La línea mojada

1

La línea mojada quería acariciar mis pies.
Yo me mantenía firme, guardando la distancia de seguridad que todos respetábamos: dos metros, palmo más, palmo menos.
Me gustaba pasear por la orilla cada día, mirar el horizonte e imaginar qué había más allá: abismos, infiernos, o tal vez una caída interminable hacia las sombras. Nadie nos lo explicó nunca. Solo sabíamos que no debíamos adentrarnos en el mar.
Lo aceptábamos sin leyes, sin preguntas, como un miedo heredado.
A veces la espuma me salpicaba las piernas. No pasaba nada, pero me alejaba.
Los niños jugaban en la arena sin preocuparse, los adultos mirábamos el mar con cierto recelo, como a un depredador dormido que podía herirnos solo con tocarnos. En el fondo, tampoco nos atrevíamos a preguntar. Era fácil mirar desde la orilla.
Mirar, y dar un paso atrás.
O mejor dos.

2

Esa mañana las nubes parecían dibujadas. Tras ellas, el sol se adivinaba sin mostrarse y tal vez sonreía. Yo sí que lo hacía; me había levantado con una energía extraña, como si no cupiese dentro de mi propio cuerpo.
Paseaba por la orilla con una mezcla de nostalgia y lucidez. La playa estaba tranquila pero el movimiento del mar era amplio, nervioso. Las gaviotas volaban altas y parecía que escribían un secreto con sus vuelos. Lo seguía con la mirada cuando de pronto me pareció ver un bulto a lo lejos.
Parecía una cabeza.

3

Estuve un rato siguiéndolo con la vista. Aquello que fuera acompañaba el movimiento de las olas, a veces se hundía, a veces sobresalía. La claridad me impedía verlo bien. A veces me parecía ver un brazo alzarse.
Una pareja se dio cuenta de lo atento que estaba y me preguntó si ocurría algo. Señalé en dirección al bulto. Dijeron no ver nada y siguieron su camino, indiferentes.
A lo lejos vi más gente. Niños en la orilla y sus padres conversando tranquilos.
Corrí hacia ellos sin apartar la vista de lo que ya tenía claro que era una persona.
Señalé a la cabeza y les grité, nervioso, que había una persona en el mar.
Unos me ignoraron y siguieron su conversación. Otros miraron al horizonte y se callaron. Hubo quien cogió a los niños del brazo y se alejó de la orilla.
No podía creerlo.
Miré a la gente de mi alrededor. Allí no había más que ojos inexpresivos, bocas entreabiertas y un silencio expectante y morboso.
Arrojé mi ropa contra la arena, enfadado.
No lo pensé más.

4

Lo primero que sentí fue un frío intenso. Lo segundo, un ruido sucio y sordo, como un rugido que acompasaba mis movimientos y me envolvía cada vez más.
Y después, una sensación de libertad inexplicable.
Me pareció que alguien gritaba desde la orilla. Pero ya nada importaba.
Sentía mi corazón latir con fuerza y mi cuerpo luchar contra algo muy poderoso que me tenía completamente a su merced.
Aun así, pataleaba sin descanso y me iba acercando, palmo a palmo, a aquella persona que también luchaba contra las olas.
Sentía una euforia extraña. El frío se estaba convirtiendo en una calidez redonda y azul a la que me estaba entregando sin remedio.
El secreto que las gaviotas escribían en el cielo empezó a tener sentido.

5

Cuando llegué, el hombre estaba bocabajo y ya no se movía. Agarré su cabeza y su torso y conseguí darle la vuelta. El mar decidió facilitarnos las cosas; parecía más calmado en ese momento.
Apoyé su cabeza en mi pecho, sujeté su cuerpo contra el mío y me dispuse a volver a la orilla.
Me di cuenta de que el cuerpo pesaba demasiado… parecía muy blando también.
Mi mano empezó a hundirse en su torso, mis dedos estaban entrando poco a poco mientras notaba un tacto caliente y extraño.
El hombre se estaba deshaciendo.
Su piel se abría en capas oscuras que se iban liberando despacio y el mar las esparcía.
Su cabeza pequeña se desprendió del todo. Trozos de algo que parecía cartón quedaban adheridos a mis manos y a mi cuerpo mientras pataleaba para mantenernos a flote.
Del hombre ya solo quedaban jirones fragmentándose en trozos cada vez más pequeños.

6

Un maniquí de cartón.
Había roto la regla más importante de todas por salvar a un maniquí de cartón que el mar acabó devorando despacio, en una ceremonia macabra a la que asistí en primerísima fila.
Se estaba bien allí, mecido por las olas, entre la orilla y el horizonte. Las gaviotas seguían sobre mí. Su vuelo era más limpio que nunca, creo que ya habían revelado su secreto, aunque no terminaba de saberlo. No importaba.
El rugido del mar era ahora un murmullo suave y acogedor.
Sentía una calma dulce que me arrullaba y me hacía pensar en las cosas bonitas de la vida. Sonreía, sincero y azul.
Tocaba volver. Ahora.
Pero ni siquiera lo intenté.
Me quedé flotando, mecido.
Sabiendo lo que iba a ocurrir.
Miré mis manos. Pesaban. Estaban blandas y de un color gris oscuro. Empezaron a deshacerse. Despacio, el mar se llevaba capas y trozos de mi cuerpo. Quise pensar que era yo quien, agradecido, le hacía la ofrenda a las olas.
Ya no sentía nada, la calma se estaba transformando en un sueño profundo al que tenía que abandonarme.
Había comprendido el secreto mejor guardado. Siempre estuvo esperando. Solo había que saberlo mirar.
Noté mi cabeza desprenderse y girar en círculos, como las gaviotas, por la superficie del agua.

Antes de cerrar los ojos, o antes de perderlos, me dio tiempo a ver cómo dos personas que miraban desde la orilla, se lanzaban a salvarme.