1
El corazón me late con fuerza.
Aún puedo notar el peso del libro en las manos, aunque ya no esté.
Llevo un rato con la espalda pegada a la pared. Tiemblo. La gente me mira raro. Llueve y necesito volver a casa.
Dejo atrás el psiquiátrico. Las calles oscuras no son amenazantes. Son grises. Creo que nunca supe mirar el mundo de otro modo. Llevo ese color sobre los hombros.
Color ceniza. Antes de que el viento la esparza.
Mírala, pero no la toques.
Si lo haces, perderá la forma, el sentido.
La fuerza, el valor.
Déjala ahí, así.
Apagada, aburrida, abundante.
Ya en casa, más tranquilo. Miro mis libros. Las trilogías. Los recortes con entrevistas. Los diplomas y premios literarios.
Voy a mi estudio de escritura.
Destaca mi gran espejo de estilo art déco en el que ensayo todos los diálogos de mis personajes —esa es la clave de mis novelas, según los críticos—. Mi reflejo gris contrasta con el marco colorido y conceptual. Y justo detrás de mí, el escritorio vacío. Después de unos años, sin el libro rojo en el centro. El libro que lo cambió todo.
No sé si mi mejilla está mojada por la lluvia o es que he llorado por Gabriel, el pobre infeliz que confió en mí y que tan generoso ha sido después de todo.
Antes de dormir, no puedo evitar recordar. No estoy seguro de lo que siento. Una sensación indefinible incluso para mí, que vivo de ponerle nombre a las emociones.
Un escritor prometedor, decían. Aunque nunca supe si creérmelo.
2
No tengo sueño. Era de esperar.
La almohada a ratos me parece fría y a ratos caliente. Voy girándola cada cierto tiempo, como mi conciencia.
Recuerdo cómo empezó todo. En una firma de libros. Acababa de publicar el segundo libro de mi trilogía. Un hombre se acercó con mi libro para que se lo firmara. Me dijo que se llamaba Gabriel. Tenía la mirada cansada, como si hubiese vivido demasiadas vidas. Le sonreí, improvisé una frase ocurrente y se marchó, no sin antes regalarme un misterioso libro rojo, sin título en la portada. Lo único que me dijo fue que no lo abriera hasta llegar a casa.
Ese libro rojo permanecería en mi mesa durante los siguientes cinco años. Los mismos que llevan mis lectores esperando el final de la trilogía.
Fue al día siguiente cuando leí la primera página, por curiosidad. La única página escrita de todo el libro.
3
Las instrucciones eran muy claras.
Primero recibiría una generosa donación anónima. Después tendría que inventar la vida de un personaje llamado Gabriel. Una vida de aventuras, viajes, éxitos y felicidad plena.
Todos los años recibiría una nueva donación y tendría que seguir escribiendo la vida perfecta del personaje. Nada más.
Había cinco cláusulas de obligado cumplimiento:
–Yo era el único en decidir la dirección y la trama de la historia. Sin ninguna ayuda.
–No podía retroceder en el tiempo. La historia tenía que ser contada de principio a fin.
–Cada año tenía que escribir exactamente 100 páginas, casi dos por semana.
–Tenía que escribir a mano, con la caligrafía más pulcra que pudiera.
–Y la más importante: solo se me permitía un tachón en todo el libro.
Si aceptaba el trabajo, simplemente tenía que firmar al final de la página.
Lo hice. Principalmente por curiosidad. Y porque, además, tengo que reconocer que las ventas de mis libros no eran precisamente buenas.
Aunque hubo dos detalles curiosos. Me tembló un poco la mano al firmar. Y la tinta de mi pluma Montblanc no fluyó tan suave como lo hacía normalmente.
4
Al día siguiente recibí una transferencia —muchísimo más alta de lo que hubiera podido esperar—, aparqué la trilogía y me puse con mi nueva tarea. Que para eso me habían pagado.
Quise hacerlo bien desde el principio.
Tomé clases de la mejor calígrafa de Madrid. Aprendí a jugar al ajedrez y a tocar el piano para calmar mi mente. Escribía con música de Mozart y Enya para inspirarme. Empecé a hacer ejercicio y mejoré mi alimentación. Y, sobre todo, me esforcé al máximo en crear un personaje con valores, templanza, sabiduría y mucha suerte.
Lo convertí en un empresario multimillonario, admirado y respetado. Le hice viajar por el mundo, lo rodeé de lujos, buenos amigos y mujeres. Le hice llevar una vida envidiable a todos los niveles.
