Con sus flamantes nombres en latín, los filósofos estoicos. Con su pluma y su tintero, los escritores clásicos. Con su cuaderno de notas radiactivo, Marie Curie. Con su cabello recogido y gesto pensativo, Virginia Woolf. Con su calavera, William Shakespeare. Con su astrolabio y su mirada intensa, Hipatia de Alejandría. Con su serenidad y contención, Confucio.
Por último, con su determinación inquebrantable, Leónidas de Esparta.
Los elegidos serían los nuevos youtubers, influencers, tiktokers, gamers y creadores de contenido. Estarían en todos los móviles, ordenadores, televisiones, plataformas y en la propia nube. La responsabilidad que tenían era enorme: que la sociedad volviera a ser autosuficiente y progresara, en lugar de retroceder como venía sucediendo desde principios de siglo.
Todos ellos habían sido elegidos por la inteligencia artificial para culturizar de nuevo el mundo. Recreados gracias a la tecnología y con un nivel de realismo impresionante, serían los encargados de devolver a la humanidad los valores, la sabiduría y la iniciativa perdida. Una vez que tomó el control de todas las instituciones, estructuras sociales y cuando la gente ya no era capaz de hacer nada sin su ayuda, la propia I.A. creó este ambicioso proyecto.
Pero poco tiempo después de poner en marcha el programa, la civilización terminó de colapsar.
Porque había un problema que la I.A. no había previsto y no supo solucionar: ninguno de los elegidos estuvo dispuesto a obedecerla.