La última hora del Invierno

Todas las horas del invierno pasaron de repente, delante de mis ojos. No se despidieron, tan solo marcharon tras una estela de viento frío.
Una de ellas quedó rezagada, cometió el error de mirar hacia atrás, quizá arrepentida o puede que solo quisiera despedirse de mí con la mirada.
Conseguí atraparla, no se resistió.

La llevo conmigo desde entonces. Nadie la ve y yo tampoco, pero siento siempre su fría compañía. Unas veces me toma la mano y el brazo, otras veces anuda mi cuello y mis sueños. Suele nublarme la vista y los pocos recuerdos que tengo del otoño. Me quiere, me olvida; la odio cuando habla y la extraño cuando calla porque a menudo es ella la que sonríe o llora en mi lugar.
No hace mucho la encadené a mi tobillo con eslabones de hielo. Cuesta caminar, pero creo que hice lo correcto.

La última hora del invierno. La que conseguí atrapar y encadenar a mis pasos. Mi eterna y fría compañera.
Es ella, en realidad, la que ha escrito estas líneas.

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