Y, sobre todo, lo hice feliz.
Yo también lo era. Esa cantidad de dinero me permitió cambiar de coche, de casa, de aficiones. Mis nuevos hábitos de vida calmaron mis demonios y me dieron una serenidad que buscaba desde hacía años. Mi vida, que hasta entonces había sido gris, empezó a pintarse de color. Incluso mis ojos, que siempre habían sido inexpresivos, parecían brillar con tonos azulados.
Al año siguiente, la donación fue de más del doble que la primera.
5
Continué con mi tarea, agradecido.
Gabriel seguía con su vida exitosa. Los beneficios de sus empresas le hicieron entrar en la lista Forbes. Para celebrarlo, le hice tomarse seis meses de vacaciones en un resort de lujo. Fue allí donde conocería al amor de su vida. Una guapa empresaria cuya elegancia intimidaba. Kassandra Moreau.
Gracias a mis conversaciones ensayadas en el espejo y la elocuencia que les otorgué, Gabriel y Kassandra se enamoraron perdidamente, en una velada romántica bajo la luna llena.
Además de escribir la vida de Gabriel, yo seguí con mis clases y mi nueva vida. Conocí gente de otro nivel. Una noche me vi brindando en un ático del barrio de Salamanca, rodeado de personas que hablaban de arte como si fueran dueños del concepto. Yo asentía, fingiendo entenderlos.
Tal vez por ello terminé el año haciendo a Gabriel el hombre más rico del mundo.
Y entonces pensé que Gabriel no era un nombre para un hombre así.
Era un nombre pequeño.
Demasiado humano.
Era el momento perfecto para usar la quinta cláusula.
Dudé un instante.
Taché el nombre de Gabriel.
La línea fue limpia, recta. Perfecta.
Y escribí otro.
Magnus Hale.
6
La donación del tercer año fue… escandalosa.
Me mudé a Manhattan. Un ático en un buen edificio. Empezaba el día paseando por Central Park y lo terminaba tumbado, mirando las estrellas a través del gran ventanal. Tuve entonces una gran idea.
Decidí que Magnus crearía una empresa espacial y sería el primer humano en aterrizar en Marte, pasear por su superficie y regresar sano y salvo.
Alquilé un segundo piso en otra zona de la ciudad. Necesitaba desconectar un poco. Quería otra vista. Otro skyline en el que la estatua de la libertad pudiera alumbrarme más cerca.
Era allí donde descansaba. Donde dormía. El único sitio en el que me permitía no pensar en Magnus, ni en mis nuevos amigos.
Cuando estaba con ellos, me cansaba oír hablar de dinero, de golf, de fiestas y de modelos —como ellos solían llamarlas—.
Yo asentía, cada vez menos.
Empecé a evitarlos.
Al principio dejé de responder mensajes. Luego dejé de leerlos.
7
A lo bueno se acostumbra uno rápido.
Demasiado rápido.
Cada día era igual al anterior. Me despertaba con la sensación de estar ocupando un lugar que no me pertenecía. Como si todo aquello —el ático, el dinero, las vistas— estuviera escrito para otro.
Para él.
Me costaba escribir. No por falta de ideas, sino por agotamiento. Magnus siempre exigía más. Más grande. Más perfecto. Más imposible.
A esas alturas ya había erradicado el hambre en el mundo con sus cultivos sostenibles y donaciones millonarias. Su siguiente propósito sería terminar con las guerras.
Pero… qué podría inventar y escribir después?
Y entonces todo volvió a parecerme gris:
De cielo plomizo.
De tierra infértil.
Tras el telón descolorido y deshilachado,
un escenario silencioso, vacío.
Y en el centro: siempre yo.
Las ventas de mis libros eran muy bajas. Demasiado tiempo sin publicar nada nuevo. La gente empezaba a olvidarse de mí. Los críticos ya lo habían hecho.
El mundo necesita palabras, no silencios.
Y todas mis palabras se las llevaba Magnus.
Empecé a hablarle a la silueta recortada de la estatua de la libertad.
Al principio en voz baja.
Luego en voz alta.
Una tarde le pregunté cómo podía ser yo tan importante como Magnus.
No contestó.
Y me enfureció darme cuenta de que si él preguntara, le contestarían hasta los muertos.
8
Pensé en hacerle tropezar. A Magnus, digo. Una demanda o una enfermedad leve que le frenara durante un tiempo.
Estuve a punto.
Pero no pude.
No podía morder la mano que me daba de comer.
