Alma

Tenía la piel muy blanca, los ojos oscuros y el pelo enredado. Cara aniñada, labios muy rojos, y un colgante largo y afilado de cristal del que parecía salir una luz azulada.

Vengo a por ti –me dijo–
vámonos juntos
al final de los mapas
detrás de los cielos
pero tendrás que dejar atrás
tu cuerpo, tu tiempo.

Se acercó a mí con pasos largos y lentos, se quitó el colgante que ahora casi deslumbraba y sin cambiar la expresión de su rostro lo empuñó con fuerza alzándolo por encima de su cabeza.

Esta noche una luz nueva
vendrá a tu corazón
quiero el último
de todos tus latidos.

Yo tenía un colgante idéntico, lo estaba ocultando en mi mano derecha. Antes de que le diera tiempo a bajarlo y clavármelo, yo ya había seccionado su carótida.
Cayó sin hacer ruido. No sangró.

Ahora tengo dos colgantes y soy invencible. Mis pasos son lentos y largos, aún así, lo único –lo último– que ve la gente antes de venir conmigo son dos luces azuladas abalanzarse contra ellos.

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