Solo me da tiempo a llevarlo un ratito nada más. El disfraz de futbolista, quiero decir. Porque después de darle unas patadas a la pelota, toca ponerse el de policía y arrestar a mi hermana pequeña, que se ha despertado con el trajín. Luego me coloca el de bombero, después el de boxeador y por último el del cazador, con su escopeta de juguete y todo. Recuerdo que una vez me vistió de corredor de seguros. Y otra, de notario.
Yo dejo que mi padre juegue porque se lo pasa en grande. Me gusta verle feliz inventando historias y profesiones raras, pero le he dicho mil veces que se olvide de disfraces:
—Papá, no insistas, yo quiero ser bailarín!