Mareas

Un frío día de Noviembre en un pueblecito costero, tras una marea habitual y sin que nunca se supiera por qué, cuando el nivel del mar bajó dejó la playa llena de poemas.
Miles, millones de poemas.
Una marea de poemas.
Horas más tarde, el viento arrastró los poemas al pueblo.
Algunas aceras se llenaron de hojas secas y otras de flores. Las unas crujían y se iban con el viento. Las otras, se arremolinaban para formar coloridos jardines. Porque a partir de entonces, siempre era Otoño o Primavera.
Todas las luces se rodearon de un halo plateado. A veces lucía el sol y otras no paraba de llover… pero siempre pasaba algo.
Algo grande.
O algo pequeño.
O algo parecido.
O algo emocionante…

Al día siguiente, la misma marea al bajar, dejaba en la arena una epidemia de pereza.
La brisa del mar sopló con fuerza y la llevó al pueblo.
Las hojas y las flores, mezcladas, se amontonaban en los rincones como montañas huecas.
El tiempo se detuvo.
La luna dejó de menguar.
La luz y la oscuridad entraban por las ventanas abiertas, pero ya nunca salía.
Ya nunca pasaba nada.
Nada especial.
Nada raro.
Nada bueno ni nada malo.
Porque un pesado telón de realidad congelada, como en una foto antigua, cubrió las calles y las casas.

Al día siguiente, cuando bajó la marea, ésta dejó una avalancha de tristeza.
Y no hizo falta viento, ni brisa, para que la tristeza llegara al pueblo, porque ella sola caminó hasta él.
Las aceras se volvieron grises, las paredes desconchadas parecían llorar y todos los sonidos se volvieron pesados, largos, como un lamento que nunca terminaba.
Los remolinos de hojas y flores perdieron la forma, el color, el sentido… el futuro incluso…
Llovieron lágrimas y formaron charcos que no desaparecían, reflejaban el cielo plomizo y no se sabía si tras él, el sol seguía estando ahí.

El cuarto día la marea no subió ni bajó. El sol no salió ni se puso.
No había arena ni aceras.
No hubo nadie que leyese los poemas.
Ni sintiese la pereza.
Ni llorara en la tristeza.
Porque las gentes hace tiempo que marcharon.
A las ciudades.
A las montañas.
O a cualquier otro lugar.
Y los que se quedaron, hace tiempo que murieron.

El último de ellos, justo antes de marchar, recordó su vida en él.
Sus cartas de amor.
Su tiempo entre mareas.
Y el baile lento y largo de los días, mientras todo terminaba. Dejando el pueblo y su recuerdo con poemas en las puertas… con pereza en las ventanas… con tristeza en las aceras.

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