La gata sobre el tejado

Mi película favorita es La gata sobre el tejado de zinc. Para escenificarla, cuando acaba el día salgo por la ventana abierta y voy al tejado donde maúllo 3 veces a la luna. Ese simple ritual me relaja y me ayuda a concentrarme para pensar en los arcanos. 

Pero no nos vayamos del tema.

Es un poco intensa, pero es buena gente. Mi humana, digo. A mí me cuida bien y me quiere mucho. Normal, soy la gata negra más guapa con el pelo más fino y brillante que hayas visto nunca. Si tuvieras la oportunidad de acariciarme quedarías prendado del tacto sedoso de mi pelaje.

Por eso, cuando la tarotista echa las cartas a los clientes, éstos me miran con envidia mientras observo las cartas que quedan sobre la mesa. Llevo años haciéndolo y yo solita he aprendido mucho. De hecho, si los humanos entendieran mi lenguaje y si tuviera la destreza suficiente para barajar y echar las cartas con mis patitas, yo misma podría atender a los clientes. Pero, además de no poder barajar,  prefiero observar tranquila mientras la adivina resuelve los dilemas de la gente. A la luz de una vela blanca, mis ojos grandes parecen encenderse cuando ella habla y son la ambientación perfecta para sus sabias palabras. Normal que la sala de espera siempre esté llena de gente ansiosa por conocer su futuro. 

Pero una gran parte del éxito que mi humana tiene, sin saberlo, me lo debe a mí. Porque en todos estos años he aprendido que a la hora de encarar los problemas, es mucho más importante la actitud con la que te enfrentas a ellos que el problema en sí mismo. Y la gente se asusta demasiado cuando ve según qué cartas, porque unos malos presagios pueden hundirte, paralizarte o hacer que tomes malas decisiones. El miedo, amigo, es un mal compañero de viaje. He visto a mucha gente incapaz de levantar cabeza tras una predicción negativa. En cambio, una actitud optimista puede resolver gran parte de las cosas malas que antes o después te ocurrirán. Por eso intervine, para que la gente se enfrentara a sus preocupaciones desde una posición ventajosa. 

Ahora mismo, el cliente le ha explicado a la tarotista sus dudas existenciales y me mira de reojo. Mi mirada habla de serenidad y sabiduría, la suya de miedo e incertidumbre. En un momento dado, mi sombra proyectada en la pared se congela y el tiempo parece detenerse. La consejera, con las cartas sobre la mesa hace 3 inspiraciones profundas y comienza a hablar con voz suave pero firme.

—Tus dudas son legítimas. Estás entre mundos: uno que se derrumba y otro que nace. No le encuentras sentido a nada, pero escúchame bien:

“El Loco” te dice que no necesitas todas las respuestas para empezar a caminar. El primer paso es siempre incierto, pero es necesario.

“La Luna” te advierte: no creas todo lo que te dicen tus miedos. Ellos susurran, pero no son la verdad. Estás atravesando un bosque de espejos, y aún no has visto quién eres realmente.

Pero “El Sol”  brilla para ti. Es la carta de la revelación y la calma después de la tormenta. Pronto llegará el día en que todo lo que hoy te inquieta tendrá sentido. Verás que este caos era necesario para que naciera en ti una nueva claridad.

Mi consejo es este: no huyas de tus preguntas, pero tampoco las conviertas en cadenas. Vive y experimenta, aunque a veces haya que tropezar. La vida no está hecha para entenderla del todo sino para sentirla. Y el sentido no se encuentra, se construye. Tú  estás construyendo el tuyo, aunque no lo veas aún.

Confía en tus decisiones. Estás más cerca de ti mismo de lo que crees. Sigue caminando y siéntete libre—.

Mi sombra en la pared vuelve a oscilar como la llama nerviosa de la vela. El cliente y yo nos volvemos a mirar, pero ya no lo hace de reojo. Me mira de frente, sin miedo, con la cabeza alta. Puedo ver en su mirada confianza y fortaleza. Le hago un gesto afirmativo con la cabeza y en ese instante vuelve a dirigirse a la tarotista para deshacerse en agradecimientos. Cuando sale por la puerta, lo hace sonriendo y con energía renovada.

Es el último cliente de la tarde. Hace rato que cayó la noche y mi humana está cansada. Han sido muchas las personas a las que hoy hemos ayudado. 

Recoge las cartas despacio, con solemnidad, como si estuviera haciendo algo verdaderamente importante. Con gesto sereno, se encomienda a los arcanos y con cuidado introduce la baraja en una caja de madera. Lleva tiempo haciendo el mismo ritual sin percatarse de un importante detalle: faltan 3 cartas en el mazo. Las peores, las 3 cartas malditas que vaticinan desgracias y ofensas. “El ahorcado”, “las torres caídas”, y “la muerte”. Yo misma las saqué de la baraja después de abrir la caja –sí, con mis patitas– una noche de luna llena, que es cuando se hacen las cosas importantes de la vida.

Con las 3 cartas en la boca subí al tejado y las escondí bajo una teja que estaba un poco suelta. Ahí siguen todavía, a merced de los elementos, pero protegidas por la teja. 

Desde ese día –desde esa noche, mejor dicho– las predicciones de la tarotista son profundas y sabias pero no trágicas. Los clientes pierden el miedo al futuro y salen de la consulta con un optimismo que nunca antes habían sentido. El boca a boca funciona muy bien en este mundillo y desde entonces hay lista de espera para que la adivina  les atienda.

Como todas las noches, subo al tejado para comprobar si las 3 cartas siguen en su sitio. Luego miro a la luna y pienso en los arcanos. Por último, maúllo 3 veces, una vez por cada carta escondida. 

Sólo después de hacer mi ritual, vuelvo satisfecha a mi casa, a hacerle compañía a mi humana, que me espera despierta.

Y una noche más, mientras la lluvia fresca forma un velo brillante para la luna más llena y hermosa que puede adornar un cielo oscuro, dormimos las dos.

Profundamente.

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