Cruzar la tormenta

1

Llegaron al gran vestíbulo, por la gran escalera.
Atrás dejaron a todos los terroristas muertos, al jefe de la organización suicidado antes de ser atrapado y los siete diamantes negros en su poder. Las cosas no habían podido salir mejor. Al menos en el cumplimiento estricto de la misión. Porque por otra parte, el ruido de las explosiones resultaba atronador y provocaba una peligrosa lluvia de escombros, astillas y cristales que, como metralla, salían disparadas en todas direcciones. Las grietas apareciendo de la nada y los trozos de edificio cayendo eran muy descorazonadores: Aquello no pintaba nada bien.

Mientras se recomponían y decidían qué hacer, la gran escalera se hundió tras ellos. Una enorme polvareda los envolvió…
Había que decidirse rápido. Trozos del techo empezaron a caer también.
Los agujeros del suelo estaban repartidos, algunos de ellos seguían saliendo de la nada, otros seguían haciéndose más grandes. El edificio se estaba viniendo abajo. Literalmente.
Se miraron a los ojos. Sudor y suciedad, polvo y pólvora, sangre y lágrimas, todo mezclado, eran el resultado de una increíble aventura… Pero de fondo, un profundo y sincero amor les había mantenido vivos, pues, al margen de la misión, la prioridad de cada uno era la de cuidar del otro.
Ahora estaban separados de la salida tan sólo unas decenas de metros, que, bajo aquella tormenta de escombros se mostraba casi imposible de alcanzar.
No les hizo falta hablar para saber que saldrían de allí juntos… o morirían también juntos.

-¿Lo conseguiremos?
-¡Pues claro que lo conseguiremos!

Beso.
Mirada… mirada…
Latidolatidolatidolatido.
Y, agarrados de la mano, salieron corriendo en dirección a la salida, bajo la tormenta de escombros.

2

Como atletas compitiendo en los 100 metros lisos y agarrados de la mano, salieron por la puerta y siguieron corriendo completamente acompasados, como si fueran un solo cuerpo. En plena carrera frenética, el edificio colapsó y cayó con el estruendo que hacen mil truenos rompiendo mil troncos, a la vez.
Cascotes, cristales y una inmensa polvareda salieron en todas direcciones, aunque no les alcanzó nada.
Sólo cuando estuvieron a una distancia prudencial, pararon y miraron el hueco donde antes había estado el edificio de 60 alturas.

-¡Lo conseguimos!
-¡Ya te lo dije!

Se abrazaron.
Se besaron.
Y a salvo en el campamento, antes de ser rescatados por la organización, follaron con absoluta pasión, como si fuera la última vez. Más tarde, ya en el hotel y tras ser felicitados por los compañeros y superiores, hicieron el amor con deliciosa ternura.

3

-¿Hemos sido los primeros?
-¡Si, creo que sí!

Absorta, la pareja de jugadores miraba la pantalla de TV.
En el ranking aparecían sus nombres en primera posición.

-Mira, los siguientes aún no han bajado al vestíbulo…
-¡Bien!

Chocaron las manos, sonriendo, satisfechos.
En los foros de jugadores se decía que eran los mejores. Una vez más, lo habían demostrado. Todos los “gamers” les envidiaban. Se decía de ellos que su compenetración y conexión a la hora de jugar por parejas era plena y total. Que trascendía lo puramente físico e incluso lo emocional. Era mágico, espiritual. No había juego que se les resistiese. Una vez más, sus nombres quedarían plasmados para siempre, en el número 1 del “Hall of fame”. Hoy, en el videojuego de moda en aquel momento, “Cruzar la tormenta”, mañana, seguro que en cualquier otro.

4

Ya era tarde. Muy tarde. Y tanto tiempo delante de la pantalla les había dejado los ojos rojos e hinchados. Aunque sin duda alguna, había merecido la pena.
Apagaron la consola, la TV, el equipo de sonido y se fueron a la cama.
Se desearon buenas noches, y se durmieron, cada uno en su lado de la cama, sin tocarse, mirando en dirección contraria.

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