31 de diciembre, 23:57
La canción de Mecano “Un año más” suena todavía en muchos sitios a pesar de tener casi 40 años. También lo hace en el equipo HI-FI del salón de Lía Marceaux. Las agujas de su enorme carrillón están casi en la vertical y su péndulo brillante oscila a tempo de adagio.
Lía, conocida también como la sombra de ébano por el color negro de su pelo –y esas oscuras vetas marrones–, sonríe satisfecha mientras sostiene una copa de cava del bueno. Es la ladrona de guante blanco más rápida y eficaz que puedas contratar. También es la más cara: nunca falla un trabajo. Así lo demuestra el botín que robó en el Louvre hace unos meses y que guarda celosamente. Aunque en esta ocasión nadie la ha contratado, todo ha sido por idea y ejecución propia.
Kira, su fiel dóberman de color negro azabache y ojos penetrantes, en sus últimos minutos del año duerme tranquila, ajena a todo lo que va a suceder.
Lía mira la caja de metal de color negro que tiene en mitad de la mesa desde hace unas horas. Es del tamaño de una caja de zapatos y lleva un cristal en la parte superior que cubre unas bobinas y circuitos electrónicos. Lleva una placa grabada con la inscripción “UTC Greenwich” y si escuchas bien, la caja emite un ligero zumbido que parece aumentar conforme se acerca la medianoche. Para Lía, que tiene un oído finísimo, el zumbido ya empieza a resultarle molesto. Pero no le importa. Ni tampoco lo que ha tenido que pasar para robarla. Sangre, sudor –Lía nunca llora– y estar a punto de ser capturada, además de un gran apagón continental: desconectarla de la corriente no fue precisamente sencillo. Pero a pesar de todo, cada vez que mira la caja asoma una sonrisa maliciosa en su rostro.
Mientras, la gente ya lleva rato de juerga y espera impaciente la llegada del año nuevo. Las televisiones de todo el mundo emiten en riguroso directo, los presentadores ataviados con oscuros trajes y vestidos de fiesta.
Cuando faltan unos pocos segundos para las 0:00, la caja empieza a vibrar y Lía le da un pequeño sorbo a su copa de cava, mientras el carillón del salón, ahora sí, junta sus agujas en lo alto de la esfera dorada.
Todo el mundo se calla, aguardando las campanadas con la primera de las uvas en la mano. A decir verdad, a Lía siempre le ha parecido una ordinariez lo de las uvas: contradice un momento tan especial y elegante.
Después de los cuartos y apenas suena la primera campanada la gente, sin ningún glamour, ya se ha lanzado a comer las uvas atropelladamente. En la segunda, tercera y cuarta campanada, terminar las uvas a tiempo sigue pareciendo una tarea muy factible. Cuando suenan la quinta y la sexta, pocos son los que realmente han sido capaces de echarse a la boca seis uvas y masticarlas con cierta dignidad mientras que en la séptima y octava campanada, la mayoría se da cuenta de que no lo va a lograr.
Pero al llegar la novena campanada…
El tiempo parece estirarse primero. Se para después:
La novena campanada no llega a sonar nunca.
La caja que Lía robó se ilumina por dentro y además del zumbido y la vibración, emite un sonido digitalizado que recuerda al de una campanada que queda sonando indefinidamente.
El tiempo queda detenido en los primeros segundos de enero.
La gente estática mantiene el gesto de alegría y celebración. La boca llena, una uva en la mano y tres más que se quedaron en el plato.
La calma y el silencio del mundo es abrumador. Todo está congelado: el vuelo de los pájaros, la caída de la lluvia, el viento frío de diciembre… Es bello y horrible al mismo tiempo.
Lía apura su copa de cava y Kira sigue durmiendo ajena a lo que ha pasado. La canción de Mecano sigue sonando en la casa. Es el único lugar del mundo en el que puede suceder algo.
Mientras Ana Torroja canta la famosa estrofa sobre el reloj de antaño y la cuenta atrás, Lía alza la caja y con todas sus fuerzas la estrella contra el suelo. El alma del tiempo se fragmenta en mil pequeños pedazos que se esparcen. Kira despierta, asustada.
Y el péndulo dorado del carillón, oscilando despacio, acompasa a los dos únicos corazones del mundo que pueden latir.