No sé quién eres

—Qué lugar tan curioso.
—No es curioso. Es extraño.
—Es curioso que sea tan extraño.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Pues no lo sé.
—¿Y tú?
—Normalmente cuento hasta 100. Una vez llegué hasta 500.
—¿Eso es mucho o es poco?
—Eso es poco. Muy poco.
—Yo creo que acabo de llegar.
—No, cuando yo llegué ya estabas.
—¿Y dónde estamos?
—Yo creo que es un laberinto.
—No digas tonterías… ¿Dónde están las paredes?
—¿No las ves?
—No.
—Yo soy una pared. Tú eres otra.
—Mentirosa.
—No te enfades, sólo bromeaba. Es que tenemos que llevarnos bien.
—Pues no me mientas. Esto es serio.
—No es serio, es cruel.
—Es cruelmente serio.
—Mira.
—El qué.
—Una pared.
—Quizá la vería si tuviera ojos.
—Ya. Y si yo tuviera brazos te abrazaría.
—Y si yo tuviera cuerpo me dejaría abrazar.
—Y si yo tuviese labios te daría un beso.
—Y si yo tuviera boca te diría que te odio.
—Mentirosa. Me dirías que me quieres.
—Cómo me conoces…
—¿Por qué cierras los ojos cuando hablas?
—Me ayuda a recordar.
—¿Tú te acuerdas de algo?
—No. Pero lo intento.
—¿Lo has sentido?
—¿El qué?
—El viento. A veces sopla.
—Si. Algo me ha rozado la mejilla.
—¿Tienes mejilla?
—Si.
—¿Puedo besarla?
—Cuenta hasta 100 primero y búscame después. Me esconderé detrás de una pared. Si me encuentras, me besas en la mejilla.
—Aquí no hay paredes, lista.
—Entonces… ¿por qué no podemos escapar?
—Qué buena pregunta.
—¿Cuánto tiempo llevamos ya?
—Voy por 200. Escóndete. Ya viene.
—¿Quien viene?
—Él. Que no te vea. Te quiero sólo para mí.
—A mí no puede verme.
—Pero sabe que estás aquí.
—No lo creo. Es un pobre viejo.
—Lo sé. Pero mira lo que nos ha hecho.
—Ya puedes salir.
—¿Seguro?
—Si.
—¿Me ha visto?
—No me ha visto ni a mí.
—Es un pobre diablo.
—Lo sé. Pero mira como nos tiene.
—Cállate. Ya puedes darme el beso.
—Lo haría si tuviera labios.
—Qué rabia. Se me había olvidado.
—Quizá mañana.
—¿Cuándo es eso?
—Cuando llegue a 500.
—Pues empieza a contar y no pierdas el tiempo.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Quién eres?
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Cuando lo sepas ya nada será igual.
—Ya nada es igual. Cuéntamelo.
—Eres un recuerdo.
—Mentirosa. ¿Por qué me mientes siempre?
—Es cierto. Sólo estás en su cabeza. Y yo también.
—No quiero oírte. Si tuviera dedos me taparía los oídos.
—Somos su pasado. Somos lo que ocurrió. Mejor dicho, lo que ya nunca ocurrirá.
—Pero si es un pobre anciano.
—Si. Y va perdiendo recuerdos. Cada día más. Pero ni a ti ni a mí nos deja marchar.
—Quizá es que somos lo único que le queda.
—Pronto morirá.
—Es posible. Pero antes olvidará.
—Entonces, seremos libres.
—No. Sólo seremos palabras que escriben sobre libertad.
—Mentirosa.
—No te enfades. Tenemos que llevarnos bien.
—¡No me toques! ¿Por qué lo has hecho?
—Yo no he sido. Habrá sido un enfermero. O un familiar.
—Ah…
—A veces le hablan y podemos oírlo también.
—Pero… esto es muy triste.
—Si. Lo es.
—¿Y tú? ¿Estás triste?
—No. Yo soy sólo una voz que habló como un susurro.
—Pues yo tengo ganas de llorar.
—No puedes. Él también se olvidó ya de eso.
—Pero oigo llorar. Alguien lo hace a su lado.
—No, soy yo la que llora.
—¿Quieres que te abrace?
—No. Quiero estar sola.
—Yo también.
—Tenías razón. Ya nada es lo mismo.
—Oye… ¿Quién eres?
—Soy la última lágrima de su recuerdo. El de su mujer.
—¿Y tú?
—Yo soy la última sonrisa que recuerda. La de su hija.
—Entonces… no podrá olvidarnos nunca.
—Lo hará, por desgracia lo hará.
—Pues… me parece muy triste.
—Lo es.

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