Flores para dos

Solo puedo tenerlo un rato cada 31 de octubre, siempre cerca de la medianoche. Me lo entrega con sumo cuidado, como si fuera el mayor de los tesoros.

Lo es.

Lo aprieto contra mi pecho, beso su carita azul y hago mi ofrenda: le canto la nana que he tardado todo un año en componer, una nota por semana.

Pero el tiempo se agota enseguida.
La puerta suena sin abrirse y mi mujer lo reclama. Todavía no soy capaz de mirarla. Sigue ensangrentada después de siete años.

—Ya he puesto las flores, para los dos —susurra, y estira hacia mí sus brazos.

Se lo entrego. Sus manos están heladas, pero el alma me quema.
Solo acierto a darle las gracias y despedirme hasta el año que viene.

Pero antes de hacerlo, lo juro: veo a mi hijo sonreír mientras duerme.