Rostros

Cuando termina el día y cierro los ojos, aparecen en mi conciencia y me acompañan hasta que me duermo. Están hechos de líneas y de sombras, se mueven con torpeza y dibujan gritos o llantos. Reclaman mi atención y me piden que les escuche, que les ayude, que ponga voz a su angustia. Sus ojos son apenas unos borrones oscuros pero nunca dejan de mirarme.

Mientras, yo pienso en otra cosa; en paisajes, en vuelos o en el sonido limpio del mar. Pero ellos siguen, gritando, llorando, rompiéndose en trozos, sangrando sobre mi cara.

Son los rostros que habitan mi cabeza. Todo lo que pensé, lo que sentí. El guión de mi memoria, la triste canción que no canté.

Cuando termina el día, las líneas afiladas de mil rostros arrastran sus pasos largos sobre mi almohada, mientras le ponen voz a mi silencio.

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