Sentada en mi silla, sobre mi ropa doblada y recién planchada, el hada malvada (que vive bajo mi cama) suelta un sonoro “jaque mate” en su primera jugada. No objeto nada y vuelco mi rey blanco sobre el tablero.
Ella sonríe siniestramente al tiempo que me muestra sus sucios y largos colmillos.
Mientras el hada coloca en posición mi rey y su peón, miro por la ventana cerrada.
–Deja de mirar y juega conmigo–, me dice.
Yo no le digo nada, nunca sé qué decirle. Simplemente, esta vez decido no hacerle caso.
Oigo los pasos de mi hada malvada caminando hacia mí. Sigo dándole la espalda mientras espero, de un momento a otro, sus largos colmillos hundirse bien adentro, en mi cuello. Pero justo antes de que suceda, mi imaginación rompe el cristal de la ventana y siento el viento fresco inundar la habitación.