La penúltima jugada

Dejó la torre desprotegida y el rey al descubierto.

Su boca torcida temblaba, pero su mirada todavía cartografiaba el tablero con rapidez. Se negó a que le administraran morfina, por eso su lucidez seguía siendo sorprendente. Pero ese había sido un fallo garrafal y me extrañó.

En los últimos meses había mejorado mucho. Su defensa resultaba eficaz y correosa, y aunque jugara con movimientos lentos y manos de papel, cada vez me resultaba más difícil llegar hasta su rey.

Aun así, no quise regalarle la partida; no hubiera sido justo para ninguno de los dos.
Capturé su torre y le hice jaque.

—Cómo te gusta atacarme.

Algo parecido a una sonrisa se torció en sus labios mientras apartaba su rey de mi línea de ataque.

—Y cómo te gusta defender lo indefendible.

Coloqué mi caballo dejándole solo una salida. El camino que no quería tomar.

Su media sonrisa desapareció.

—A veces la veo. Creo que viene a acompañarme. Pero yo sigo sin hablarle.

Ya había observado que miraba por detrás de mi hombro a veces.

—Amiga mía, no todo es como en el ajedrez. Ni como mi sotana o mi alzacuellos. La mayoría de los matices en la vida son grises. Y de muchos colores que no verás en un tablero. Es mejor irse tranquilo que huyendo.
No hagas como tu rey. No, a estas alturas.

Cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, parecían más antiguos que su cuerpo.

—No tuvo que ser fácil para ella. Tienes que entenderlo.

Sus dedos temblorosos buscaron un alfil que ya no estaba. Lo había perdido hacía tres movimientos, pero seguía intentando agarrarlo como si aún pudiera salvar algo.

—No voy a rendirme.

Volvió a fijar la vista en ese punto detrás de mí.

—No tienes por qué hacerlo. Solo decidir cuándo acabar la partida.

Me di cuenta de que no apartó la mirada esta vez. Sonrió con gran esfuerzo a aquello que estaba tras de mí.

No quise girarme. No por temor a verla, sino por no interrumpir la conversación íntima y silenciosa que estaban teniendo.

Su mano fría se posó sobre la mía.

—Gracias por quedarte hasta el final.

Ya no hubo forma de estirar la partida. Mi cometido estaba concluido.

Apreté su mano.

Y cerró los ojos, manteniendo la sonrisa.

—No es el final, amiga mía. Solo ha sido la penúltima jugada. Que tengáis buen viaje.

Recogí las pocas piezas que quedaban en el tablero, una a una, con sumo cuidado.

Mantuve a su rey de pie. Fue la última pieza que guardé.

Antes de salir de la habitación, le di un beso en la frente, recé una oración por su alma y llamé a enfermería.
No sentí que la dejara sola.

No pude evitar llorar.

Fui al vestuario con pasos cansados. Caminaba sin ver a nadie esquivando a la gente de los pasillos; o quizá eran ellos quienes me esquivaban.

Guardé en la taquilla el ajedrez y saqué una baraja de póker y un tapete.

Respiré hondo.
Me sequé las lágrimas con la manga de mi sotana.

Llamé suavemente a la puerta de la 507 y forcé una sonrisa antes de entrar.

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