Los últimos días de Lucifer

“Si pones una vela para Dios, pon dos para el diablo”.
Antiguo dicho Búlgaro

“Hazle caso al demonio, y te recompensará con el infierno”.
Proverbio eslovaco

1

Hay cosas en esta vida que nadie nunca debería ver. Ni vivir. Ni sentir. Pero a veces toca… así es la vida. Así es la muerte. Caprichosa y azarosa.
A mi me tocó vivir, y a ellos morir.
Vivir después de sentir esa oleada de terror azotando mi cuerpo y mi alma. Sentir esa angustia que parecía nunca acabar y tras la cual cambiaría, de repente, todo mi ser, mi presente y mi futuro. Y a ellos les tocó justo lo contrario. Morir tras sentir exactamente lo mismo que yo, después del fugaz sonido de un disparo.
Mientras en un instante asumía que nada volvería a ser como antes y que nunca más volvería a ver a los míos, supe que el culpable de todo no era aquel chico. Y es que, cuando aquel asesino me miró a los ojos y decidió (nunca sabría por qué) perdonarme la vida, vi al diablo tras esa mirada enloquecida.
Cuando a veces los asesinos dicen que el diablo les obligó a hacerlo… debéis creedles. Al menos en la mayoría de ocasiones.
Recuperarme de las heridas del cuerpo no fue difícil. Pero las del alma no cicatrizaron. Como una aguja enhebrada en una sirga oxidada de acero, cada sutura hacía crecer mi infección y mi rabia.
Esa rabia me comió por dentro y me cambió para siempre… todo mi odio se canalizó entonces para elaborar mi venganza.
Claro que, vengarse del diablo no es nada fácil. Para empezar, tienes que ir a su encuentro, y para ello, tienes que dejar este mundo.

2

Tras unas pocas semanas estaba de nuevo trabajando en el hospital, ejerciendo mi trabajo de cirujana jefe.
Jamás descuidé mis obligaciones laborales… pero a partir del primer día… empecé a buscarla.
A la muerte, me refiero. Ese era el primer paso.
Nuestro instinto de supervivencia hace que no la veamos. Que la ignoremos. Pero está ahí. Está presente en nuestras vidas… y nos cruzamos con ella todos los días aunque nos neguemos a verla. Es así.  Ni siquiera se toma la molestia de ocultarse. Somos nosotros, nuestros ojos, nuestra evolución la que ha aprendido a ignorarla. Por nuestro bien.
Así pues, a partir de mi vuelta a la normalidad, buscaba a la muerte tras cada fallecimiento. Tenía que conseguir que me llevara con ella. Unas cuantas veces la vi, en las habitaciones, en los quirófanos, en los boxes, como una sombra negra que se mueve despacio, altiva y arrogante, con esa seguridad que da el hecho de saberte ganadora de cuantos enfrentamientos tengas. Porque los milagros no existen. Cuando la gente sobrevive milagrosamente, es porque la muerte no había acudido a la cita. Cuando ella viene a por ti… date por jodido. Bueno, date por muerto.
Así que, tuve que hacerlo. No tuve otro remedio que morir.
Cuando esa mañana entraba al quirófano, la vi sentada, tomándose su tiempo.
La miré fijamente… y estoy segura de que me vio mirarla. No le quité ojo de encima en toda la operación. Sólo cuando de repente, el paciente entró en parada cardiaca, se levantó para cortar con su guadaña el nexo invisible que unía su cuerpo y su alma. Lo hizo delante de nuestros ojos… pero nadie se dio cuenta. Sólo yo vi como el alma libre se difuminó hasta desaparecer.
Supe que los intentos por reanimar al paciente no servirían, y así fue. Cuando acabó su trabajo, y antes de que se marchara, le dije que me llevara con ella.
Me ignoró. Después le grité. La insulté.
Me miró con superioridad… con asco incluso… pero no se dignó a decirme nada, puesto que la muerte sólo interactúa contigo una vez en la vida. Y además, no suele hablar.
Mis compañeros, atónitos, trataron de calmarme…  y yo enfurecida, empecé a golpearla. Y aunque no podía dañarla porque mis puños atravesaban su figura, ella se mosqueó. No estaba acostumbrada a tal osadía… seguí golpeándola con saña hasta que de verdad vi que se había enfadado… entonces salí corriendo hasta el vestuario. Antes de que me alcanzara, me dio tiempo a abrir mi taquilla y tragarme las cuchillas de bisturí… Dolió muchísimo sentir como me desgarraban por dentro.
Al poco rato, la misma guadaña que había matado a aquel pobre infeliz, me separaba a mi del mundo de los vivos, mientras mis compañeros, que seguían atónitos, eran incapaces de contener mi hemorragia interna.

