Delfines de hielo

Las olas apenas los balancean. Tal vez ya estén navegando en aguas del Pacífico.

Avanzan con la sonrisa larga y una elegancia helada. El mar parece haberlos estado esperando desde el principio.

No son cisnes, pero están a punto de cantar su última canción.

Los peces se apartan a su paso, y el océano abre un corredor silencioso para ellos. Quiere que lleguen lo más lejos posible.

No fue sencillo escapar de la fiesta. Por suerte, sus cuerpos de hielo son demasiado resbaladizos. Y las manos que intentaban atraparlos, lentas y torpes.

El sol cae casi en vertical, y los bordes afilados empiezan a ceder.

Por momentos se vuelven más transparentes, más pequeños.

El tiempo los recorre. Los reclama. Sin pedir permiso, ni perdón.

—Que sueñes con vientos del norte.
—Que sueñes con olas altas.

Entonces, al unísono, cantan su canción.

Y el mar no responde, pero la guarda.

Para todo aquel que aprenda a escuchar.