La brisa

Veo las nubes alejarse. En la caída, mi pelo largo ondea y se estira hacia el borde del precipicio desde donde salté de espaldas hace tan solo un instante.

Despierto en el último momento, justo antes de impactar contra las rocas.

Por la ventana abierta entra una luz azulada. La brisa me acaricia pero al rato, como si fuera una larga mano me obliga a levantarme y salir por la puerta, también abierta.

Una vez en el borde del precipicio, miro hacia abajo y veo mi cuerpo inerte sobre las rocas mientras las olas lo bañan. Tengo ganas de llorar pero la brisa en seguida viene a consolarme. Como si fuera una soga, anuda mi cuello. Cierro mis ojos y salto al vacío.

Despierto justo antes de que la soga rompa mi cuello.

La ventana abierta. La luz azulada. Otra vez. Los dedos largos de la brisa toman mi mano y exponen las venas de mi muñeca. Mi otra mano sostiene una cuchilla de afeitar. Antes de que la hoja corte mi piel, miro por la ventana y veo mi cuerpo colgado de una rama gruesa, mecido por la brisa.

Esa puta brisa, que de nuevo vuelve a despertarme. Otra vez! Y ya van tres!

Me levanto enfadada. Cierro la ventana y la puerta –a saber quién las habrá abierto, si estoy yo sola–.

Vuelvo a mi cama revuelta y harta trato de dormirme una vez más.

Mierda!, me acabo de acordar que dejé el bote de somníferos y la botella de whisky sobre la mesa.

A ver qué coño pasa ahora.

Deja un comentario