4 esquinitas tiene mi alma

Y también un angelito que cayó del cielo, mientras miraba las Perseidas.

Lo atrapé al vuelo, pobrecito mío. Casi se me estrella contra el suelo. Sus alas blancas eran demasiado pequeñas.

Desde entonces me sigue a todas partes.
Observa todo lo que hago.
Se desespera.
Luego reza.
Dice que le doy pena.

Yo me invento cuentos para que se duerma. Piensa que tengo voz de poeta, pero me falta cadencia.

Cuando quiero fastidiarlo, le hablo del infierno.
Me da consejos, muy serio.
Yo sonrío y me lo llevo de paseo.

Al parque, al cine.
De tiendas.
Al museo.

Le muestro todo lo que sé. Le regalo todo lo que tengo.
Aprende rápido.

Con los años, terminó conociendo de sobra la ciudad.
Las sombras de la noche y las luces de neón.
Las miserias de la gente.

Siempre trataba de ayudarles.

Ahora, sus alas poderosas rasgan el cielo.
Viaja por el mundo.
Sortea los peligros y vuelve con historias.

Todo eso me cuenta la noche en que regresa.
Siempre, cuando brillan las Perseidas.

Solo esa noche.
Comemos pizza y bebemos cerveza.

Pero esta noche tiene una sombra triste en la mirada. Su voz tiembla. Sus alas parecen más oscuras.

Creo que hoy contará una historia diferente.

Me ayuda a llegar hasta mi cama.
Con cariño, me observa.

Reza.

Con ternura, me dice que le doy pena.

—Hoy viajo a los infiernos —le digo para fastidiarlo.

—Que tengas muy buen viaje —me responde, solemne.

Me da un beso en la frente.

Y llora mientras yo sonrío.