenta.
Y después sonreía.