Después

Las horas lentas empujaron
hasta arrinconarme.

No tuve otra salida,
no quedó más opción.

Regresé a aquel lugar
donde dice Sabina
que no hay que volver:

al lugar donde has sido feliz.

Pero allí solo quedaba
el reflejo de una sombra
en la pared.

Y el lento vaivén
de un péndulo
olvidado.

Me lo llevé todo:
ramas, ruinas
y tesoros.

La sombra la dejé
a la luz de la mañana.

El péndulo, a merced
de las mareas.

Y libre por fin, seguí
con una certeza tranquila.

Sin miedo,
tiempo
ni tesoros.