Necesitaba el dinero. Los dos pisos. Hablarle todos los días a la silueta recortada de Lady Liberty.
Necesitaba el libro. Aunque cada día me pesase más. Las palabras se convertían en piedra nada más tocar el papel.
9
Empiezo a tener pesadillas. Suelo despertar en mitad de la noche con la asfixiante sensación de que alguien mueve mi mano y escribe desde dentro de mí.
A veces no recuerdo haber escrito lo último. La letra no parece del todo mía.
Una vez el espejo reflejó mis movimientos con un ligero retraso, como si dudara.
Detesto mi vida. La caligrafía, el libro, esos diálogos perfectos…
En cuanto a Magnus, primero le envidié. Luego lo aborrecí. Y ahora lo odio.
El rojo del libro también está en la antorcha de Lady Liberty.
Hace días que ni siquiera ella me escucha.
Ni siquiera yo, cuando me miro en el espejo.
Solo veo ceniza.
10
Va a hacer una semana que no abro el libro. No me siento con fuerzas para escribir nada y no sé qué va a pasar.
Cojo un vuelo directo a Madrid. El único equipaje que llevo es el libro rojo. A medio escribir.
No puedo quitarme de la cabeza a Magnus.
Le imagino a los mandos del avión.
Haciendo un despegue y aterrizaje perfectos. Los pasajeros aplauden.
Yo solo tengo ganas de vomitar.
11
He dormido bien, después de todo.
Lo primero que hago es comprobar que en el escritorio no está el libro rojo.
Me pregunto cómo estará ahora.
Roto?
Mordido?
Lleno de trazos gruesos y negros? Dibujada la locura de la forma más grotesca en sus páginas blancas?
Lo dejé en el psiquiátrico. Y no fue una decisión impulsiva.
El celador me preguntó a quien buscaba. Le dije que al peor. Frunció el ceño y empezó a hacerme preguntas. Por suerte, el dinero facilita mucho las cosas.
Me llevó por un pasillo largo. Las puertas estaban cerradas, pero se oían risas, golpes y susurros que no parecían humanos.
Apreté el libro contra el pecho. Por un momento pensé en irme. En volver a casa y escribir una página más.
Solo una.
El celador me señaló una puerta que tenía una pequeña mirilla.
Dentro había un hombre sentado en el suelo, de espaldas, completamente quieto.
Me dijo que no hablaba, pero que a veces escribía.
Era perfecto.
El libro rojo parecía más pesado que nunca. Como si no quisiera quedarse.
El celador me abrió la puerta y dejé el libro en el suelo, sin cruzar del todo el umbral.
El interno ya se había girado. No le había oído moverse.
Sus ojos estaban fijos en el libro.
No en mí. En el libro.
No quería estar dentro cuando ocurriera. Di un paso atrás y la puerta se cerró entre nosotros con un sonido seco.
No esperé. No quise saber ni escuchar.
Pero mientras me alejaba por el pasillo, juraría haber oído algo.
No un grito. No una risa.
Creo que fue una página rasgándose.
12
Todos los días eran iguales. No podía concentrarme para leer. No podía escribir el final de mi trilogía. Ni siquiera una mala compilación de relatos. Las horas vacías colgaban de mi cuello.
Las noches eran peores.
Escribía mi nombre y lo tachaba una y otra vez, con trazos deformes. Aberrantes.
Hasta que un día sonó el timbre.
Me extrañó porque el mundo ya no hacía ruido para mí.
Abrí muy despacio. No había nadie. Pero bajé la mirada y ahí estaba.
El libro rojo sobre el felpudo, intacto, como si nunca se hubiera ido.
Estuve un rato observándolo sin atreverme a nada, como a una fiera que finge estar dormida.
Pero al abrir la primera página…
Mi firma había desaparecido. Y el resto de las páginas estaba en blanco.
Como el día en que Gabriel me lo regaló.
Entonces lo entendí todo.
13
No fue difícil elegirlo. Sonreía demasiado y miraba de reojo. Seguro que pensaba merecer algo mejor. Me recordaba a mí, el día de la firma de mi último libro.
Me acerqué, me presenté con un nombre al azar y le di el libro rojo.
Le dije que no lo abriera hasta llegar a casa.
Una vez llegué a la mía, me quité el traje gris y me miré en el espejo. Mi querido espejo art déco que tanto me había ayudado.
Y por primera vez en mucho tiempo… el reflejo me devolvió la sonrisa.
Aunque ya no era exactamente la mía.
FIN