3

Morirse… es muy bonito después de todo. Una vez que dejas de sentir el dolor de tu cuerpo y asumes también las despedidas de la gente a la que quieres. Eso es lo peor de todo. Pero el cerebro se encarga de hacer el paso muy placentero. Es cierto todo lo que dicen. Ves tu vida pasar… como una película hecha con gran maestría… en una pantalla de 360 grados. Aunque tú vida haya sido una mierda, te aseguro que querrías ver la película una y otra vez. Al final, tienes una especie de orgasmo mental… y ahí acaba todo.
O empieza. Según se mire.
Es cierto que cuesta mucho hacerse a la idea de que ya no tienes cuerpo, pues en principio sigues viéndote tal cual, como si no hubiese pasado nada.
Mi suerte fue tener una meta que cumplir. No dejé sitio para las dudas ni para el estancamiento. Hay gente que se queda flotando, entre los dos mundos. Quizá por desconcierto. Por desconfianza. O por comodidad. Como en el mundo de los vivos… en el mundo de los muertos hay de todo.
Hay quien está encantado con su nueva situación. Los hay que se quedan sufriendo y vagando por mucho tiempo. También están los que no se enteran. Otros se pasan de listos y los pillan en fotos y psicofonías. Y están los que disfrutan y que incluso posan para la ocasión.
Por norma general, es cada uno quien establece los tiempos. Cuando estás preparado, es cuando tienes que definirte. Y aunque no lo estés, llega un momento en que tienes que hacerlo. Decidir si te arrepientes o no. Decidir de parte de quien estás. De los buenos o de los malos.
Es cierto que el cielo está lleno de gente mala. De hecho, ya no caben más.
Cuando la gente mala, incluso los asesinos y violadores de la peor calaña ven lo que les espera en el infierno, cuando ven al Diablo y conocen la clase de tipo que es, incluso los satánicos corren a los brazos de Dios completamente arrepentidos.
Y Dios prometió acoger en su reino a los que de corazón se arrepintieran de sus pecados. Creedme, el miedo hace que la gente cambie de ideas. Y esa es una excusa tan válida como cualquier otra. El ser humano es absolutamente imperfecto y al final, las almas también lo son. Llegados a este punto, las dudas y el miedo provocan en las almas lo mismo que en los cuerpos. Confundirte, hacer que busques la comodidad y huyas de aquello que puede hacerte daño. Y, en el infierno, al lado del Diablo no puede pasarte nada bueno.
Por eso cuando, cegada por mi sed de venganza, elegí con esa convicción el camino de las sombras, del fuego y del sufrimiento eterno, el Diablo me acogió con los brazos y las alas abiertas. Porque no estaba acostumbrado a ver tanta certeza y tanta entrega en un alma mortal como la mía. Me vio como su seguidora más fiel, su discípula. Su trofeo, su triunfo. Una vez más, su ego desmedido lo cegó e hizo que bajara la guardia sin que supiese ver mis verdaderos deseos.

También es cierto que yo, al aceptar ese camino, ese destino, sabía perfectamente a lo que me exponía.

4

Lo que más me gustó del infierno, es que tiene el color del Otoño. Si no fuera por todo lo demás, sería un lugar muy poético.
Cuando vi al Diablo por primera vez, dudé de mis planes. El Diablo es un ser muy poderoso. Casi tanto como Dios. Y es que la maldad da muchos recursos. Muchas ideas. Cuesta mucho más trabajo construir y reparar que destruir y provocar el caos. Por eso, a simple vista, el Diablo parece que está ganando todas las batallas. Por la sencilla razón de que la entropía de las cosas y del universo juega siempre a su favor.
Además, ser muy bueno tiene muchos inconvenientes. Tienes que estar muy pendiente de muchas cosas y de mucha gente. Es más fácil focalizar la maldad para dañar a unas pocas personas (o muchas, depende) que proteger a todos y cada uno. La atención de Dios está muy dispersa y el Diablo se aprovecha de eso.
También es cierto que preparar una gran catástrofe cuesta mucho trabajo y mucho tiempo. Por eso, una gran erupción, un gran meteorito, un tsunami gigantesco o un mega terremoto que destruya a la humanidad, sólo ocurren cada varios cientos de miles de años.
Al final, ni Dios ni el Diablo son todopoderosos. Digamos que son como dos grandes maestros de ajedrez en un campeonato mundial. Exige mucho esfuerzo y mucha concentración derrotar al otro. Sólo que, el Diablo cuenta con ventaja al jugar -paradójicamente- con blancas. Y al saber que su contrario tiene siempre demasiadas cosas en la cabeza.
Todo esto me contó el Diablo. Y mucho más. Llevaba mucho tiempo solo, y realmente necesitaba a alguien para confiarle cosas.
Yo escuchaba atentamente, hice una gran actuación, mientras pensaba y planeaba mi venganza. Así me gané su plena confianza. Mostrando mi admiración por él y por su obra, despotricando (yo también) contra Dios y fingiendo que quería ser como él y estar siempre con él… Yo mientras, observaba, pensaba, aprendía y ganaba tiempo, siempre con una idea fija en mi cabeza.

