Mi maestro siempre dijo que el silencio era mejor que las palabras y que los sueños brillan más que la verdad.
Yo, su alumno aventajado, escuchaba siempre muy atento. Me gustaba ese aura de serenidad y sabiduría que constantemente parecía desprender.
No hace mucho volví a verlo. Caminaba errático, maldecía su vida y lloraba desconsolado bajo la lluvia.
Hice como que no lo veía y seguí mi camino. Pero esa noche tuve ganas de llorar y salí a pasear descalzo bajo las nubes de tormenta.