La misión

Todavía no sé por qué tengo esta enfermiza predilección por este lugar. En realidad no tiene nada de especial; es una carretera estrecha y sinuosa con un gran árbol al final de una curva y un pequeño terraplén. Algo más lejos hay un lago, creo, porque suena agua en movimiento pero nunca he ido a comprobarlo… No sé, no tengo la necesidad de hacerlo, es como si no me hiciera falta moverme de aquí. Lo único que sé –lo único que recuerdo– es que un día todo cambió y a partir de ese momento las reglas fueron totalmente distintas.

Veo gente pasar… y ellos también me ven a mí. A nadie dejo indiferente. Mi pelo enmarañado, mi piel verdosa, mis ojos blanquecinos y mis labios azules asustan. Yo prefiero no ver mi reflejo porque siento repulsión, así que comprendo las reacciones de todo aquel que pasa por delante de mí. Llevo colgado del cuello un crucifijo que sujeto con fuerza y voy vestida con una especie de túnica blanca y ensangrentada que me llega hasta los pies. Aunque no me hacen falta porque para moverme por aquí parece que voy flotando. Es extraño ¿verdad? Porque desde el día en el que todo cambió, no siento frío ni calor, ni agobio ni tranquilidad. Tampoco tengo deseo ni incertidumbre. No puedo hablar, ni reír, ni llorar, ni dormir, ni comer. Solo puedo estar aquí, sin poder salir de este escenario y mostrarme tal cual soy, con mi túnica y mi crucifijo.

Os seré sincera. Creo que fui elegida para una misión muy concreta y todos los días, sin excepción, la cumplo a rajatabla.
Esto es lo que hago, pedirle a la gente que marche tranquila, que disfrute del viaje porque no hay ninguna prisa. Que están vivos y atesoren esa condición. Que es cierta esa frase de que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Cuando el sol se pone es cuando yo salgo de mi escondite. Me pongo junto al árbol y me quedo quieta, aferrada a mi crucifijo. Nunca persigo a nadie ni interacciono de ninguna manera; mi simple presencia es suficiente para hacer mi labor y concienciar a la gente. Ellos piensan que quiero asustarles… pero eso no es cierto, yo solo quiero advertirles.

Cuando la oscuridad termina, yo también termino mi tarea, hasta el día siguiente. Y toca justo ahora.

La oscuridad acabó.
Se encienden las luces.
La directora de la casa del terror aparece con gesto sonriente.

—Enhorabuena a todos. Hoy ha sido un buen día, los clientes me han felicitado por vuestra gran actuación. Muchos han jurado no volver jamás, todavía seguían asustados. Gracias a todos por hacer de esta atracción la más terrorífica del país, con diferencia! Seguid así equipo! Y hasta mañana!—

Mis compañeros aplauden entusiasmados. La niña del exorcista, Frankenstein, Freddy Krueguer, la momia y demás personajes se quitan las máscaras y marchan hacia los vestuarios, sonriendo y charlando animadamente.

Yo no voy.
Yo me quedo.
No quiero ir a ninguna parte.
En realidad no puedo.

No sé por qué tengo esta predilección enfermiza por este sitio. Un decorado muy logrado de una carretera y un árbol dentro de una casa del terror. La mejor del país, por lo visto.
Tampoco sé por qué no puedo quitarme esta túnica, por qué voy flotando de un sitio a otro ni por qué cuando no hay nadie, soy incapaz de dejar de mirar por la ventana, hacia un montón de tierra removida, justo aquí al lado.

En realidad sí que lo sé… pero me niego a aceptarlo. Porque creo que estoy debajo de todo ese montón de tierra.
No recuerdo lo que pasó, ni quien me arrojó. Pero mientras trato de recordar, me aferro a mi crucifijo. Es lo único que tengo, lo único que me queda. Y por eso lo muestro a todos los que pasan por delante de mí, asustados, huyendo y con cara de horror. Porque mi único deseo es que alguien ponga una cruz en la cabecera de mi tumba, con mi nombre, en mi honor.

Por favor.

Deja un comentario