Ese fue un proceso que duró un tiempo. Pero día a día conseguía avanzar. El Diablo estaba satisfecho conmigo. Incluso se encariñó. Me enseñó rincones del infierno que estaban restringidos, me contó secretos que nadie conocía, de la humanidad, de la historia, de la física cuántica, de las matemáticas, del universo. Me mostró dimensiones paralelas, escondidas… Me dijo en qué se había equivocado Einstein y en qué había acertado.
Me contó también muchas cosas de Dios.
Parecía que era lo que más le gustaba porque invertía mucho tiempo en ello. Yo creo que en el fondo, envidiaba a Dios. Su capacidad de crear, de amar y de perdonar. Eso el nunca lo podría hacer. Y después de todo sabía que al final el amor vence al odio. Porque hay más gente buena que mala. Y porque después de todo, ocurren más cosas maravillosas que terribles. Se sabía destinado a perder su batalla, a pesar de que parecía que la estaba ganando. Por eso necesitaba convencerme de su superioridad y recalcaba constantemente las vulnerabilidades de Dios.
Tuve que meterme cada vez más en mi papel. Ridiculicé y me reí de las oraciones y los rezos. Me dijo, para que lo entendiera, que las oraciones de los creyentes son como los “likes” de Dios. Cuando un creyente reza, él se siente mejor. Según el Diablo, Dios necesita oraciones para seguir adelante, para seguir creando y ayudando. Por eso el Diablo está por encima. Porque, según él, no necesita nada de nadie. Aunque estaba claro que eso no era cierto, él estaba encantado con su nueva discípula, que le reía las gracias y le seguía como un perrito fiel allá donde fuera. Le venía bien para su ego.

Me reí y me burlé también el paraíso, con todas mis ganas… y me dijo que realmente existía, que Dios lo había creado para ofrecérselo a la gente que lo mereciese… pero que no recuerda donde lo puso. Ni en qué dimensión, ni en qué universo, ni en qué realidad. Y mientras lo encuentra, tiene a todas las almas en “stand-by”. Soltó una carcajada terrible (solía hacerlo mucho) tras decirlo. Quien sabe si es cierto, o si mentía descaradamente. Con el Diablo… nunca se sabe.
Me llevó también su refugio, el lugar donde descansaba, el sitio desde donde planeaba sus maldades. Es un lugar curioso. Es un un templo de fuego, con un altar y con un trono de oro incandescente, diamantes y marfil.
La primera vez que entramos me tumbó en el altar y me folló. Tuve que dejarme, no me quedó más remedio que llevar mi actuación hasta el final fingiendo que me moría de ganas. Tampoco es que hubiera podido hacer mucho para evitarlo, la verdad.
Imaginaba que no sería bonito, ni sensual ni delicado… Decir que fue pornográfico, sucio y violento es quedarse muy corto. Realmente, no sabía si me estaba follando o si me estaba matando (se me olvidó por un momento que ya estaba muerta). Lo hizo con furia, con rabia contenida. Tuve la horrible sensación de ser penetrada salvajemente por todas mis cavidades al mismo tiempo… Cuando terminó me ardían las entrañas… sentí cómo su semen me disolvía por dentro. Realmente pensé que ahí se terminaba todo para mi. Pero fingí que me había encantado. Me abracé a él y le dije que le amaba. Se lo creyó. Y también en todas y cada una de las ocasiones en las que se lo dije después de follarme. Y fueron muchas. Perdí la cuenta.

