Sé que volverá.
Tengo la escopeta cargada, el cepo a los pies de la chimenea y el reclamo frente al ventanal: el gran árbol de Navidad. Ya sé que estamos en agosto, pero soy incapaz de olvidar lo que ese canalla me hizo: llevarse los regalos que con tanta ilusión había puesto bajo el árbol para mi única hija.
Todavía lo recuerdo: gordo, vestido de rojo y con un saco enorme donde guardó el preciado botín. Antes de escapar por la chimenea, me heló la sangre con su mirada siniestra y una burlona carcajada:
¡HO HO HO!
Acabo de oír un saco arrastrándose por el tejado. Hija, vete a dormir.
Por fin llega mi regalo de Navidad.