La eternidad. Según Bunbury

Relato de ficción sobre música y eternidad.
No es más que un homenaje personal al universo creativo y musical de Enrique Bunbury, escrito desde el respeto y la admiración.

11 de Agosto de 2047

Enrique Bunbury fallece el día de su 80 cumpleaños. La Tierra, soberbia y estúpida, sigue girando como si nada hubiese ocurrido, pero es un día negro para la música. Miles de seguidores en todo el mundo sienten profundamente esta pérdida irreparable. Los titulares no dicen otra cosa y, aunque empeñados en proponer (o inventar, incluso) la causa de la muerte como si eso fuese lo más importante, todos los medios sin excepción resumen su vida y su obra en líneas o imágenes.

En la sala Mozart del auditorio de Zaragoza, la gente hace cola para pasar frente a su féretro y despedirse de él.
Él mismo quiso que en su epitafio rezara la inscripción “Espesa será mi muerte entre flores, gusanos y falsos lamentos hipócritas.”

* * * * *

Una niebla blanca caía de la nada y se quedaba flotando, cubriendo el suelo a pocos centímetros. Era el humo frío con el que Dios, si existiese, modelaría las almas antes de dotarlas de vida.

Bunbury apareció entre la niebla, confundido. Había una luz difusa que acariciaba el ambiente, sin que pareciera provenir de ninguna parte.
Entre la claridad destacaba su sombrero de ala ancha y curvada, su pelo rizado, las gafas negras, la ropa de cuero y las botas de color café.

A sus pies, unas escaleras subían hacia una puerta doble. Eran de mármol blanco con vetas grises que parecían dibujar enormes claves de sol, corcheas o líneas de pentagramas. Mientras subía despacio, observó las caprichosas formas que parecían cambiar, transformándose unas en otras y rozó sus dedos calientes contra la fría piedra de la barandilla. Sintió su pulso. Estaba viva.
Sonaba una música cuya naturaleza no lograba descifrar. ¿Era blues? ¿Jazz? ¿Soul? ¿Flamenco? ¿Un rock clásico? ¿Una voz desgarrada y profunda? ¿Cómo era posible que a pesar de sonar todo a la vez, se distinguiese perfectamente cada nota, cada silencio y cada palabra? Era como si cada melodía, en lugar de pertenecer a épocas y estilos diferentes, se complementasen y formasen parte de un todo que sucedía a la vez y que, además de sonar con precisión, incluso se podía ver y palpar.

Todo allí era perfecto en su sencillez y elegancia. Sin razón de ser ni de estar, como obedeciendo al azar pero a la vez con plena conciencia y justificación.
Todo esto pensó Bunbury cuando llegó al final de la escalera. —Tengo que hacer una canción de este lugar—, se dijo con su inconfundible cadencia.

La puerta doble se abrió –quizá desapareció– entre brumas y espirales. Bunbury, decidido, arrogante, provocador… y también melancólico, la cruzó.

No era una sala ni tampoco un lugar abierto. Era una especie de lienzo inmenso que ocupaba varias dimensiones. Cada paso, cada pensamiento, cada respiración dibujaba en el lienzo un trazo de luz, una nube de color, un reflejo de sueños. Los pensamientos se transformaban en arpegios de guitarra que caían como lluvia suave en un mar de estrellas. El tiempo allí no existía; o más bien no tenía ningún sentido.

Bunbury, abrumado, comprendió dónde estaba.
Primero lloró. El lienzo se tiñó de color aguamarina.
Después asumió su muerte con entereza.

—Bienvenido Enrique. Te estábamos esperando.

La voz sonó en su cabeza y se escribió en el lienzo. Una puerta se dibujó también. Después pareció abrirse.

Tras ella, Elvis Presley, Freddie Mercury, Paco de Lucía, Amy Winehouse y Aretha Franklin estaban esperándole sonrientes. Allí no había disputas ni egos; sólo admiración mutua.

—Ven con nosotros, vamos a hacer algo grande hoy.

Paco acaricia las cuerdas, Elvis ajusta el ritmo, Freddie busca el perfecto acorde en el piano, y las divas preparan el cielo para su voz.

…y en la sala Mozart del auditorio de Zaragoza, donde estaba el féretro de Bunbury, sin que nadie supiera de dónde provenía, sin cables ni altavoces, sonó la canción más bella, más profunda y más desgarradora jamás escuchada. El testamento sonoro que nunca antes el talento de unos genios de la música pudo haber creado.

* * * * *

Bunbury despierta. Se encuentra cansado, como si hubiera cargado con el mármol de la escalera de su sueño. Perturbado, se siente triste y contento a la vez.

—Muchas felicidades Enrique. Feliz 80 cumpleaños—, le dice su mujer, sonriente. —¿Qué te ocurre?, tienes mala cara.

Bunbury se echa la mano al lado izquierdo del pecho y masajea el dolor que le sube por el cuello. Sonríe con una paz que asusta.

—No me encuentro bien—, contesta, mientras siente que el humo frío de su sueño empieza a entrar por la ventana.

FIN

(Relato de ficción sobre música y eternidad).

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