Héroes del Silencio tuvieron la culpa. Más concretamente, el maestro Juan Valdivia y su peculiar acorde menor armónico. Con esa séptima que no debería estar ahí, y sin embargo lo explica todo.
Cuando lo oí por primera vez, algo en mí terminó de encajar. Fue una revelación luminosa, una grieta de color. Aquel sonido entró por los oídos pero acabó en otro sitio: en ese lugar que reservas para algo especial y solo es ocupado una vez en la vida por una persona, una imagen, o en este caso, un arpegio limpio y sostenido.
Desde entonces, cada vez que vuelve a sonar —o lo vuelvo a recordar— me atraviesa con la misma precisión. Porque ese acorde me había elegido a mí, igual que el destino elige a los distraídos: sin avisar, sin pedir permiso y sin dejar opción a mirar hacia otro lado. Como si hubiera estado esperando el momento exacto para decirme:
“Mira bien. Esto eres tú cuando nadie te mira”.