El pulso de mi memoria 

Hablé sólo una vez y después silencié sus palabras. Serían las últimas.

Había aprendido a olvidar. Y a no imaginar…

El pulso de mi memoria latió un tiempo más. Cerré los ojos para que el dolor pasase por mi lado sin arañarme demasiado.

Funcionó…

Olvidé mi cielo plomizo, las nubes negras, su vuelo blanco y majestuoso.
Supe que mis latidos era sólo golpes sordos en una puerta cerrada.

También los olvidé…

Abrí las ventanas y huyeron las mariposas, las que nunca se posarían en mi mano.
Todas escaparon…

Construí una laguna con lágrimas y sal. Me abandoné a su calma artificial.

Sólo después de llorar, acabé flotando…
Y de repente… Recordé:

Los dos corazones, las mil razones.
Por qué mis sueños se enredaban cada noche con su pelo.
Cómo sus palabras eran mi regalo.

Por qué acabe acompasando mi respiración con su aliento, haciendo de su luna llena mi cuarto menguante eterno.

Vuelvo a sentir las alas de un ángel volando muy lejos:
Abrazos al aire, estrellas fugaces.

Sus labios cerrados, trenzando de nuevo, presente y pasado.

Su boca sangrante morderá mi alma y los trozos desprendidos serán nieve candente que arrojaré al lago, en su enésima tempestad.

Ése lago que nunca volverá a quedar en calma, mientras sus pasos continúen resonando…

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