5

Hubo un día en que se despertó pletórico, henchido. La guerra de Siria que él había provocado estaba recrudeciéndose y eso le puso de muy buen humor. Fuimos a su templo, y allí me agarró del cuello y con gran violencia me lanzó contra el altar. Estuvo varias horas follándome. De todas las maneras, por todos los sitios. Incluso abrió agujeros nuevos en mi alma para seguir penetrándome. Fue horrible. Una tortura que no pensé que terminaría nunca.
Cuando terminó, tuve que decirle sonriendo, una vez más, que le amaba…
Con el ego más inflado que nunca, me llevó a su lugar más secreto y más sagrado. Algo así como su habitación, su despacho, su rincón de pensar. Porque el altar y el trono que yo conocía, eran algo público… algo que mostrar a los demás y de lo que presumía. Esto era algo totalmente diferente. Era su museo de los horrores. Estaba repleto de objetos.
La cuerda con la que Adán estranguló a Eva. La manzana del pecado original, la del árbol prohibido. Los clavos de la crucifixión de Jesús. Un trozo del meteorito que envió para acabar con los dinosaurios (me dijo que no le gustaban esos bichos). El Santo Grial. Un resto del arca de Noe y la paloma que soltó para comprobar si había descendido el nivel del agua. La pistola con la que Hitler se suicidó. Un trozo de Chernobilita (el residuo radiactivo más peligroso que se conoce). El OVNI y los alienigenas de Roswell. Un cuerno de mamut e infinidad de animales disecados, muchos de ellos ya extinguidos. La Gioconda original (la que hay en el museo del Louvre sólo es una copia) y muchísimas otras cosas. Yo observaba todo muy atenta fingiendo que disfrutaba como una niña. Aunque hubo una cosa que me llamó mucho la atención. Había unas semillas encerradas en un pequeño frasco. Un cartel raído decían que eran de laelia.
Sabía que la laelia era una especie de Orquídea extinguida hace tiempo. Y lo sabía porque cuando vivía hice un curso de naturopatía, para complementar mi formación como médica. Lo que me pareció curioso es que una cosa tan simple estuviese allí, al lado de otros objetos con un gran contenido histórico.
Supuse que eran muy importantes y en un descuido del Diablo (que seguía hablando orgulloso de su colección) las cogí. Me arriesgué a ser descubierta pero mis deseos de venganza me dieron el valor suficiente para robarle al Diablo unas semillas de laelia que no estaba segura de para qué servirían.

6

Esa misma noche, antes de que el Diablo se me follase por enésima vez, repartí la mitad de las semillas del frasco, metiéndolas dentro de lo que un día fueron mi vagina y mi recto. La otra mitad de las semillas me las guardé. Por si acaso aquello no funcionaba y tenía que hacer otra cosa.

7

Mientras me follaba mirándome con sus ojos encendidos recé. Varias veces. Le di unos cuantos “likes” a Dios para que las semillas tuviesen algún efecto sobre él. Y también para que no notase nada mientras me penetraba con furia.

8

Después de correrse, no le dije que le amaba como hacía siempre. No me dio tiempo. El Diablo cayó sumido en un profundo sueño.
Funcionó.
Esas semillas eran su kriptonita. Y nunca supe por qué las guardaba en lugar de destruirlas.
Tenía que darme mucha prisa. No sabía cuánto tiempo duraría el efecto. Pero dado que había funcionado, el resto de las semillas que había guardado se las metí en la boca. Para prolongar sus efectos.

9

Me provoqué el vómito, yo misma, metiéndome los dedos en mi garganta y salieron las cuchillas de bisturí que utilicé para suicidarme. Estaban intactas.
Entré en su despacho y cogí de su colección los animales necesarios para hacer la cirugía.
Me llevó varias horas, desde que hacía el primer corte hasta que suturaba el último punto. Hice un muy buen trabajo. Por algo era cirujana jefe del hospital más importante del país.
Cuando terminé de suturar, salí corriendo. Y no dejé de correr en mucho tiempo. De hecho, no sabría decir el tiempo que llevo corriendo. O volando. Puede que lo esté haciendo en círculos y aún no me haya enterado.

10

Dicen que la venganza se sirve en plato frío. Esta se hizo sobre su altar. Y estaba muy muy caliente.
Lo primero que hice fue cortarle los cuernos (retorcidos y negros) y ponerle unos cuernos de caracol.
Le corté la cola (larga y escamada) y le puse una de cervatillo. Concretamente, la de Bambi.
Le cambié sus ojos incandescentes (los odiaba) por dos mariposas azules para que cuando parpadease, sus alas se movieran y aletearan.
Le quité los colmillos y le puse unos dientes de caballo (muy grandes, desproporcionados).
Por último, le quité las alas (enormes, negras) y le puse las de la paloma de Noé.

11

No sé qué habrá sido del Diablo. No he vuelto a verlo nunca más. Y tengo miedo de que me encuentre. Aunque hay otra cosa que me da más miedo. Miedo no, terror, pavor absoluto. Porque mientras huyo (caminando, corriendo o volando, aún no lo sé) he descubierto que estoy embarazada.
Daré a luz al hijo del Diablo. Un Diablo renovado, diferente. Seguro que más poderoso.
Sé que me matará cuando le alumbre. Si es que antes no escapa de mi interior partiéndome por la mitad.
Mientras mi barriga se hincha y se calienta por momentos, rezo, con todas mis ganas, y busco a Dios desesperada.
No sé si eso es posible le porque ya me definí, hace tiempo, apartándome de él y tomando el camino del mal y de las sombras. Y aún así, aunque lo encontrase, aunque me encontrara, tampoco sé si me aceptaría en su reino, con el hijo del Diablo en mis entrañas.

 

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