El rey blanco capturó el último de los peones negros justo después de coronar.
Tablas.
Magnus Carlsen y Judit Polgár se dieron la mano, el árbitro paró el cronómetro y los espectadores se marcharon satisfechos. No se hablaría de otra cosa en los próximos días. La partida había sido tan intensa y magnífica que pasaría a la historia en el mundo del ajedrez y se analizaría y enseñaría en todas las academias del mundo.
Cuando ya no quedó nadie en la sala, el silencio se hizo. El cronómetro de la partida se había parado en el último segundo. El tablero estaba vacío a excepción de los dos reyes, cada uno en una esquina, como los contrincantes de un combate de boxeo.
A lo primero ni siquiera se miraban. No se movían. Estáticos, pensaban en la batalla, en los errores cometidos –el rey blanco había pecado de soberbia, al rey negro le había faltado templanza–. El tablero con las 62 casillas restantes vacías se mostraba desolador. Sus respectivos ejércitos, desterrados fuera del campo de batalla, parecían avergonzados. No se atrevían a mirar a su rey.
El cronómetro seguía parado.
Pero los reyes se acercaron.
A lo primero sólo hablaban de la partida. De las estrategias, de los fallos y de los momentos clave que habían decidido el devenir de la batalla.
Acabaron haciéndose amigos.
Ahora hablan de la vida, de la historia. De filosofía, de arte. De ciencia, de religión. Se cuentan recuerdos, secretos. Ríen, lloran. A veces discuten. Pero comparten su sabiduría y disfrutan de la amistad que el otro le ofrece.
El resto de las piezas les miran desde fuera del tablero y no pueden creérselo.
Las damas se gritan y lanzan amenazas e improperios. Lloran despechadas, por su rey.
Las torres tratan de liderar lo que queda de los ejércitos. Pero nadie les hace el menor caso.
Los caballos, sin perder un ápice de majestuosidad y nobleza, saltan y galopan. Ahora son libres.
Los alfiles miran de reojo. Se diría que están tramando algo.
Y los peones pasan de todo. Esos van a su bola.
Los reyes duermen tranquilos ahora.
Buenas noches —se dijeron— mañana será otro día, mientras el cronómetro de la partida seguía parado, en el último segundo.