Dios toca la guitarra. Y no es una guitarra cualquiera. Es una Gibson Les Paul de 1959 anaranjada con el golpeador crema, como la de Jimmy Page. Cuerdas de oro puro pulidas con polvo de Ángeles que deslumbran como el sol del más bello amanecer.
Técnica impecable, dominio absoluto de escalas y armonías además de un punteo y un ‘tapping’ endiabladamente rápidos, hacen de Dios el mejor guitarrista del Universo. Un virtuoso con mayúsculas. Ahí está, dando conciertos que son puro espectáculo, deleitando a las almas, empezando cada actuación con “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin como no podía ser de otra manera.
El Diablo toca el bajo. Su viejo Fender Jazz Bass de 1960 negro, con la madera cuarteada, el barniz desgastado, lleno de quemaduras de cigarrillo y cuerdas oxidadas. De su mástil cuelgan calaveras cuyos espíritus atormentados revolotean a su alrededor como sombras fantasmales cuando toca.
No destaca por su rapidez, en realidad es algo atropellado y desproporcionado en su sonido, pero hay algo tan diabólico en sus líneas y bases rítmicas, por no hablar de su poderoso ‘slap’, que enganchan al escucharle. Hacen que te olvides del mundo y te apetezca irte un rato al infierno a pesar del calor insoportable y los demonios que son bastante cabrones. Se dice que después de los conciertos el Diablo hace aquelarres y orgías, pero en realidad se retira a sus aposentos a fumar marihuana y beber whisky del bueno, mientras escucha a todo volumen “Highway to Hell” de AC/DC.
No hace mucho perdió su Fender.
Enloqueció.
Lo custodiaban las dos bestias más salvajes del infierno. El Diablo las castigó severamente y ya hay dos bestias menos en el averno. Después se tragó su orgullo y pidió ayuda a Dios. No es que se lleven especialmente mal, simplemente no tienen nada en común –la perfección de uno y el caos de otro no son compatibles–.
Desde entonces ambos lo buscan como viejos amigos, como buenos hermanos, por todo el universo, todas las dimensiones, recorriendo y peinando pasado y futuro.
Pero no lo encontrarán. Está muy bien escondido. No me fue fácil robarlo pero hasta las bestias más peligrosas tienen puntos débiles, sólo hay que saberlos encontrar.
Pero eso no es lo mejor de todo, también tengo la guitarra de Dios. La custodiaban los dos ángeles más sabios del cielo. Pero también ellos tienen debilidades.
El Fender del Diablo está muy caliente. Vibra. A veces puedes ver su imagen doble, o triple, como flashes moviéndose muy rápido. Las 4 cuerdas se han partido y las calaveras ya no dan ningún miedo, sólo lloran. Sus fantasmas golpean desesperados el cristal de la vitrina.
La Gibson de Dios ha perdido su brillo y parece una sombra enferma. Tiembla. Parece desgarrarse y a veces suena ronca como un bramido o aguda como un aullido. Veo las cuerdas deformarse como las raíces de un árbol y el mástil doblarse hasta casi romperse.
Son como animales enjaulados. Y ahora son míos.
La Gibson de Dios y el Fender del Diablo. Los instrumentos más poderosos desde el inicio de los tiempos, capaces de fascinar, extasiar y controlar a todas las almas del universo.
Como hacen ellos con sus religiones.