Mi sonrisa favorita es la que solía dibujar en un papel. Finita, redonda. Perfecta.
La que ahora me devuelve el espejo tiene colmillos y me asusta.
No encuentro la cruz ni la estaca. Solo este cuello mío, tan inútil como escudo.
Qué iluso. Pensé que hoy contaría las estrellas. En cambio, cuento los segundos que faltan para que salten a devorarme.
Cierro los ojos y espero el final.
—Feliz Halloween, cielo!
Lo pronuncia mal, por la incomodidad de los colmillos de plástico y mi mujer me da un sonoro beso en el cuello. Me deja una marca de carmín.
—Voy a asustar a la niña, ya verás qué divertido—dice, y se va despacio a su encuentro.
Yo sonrío porque he tenido suerte. Ella no se ha fijado en los dos puntos de sangre que tengo en el otro lado del cuello. Los del mordisco de una vampira de verdad.