El primer Sábado

Nuestra primera conversación fue tan absurda como una clase de inglés.
¿Recordáis las clases de inglés? Preguntas y respuestas corteses y perfectamente medidas en un contexto claro, con adecuada tensión y resolución plana. Dudas blancas y blandas de ascensor, hospital, hotel, restaurante y supermercado.
Nos dimos dos besos de manual. ¿O fue un apretón de manos? Tal vez fuesen las dos cosas. Pero tras esa frialdad impostada pude ver nuestra vida reflejada en tus ojos. El futuro (ese que parece que nunca llega) tomó forma en 15 segundos, un sábado cualquiera. Y quedó a nuestro alcance, para recorrerlo juntos. Un paso tras otro. Una curva tras otra. Un destino y el otro:
El tuyo y el mío.

Y aunque después vendrían unos días que serían como noches, al final el amor, además de ciego y un poco loco, también es sabio y siempre tiende al equilibrio, al igual que el universo regido por sus leyes.
Nunca creí en el destino ni en la eternidad, pero mientras ella y yo sigamos caminando, existirá un futuro que compartir juntos, múltiplo de un bonito –y lejano– sábado lleno de luz, en el que todo comenzó.

Para Bea.
Porque en la vida hay –sólo, siempre– un gran amor.

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