—Date prisa, va a empezar la película.
—¿Que película?
—La que estoy viendo en mi cabeza.
—¿Estás llorando?
—No es eso. Es que la acabo de ver, sin parpadear.
—¿Quieres palomitas?
—Dame solo una. Y enciende la luz. Hasta que deslumbre.
—¿Porque te tiembla la voz?
—Tengo frío.
—Dame las manos y te las caliento.
—No hace falta.
—Claro que hace falta. Estás helado.
—No es el frío. Es la película.
—¿La que sigue viendo tu cabeza?
—La misma. Y ya sé cómo termina.
—Como…
—Contigo saliendo del cine, antes de que empiece.
—Pero estoy aquí.
—No. Tú ya te has ido. Y hace mucho rato.
—Aún hay tiempo. Quedan las escenas post-créditos. Voy a apagar la luz para verlas bien.
—No. Sube la intensidad… hasta que te vuelvas blanca y desaparezcas de verdad. Quiero ver la película otra vez. Yo solo.
Y así fue como la película terminó.
Y yo por fin, pude volver a parpadear.