Había tenido el cuidado de precisar la edad. Ese fue el detalle: sabía que no podía mentir.
Estaba segura de que me encontraría, como ya lo hizo una vez —sentí palpitar las marcas de mi cuello—, pero nunca imaginé que sería por Tinder. ¿Cómo había conseguido hacerse una foto?
Cuando me dijo que tenía casi 600 años, no me quedó ninguna duda y le propuse una cita. Aceptó, por supuesto. Eligió una cafetería abierta 24 horas. A las 3 de la mañana, por razones evidentes.
Llegué un rato antes. No quería que me sorprendiera por la espalda esta vez.
Le pedí un té rojo al camarero. Corto de agua y muy cargado —que parezca sangre— estuve a punto de decirle.
Él llegó unos minutos después.
Caminó despacio hasta mi mesa y se sentó enfrente de mí, con una elegancia que parecía ensayada durante siglos.
—Disculpa mi tardanza. Tenía que asegurarme de que no trajeras ajos ni estaca—.
—Por favor, que eso ya no se lleva… ¿Tan moderno para unas cosas y tan clásico para otras?— Todavía no sé de dónde saqué el valor para decirlo.
Puso su mano helada sobre la mía y me estremecí. Supe en ese momento que la noche iba a complicarse.
—Me alegro de que hayas acudido a la cita. Esta vez quiero hacer las cosas bien —me miró fijamente dejando la frase suspendida en el escaso espacio que había entre nosotros.
—¿Qué quieres decir con… bien?— No pude evitar que me temblara la voz.
—Quiero decir que esta vez no te morderé sin tu permiso—.
Y sonrió mientras insinuaba el nacimiento de sus colmillos afilados.
La taza de té me tembló en las manos y mi corazón dio un salto que no tenía nada que ver con el miedo.
Él lo escuchó. Lo supe porque sus ojos se oscurecieron un instante, como si ese latido hubiera sido mi propuesta de brindis.
Y pensé que, para ser una cita de Tinder, aquello estaba yendo bastante bien.